Los medios de comunicación ofrecen una forma de lectura del mundo que antes no existía: la narrativa sin historia. En este ensayo Rosa Beltrán analiza las ofertas de la sociedad del espectáculo, formas sin contenido en una época donde la experiencia del relato tiende a desaparecer

Uno

A los que tienen un deseo insatisfecho, Dios les reservó un programa de televisión. Este programa es el Show de Cristina. La conductora, transformada en hada madrina de los hispanos radicados en el país de los sueños (o cuando menos de uno, el sueño americano), hará cualquier cosa por complacer el deseo de sus televidentes. Una mujer de edad indefinible pero con un sobrepeso bastante bien definido, tímida aunque ajada, modosa pero nerviosa, salida de unos cuarenta y tantos infiernos ha pedido por escrito su deseo: quiere una ovación cerrada. Que le aplaudan durante cinco minutos seguidos, sólo eso. La anfitriona ha preparado un estadio en Miami, con reflectores especiales y con 15 mil voluntarios que a una señal comenzarán a aplaudir sin detenerse durante cinco minutos. Los reflectores se encienden, María Evelina Cardoso sale enfundada en un vestido de lentejuelas rojas, gorda y brillosa, como una foca bordada, muy maquillada, muy peinada de chongo, y de pronto irrumpe triunfal, es decir, sale como puede a escena, mira a Cristina, ve la señal, el público empieza a aplaudir y ella agradece, humilde, con las manos cruzadas en el pecho, como ha visto hacer a otros, después levantando un brazo en señal de victoria, finalmente inclinando la frente, presa de un llanto irrefrenable que le arruina el maquillaje, que le impide moverse, que le impide hacer nada, hasta que transcurridos los cinco minutos alguien viene por ella y se la lleva. La conductora reaparece, visiblemente conmovida. Qué hermoso es conceder un sueño. Sonríe satisfecha antes de irse a comerciales, presenciar el sueño de otro es volverse protagonista, es formar parte de él. El show ha cumplido su misión. No los 15 minutos de fama que auguró McLuhan; no alcanzan ya, la ley de Malthus rebasó nuestras expectativas.

Pero cinco minutos de gloria pueden ser, son, fueron aquí, como cinco vidas bien aprovechadas. Culmina así una emisión más del Show de Cristina: un gran salto para un hombre y un pequeño paso para la humanidad.

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Asombrada, apago el aparato. No sé qué hacer, qué ha ocurrido aquí. En apariencia todo lo que he visto es auténtico. O casi. Vamos a ver, pienso. La gente que aplaude en el estadio es auténtica, la emoción de la invitada y la de su anfitriona también, la emoción del público, el aplauso incluso. Sólo que a uno le aplauden por algo. Un aplauso es un símbolo y aquello que el aplauso representa es lo que no está aquí. En cierta forma, se trata de un aplauso vacío.

La emisión de este show me parece muy significativa, un emblema del mundo en que vivimos. Un mundo que privilegia la forma por encima del contenido o, mejor: un mundo donde el contenido ha sido sustraído en favor de la forma. Un tiempo que hace de la superficie de las cosas el contenido. Y que obliga al arte a expresar este hecho de un único modo posible: hablando de la superficie desde la superficie. Cualquier otra elección estética perderá el rumbo o dará cuenta parcial de esta nueva sensibilidad. Lo mismo sucederá con una interpretación que intente ahondar en las posibles causas del aplauso de Evelina. Quien se diga al ver el programa: “le aplauden por compasión, porque es vieja y fea” o “le aplauden por todo lo que debe haber sufrido en su vida” o “porque, bueno, algo meritorio debe haber hecho”, perderá la pista. No hay razón alguna detrás del aplauso y ése es el sentido. Es ahí donde radica la novedad. Ver televisión puede o no ser algo frívolo, ver ese tipo de programas de alto rating sin duda lo es. Pero ahondar en el significado de una escena como ésta, en cambio, no es algo fútil. Todo lo contrario: nos lleva a una reflexión sobre los modos en que los medios electrónicos y la cultura de masas han cambiado nuestra forma de leer y de representar el mundo. Y esta es mi primera intención: abordar el tema de la globalización como un fenómeno social cuyas causas económicas y políticas me interesan menos que las formas de representación del mundo que origina. Es decir: se han escrito múltiples obras en torno a la globalización desde el punto de vista económico, político y social. De hecho, casi no hay un libro en el área de las ciencias humanas, incluidas la psicología y la filosofía, que no toque el aspecto político o económico de la cuestión. Los estudios culturales han combinado todos estos saberes para dar cuenta de los estragos y las ganancias que trae como resultado vivir en un mundo global. A mí me intriga, en cambio, una escena como la de este programa de TV. Por muchas razones. La primera de ellas: su forma de ser narrada y la lectura que nos obliga a hacer, pese a su gran ambigüedad narrativa. La segunda, y más importante: de qué modo es representativa del mundo actual. Pensemos de nuevo en la escena completa: Evelina pidiendo por escrito un aplauso, la anfitriona y el estadio dispuestos, Evelina recibiendo el aplauso, haciendo la mímica de quien lo recibe, el público y los participantes llorando, emocionados, la causa del aplauso, inédita. Llamemos a esto “el relato sin historia”.

