El evangelio según La Familia

 

Dijeron que por el camino que lleva al poblado de la Ruana hubo un enfrentamiento a balazos. En las frecuencias de radio se hablaba de un número alto de muertos y heridos. Un convoy de encapuchados de la policía ministerial enfiló por la terracería. La luna empezaba a iluminar la noche violenta de la Tierra Caliente.

Un ranchero relató después que dos camionetas con hombres vestidos de negro se toparon de frente y comenzaron a dispararse. Uno de los vehículos se salió del camino. El tiroteo duró varios minutos hasta que alguien gritó que pararan, pues los gatilleros formaban parte del mismo grupo. El bigote de aquel ranchero michoacano no dejaba de moverse. “Fue una confusión. Después de un rato, los que se enfrentaban formaron equipo y remolcaron la pick-up descarriada. Luego, cada quien siguió su camino”.

La zona fue peinada por policías ministeriales que no lograron hallar evidencia alguna. Ni un solo casquillo. Tampoco muertos ni heridos que recoger.

Lo de todos los días. En Apatzingán de la Constitución, Michoacán, diariamente se recibían llamadas que reportaban enfrentamientos, tiroteos, presuntos asesinatos. Algunos resultaban falsos. Otros no.

Dos semanas antes del episodio de la Ruana, el ejército persiguió a un convoy de siete camionetas sobre la carretera que va de Apatzingán a Uruapan. De eso quedaron recuerdos en cantidad. Los comerciantes apostados al lado del camino dijeron que la persecución pareció de película. Los hombres sacaban la mitad del cuerpo por las ventanas para rafaguear a gusto a sus enemigos. El ruido de las balas tronó durante un kilómetro, hasta que los mafiosos se esfumaron.

En estos pliegues de la Tierra Caliente, entre historias constantes de violencia, nació La Familia michoacana, un brazo de Los Zetas que, tras desprenderse del cártel del Golfo, controló varios poblados de la Tierra Caliente, incluyendo su cabecera municipal, Apatzingán. En este lugar el aniversario de la Constitución fue clausurado en 2006 con una balacera. La gente que daba vueltas a la plaza principal a bordo de sus camionetas, con música de banda resonando en las bocinas, huyó despavorida cuando comenzaron los disparos.

En ese tiempo cada pedazo del territorio era peleado a muerte entre La Familia y los hermanos Valencia, cabezas del cártel del Milenio, dedicados al tráfico de metanfetaminas con el apoyo del cártel de Sinaola, que dirige hasta la fecha Joaquín Guzmán Loera. Hacia fines de 2006, la disputa entre los cárteles había dejado más de 500 ejecuciones en el estado. Pero lo que se había vivido en los últimos meses rebasaba las expectativas de violencia en el país.

La Familia michoacana se dio a conocer cuando cortó las cabezas de 17 personas en municipios diversos del estado. Su irrupción más aterradora, sin embargo, ocurrió el 7 de septiembre, en Uruapan, una tarde en que sus sicarios dejaron sobre la pista de baile del bar Luz y Sombra cinco cabezas humanas cortadas a machete. El lugar estaba lleno de clientes: los hombres bajaron de tres camionetas y vaciaron sobre el piso lo que llevaban dentro de unos sacos. Ellos mismos se adjudicaron el crimen con una nota firmada: “La Familia no mata por paga, no mata mujeres, no mata inocentes, sólo muere quien debe morir, sépanlo toda la gente, esto es justicia divina”.

El clímax en la historia criminal de esta organización llegaría el 15 de septiembre de 2008 en la plaza principal de Morelia y en una calle aledaña, donde fueron arrojadas dos granadas que dejaron ocho muertos y más de cien heridos.


LAS DOS SOPAS

Hubo un tiempo en que los policías ministeriales no se daban abasto. Iban y venían de un lado a otro, muchas veces persiguiendo pistas falsas sembradas por los propios maleantes. Si querían limpiar Apatzingán de policías municipales y judiciales del estado, bastaba con hacer una llamada e inventar un enfrentamiento. Así, la zona quedaba despejada para que circularan libremente los convoyes de Los Zetas o de la misma Familia. “Si alguien sabe lo que está ocurriendo aquí son los judiciales. Que les pregunten a los jefes. Unos y otros son lo mismo, todos son mafiosos”, me dijo un elemento de la corporación estatal.

