Pellicer

Carlos Pellicer, selección y prólogo de Alberto Enríquez Perea,
presentación de Carlos Pellicer López,
Cal y arena, Colección Los Imprescindibles, México, 2009, 719 pp.

De entrada, la nota distintiva de este compendio se cifra en el rescate o la revelación de un Carlos Pellicer a veces inédito y a veces casi desconocido. Ya en su momento Gabriel Zaid hizo notar el “desastre editorial” que marcó a la poesía de Pellicer, sobre todo en su primera etapa, dispersa en ediciones más o menos inasequibles, algunas de tirajes mínimos, un hecho que recuerda Carlos Pellicer López en la presentación de este libro. Un “desastre” que comenzó a remediarse, por ejemplo, con las diversas ediciones del Fondo de Cultura Económica, entre ellas la reunión de Poesía en la serie Letras Mexicanas y los tres tomos de la Poesía completa de Carlos Pellicer, bajo el sello compartido de la UNAM, Conaculta y Ediciones El Equilibrista.

Sin embargo, lo que permaneció velado y rescata el compendio de Los Imprescindibles —su novedad y singularidad— es la vertiente del prosista Carlos Pellicer. El mismo Gabriel Zaid señaló, “a pesar de su buena prosa, concentración exclusiva en la poesía”. José Alvarado se refirió al poeta que “jamás escribe prosa”. Quedaba al margen el Pellicer prosista que este volumen recupera como un hallazgo espectacular, con una generosa selección de su correspondencia, y también una amplia relación de textos que dan cuenta de sus proyectos y su trabajo de comentarista y crítico de artes plásticas y literatura.

Desde luego, no podía faltar el poeta de la selva, del mar, del cielo, de la flora y la fauna; pero además está el poeta religioso y cívico, el del estilo heroico y militante. Sabemos que el activismo político fue una seña de identidad en Pellicer, quien se afilió sin reservas a las causas libertarias de América Latina, en favor de un bolivarismo solidario que —según leemos en este volumen— se pronunció en su momento “de parte del proletariado mundial”, contra toda forma de “coloniaje y oligarquías”, bajo una idea singular del comunismo —entonces, todavía, en boga— del que pronto se deslindó, no sin recomendar una colaboración o coincidencia con el espíritu del cristianismo: su simpatía por la causa comunista, como Pellicer observó, iba de la mano de Francisco de Asís.

El poeta tropical conjuga la fecundidad con una facilidad asombrosa, tan sólo comparable con la riqueza de su sentido plástico, y se muestra con toda la orquesta desde sus primeros títulos. Gravitación de encuentros y transfiguraciones perpetuas, explaya un enorme repertorio verbal en donde la frescura y originalidad animan la exuberancia de su lenguaje. Hay sensualismo, comunión religiosa, un mundo venerable de plenitud naturalista que nutre su sensibilidad paradisíaca —el mundo en Pellicer es como un paraíso terrenal— y la visión adánica de un poeta que de manera explícita se reconoce como “carne afortunada”.

Rebosante de hallazgos, agilidad, sentido del humor y aun optimismo, Pellicer da vuelo a su “primavera gigantesca” y se ramifica en el trayecto y el ascenso dichoso de su fervor. Así funda un camino excepcional en la poesía mexicana por la constancia de su felicidad, insólita para una tradición en la que predomina el famoso “tono crepuscular”, donde no caben y no riman expresiones como la alegría que en Pellicer desborda.

El tono menor y los claroscuros del crepúsculo, por lo menos desde que Luis G. Urbina los consagró a su modo, han sido la pauta compartida por una franja considerable de la poesía mexicana, con la nostalgia, el ocaso, la noche, la soledad y la muerte como referencias primordiales. El grupo de los Contemporáneos —en el que Pellicer se identifica— cultivó la prosa, en especial el ensayo, la crítica, la crónica y el teatro, en los que destacaron Villaurrutia, Cuesta, Novo y Gorostiza, quienes en su poesía pudieron privilegiar una tendencia introspectiva, así como la indagación intelectual. Y una vez más Carlos Pellicer confirma su excepcionalidad, el contraste libérrimo de su naturaleza poética, más atenta al mundo exterior, solar y diurna, aérea, oceánica, telúrica. Y se deslinda ante la herencia crepuscular o introspectiva en una carta donde a la vez formula una evaluación de su propia escritura y perspectiva poética:

A veces a los adjetivos los convierto en sustantivos —afirma—. Mi construcción no es siempre correcta. Yo lo sé. Pero siempre es poética. Sí: yo soy un tradicionalista, pero no estático sino dinámico. Ahora están de moda el “cerebralismo” y los semi-versos con cara de hambre. Yo soy lo contrario: la sensualidad, el ritmo y la riqueza.

En efecto, el lápiz y el pincel de Pellicer nunca se cansan de su libertad de dibujar e iluminar sus versos, no sólo por un afán descriptivo del mundo tangible que nombra y recrea sin pausa, sino más bien como una efusión de su mirada, el manantial —y a veces el torrente— de su escritura.