Digamos, con Beatriz Sarlo, que las imágenes de la publicidad y la televisión, los videojuegos y ciertas películas de clasificación “B” son un infinito periódico.* Que en cada cambio de canal o de programa termina un ciclo y recomienza otro básicamente igual pero con variantes. Y que esas imágenes que se presentan unidas en una trama sin historia pese a ello o por ello nos atrapan. Hipnotizan. Nos mantienen a la espera de algo que sabremos que no vendrá, pero que no nos importa que no llegue. Porque lo familiar de las imágenes de estos medios nos crea la sensación de “estar en casa”, en la casa mental donde habitan tramas parecidas. No hay que esperar a desconocidos: con los parientes visuales y auditivos conocidos nos basta para sentirnos cómodos. Arropados por amigos recién hechos gracias a la programación. Pero digamos también que ciertas conversaciones, que la mayoría de las conversaciones que escuchamos en restaurantes y bares, en los centros comerciales y aeropuertos, en el autobús y el metro, en las reuniones sociales, antes, en el intermedio y a la salida de los espectáculos, dentro de nuestras casas y en la calle son también un infinito periódico. Repeticiones de algo oído o visto, comentarios de algo que otro comentó. Lugares comunes. Y hablar así con el grupo social de nuestra preferencia nos da la sensación de pertenecer. Nos reconforta. Nos hace corroborar que aquella casa mental habitada por imágenes verbales y visuales conocidas sigue teniendo la misma disposición: está amueblada de la misma forma. Muchas de las “conversaciones” que sostenemos con los parientes y amigos, con las relaciones de muchos años y las hechas apenas ayer se apoyan más en la mímica (gestual y verbal) que en los contenidos. Repeticiones de frases y formas; de ideas aprobadas o reprobadas de modo consensual. Experiencias gestuales que esperamos y que otros esperan de nosotros.       

En buena medida, el cine y la televisión nos enseñaron a conversar de este modo. El cine nos enfrentó a una manera de hablar de las emociones por medio de gestos, a través de la experiencia directa del lenguaje de los rostros y los ademanes corporales. Las series “B” de televisión, los anuncios comerciales y los videoclips nos confirman cómo “conversar” a través de la incorporación de esos ademanes y de frases hechas que en la mayoría de los casos son traducciones de un idioma en que se expresa la forma casi universal de soñar. Dormimos en camas separadas compartiendo un sueño común: el sueño americano. Un sueño tan conocido que no necesitamos contextualizar. La experiencia única e irrepetible ha sido escamoteada en favor de este “paquete” verbal o gestual conocido.

El sueño de Evelina Cardoso, la mujer que quiso recibir un aplauso es, más que una historia, la representación de una trama sin historia. Una mímica. Un carnaval de significantes donde al no haber una razón para que Evelina Cardoso reciba un aplauso, el sentido del acto se vacía. Pero hay más. Lo que hay es un vaciamiento en la narración, aunque se prometa una historia. En realidad, igual que con los videoclips o los mensajes publicitarios tener una historia o no es lo que menos importa: el cumplimiento de la historia deja indiferente al espectador porque no es eso lo que espera. El público asistente no aplaude porque haya una causa, ni espera que ésta se revele en el desenlace. Aplaude para producir un desenlace. Como si se tratara de un efecto pavloviano, el aplauso es la respuesta al estímulo. Y el episodio, además de emocionar a la anfitriona, a los participantes y al espectador sólo demuestra que se puede tener un sistema narrativo sin tener historia, y sin que lo que ocurra a nivel de la trama tenga sentido. Un aplauso para qué. Si a uno le aplauden por algo y ese algo es lo que falta aquí entonces qué es lo que tenemos frente a nosotros. Un significante sin un referente, sin un contenido. Un puro vacío que puede ser llenado con cualquier contenido que queramos adjudicarle. ¿Por qué le aplauden a esa mujer? La realidad es que no sabemos por qué le aplauden. Y los que aplaudieron tampoco lo saben. Muy probablemente no lo sepa ni ella misma.

