Indiferencia, negligencia, demagogia, propósitos separados de los hechos, una historia de diván: la relación de la ciencia y los gobiernos de México.

En los días de su primera presidencia, a partir de 1876, Porfirio Díaz halló un país despedazado que mantenía en funcionamiento, sin embargo, un conjunto de instituciones científicas. En 1833 se había fundado la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; en 1849 la Sociedad Química; en 1863 el Observatorio Nacional; en 1865 la Sociedad Médica de México y, en 1866, el Museo de Historia Nacional. Durante el largo régimen que iba a encabezar, hasta su derrumbe en 1911, Díaz pondría en marcha la Comisión Geográfico-Exploradora (1877), la Comisión Geológica (1886), el Instituto Médico Nacional (1888) y el Instituto Geológico (1891). También, la Sociedad Científica “Antonio Alzate” (1884) y la Sociedad Científica “Alejandro de Humboldt” (1886), entre otras.

Ilustraciones: Oldemar González

Para la historia de la ciencia en México, el episodio más importante del porfiriato fue la fundación de la Escuela de Altos Estudios, el 7 de abril de 1910, a la que siguió la de la Universidad Nacional, el 24 de abril de ese año. La secuencia de fechas permitió que la Escuela de Altos Estudios se incorporara de inmediato a la Universidad Nacional, y formara parte integral de ésta desde su fundación. La importancia del episodio no descansa en los logros de la institución, que fueron escasos, sino en el hecho de que el proyecto de la Escuela de Altos Estudios incluyó, por primera vez en la historia del país, el mandato de: “Proporcionar a sus alumnos y a sus profesores los medios para llevar a cabo metódicamente investigaciones científicas que sirvan para enriquecer los conocimientos humanos…”, lo que convertía a la ciencia en un valor cultural en vez de un recurso destinado únicamente a resolver problemas específicos, como se le había utilizado hasta entonces.

La Escuela de Altos Estudios quedó prácticamente en proyecto y no pudo cumplir sus objetivos debido a tres factores: a) la falta de presupuesto, de instalaciones y de profesores; b) el ataque frontal que sufrió desde el Ateneo de la Juventud y otros círculos antipositivistas; c) la caída del régimen de Díaz, apenas ocho meses después de la inauguración de la universidad.

Durante el lapso que se extendió entre 1910, el principio de la Revolución, y 1929, el asesinato de Obregón y la presidencia interina de Portes Gil, el desarrollo incipiente de la ciencia en el país se detuvo de forma casi completa, en gran parte porque los gobiernos revolucionarios cerraron algunas instituciones y/o cambiaron totalmente la estructura de otras, siguiendo un concepto utilitarista de la investigación. Cuando los gobiernos pretendieron usar a la Universidad Nacional como una fuerza política más en sus contiendas partidistas y la institución se rehusó a dejar de ser académica, sobrevino la crisis que culminó en 1929 con la obtención de su autonomía parcial. Ante nuevos intentos de que la universidad sirviera a los “fines de la Revolución” —los cuales tampoco tuvieron éxito—, en 1935 el Estado le redujo drásticamente el presupuesto y amenazó con cerrarla; pero en vez de hacerlo al año siguiente creó la Universidad Obrera, un año más tarde fundó el Instituto Politécnico Nacional y, finalmente, en 1945, le concedió a la UNAM la autonomía completa.

Si bien en el periodo 1910-1929 la universidad fue casi la única institución nacional en donde podía hacerse investigación científica, las circunstancias sociales, políticas y económicas que prevalecieron en la época provocaron que ésta se redujera al mínimo.