El evangelio según La Familia

 

Su versión coincidía con la de un reportero local: “Todos están jalando con La Familia”. Frente al contubernio entre policías y narcos, nadie quedaba a salvo: unos se dejaban engañar y hacían como que trabajaban, mientras otros se adueñaban de la región, ejecutando y levantando gente a su antojo. Un policía lo puso en claro: “Aquí no hay más de dos: o cierras los ojos y haces como que no pasa nada, o te ejecutan. No tenemos armas para enfrentarlos”.

La violencia había dejado huellas en todos los caminos que van de Uruapan a Apatzingán. Los señalamientos carreteros están perforados por balas procedentes de “cuernos de chivo” y AR-15. En los peores momentos de la contienda por el control del territorio, las zonas en disputa estaban vigiladas y nadie podía entrar. Los extraños eran expulsados; los periodistas locales, prácticamente corridos cada vez que acudían a cubrir la nota roja.

En diciembre de 2006 La Familia entregó volantes de reclutamiento a rendija de puerta y pagó una inserción en dos diarios de Morelia. Nadie me supo explicar por qué estos diarios habían admitido esas publicaciones. “Es un cliente y al que paga se le da un servicio”, dijo un publicista local. En esas inserciones, La Familia convocaba a los padres de familia a unirse en la lucha para acabar con la inseguridad y la venta de anfetaminas —como el ice—. Sus miembros se presentaban como enviados del Señor para erradicar el secuestro, la extorsión y el sicariato.

EL NARCOTERROR
Viajé a Apatzingán de la Constitución para intentar un acercamiento con ellos. Si pagaron dos inserciones, me dije, tal vez quieran hablar. No resultó demasiado difícil que les pasaran mi recado. Esperé, dando vueltas por ahí, durante cuatro días. El fin de semana hicieron contacto. “Estamos interesados”.

Esa tarde parecía arder la plaza principal. Yo aguardaba, sudando, arriba de un taxi. No hacía mucho que el celular había sonado para confirmar que la entrevista iba a realizarse. Pero la instrucción fue que continuara esperando en ese sauna sobre ruedas.

Una hora y media después, la llamada que esperaba me condujo hacia las afueras de Apatzingán, sobre la carretera que lleva a Uruapan. Ahí me dieron una nueva cita por el celular: la entrevista iba a ser en un viejo motel de fachada verde. El lugar de la cita no me gustó: era el cuarto número 13.

Hoy recuerdo todo aquello como una pesadilla. El motel parecía abandonado. No había un alma. Ni siquiera camareras que hicieran ver que se daba servicio. “Si no viene nadie en cinco minutos, nos vamos”, le dije al taxista. “No apagues el motor”.

Minutos después, un hombre vestido con traje color caqui y un portafolios negro en la mano, descendió de una pick-up. Me dijo “Soy El Licenciado”. En aquel sórdido cuarto de motel me relató la historia de La Familia: la “empresa” (así le dijo) se había formado en 2004. Hoy tenía más de cuatro mil seguidores en la región. Reconoció que habían tenido cercanía con Los Zetas, el grupo de sicarios vinculado al cártel del Golfo, de Osiel Cárdenas Guillén (detenido un año atrás), pero dijo que ahora ambas organizaciones habían marcado su distancia. La Familia importó, sin embargo, la forma de operar de sus ex aliados de Tamaulipas. Comenzó matando o desterrando a los distribuidores pequeños, los narcomenudistas de la región, e impuso el terror con mensajes escritos que eran dejados sobre los cuerpos descabezados o en las propias cabezas de los muertos. Los recados hacían referencia a las causas de la muerte que eran, simplemente, por militar en el bando contrario. Se está con ellos o contra ellos.

El grupo había ido creando una estructura civil de apoyo, encargada de informarle los movimientos de tropas o de convoyes de la PGR; dichas bases eran mantenidas con sueldos de ocho mil pesos mensuales. Más tarde monopolizó el mercado de la droga y comenzó a cobrar cuotas a quienes deseaban seguir en el narco. Hoy La Familia manda en los pueblos, corrige a los bebedores, censura a los que manejan a alta velocidad. Incluso, si ya es muy noche, obliga a la gente a volver a sus casas.