En programas como éste, lo que hay es acción sin narración. Lo mismo que en el sueño de quienes como Evelina Cardoso han convertido el sentido de sus vidas en un slogan. El discurso de la moral del éxito (que se aplica a cualquier ámbito: económico, religioso, político, etcétera) produce una trama no narrativa. “Cómo hacerse rico sin dejar de ganar el salario mínimo”, “Cómo llegar a Dios sin dejar el pecado”, “Cómo envejecer sin dejar de ser jóvenes por siempre”. Este sueño aspira a la reproducción de una sensación que depende de un cierto performance, pero no de una serie de acontecimientos ordenados en progresión, mucho menos incidentes inscritos en una lógica. En el caso del episodio televisivo no se necesita recordar el programa anterior para pasar al siguiente. Más aún: si el espectador se detuviera a recordar, quedaría desfasado del propósito de cada programa: la improvisación del deseo (en el caso de la invitada), la experimentación de la sorpresa (en el del espectador). En el episodio del sueño de Evelina —el sueño de la posmodernidad, el aplauso— no se necesita reflexionar sobre el sentido o la viabilidad o inviabilidad del deseo, es decir: no se necesita el análisis o la memoria. Lo que sí existe y es necesario en cada uno de estos programas y presumiblemente en cada uno de los episodios de las vidas de personas que, como Evelina, tienen sueños y están dispuestos a vivirlos en un programa de televisión, es un tema. Un tema sin narración. Los temas nos son familiares: el tema del encuentro, el tema del lucimiento, el tema de la recompensa o el fracaso, etcétera. La palabra que está detrás del reflector es siempre la misma: éxito. En un mundo donde casi cualquier manifestación mediática y comercial tiene el formato de la autoayuda, triunfar se constituye en una suerte de mantra. Y triunfar es ser parte de la trama. Aunque también fracasar. ¿Por qué no? ¿Acaso no nos satisfacen más las historias del ascenso de la estrella y su estrepitosa caída? ¿No es la estructura misma lo que estamos esperando en cada transmisión de The E True Hollywood Story?

En el video promocional de Arnold Schwarzenegger, Pumping Iron, construido como supuesta biografía, encontramos la historia de crecimiento típica de las novelas del siglo XIX (bildungsroman), con una variante. Igual que Pip en Great Expectations el joven Arnold, un marginado de los barrios bajos de Austria, busca y encuentra la única forma de superación posible levantando pesas. Sólo que en la novela de Dickens el ascenso económico de Pip va acompañado de una desilusión del mundo intrínseca al conocimiento de la esencia humana, mientras que en la historia de Schwarzenegger todo es felicidad, éxito y aplausos. Entre más lucha contra el mundo más lo ama.

La narrativa corporal, literalmente escrita en y con el cuerpo y filmada en un video de amplia difusión trasciende el ámbito de lo representado y un buen día toma por asalto al mundo de lo real: convencidos de que esa trama en ascenso no puede sino seguir ascendiendo, lo lógico es que el personaje termine gobernando los destinos de los ciudadanos del estado más rico de Estados Unidos. El estado donde paradójicamente se construyen los sueños de acetato de aquellas estrellas que en Hollywood ascienden por un lapso más o menos previsible para caer en un agujero sin fondo. En cambio en el programa de TV sobre una persona común, Evelina Cardoso, nos faltan los elementos intermedios, la carne de su vida (falsa o real), la historia. Porque, ¿qué elementos hay detrás del sueño de Evelina? Hay personajes, hay un desenlace y un tema. Pero no hay narración. Algo ha sido sustraído en su vida. El significado de las acciones que se presentan en ella.

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Los mensajes que transmiten el vaciamiento de la historia (el vaciamiento de la épica) y la sustituyen por la sola peripecia ofrecen una forma de lectura del mundo que antes no existía o, si se prefiere, que tradicionalmente tenía otra forma. Ahora son un espectáculo de incidentes sin relato, propios de una época donde la experiencia del relato (estrechamente ligado a la experiencia de la memoria) tiende a desaparecer. O eso parece.

Dos

La patera repleta de inmigrantes navega a la deriva. Son muchos los que aún quedan vivos: magrebíes, sobre todo, aunque también hay subsaharianos. Entre ellos hay dos mujeres: una, vestida de hombre para evitar las violaciones de quienes ignoran su identidad, y otra, esposa de un magrebí, con un niño en el regazo. El niño ya no se mueve, pero eso no impide que la madre lo apriete y de vez en cuando lo meza. Cuando la luz de la linterna del guardia de Salvamento Marítimo de Canarias le da en los ojos, la mujer trata de ocultar al niño. Cruza sobre él sus brazos, mira en otra dirección. Como si no estuviera haciendo otra cosa que esperar. Como si su intención fuera pasar el resto de la vida así, entre los cuerpos de los compañeros de viaje, esperando. Espera, y mientras lo hace, mira al guardia. Otro de los sobrevivientes, el hombre que está detrás de ella, se acurruca sobre un brazo. No es que no se haya dado cuenta del súbito golpe de luz y de que ésta significa el fin del viaje. De reojo, ve el haz de luz reflejado en los rostros de sus compañeros envueltos en frazadas y en el objeto que está agitando en el aire uno de ellos, un cuchillo.