Pero junto con la mirada está el oído, la música de Pellicer, como un aliento inagotable que impulsa cada verso, en la fusión del mundo natural y espiritual que concentra su fe religiosa y celebra a Dios en el mundo, es decir, un panteísmo donde el mundo terrenal es una manifestación divina, realidad inequívoca en la poesía de Carlos Pellicer.

Tales serían a grandes rasgos los puntos cardinales —me atrevo a decir— en el universo de este moderno Adán que instala su paraíso poético y verbal con los dones de la pintura, el color, la visión, la música y el ritmo. La devoción es evidente desde la conocida estrofa inicial de toda su obra, en Colores en el mar (1921); el primer verso adapta el inicio de Dante en La divina comedia, sólo que Pellicer convierte el plural de la primera persona al singular y transforma, lo que en Dante es el camino, en la dicha misma. “En medio del camino de nuestra vida”, escribe Dante. Pellicer lo interpreta y proyecta de este modo a su personal celebración religiosa:

En medio de la dicha de mi vida
deténgome a decir que el mundo es
[bueno
por la divina sangre de la herida.

Desde entonces, Pellicer inaugura su experiencia lírica tocado por la gracia, sencillez, profundidad, plasticidad. Festeja la selva tropical en versos fulgurantes, con evocaciones y cadencias de océano. Desde el paisaje consolida su percepción del erotismo como una floración incesante, un presente de creación perpetua que en sus versos despliega una fuerza magnética, donde alguien está —como escribe en Esquemas para una oda tropical— “todo lo iguana que se puede”, o bien cuando “uno es vegetación desesperada”.

Leer la poesía de Pellicer —aun para el lector familiarizado— es siempre como abrir una caja de sorpresas. Nunca abandona la sensación y constancia del movimiento, la metamorfosis incesante. La suya es una experiencia intransferible de la naturaleza —como sucede en poetas afines, desde Walt Whitman hasta Pablo Neruda y Saint-John Perse—. La vastedad de sus registros la dota de una sensación de inmensidad, y sus audacias ocurren con la claridad radiante de un primer amanecer, como un estado de gracia y reconciliación universal.

Por lo demás, la selección de los textos —los inéditos provienen del archivo de Carlos Pellicer depositado en la Biblioteca Nacional— establece una corriente interna entre la biografía y la obra que es otro acierto del compilador Alberto Enríquez Perea. Oscila de la prosa al verso, en un vaivén que alimenta y enriquece la lectura. De esta manera surge un autor distinto, lo mismo para nuevos lectores como para los iniciados en su obra. Vemos a Pellicer en el día a día, durante tantos viajes y trabajos determinados por sus convicciones e ideales. Las cartas a su señora madre, doña Deifilia Cámara de Pellicer, dan cuenta de un ser profundamente cálido y amoroso, de intensidad afectiva excepcional, aquejado por las necesidades, la estrechez económica que lo persigue en su juventud. En la correspondencia detalla sus esfuerzos por construir una federación que reúna a los estudiantes de México y América Latina; andariego infatigable, relata sus viajes por el mundo que le permiten desarrollar su enorme aprecio de las artes plásticas, la pintura clásica y moderna, la música —óperas y conciertos—, la arquitectura. Sus destinos son innumerables. José Alvarado menciona “El Cairo y Amsterdam, Jerusalén y Atenas, Roma y Río de Janeiro, Mérida y Luxor, el Grijalva, el Amazonas, el Iguazú”. Esta vez predominan América Latina, Nueva York, Europa —y sobre todo Italia, pues “nada hay en el mundo para mí como Italia”, confiesa Pellicer.

Carrancista, vasconcelista y yancófobo declarado, el Pellicer militante se compromete, opta por las causas y alternativas políticas de su tiempo —con Venustiano Carranza primero, con José Vasconcelos después— en función de un impulso por construir, hacer viable la incipiente nación mexicana que buscaba salir del torbellino revolucionario; en el ámbito internacional, opta en favor de las causas libertarias y la unión bolivariana de América Latina, primero, luego contra el fascismo en ascenso, particularmente en España, y abomina de lo que llama “el horrendo oficio de matar hombres y esclavizar pueblos”.

El tomo brinda, además, un testimonio fiel de sus admiraciones, por ejemplo en sus homenajes a Simón Bolívar —con un relato biográfico de relieves épicos— y Rubén Darío; asimismo su valoración de autores como Amado Nervo, Salvador Díaz Mirón, Pablo Neruda o sor Juana Inés de la Cruz, entre otros; y pintores como José María Velasco, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo.

Su labor como crítico de arte y sobre todo como museógrafo —en México se le considera un pionero de esta disciplina— dejó una herencia formidable y perdurable donde el Parque Museo La Venta —en su San Juan Bautista o Villahermosa natal— no es la única obra trascendente, aunque vale recordar que el propio Pellicer la describe en estas páginas como “un poema de siete hectáreas con versos milenarios y encuadernado en misterio. Naturalmente a orillas de un lago con algunos errores llamados cocodrilos”.

Tal es la novedad espléndida del Imprescindible Carlos Pellicer.

Roberto Diego Ortega
. Poeta y traductor.