Un asesor del actual procurador general de la República, dice que La Familia fue integrada por un conjunto de Zetas que decidieron separarse de esa organización para tomar el control de la plaza en Michoacán, sobre todo de la región de Tierra Caliente. Su idea era argumentar una limpia social como pretexto para sacar del juego a las bandas rivales, principalmente a aquellas ubicadas al servicio de los hermanos Valencia.

La Familia se ha adueñado a tiros de más de una docena de pueblos en la región, aunque no ha podido entrar a los poblados de Aguillila, Turicato, Tepalcatepec y Puruarán, controlados por el cártel adverso. Su afán por imponer el control en la zona los orilló a romper con sus antiguos aliados, quienes hace meses los acusaron de ser autores de los atentados del 15 de septiembre y descubrieron la identidad, en un mensaje dejado al lado de una cabeza arrancada, de sus líderes principales: Nazario Moreno González, El Chayo o El Dulce; Rogaciano; La Changa; Enrique Lancarte, El Quique, así como Jesús Méndez Vargas. Los integrantes del cártel del Golfo rubricaron su mensaje con la frase “100% Z”. Afirmaron que, en sus actos de desesperación, La Familia había pasado del narcotráfico al terrorismo. “Por su adicción al ice han llevado su creencia religiosa al extremo de llegar a prácticas fundamentalistas del Islam”.

LOS ENVIADOS DE DIOS
No estaban alejados de la realidad. En diciembre de 2006, en aquel motel de paso en las afueras de Apatzingán, justo antes de la entrevista, el jefe de La Familia me había enviado una Santa Biblia que autografió con el sobrenombre de El Más Loco. Todo hacía pensar que en cualquier momento llegaría al motel y que había regalado las escrituras sagradas para abrir camino, pero no fue así. El celular de El Licenciado sonó. “El Jefe quiere hablar”, me dijo. El hombre ametrallaba con sus palabras, preguntaba mi opinión sobre el trabajo que estaban haciendo en la zona, mostraba su furia porque el gobierno de Vicente Fox no atacaba ni encarcelaba a El Chapo Guzmán ni a El Mayo Zambada. “¿Por qué nada más a nosotros?”. El Más Loco dijo que la organización quería llegar a gente marginada, que había abierto escuelas en los lugares más recónditos, que proveía a los alumnos de útiles escolares y “refaccionaba” a los campesinos para que prosiguieran sus labores en el campo. “Michoacán siempre ha sido productor de marihuana; cualquiera podía venir a pagarle a la gente lo que fuera. La gente se dedica a eso y nosotros no podemos pararlo. Lo que intentamos es regular, para que la gente no sea explotada”. Sus métodos recuerdan la estrategia que la guerrilla y los paramilitares colombianos aplicaron en la zona de cultivos de coca: poner un precio a la mercancía y tener controlado el monopolio de su venta.

En esos días habían descabezado ya a 17 personas. Muchos los tildaron de chiflados a los que era mejor no hacer caso. Pero las granadas del 15 de septiembre volvieron a ponerlos bajo los reflectores. Tres de sus integrantes fueron presentados como autores materiales de los hechos: los primeros realizados contra civiles en la historia del crimen en México.

En la entrevista, El Más Loco habló también de principios sociales. “Lo más conveniente es hacernos un movimiento de la gente. Tiene que haber un liderazgo. La disciplina es la base y tiene que haber alguien que la ejerza. Nosotros enseñamos a nuestra gente amor a la patria, a México. Les hemos llevado a Carlos Cuauhtémoc Sánchez y a Miguel Ángel Cornejo”.

Su discurso resultaba aterrador: el jefe aseguraba que todo lo hacía bajo la guía de Dios. En varios narcomensajes que el cártel del Golfo dejó en Cancún, Reynosa, Oaxaca y en la Unidad Tlatelolco en la ciudad de México, se hace referencia a esa actitud.

El hombre dijo también que algunos mandos de La Familia se habían extralimitado y por eso sus cabezas fueron arrancadas. Los mensajes aparecidos en esa época reafirmaban el discurso religioso. “Así sucede cuando piensas o imaginas que mis ojos no te pueden mirar…”.