Dos días más tarde, cuando ingrese al penal acusado de colaborar con las mafias de inmigrantes, el patrón de la patera dirá: ¡Esos miserables me amenazaron con una navaja! ¿Qué podía hacer? ¡No me permitieron acercarme a la unidad de rescate! Dirá también que sólo hizo ese único viaje, y que nada tenía que ver con el tráfico de personas. Según su declaración, los otros tampoco tenían que ver con historias de migración clandestina, ninguno. Ni Abdel Hasan, ni Faissal Aziz, ni Rachid; los africanos menos. Y la mujer que abraza al niño aquel ¿con quién viene?, les preguntará el oficial a varios, sin que aun después de la respuesta le quede muy claro. Luego se acercará a ella. ¿Es cierto que su marido murió durante la travesía?, le pregunta, sacudiéndola del brazo. Señora: sí, a usted le estoy hablando. ¿Qué no se da cuenta de que el niño también está muerto? Al principio ella no pronunciará una palabra. Todavía en el penal se resistiría a soltar a su hijo. Luego, muy bajo, se animará por fin. Sí, los había visto, dirá. Había visto que estaban muertos. Pero ver no es lo mismo que darse cuenta.

Anduvieron jornadas completas por el desierto. Habían sido dejados a sus propios recursos por 10 días, al grado de que el marido de la mujer primero pensó que los habían abandonado. Fue el único en pensarlo, y ni siquiera se atrevió a decirlo porque le pareció que los demás no pensaban lo mismo y eso los desanimaría. Era tanta su embriaguez por llegar que cuanto más cerca de su muerte estaban menos derrotados se sentían. Estaban dispuestos a llegar esa misma noche hacia la madrugada a Barbate, donde tenían cada uno una cita reservada con su destino. El verdadero. No el que el azar había dispuesto, el azar o la mala fortuna, pues ¿no es una casualidad mayúscula haber nacido en una aldea del Magreb, sin agua y sin empleos, como dijo Faissal Aziz, habiendo tantos lugares buenos para vivir en el mundo? Iban a alcanzar un destino que les permitiera vivir de acuerdo con las circunstancias que les eran propias. Al menos una circunstancia que pudieran elegir. Y por eso no habría casualidad que pudiera impedirlo.

Ya desde que llegó a Aiuin, Fatiyeh estaba agotada, sobre todo por la energía y los sueños puestos en el viaje desde antes de la salida. Y eran los sueños los que le pesaban y le impedían ver que apenas a cinco días de zarpar su marido estaba ya muerto y sin él no tenía caso el viaje. En su mente se confundía la idea de la sed y del calor, la de los cuerpos yertos y las cosas que comprarían con el primer sueldo, ella y él, como si fueran una misma carne. Una sola voz dando vueltas como un zumbido. Vamos a salir de esto, verás cómo nos va a ir mejor. El nigeriano, en cambio, sólo veía una cosa: el engaño. Lo veía oscuro y acechante. Luego de 15 días de achicar el agua en la patera, encogido entre varios cuerpos, bajo el sol y los frecuentes golpes de agua salada, el engaño se vuelve una forma de la fidelidad, tu otro yo; el engaño es lo único que existe. Claro que no venía solo, el engaño, ni estaba hecho solamente de la idea de que sería imposible llegar. Estaba relacionado de modo muy directo con lo que él había tenido que pagar, producto de cinco años de ahorros, y con la deuda que su hermano adquirió por él, un favor que no podría pagar nunca.

Lo advirtió desde que salieron del puerto, un día después de lo pactado, y vino a confirmarlo cuando vio la clase de embarcación por la que habían tenido que dar tanto dinero y más tarde, ya a punto de llegar, cuando se acercó el guardia marítimo y el patrón de la patera levantó los brazos en actitud de rendirse y se precipitó a aceptar el rescate. Por eso sacó el cuchillo. Tú nos llevas donde nos prometiste, susurró, clavando bien firme en el cuello del hombre la punta de la hoja. Cuando vio asentir a los demás se dio cuenta de que estaban con él, que tenía razón. Así que a nombre de todos los embarcados lo obligó a seguir. Llegarían. Cómo llegaran no era lo importante.

Hacia las seis y minutos de la tarde los agentes lograron detener la embarcación: casi 130 personas hacinadas en una lancha. El patrón, junto con los demás, fue llevado a las autoridades españolas, horas después fue juzgado y le dieron 30 años de prisión por cada muerto. Esa misma noche se solicitó a los migrantes que dieran informes del abuso sufrido durante la expedición y de cuántos habían perecido y de qué manera, a fin de emitir una sentencia justa. 15 horas después, nadie había puesto una sola demanda. Consideraban irrisorio que la fiscalía española hubiera solicitado tres años por alguien cuya vida no podía pagarse ni centuplicando la cifra. Y sobre todo: cuya vida no podía ser devuelta. Cuando el juez ordenó localizar a algunos de los familiares de las víctimas radicados en España se encontró con que éstos exigían la inmediata liberación de Mustapha Abud, el patrón de la patera, quien pudiendo aceptar la ayuda antes de que ocurriera la catástrofe final se negó a hacerlo. Era cierto que al verse obligado a rechazar la ayuda incurrió en 19 homicidios imprudenciales. Pero había conseguido la balsa parchada a la que adaptó un motor Yamaha de 60 caballos de fuerza, la casa de Larache donde los alojó por 10 días y sobre todo: al sentir la punta del cuchillo probó ser hombre de palabra. En cambio el juez no; el juez se desdijo. Pues luego de saber que la decisión de negarse al rescate había sido hecha bajo amenaza de muerte decidió reducir la condena del patrón de treinta a veinte años por cada muerto, lo que sumaba, en vez de 570, 380 años de cárcel. El hombre tenía 42 años cuando lo arrestaron.