LA CIENCIA Y LA POSREVOLUCIÓN
Con la fundación del Instituto Politécnico Nacional (IPN), en 1937, se amplió la base a partir de la cual podría empezar a desarrollarse la ciencia en México, a pesar de que la idea inicial no era dedicar el Poli a ese objetivo, sino a la preparación de técnicos, maestros y obreros en general. El clima anticientífico de la etapa revolucionaria empezó a cambiar y poco a poco se fundaron en el país nuevas instituciones dedicadas a la investigación, especialmente en el área biomédica, como el Instituto de Salubridad y Enfermedades Tropicales (1939), el Hospital Infantil de México (1943), el Instituto de Nutriología (1944), el Instituto Nacional de Cardiología (1945) y el Hospital de Enfermedades de la Nutrición (1947). En 1943 se fundó también el Instituto de la Investigación Científica (pudo hacer muy poco debido a sus limitaciones presupuestales), que fue remodelado en 1960 y finalmente sustituido en 1970 por el Conacyt, la primera institución oficial encargada de promover y apoyar el desarrollo de la ciencia y la tecnología en México. En 1961 se fundó el Cinvestav, la penúltima institución dedicada a la investigación científica y a la docencia de posgrado que estableció el Estado en el siglo XX, ya que en 1973 todavía se fundó la UAM, por solicitud de la ANUIES y para aliviar la carga docente de la UNAM y las otras universidades.

La etapa posrevolucionaria culminó con la inauguración de las instalaciones de la Ciudad Universitaria de la UNAM, en 1952, que marca con claridad la metamorfosis en la mirada del Estado sobre la institución, que de estructura académica que produce “…los resultados más dañosos y antisociales que de la enseñanza impartida en las universidades pudiera esperarse…” (Cárdenas, 1935) pasó, en sólo 27 años, a ser la organización académica reconocida como la Máxima Casa de Estudios del país, digna del espléndido obsequio que le hizo México, del campus universitario más moderno y hermoso de toda América Latina, inaugurado por el “presidente universitario” (Alemán, 1952).

Con las nuevas y cómodas instalaciones los universitarios también estrenaron otros cambios significativos en sus estatutos y reglamentos internos, favorables al desarrollo de la ciencia, como los nombramientos de profesores de carrera, que pronto se convirtieron en profesores e investigadores de tiempo completo, aunque en esto la UNAM se retrasó más de un lustro, pues los primeros nombramientos de tiempo completo para investigadores se dieron en 1939, en el recién creado Instituto de Salubridad y Enfermedades Tropicales. Fue en este lapso posrevolucionario que en México se hizo posible, por primera vez, la vida profesional dedicada exclusivamente a la investigación científica, sin que uno o más de los miembros más jóvenes de la familia del investigador —o hasta él mismo— mostrara signos claros de desnutrición.

LA ETAPA INSTITUCIONAL
En la segunda mitad del siglo pasado los adjetivos para describir el desarrollo de la ciencia en nuestro país son: incoherente y complejo. Durante los ocho sexenios que van del presidente Ruiz Cortines a Ernesto Zedillo, la actitud del Estado ante la ciencia y la tecnología pasó de la indiferencia (Ruiz Cortines, López Mateos) y la hostilidad (Díaz Ordaz), a la demagogia del populismo delirante (Echeverría), de ahí a la negligencia (López Portillo), para seguir con la crisis (De la Madrid) y la recuperación (Salinas de Gortari), y terminar otra vez en la indiferencia (Zedillo).

La incoherencia en el tratamiento de la ciencia y la tecnología por los gobiernos de la segunda mitad del siglo pasado puede apreciarse con claridad a través de cinco marcadores:

1) Nunca se estableció una Política Nacional de Ciencia y Tecnología a largo plazo, aunque cada gobierno proclamó sendos Proyectos Sexenales de Desarrollo de la Ciencia y la Tecnología, que tampoco se cumplieron. En sus primeros 30 años de vida, la Dirección General del Conacyt sólo la ocupó un científico activo durante dos años, y el colmo fue el sexenio en que otro director general dijo en público: “Yo de eso de la ciencia y la tecnología no sé nada…” , lo que, incidentalmente, era obvio.

