Pamuk

Orhan Pamuk,
El Museo de la Inocencia,
Random House Mondadori, 2009, 648 pp.

El destino de los hombres, desde tiempos heroicos, ha variado lo mínimo en lo que toca al padecimiento de la tragedia interior, la cual conlleva la indiferencia de los demás seres humanos. Fuera de las distintas formas en que todo arte concebido se ha dedicado a representar la naturaleza trágica de la atracción carnal, el misterio inherente a las formas del amor —más aún cuando sus fronteras con la estricta pulsión sexual son delicadas—, permanece en la bruma cuando el acercamiento hace por evadir las consabidas apariciones llorosas de la pasión exacerbada.

Orhan Pamuk (Estambul, 1952), escritor turco de vena política, anegado de ese espíritu que merodea de continuo la urbe, esperando la aparición de lo fabuloso, y quien siguiendo el dictamen que diera Turguéniev respecto de Belinski, comparte el sello de ser una naturaleza central al “permanecer con toda su alma próximo al corazón de su pueblo”, trenza hilos de memorias juveniles al relato álgido de un amor prohibido y el resultado es El Museo de la Inocencia, novela de tonos eróticos pero timorata en la descripción de sus episodios sexuales; y asimismo con elementos de novela histórica, no obstante que Pamuk evade la valuación del hecho social y político.

Un joven empresario de la burguesía turca llamado Kemal, con 30 años cumplidos y estudios en Estados Unidos, vive los días previos a celebrar su boda con Sibel, chica adinerada con prometedora posición familiar, cuando aparece Füsun, quien “parecía salida del Playboy”, su pariente lejana de 18 años, y ambos se desbarrancan en un abismo de pasión infernal, que inicia en la pulsión sexual y termina en un terreno brumoso con antesalas de celos, miradas cruzadas y violencia posesiva.

Kemal pedirá al propio Pamuk que cuente su historia, pasadas las décadas. A la distancia, con la añoranza feroz de haber perdido tanto a Sibel como a Füsun, Kemal entiende que su única posesión de aquella vivencia es la memoria, tanto de los besos, como de las lágrimas y el despecho. La experiencia se erige en memoria, y ésta, a su vez, en melancolía lista para beber en copas de raki. Kemal comienza la recolección de objetos representativos de su historia, y a colillas de cigarro se suman postales, servilletas, toallas y alguna carta: objetos que serán parte de “su Museo”. (En un intento por trenzar vida y literatura, encadenado a los hechos de la novela, Pamuk manifestó su intensión de abrir un museo en inmueble de su propiedad, en las inmediaciones de Estambul.)

Imposible no sentir que el largo camino a la expiación de Kemal está fuera de proporción, y que su desgarramiento espiritual y disolución emotiva, en ese carácter permanente que lo tiene agonizando, radica lejos del castigo ejemplar para instalarse de lleno en la venganza a secas. No obstante su feliz tendencia sincrética Oriente-Occidente, algo del viejo Islam castigador late fuerte en el corazón de Pamuk. Con el Bósforo como testigo, Kemal se enjaula entre muros de alcoholismo y servidumbre voluntaria, y canaliza su obsesión perversa por una mujer fatal, arrancada de sus manos por un destino caprichoso, en la búsqueda de objetos, un acto que bien merecería una página de Élisabeth Roudinesco, dentro de sus investigaciones sobre la mentalidad perversa/obsesiva.

Episodio nacional y estampa familiar, en donde el juego narrativo autorreferencial permite retratar al mismo Pamuk como “un joven nervioso e impaciente y que intentaba sonreír con ironía”, y al final como relator de la historia de Kemal, El Museo es una extensión novelada a los recuerdos de Estambul. Ciudad y recuerdos (2005). Y es que ambas memorias enfatizan de continuo que nada más rozar la espiral de la caída y su posterior embriaguez, sólo queda arrojarse con plenitud al instante y enfrentar las consecuencias, entre las que se hallará, pasados los años, mirar con ardor “que todo tiempo pasado fue mejor”. En la lógica demente de las relaciones humanas, Kemal no podría haberse resistido a Füsun, como Sibel no podría seguir fingiendo que aquel ocultaba un secreto: ajedrez sentimental sin regla definida al que nadie puede oponer su frágil voluntad. Finalmente, de un plumazo, Füsun se escurre y su desenlace funesto no hace sino confirmarla como bastión de memoria y símbolo ejemplar del amor más puro.

Pamuk resuelve que la tragedia sentimental tiene su fuente en la desincronización emotiva de los individuos del amor: las asimetrías de reciprocidad y los accidentes de la vida, que terminan por separar la circunstancia vital de los enamorados, pulverizan la cercanía de la que brota la intimidad emotiva no sexual y entonces estalla la carga del amor correspondido sólo parcialmente Atatürk, figura política capital en la modernización de Turquía, que no escatimó esfuerzos para lograr el reemplazo de la escritura árabe por el alfabeto turco, y que igualmente buscó suavizar la rigidez del Islam respecto a temas como la sensibilidad erótica y las prácticas de la intimidad, sentiría gran satisfacción de saber que Pamuk no sólo ganó el mayor premio de las letras en lengua turca, sino que además escribió este relato, abrasivo, tenso y cabal, alrededor de la experiencia sexual y sus acantilados.

Luis Bugarini. Crítico literario.