El signo de nuestro tiempo es la migración. Decir escritura es decir mutar, gente que migra y viaja. Pero migrar es poner en marcha la imaginación para suponer una diversidad de maneras de hacerlo. Desde las errancias a otros países y latitudes hasta los viajes hacia nuevas formas de identidad (sexual, profesional, etcétera). La tecnología ha traído consigo un intercambio más acentuado de ideas, de productos, de personas. Nuevas estrategias de sobrevivencia y de relación. Distintas formas de adaptarse o no al entorno. El signo más determinante de la migración es la propia conciencia del cambio. Transformación perpetua, vertiginosidad, novedad. Si se habita en la urbe, saber que ninguna realidad espacial es permanente; que, en cierto modo, y aun sin habernos movido un ápice, todos somos migrantes continuos y somos por tanto exiliados de nosotros mismos. Nadie habita el lugar donde nació aunque siga viviendo en él. La transformación de la ciudad del XIX a las megalópolis del siglo XXI es tan vertiginosa que casi ningún barrio urbano es el mismo de hace siquiera 20 años, 15. Migrar es también ver cine y televisión de países extranjeros, intercambiar mensajes, posibilidades identitarias, consultar la red. Es multiplicar las propias diferencias y divulgarlas, dándole un nuevo sentido a lo diverso.

Globalizarse es generar nuevas diferencias. Es reconfigurar lo que ya se percibía como lo distinto a principios del siglo XX, en la era moderna: El individuo solo entre la multitud, he ahí uno de los más socorridos tópicos. De Baudelaire a Mallarmé y de Kafka a Gertrude Stein la unicidad del ideal romántico se reconfigura. ¿Cómo explicar el matiz que hace diferente la imagen de “un hombre caminando solo entre la muchedumbre” y el de una mujer que se reúne en un café con tres amigas, y cada vez que se dispone a hablar con ellas suenan los teléfonos celulares de las otras tres? ¿Cómo expresar la sensación de incomunicación cuando, aunque se tengan tres conversaciones simultáneas en escena, alguien no se ha reunido con las demás si, de hecho, está reunida? El solo ejemplo hace que la escena tenga algo de chusco, que parezca cómica, cuando en realidad encierra una tragedia. Se trata de una nueva soledad que no puede expresarse. Una forma de la globalización que, contraria a lo que se afirma, no nos acerca ni nos “estandariza”. La situación opuesta (y drama también de nuestro tiempo) es la de esperar que todos estemos disponibles para todos todo el tiempo. Se dirá: exagera. Porque hay mecanismos para huir de la cita permanente a que nos llevan el correo electrónico, el celular, el teléfono y todas las formas de requerimiento social, es cosa de pulsar el botón de “apagado” y listo. Sólo que no lo haremos. No podemos renunciar porque sin ese llamado nos sentimos excluidos. Diseñamos entonces estrategias parciales de indisponibilidad: huida de apenas unas horas, unos días a lo sumo. Hay quienes por su modo de vida no pueden estar “desconectados” ni ese tiempo. Las nuevas generaciones estarán —están ya, estamos— inmersos en la paradoja extrema y en un sentido, contraria, a la modernidad. La “conversación incesante”, la comunicación en el vacío que no cesa. Frente al fraile medieval que decidió destinar su vida a los otros renunciando a sí mismo y el burgués posmoderno que no tiene más remedio que hacerlo no hay tanta diferencia, aunque la motivación de ambos sea distinta. Como dijo Camus: no es el fin el que justifica los medios, son los medios los que justifican los fines.

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Nuestra condición ahora mismo, en el instante en que lo enuncio, es el nomadismo. Es la posibilidad de desplazarse y circular cada vez más lejos cada vez más rápido. Oigo otra vez la voz: no para todos, desde luego. Si bien las clases medias intensifican los flujos migratorios y turísticos y adquieren nuevos imaginarios culturales o confirman el lugar común de aquello que han visto en la televisión, el cine y YouTube, los más pobres emigran de la desigualdad para toparse con otras desigualdades y buscan, las más de las veces, en esos productos globales tan manidos, la utopía de la falsificación. El producto es idéntico, pero no es el mismo. La marca de origen puede imitarse hasta la perfección pero nunca será el original. Sólo que ¿es válido aún pensarse en términos del original? Desidentificarse: ya saben qué es lo que se espera de ellos cuando ingresan a un país distinto: ¿o no es eso en lo que consiste referirse a “ellos” y no a “nosotros”? Pero ¿no es eso lo que se espera también de mí, de ti? Descaracterizarse: se puede pertenecer a varias redes identitarias simultánea o sucesivamente.