2) Cada uno de los ocho presidentes que gobernaron el país en la segunda mitad del siglo anterior prometieron que al final de sus respectivos sexenios el presupuesto de inversión en ciencia y tecnología del país alcanzaría el 1.0% del PIB, en vez de ser del 0.3% al 0.4% (la UNESCO ha recomendado que los países en desarrollo inviertan por lo menos el 1.5% de sus PIB en este renglón), pero ninguno lo cumplió, de modo que al terminar el siglo México seguía siendo uno de los países, de todo el mundo, que gastaba menos en su desarrollo científico y tecnológico.

3) El único presidente (aparte de don Porfirio) que se interesó en la ciencia y la tecnología y apoyó su desarrollo de distintas maneras en el siglo XX fue Carlos Salinas de Gortari, quien creó el Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia y le hizo caso siempre que pudo, aumentó el presupuesto de Conacyt y lo reorganizó, disminuyendo drásticamente su personal y reasignándolo a la SEP, pero tampoco cumplió su promesa de alcanzar un gasto en ciencia y tecnología del 1.0% del PIB.

4) Durante la grave crisis económica de principios de los ochenta, la insuficiencia de los salarios de los investigadores y la falta de recursos para trabajar amenazaron con la desintegración de la débil comunidad científica mexicana, iniciada con una progresiva fuga de cerebros, tanto interna como externa, lo que obligó al presidente De la Madrid a adoptar un proyecto de la Academia de la Investigación Científica y crear el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), una forma política de aumentar sus ingresos en función de su productividad individual, sin tocar los miserables salarios base para evitar un “fenómeno de dominó” con los trabajadores sindicalizados de todo el país.

5) El comportamiento claramente esquizofrénico de las autoridades ante el problema del insuficiente número de científicos y tecnólogos en México, en donde hay uno o dos investigadores por cada 10 mil habitantes (ocho mil científicos registrados en el SNI para 100 millones de habitantes), mientras que en España hay cinco, en Inglaterra 25, en Alemania 36 y en Japón 42. La esquizofrenia se manifiesta porque, por un lado, hay un vigoroso programa de becas para la preparación de científicos y tecnólogos, tanto en instituciones académicas nacionales como extranjeras (en sus 30 años de vida, Conacyt ha dado más de 100 mil becas), pero por otro lado no existe un programa para recibir y dar ocupación a los becarios que van terminando sus doctorados, listos para producir en distintos campos, ni tampoco se construyen y desarrollan nuevos centros de trabajo para ellos; de hecho, las restricciones económicas de los últimos años del siglo XX incluyeron la consigna de “ni una plaza nueva más”. El resultado es que México contribuye a preparar un número considerable de científicos y tecnólogos que luego aprovechan otros países.

La complejidad del desarrollo de la ciencia y la tecnología en la segunda mitad del siglo XX en México se aprecia mejor considerando los siguientes seis factores:

1) La multiplicación de los centros de investigación y de las oportunidades de trabajo para científicos y tecnólogos en el país en el lapso mencionado fue casi prodigiosa. Puede afirmarse que en los últimos 50 años del siglo se crearon en México más centros de investigación científica y tecnológica que en los anteriores 500 años, y que en ese mismo periodo el número de mexicanos que trabajó en ciencia y tecnología alcanzó cifras récord. Como en el resto del mundo, a fines del siglo XX, había en México más científicos y tecnólogos vivos que en todos los años de su historia.

2) El papel de la iniciativa privada en el desarrollo científico y tecnológico del país siguió siendo prácticamente nulo, su participación en el gasto en ciencia y tecnología no rebasó del 5% al 10% del total y casi todo se canalizó a patrocinar proyectos a corto plazo y de escala menor, sin carácter competitivo y, desde luego, de interés puramente comercial, en vez de apoyar el desarrollo de una sólida plataforma científica y tecnológica.