Durante el interrogatorio realizado a un integrante del grupo capturado en abril de 2008, el detenido reveló que le pagaban su salario —ocho mil pesos mensuales— a través de la compañía Elektra. Relató que se encargaba de vigilar las carreteras y pasar información de movimientos raros de tropas o de alguna columna de vehículos sospechosos. Dijo que la organización sólo mataba a los que cargaban “delito”, los que se dedicaban al narcotráfico.

Había nacido en Tamaulipas y desde hacía más de nueve años vivía en Salina Cruz, Oaxaca. Explicó que La Familia tenía en la nómina a servidores públicos encargados de protegerlos. Se quedaba corto: según testimonio de policías municipales de Michoacán, el grupo cuenta con el apoyo de presidentes municipales, regidores y personal de primer nivel del gobierno michoacano. A todos ellos ayudaron previamente con dinero, durante las campañas que los llevaron al cargo. El patrón se repite en varios municipios tamaulipecos en el que Los Zetas deciden quién se queda con los puestos públicos. Incluso, en las elecciones pasadas para presidente municipal en Reynosa, el hijo del candidato a síndico por el PAN fue secuestrado un día antes de la elección. No lo soltaron hasta que ganó el candidato del PRI y concluyó el plazo para impugnar la elección.

El Más Loco aseguró que La Familia tenía controlada casi toda la región de Tierra Caliente. Parece, sin embargo, que ha sufrido golpes importantes en su dirigencia. Según fuentes de inteligencia militar que trabajan en la región, Churumuco, Huetamo, Huacana, Nueva Italia y Lombardía han sido recuperados por Los Zetas y el cártel del Golfo. El grupo aún mantiene el puño sobre varios municipios cercanos a la capital de Morelia, como Uruapan, Zitácuaro, Turicato y Ciudad Hidalgo.

En los dos últimos años La Familia ha extendido sus redes sobre los estados de Oaxaca y el palacio de justicia municipal de Cuautitlán, en el Estado de México, en donde hace poco fue arrojada la cabeza de uno de sus presuntos integrantes. Guanajuato, un estado en poder del cártel de Sinaloa, ya se halla contaminado por el grupo. Según fuentes policiacas, el cártel de El Chapo negoció la plaza con La Familia. Ahora, ésta se disputa ese territorio con el Golfo y Los Zetas. El delegado de la PGR en el estado, Martín Levario Reyes, ha confirmado la presencia de la organización, aunque aclaró que ésta no se había asentado en la zona. “Nadie sabe cuántos seguidores tienen en Michoacán, el Estado de México y Guanajuato. No hay control sobre ellos. Ni el propio cártel del Golfo los puede controlar”, dice una fuente de inteligencia de la Policía Federal Preventiva.

Los atentados del 15 de septiembre en Morelia pesan sobre sus cabezas. Las autoridades los culpan directamente, aunque ellos rechazan su participación en los hechos. En los últimos días de octubre publicaron un comunicado dirigido a la sociedad michoacana: “La Familia rechaza los actos culpables que se han dado en todo el país por un grupo cobarde y criminal denominado Los Zetas acostumbrado a matar por paga, extorsionar, secuestrar y robar… en los últimos meses el asedio militar hacia nuestro grupo no nos ha permitido hacer nuestras actividades que hemos venido realizando para resguardar nuestro estado. Esto ha propiciado una ola de extorsiones y secuestros…”.

Aquella tarde, la entrevista en el motel se había extendido por más de una hora y media. El Más Loco se atrevió a pedir un espacio fijo en el diario que me había enviado a Apatzingán. Quería difundir, quincenal o mensualmente, el trabajo que su organización estaba realizando en el estado. Decía que quería exhibir, desnudar a todo el que afectara a la sociedad. “Nosotros llevamos dos años trabajando y esto va a funcionar y todo va a cambiar. Mi gente está preparada para enfrentarse a cualquier grupo de soldados o a cualquier otro grupo, pero no queremos la confrontación. La Familia sólo quiere recuperar su territorio [Michoacán], su casa”.

Recordé algo que había dicho un anciano tamaulipeco al hablar de Los Zetas. “Con ellos estamos mejor; no hay robos, hay más tranquilidad. Ellos cuidan el pueblo”. Al año siguiente, la guerra santa de La Familia dejaría 700 muertos en Michoacán.

Alejandro Suverza. Periodista. Prepara un libro sobre La Familia michoacana.