Supongamos que en la patera viaja un nigeriano que no intenta violar las normas, que no se exaspera. Supongamos que se mantiene al margen, que no participa de amenazas y ve llegar la patera a su destino luego de 15 días. Que llega en un estado de salud precario pero se alivia y que trabaja en la construcción en distintos lugares de España durante ocho años. Se comunica muy poco con los demás, eso sí: como al principio sólo habla inglés nadie lo escucha y aunque luego de un tiempo tiene sus papeles en regla le dicen que se vaya a trabajar al campo. Él pregunta: ¿dónde está el campo? Le dicen que al sur. Así que se va a Murcia. Un día tocan a su puerta. Le informan que su fotografía aparece en un libro español titulado Retratos de familia en el que se representa a las “nuevas familias para el siglo XXI”. Opciones traducidas en diversidad y libertad, le dicen, que conviven con la más absoluta tradición de la familia monolítica y secular de antaño. Imágenes de un país diferente. Él ríe a carcajadas. En África pertenecía a una extensísima familia. Una familia al ras de la miseria, por eso migró. Tiene años de convivir con el más puro racismo y ahora aparece en un libro como el prototipo de la multiculturalidad española.

Si en lugar de patera el vehículo fuera un tren y en vez de 14 kilómetros de mar hubiera que cruzar el desierto estaríamos frente a una migración tan o más frecuente que la anterior: la de los mexicanos y centroamericanos a Estados Unidos. Supongamos que en vez del patrón de la patera, el inmigrante, un “espalda mojada”, le da el producto de sus ahorros a un “pollero”, el guía encargado de dejarlo del otro lado de la frontera mexicana. Si es guatemalteco es posible que cruce por el pueblo de La Patrona, cerca de Córdoba, Veracruz, donde un grupo de mujeres hará señas al chofer del tren para que aminore la velocidad y ellas puedan arrojar una bolsa de arroz o de frijoles a quienes van a cruzar ilegalmente “al otro lado”. Arrojan las bolsas porque sí, porque “comprenden lo duro que debe ser” y “es su modo de solidarizarse”. Supongamos que el chofer acepta desacelerar, que el hombre recibe la bolsa con comida y que, por un momento, el cielo se abre. Como ha ido por todo, durante ese instante lo tiene todo. Pero en cuanto cruza el país y llega al desierto las cosas se complican. Tras la pérdida de algunos compañeros y en pleno desierto el “pollero” ha decidido abandonarlo. Del grupo inicial sólo quedan él y otro más. Avanzan sin fuerzas, extraviados en medio de ese casco seco, sin un rumbo, sin alimentos y sin agua. Junto a ellos descubren a un zopilote. Está también agotado, pero a diferencia de los hombres cree que tiene alguna posibilidad. Cuando ellos dan un paso, el zopilote se adelanta igual, dando un saltito. Si los hombres tuvieran algo de fuerzas, si pudieran extender un brazo, lograrían capturarlo. Podrían beber su sangre, comérselo, quizá. Pero la única energía restante está destinada a seguir andando.

Y con todo, cruzan.
Y logran sobrevivir y trabajar.
Esto es lo que narran cuando vuelven.

Supongamos que uno de ellos llega hasta Carolina del Norte, logra establecerse entre otros ilegales, renta un espacio en un pequeño departamento donde viven otros 12, tiene diversos empleos: en un aserradero, en una pizzería, en el campo. Más tarde, cuidando jardines. Casi cinco años después conoce a una hija de inmigrantes salvadoreños, se casa, tiene tres hijos, dos varones y una mujer. Ciudadanos americanos, los tres hijos logran terminar sus estudios y hacerse de una educación básica y media en la escuela pública. El mayor ingresa a la policía, y cuando escribimos estas líneas trabaja para la Border Patrol. Resguardando la frontera de inmigrantes ilegales, detrás del nuevo muro.

