Steiner

George Steiner en The New Yorker (traducción de María Condor),
FCE/Siruela, México, 2009, 402 pp.

George Francis Steiner (París, 1929) comenzó a escribir para The New Yorker en 1966, con 37 años, una deslumbrante carrera académica (Chicago, Harvard, Oxford, Princeton) y cuatro años de estancia londinense, donde trabajó para The Economist. Había publicado Tolstoi o Dostoievsky, La muerte de la tragedia y tenía en imprenta Lenguaje y silencio.

En 1997, tres décadas después, entregó su última reseña para la revista, tenía 67 años y era el maitre penseur, crítico literario y cultural referencial y máximo profesor de literatura comparada. Su vigorizante virtud: “La habilidad para moverse desde Pitágoras, a través de Aristóteles y Dante, hasta Nietzsche y Tolstoi, en un solo párrafo”, escribe Lee Siegel en The New York Times, pero ése es también su “irritante vicio”, añade.

De los 134 textos publicados allí por Steiner, Robert Boyers seleccionó 28 y prologó su edición dividida en tres núcleos temáticos: “Historia y política”, “Escritores y escritura” y “Pensadores”, más un añadido de “Estudios biográficos”.

El procedimiento por el cual Steiner despliega su conocimiento cultural y literario es una pedagogía del dolor. Su crítica literaria, su análisis y estudio de obras esenciales del siglo XX, son una historia del arte, de la cultura, de las ideas y las mentalidades emergidas de la catástrofe. El antisemitismo, la masacre de armenios, el nazismo y el Holocausto, la tiranía comunista y el Gulag, el Khmer Rouge camboyano, las dictaduras chilena o argentina, la esperanza de la caída del Muro trastornada por la limpieza étnica en la Europa Central, la Rusia opresiva o el bushismo contraterrorista. Y de ahí a la erosión del lenguaje y del humanismo a partir de la rentabilidad como centro de toda actividad artística. El entumecimiento febril inoculado por los medios masivos y la publicidad hace decir a Steiner: “Hoy no es la censura lo que mata la cultura: es el despotismo del mercado y los acicates del estrellato comercializado”.

A Steiner le atrae la dualidad, la contradicción. Interroga al crítico de arte inglés Anthony Blunt, cuya honestidad artística no admitía concesiones mientras con deslealtad espiaba para los soviéticos, y el tema lo conduce al aislamiento del crítico, a su ansiedad vital. “La erudición obsesiva engendra una nostalgia de la acción”, insiste, al advertir cómo el crítico exorciza su irritación en la maldad de una reseña de libro, en el arsénico de una nota a pie de página, en la insidia de un párrafo mordaz. Steiner vuelve al espionaje con El factor humano, de Green; indaga en la Viena finisecular; profundiza en la teología de Solzhenitsyn y sus Memorias del Gulag; recorre la vida del genio musical nazi Anton Weber o expone el dilema del innovador arquitecto de Hitler, Albert Speer, y su fascinación por el tirano. La figura de Brecht destella también como el implacable crítico del dinero y las “higiénicas” relaciones de poder, sin evadir aspectos sórdidos del dramaturgo para quien “un ménage à trois era un menú parco”.

“Leer bien es hacer vulnerable nuestra identidad, nuestra posesión de nosotros mismos”, dice Steiner, porque la lectura nos revela, nos expone. Su “autorrevelación” recobra así la novela El día del juicio, de Salvatore Satta, para reivindicar el derecho de los insignificantes a ser recordados, o vivifica la orwelliana 1984 y comprueba su consumación distópica. A Borges lo añora en la sombra: tesoro sólo para iniciados; y su ensayo sobre Céline revive la duda sobre la dualidad: el artista y el antisemita.

Al escribir sobre Benjamin, Weil, Levi-Strauss, Cioran, Russell o Canetti, el universo intelectual de Steiner persiste en esa pedagogía dolida. Como historiador moral, le interesa el conflicto humano y cultural subyacente en las contradicciones de la historia y los individuos. Penetra así en el imperio austrohúngaro, la monarquía decadente engendradora de impulsos intelectuales definitorios de la cultura occidental. La vida interior iluminada por Freud, tanto como por sus detractores; el papel civilizador del lenguaje, clarificado por Wittgenstein y la Escuela de Viena; la novelística introspectiva de Broch, la experimental de Musil, la “kafkiana” de Kafka o la poética de Rilke; la modernidad musical de Bruckner, Mahler, Schönberg y Webern; el modernismo estético del art déco y el action painting; las ideas arquitectónicas funcionalistas de Adolf Loos; la sátira sobre la “ponzoña del discurso político”, lograda por Karl Krauss; la lógica y la sociología de las ciencias naturales, imposibles sin referencia a Karl Popper. Éste es el alimento de los impulsos culturales cartografiados por Steiner, y de ese horno forjador de cultura surgió además la criminal demencia de la solución final. Ese dolor pedagógico nutre también la cultura de nuestro tiempo.

Alejandro de la Garza. Periodista cultural. Publica ensayo, crítica literaria y crónica en diversas revistas y suplementos.