Heinrich Böll Una conciencia social

El 26 de noviembre de 1982, al despedirnos en su casa, y como sabía que iba a encontrarme poco después con García Márquez en Estocolmo (yo iría como enviado especial de mi emisora para cubrir la entrega del Premio Nobel a GGM), me pidió que le dijera esto: “Dígale que tengo diez años más, pero que sigo siendo el mismo”. Y era verdad, seguía siendo el mismo, el viejo Böll, la más honesta voz de este país desmemoriado, un lujo que Alemania se permitía sin cartilla de racionamiento. Seguía siendo el de aquella mirada que Víctor Canicio, el traductor catalán al castellano del Diario irlandés y de Asedio preventivo, caracterizó como “triste, solitaria, ingenua, de incomprendido”. Tengo para mí que raras veces, en la historia de la humanidad, debe de haber habido alguien que mirase con tanta tristeza como lo hacía Heinrich Böll.

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Publicado en: 2010 Julio