El signo de la errancia es una combinatoria casi infinita. Su símbolo es el virus mutante en el que ninguno de los significados está dado de antemano ni puede permanecer fijo. Ninguna de las antiguas marcas identitarias es definitiva ni dice nada por sí misma. Sexo, raza, nacionalidad. Ser mujer no significa lo mismo en Oslo que en Afganistán, dice Aamin Maalouf. De igual modo, decir “negro” en Nigeria es casi no decir nada, no significa un rasgo de identidad. Ser en cambio hausa o yoruba sí lo es, pertenecer a este grupo étnico o al otro, mientras que en Estados Unidos esta seña pasaría inadvertida frente al color de la piel. Ser mestizo, mulato o criollo, según cierta jerarquización racial en América Latina, no es en Norteamérica una marca de diferenciación; de acuerdo a la tipología racial (y, como es obvio, racista) de Estados Unidos se es “negro” si se tiene un ancestro que haya provenido de África. ¿O no es esto lo que hizo a Obama señalar con una cruz el rubro “Black” primero y más tarde “African american” y a mí “Hispanic” cuando ingresé a estudiar un posgrado en una universidad de Estados Unidos? ¿No es lo que hace que Obama siga definiéndose como African american? ¿No es, por último, lo que hace que Toni Morrison esté bajo el rubro “African american literature” y García Márquez y Borges —sí, Jorge Luis Borges, como lo leen— bajo “Ethnic literature” en las bibliotecas y librerías de Estados Unidos?

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A la migración física y su casi infinita combinatoria, la acompaña una migración de los significados que opera en todos los niveles y aparece de distintos modos en la novela, el cuento, la poesía, el drama y el ensayo, en las obras literarias de todos los géneros y en la mezcla de éstos, lo que es otro rasgo de la errancia. La reconfiguración de las identidades, la falta de correspondencia entre antiguas oposiciones binarias, la tensión entre el significado que antes adjudicábamos a territorios más o menos fijos (nacional-universal, alta-baja cultura, género-sexo) y más o menos convencionales, ha tomado la delantera en la nueva condición del yo, de carácter trashumante.

¿Ese yo está “afuera” o “adentro” de sus límites? La literatura cubana es el ejemplo de cómo se piensa en una nación que está dentro de sus fronteras y también en otra parte. Lo mismo ocurre con la literatura en lengua inglesa. Sus máximos representantes son, en buena medida, quienes habitan las ex colonias del imperio británico.
La clave de nuestro tiempo es el exilio. Voluntario o no, la sociedad global nos ha obligado al abandono continuo de lugares y formas conocidas y, por tanto, a una manera inédita de pertenecer. Dada la vertiginosidad de los cambios, en un sentido, todos estamos en el corazón del vortex.

Tres (y último)

Exiliados del contenido de las narrativas, exiliados de los espacios y de las antiguas formas de conocimiento y relación, la época actual hoy nos exilia también de los géneros discursivos con que solíamos comunicar lo que ocurría en el mundo de los hechos sociales. Para ilustrar lo que digo, déjenme recordar un suceso escandaloso ocurrido en México hace 12 años (aunque ya es difícil decir qué de lo que ocurre en México no es escandaloso). Se trata de una muerte que conmocionó al país por dos razones. La primera fue que ocurrió a pocos meses del asesinato del entonces candidato a la presidencia de la República, Luis Donaldo Colosio. La segunda, que el muerto o supuesto muerto había sido acusado de asesinar al cuñado del ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Para “aclarar” la situación de su extraña muerte se siguió un proceso digno de estudio. El nombre del muerto: Muñoz Rocha. La forma de averiguar el crimen fue la siguiente:

En septiembre de 1996 el fiscal especial Pablo Chapa Bezanilla recibió una llamada: el gobierno le pidió que averiguara el crimen, así que el fiscal puso manos a la obra y contrató a una vidente llamada Francisca Zetina, mejor conocida como La Paca. Con la voz fantasmal que caracteriza a quienes tienen experiencia en comunicaciones con el más allá La Paca informó al fiscal que en la finca El Encanto (el nombre es real), cuyo dueño era el hermano del ex presidente, se encontraba enterrada una osamenta. “Veo un cráneo en el corral, debajo del zacate”, dijo. Y enseguida añadió: “Es el cráneo que todo México anda buscando”. “¿Un cráneo? ¡Pero cómo!”, preguntó el fiscal, atónito, y no atinó a decir más. Después de un silencio que pareció eterno, La Paca continuó: “El muerto es el ex diputado Manuel Muñoz Rocha y fue asesinado por Raúl Salinas de Gortari, hermano del ex presidente”. “¿El que está preso en Almoloya?”. “El mismo”. “¿Está usted segura?”, preguntó Chapa. Silencio sepulcral. “¿Está usted segura”?, insistió el fiscal. “Esa pregunta me ofende”, respondió La Paca. “Mi deber es informarle que veo una osamenta, que el muerto es Muñoz Rocha y que murió a manos de Raúl Salinas, de muerte natural”. “¿Cómo de muerte natural?”, brincó, sorprendido, Chapa. La Paca hizo acopio de paciencia: “Con todo respeto. No hay nadie que resista un golpe con un bat de beisbol en la cabeza. Con un golpe así es natural que uno se muera. El cuerpo fue enterrado por el teniente coronel Antonio Chávez Ramírez y por un médico de acento extranjero”.

A los pocos días la vidente hizo llegar al fiscal un mapa con la ubicación exacta del cráneo. El mapa fue dibujado por Ramiro Aguilar Lucero, quien luego de entregarlo a la vidente desapareció sin dejar rastro.

