cuentas

Luis Miguel Aguilar,
Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas,
UAM, México, 2009, 180 pp.

Luis Miguel Aguilar es autor de una obra literaria en la que confluyen diversos géneros y tonos. Da la impresión de que esta obra, que incluye libros indispensables de poesía, volúmenes de narrativa, ensayos de invención o de historia literaria patria, crónicas, antologías y traducciones busca ser un espacio de reconciliación entre el lenguaje literario y la conversación, entre lo académico y lo periodístico, entre lo casual y lo clásico. En el caso de la poesía, por ejemplo con la lírica funeraria griega y la poesía de Edgar Lee Masters en su célebre Chetumal Bay Anthology, Aguilar busca absorber el legado de la tradición y destilarlo con naturalidad. Y es que en su diálogo con los clásicos Aguilar apela por “no entorpecer, entre ellos y nosotros, la novedad que nunca perdieron” y, acaso por eso, el sabor local y el tono menor tienden a mezclarse sabrosamente con los ingredientes (arquetipos humanos, situaciones, estilos) más antiguos y prestigiosos.

Las cuentas de la Ilíada y otras cuentas es un libro que se divide en dos secciones claramente diferenciadas y, a primera vista, contrapuestas. Una primera que parte del aparentemente sencillo recurso de contar aritméticamente personajes, situaciones o versos de la Ilíada, y una segunda sección de poemas confesionales, atados a referentes contemporáneos. Por un lado, Las cuentas de la Ilíada…, con su original trabajo de numeralia se permiten recrear, ya sea en inventarios puntuales y meticulosas correcciones, en comentarios casuales o en montajes poéticos a los personajes y episodios de la épica, rescatados con un placer y una emoción contagiosos. La auditoría de la Ilíada depara momentos poéticos excepcionales, gracias a los cambios de tono, giros sintácticos y semánticos y ráfagas de verdadera inspiración, como en los prodigiosos “interludios”. Como es habitual en la poesía de Aguilar, el verso se alimenta de la conversación y, en este caso, sabe restituir el fermento oral y las múltiples voces de la Ilíada. Así, la épica que funda caracteres y tramas en Occidente se traduce a clave cotidiana, en una operación que mezcla erudición y ocurrencia, reverencia y relajo. Aguilar vuelve a los clásicos sin afectación, con una gustosa naturalidad que es capaz de intercalar el tono homérico con la ironía callejera. El humor funciona, entonces, como un recurso de aligeración afectiva y de cercanía con el lector, pero no se trata de la grosera nivelación de productos y jerarquías tan en boga, sino de una familiaridad ganada con base en la frecuentación libresca y, sobre todo, en la asimilación vital.

El testimonio de las batallas de héroes, semidioses y dioses y el propio testimonio no están tan lejanos. Si la primera parte del libro acude a la Ilíada, la segunda sección acude a la memoria individual y pasa de la nostalgia de la épica a la lírica confesional; del nosotros sublime, propio de la poesía homérica, al “yo” entrañable, que apela a la gesta cotidiana del individuo ordinario, caído y frágil. Las “Otras cuentas”, pues, son las del individuo ante sus años, las del enfermo y sus tormentos, las del doliente ante sus muertos, las del hombre oscuro ante sus fracasos e indecisiones. Las referencias al pasado heroico se vuelven conjuros a mitologías de reciente data o lamentos personales y, sin embargo, su resultado no es menos efectivo poéticamente. Hay, en estas cuentas, lo mismo celebraciones de la colonia Condesa que evocaciones de las lecturas infantiles y de los programas de concursos de moda, poemas para la puerta del refrigerador o eruditas invocaciones a ciertas lunas literarias. Aguilar sortea los peligros que implica el comercio lírico con lo inmediato gracias a la naturalidad y fluidez con que se integran tonos poéticos muy distintos, a la pericia y tensión narrativa al interior del poema y a las insólitas resoluciones. En particular, “Una velada con el Dr. IQ” es una pieza mayor en la que, a través de una delirante mayéutica, se indaga en la realidad del dolor la pérdida, el duelo o el amor (“Al salir del estudio / Una mujer me abordó / Para decirme que el dolor / No era como yo / Lo había nombrado / Le pregunté qué era el dolor. / El dolor es trabajo contestó. / Le di la máquina de coser / Que yo había ganado”). En este poema, dulce y macabro, divertido y desgarrador a la vez, el popular programa de preguntas y respuestas sirve de pretexto para un coloquio donde las voces de los deudos, de los muertos, de los sonámbulos se inquieren y contestan las cuestiones más antiguas y al mismo tiempo más perentorias. (“Cuándo dejará de llorar Gilgamesh por la muerte de su amigo Enkidu? Lleva ya una semana llorando. / Dejará el llanto y el lamento en tres años. / El tiempo en que uno aprende / Que el vacío es para siempre”).

En las dos partes de su libro Aguilar propone una práctica audaz de asimilación e integración de los lenguajes épico, mistérico y cotidiano y factura una poesía difícil que se lee con fruición y facilidad. Aguilar reconcilia tiempos: en la primera sección, la alusión a la épica más antigua y conocida de Occidente se vuelve una narrativa cargada de primicias; en la otra, lo personal (la nostalgia, el quebranto, el luto) se vuelve colectivo e inmemorial. De este modo, asistimos a una fluida convivencia entre las referencias culturales más monumentales y cargadas de interpretaciones y los códigos y vivencias más íntimos. En esta confluencia de planos temporales y experiencias, bajo su tono casual y a ratos festivo, se observa no sólo un esmerado producto poético, sino un proceso de curación por la palabra, un intento de regeneración y catarsis a través de la literatura. Así, resulta evidente que, en su conocimiento íntimo de las batallas heroicas de la literatura o de las guerras pobres y ordinarias del individuo, el poeta ha forjado una mirada más sensible tanto para lo bello como para lo triste y anómalo, ha aguzado su capacidad de goce, infortunio o compasión y ha mejorado su trato con el dolor.

Armando González Torres. Ensayista y poeta. Entre sus libros: Eso que ilumina el mundo y Teoría de la afrenta.