Elmer

Élmer Mendoza,
Firmado con un klínex,
Tusquets, México, 2009, 106 pp.

¿Qué le pasó a Élmer Mendoza? El autor de aquellos magníficos relatos que componen Cada respiro que tomas —publicados en 1991—, de cinco novelas exorbitantes que en el lapso breve de diez años revitalizaron descaradamente el lenguaje popular restituyéndole su desmesura picaresca y satírica ¿es el mismo que se hizo cargo de Firmado con un klínex? ¿No ha sido suplantado por uno de esos profesionales de la pluma que escribe lo primero que se le ocurre? ¿Fue abducido, víctima de horrendos experimentos a manos de extraterrestres en cuyos archivos sólo hay espacio para las ficciones tranquilizadoras de Arturo Pérez-Reverte? ¿O acaso este Élmer Mendoza es el mismo Élmer Mendoza, aunque muy fuera de forma?

Aun si se toman como un respiro tras una cadena impecable de aciertos, de los trece cuentos incluidos en Firmado con un klínex no hay uno solo que no parezca fustigado por la prisa de ocupar un sitio en el mercado. Carecen de tensión dramática, no aciertan a caracterizar personajes, trastabillan mientras buscan asir un argumento, y no digamos que carecen de músculo sino incluso de esqueleto. Son ocurrencias que un autor como Élmer Mendoza podría permitirse pronunciar en voz alta ante sus amigos o una audiencia incondicional pero no trasladar al papel por mero respeto a sus libros anteriores. La ocurrencia no es un recurso literario; es una trampa del exceso o, quizás, una desatinada manifestación de los contratos editoriales que obligan a sus proveedores a comportarse como si fueran máquinas expendedoras de golosinas.

En este caso, el recurso de la cita arroja consecuencias catastróficas. He aquí un ejemplo, las líneas que conforman “Plop”, el disparate más breve: “Pompas: de carne de leche de jabón. De cerveza petróleo sal de uvas. De chicle enjuage urinario. De buzo sirena niño grande. De licuado, hot cakes, jugo de piña… De hormigón. Grandes. Inmensas como la tierra. Para protegerla”. También la glosa trae consecuencias semejantes. “Si te vas a enamorar que sea de alguien así” transcribe las palabras desde ultratumba de una mujer que se lanzó “al río con todo y carro”; “Cuerpo” capta en un estampa fugaz a una consabida Miss Sinaloa ofreciendo sus encantos a un consabido joven con botas de piel de avestruz, esclava de diamantes, ojos inyectados, conjunto Armani casual. “Fiesta” propone un juego de intertextualidades —un cadáver exquisito en clave prosística— en el que participan ¿cincuenta, sesenta? escritores contemporáneos. En “La secta de Gutenberg” descubrimos con horror que el mundo ha sido tomado por un grupo de iluminados para quienes los libros y las bibliotecas representan una plaga a la que es necesario exterminar… Y así por el estilo.

Es posible que a ciertos lectores estas historias les parezcan divertidas, tanto que no dudarían en responder a ellas con una carcajada. Pueden serlo si creemos que la comicidad nace de la exorbitancia: “La familia de Andrés se había enriquecido vendiendo manzanas para cerdos al horno”. Con espíritu complaciente, Firmado con un klínex se empeña en provocar la risa. Pero ya que carece de ironía, quiere mostrar ingenio. Lo verdaderamente desconsolador es que el sentido del humor funciona según los cánones de la estética del pastelazo: por acumulación de gracejadas inocentonas. Demasiado sentido del humor termina por anular cualquier efecto cómico. Y entonces, como si la decepción no fuera suficiente, un hondo pesar viene a servirnos de compañía.

Desde Un asesino solitario (1999) hasta Balas de plata, su novela más reciente, Élmer Mendoza ha optado por una mirada satírica para describir los bajos fondos de la política y el poder. Sin recurrir a la caricatura ni al tremendismo ha conseguido resucitar un género al que la dureza de nuestro tiempo no quería prestarle oídos: el de la picaresca. Tal vez se cansó de todo eso, de tratar con narcos, políticos, detectives, putas, policías. O tal vez simplemente escribió ya lo que tenía que escribir. ¿Se trata de una de esas bajas de ritmo que atacan aun a las grandes estrellas o acaso estamos presenciando una despedida? Recemos porque al menos esta última sospecha caiga por su propio peso y tengamos a Élmer Mendoza de regreso.

Roberto Pliego. Escritor y editor. Su libro más reciente es 101 preguntas para ser culto.