El 9 de octubre de 1996, luego de dos días de excavaciones en la finca El Encanto, fue hallada la osamenta. Ese día todos los periódicos de México publicaron la fotografía de un agente judicial que sostenía en la mano una charola con un cráneo y, como una Salomé indiferente, lo mostraba a la cámara.

El 2 de diciembre de 1996 el país amaneció con la noticia de que el cráneo no era el de Muñoz Rocha. La estatura comprobada de la osamenta no correspondía a la de ese muerto, dijeron los peritos, además de que los mechones del cabello resultaron negros y no casi completamente canos, como los que tenía el ex diputado. “¿Pero cuáles mechones?”, preguntó el ciudadano común, empecinado en lo insondable, “¡si se trataba de un cráneo!”. Y su grito fue la voz que clama en el desierto.
El sábado 1 de febrero de 1997 todos los vipers (skytels) de todos los ciudadanos con este sistema de telefonía recibieron a la misma hora el mismo mensaje: “Urgente. La osamenta no es de Muñoz Rocha, sino del consuegro de La Paca”. La Paca, entrevistada en un noticiario de Televisión Azteca, se negó a responder preguntas y en cambio lanzó una maldición al periodista Sergio Vike y luego directamente a la cámara. Al día siguiente, en el mismo noticiario, el periodista confesó que en las últimas horas “le había ido muy mal” y acto seguido se hizo una limpia en el programa. La ciudadanía fue testigo tanto de la maldición como de la limpia.

Casi al mismo tiempo, la TV mexicana transmitía una telenovela llamada Nada personal. La trama era idéntica a lo que estaba ocurriendo en el país, y por alguna razón los ciudadanos creímos que lo que no se podía saber por las noticias podríamos saberlo por la telenovela. Por supuesto, ésta terminó antes de que se revelara quién había sido el criminal. Pero lo interesante fue que pensáramos que tratándose de un relato de ficción se diría. Lo que en cambio nunca se dijo fue por qué, luego de aparecer los resultados de la investigación sobre el cráneo, el agente Aguilar Lucero desapareció, por qué la vidente no volvió a tener revelaciones y por qué el fiscal decidió darse a la fuga. Y como a estas alturas todo el mundo había olvidado que estaba frente a una noticia periodística y no frente a una novela ya nadie pensaba en que lo importante era saber si Raúl Salinas había matado o no a Muñoz Rocha y por qué.

Si Truman Capote, Norman Mailer o Jorge Ibargüengoitia no tuvieron que romperse la cabeza buscando un tema que diera cuenta de su sociedad y su momento histórico y, sobre todo, si no tuvieron empacho en dar a esas historias una forma novelesca, hoy se sentirían imposibilitados de novelar una realidad cuyo formato es, ya de suyo, una novela. Escribirían con temor de exagerar cualquier rasgo; novelarían a riesgo de faltar a las más elementales normas de verosimilitud. Se apegarían a la forma más literal de presentación de los hechos. Y aun así, se sentirían plagiarios.

De ahí que la intención de la mayoría de las novelas y los thrillers actuales que consignan la realidad sea presentarla como un juego de inferencias cuyo objetivo final es el jamás despejar las incógnitas. En esta mecánica no se espera que la lectura progresiva de los hechos dé respuesta al acontecer de cualquier país. Porque si como ciudadano se abriga alguna esperanza de que el periodismo dé fe de lo que ocurre y lo cuestione, como lector de noticias nadie espera realmente que esto ocurra.
Gracias a la influencia del cine y la literatura en el periodismo hoy lo político se confunde con lo policiaco, lo fantástico es condición para legitimar lo real y la violencia se presenta como espectáculo. Y el escritor, la escritora, no puede escapar ya a esta forma de interpretación de lo real que implica su fabulación. Sólo como fábula de lo grotesco la realidad parece tener algún interés. Y el riesgo de no apegarse a esta forma de presentar los hechos es que el lector, incrédulo, cierre el diario y encienda el televisor.

Por lo visto, más que en el periodismo, hoy es en la ficción donde han de encontrarse las claves de lo que ocurre en el mundo. Es ella, con sus finales sorpresivos y sus normas regidas por la imaginación, quien ha de explicarnos qué papel tomar y cómo actuar en el Gran Teatro del Mundo. ¿Y qué otra cosa podría hacer el pobre escritor si justo ahí, frente a sus ojos, los espacios se vuelven ininteligibles, las mujeres piden aplausos por televisión y los cadáveres “se desentierran solos para evitar las conspiraciones”?

Rosa Beltrán. Escritora y catedrática de la UNAM. Entre sus libros: Alta infidelidad y La corte de los ilusos (Premio Planeta 2005).

* El término es de Beatriz Sarlo y aparece en Escenas de la vida posmoderna. Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina, Ariel, Bs. As., 1994.