3) Los esfuerzos por descentralizar la ciencia y la tecnología fueron muchos y dieron buenos resultados. La macrocefalia del país (una ciudad de México que concentra todos los poderes políticos federales, la mayor parte de la fuerza económica e industrial, y la quinta parte de la población del país) fue reconocida como un problema real y se intentó atacarla por medio de dos políticas: a) el desplazamiento de grupos pequeños de científicos productivos a las instituciones académicas receptivas de los estados, lo que tuvo consecuencias ambivalentes porque algunos grupos desplazados no alcanzaron la masa crítica mínima necesaria para desarrollarse, y otros que sí lo lograron también inhibieron la participación del talento local, o sea que no hubo descentralización sino desconcentración de la ciencia; b) la creación de polos de desarrollo en provincia, por la UNAM y el Cinvestav, y de los centros SEP-Conacyt localizados en distintas ciudades del interior del país, que en general desde que se establecieron mostraron la fortaleza necesaria para desarrollar sus programas de investigación, desarrollo tecnológico y docencia en forma vigorosa y progresiva.

4) La negativa sistemática de las autoridades y de la sociedad a considerar que la ciencia y la tecnología son actividades complejas, que requieren años de preparación y que manejan conceptos y métodos que no sólo requieren educación altamente especializada sino experiencia personal, mientras más amplia mejor. Tanto en las Comisiones de Ciencia y Tecnología del Congreso y del Senado, como en el Conacyt y en otras dependencias relacionadas con las decisiones que afectan a la ciencia y a la tecnología, los expertos con los conocimientos indispensables para entender la naturaleza de los problemas y concebir sus posibles soluciones brillaron por su ausencia, y en las pocas ocasiones en que se solicitó la opinión de los científicos los legisladores no les hicieron el menor caso.

5) El problema fundamental de los no científicos en México fue, durante todo el siglo, el tratar a la ciencia y a la tecnología como si sólo fueran medios o instrumentos para resolver problemas específicos (casi siempre tecnológicos) y para promover el desarrollo económico del país, o sea, la postura estrictamente utilitarista frente al conocimiento científico. Aferrados a la clasificación de la ciencia en “básica” y “aplicada”, los administradores no científicos sólo vieron con buenos ojos aquello que les parecía dirigido a resolver ciertos “problemas nacionales”; incluso hubo un par de sexenios en que se hicieron listas de “prioridades” científicas y se usaron para asignar recursos a los proyectos de investigación que se sujetaban a ellas; en cambio, sólo en un sexenio se señaló que la única prioridad que había en el apoyo a la investigación científica por Conacyt era la calidad de los proyectos (naturalmente, el funcionario responsable de esta política fue un científico, el doctor Miguel José Yacamán, en el sexenio del presidente Salinas).

6) Como ocurre en la mayor parte de los países del hemisferio occidental, la sociedad mexicana está formada por grupos de muy distintos niveles de educación y con marcadas diferencias culturales. En México, con raíces antiguas y profundas, de inmenso arraigo popular, prevalece en grandes sectores el pensamiento mágico-religioso, que inunda la vida cotidiana al margen de que se profese o no alguna religión. La creencia en los milagros es generalizada y aun entre los científicos los hay que funcionan como tales durante la semana pero asisten a misa los domingos. En este tipo de sociedad no resulta fácil introducir el espíritu científico, con su renuncia a lo sobrenatural, su apego irrestricto a la realidad y su insistencia en el pensamiento racional. Esto, a pesar de que la sociedad aprovecha sin rubores las comodidades introducidas por la ciencia, sin abandonar sus creencias tradicionales. Durante el siglo XX hubo países que superaron graves problemas y lograron niveles de vida envidiables, como Inglaterra, Francia o Corea del Sur; otros que a pesar de haber sido devastados por las guerras pronto se recuperaron, como Alemania, Italia y Japón, y otros que finalmente se liberaron de dictaduras fascistas, como España y Portugal, y que salieron del rezago social y económico al que habían sido sometidos, todos ellos gracias al desarrollo de la ciencia y la tecnología.

Con base en esos argumentos, considero que calificar el desarrollo de la ciencia y la tecnología en México como incoherente y complejo está plenamente justificado. Se trata de un panorama de luces y sombras, de triunfos y de fracasos, de acciones afortunadas y de otras no tanto. Al final, sin embargo, el balance parece positivo. Como ocurre con los adolescentes, cuya conducta siempre es juzgada por los mayores a partir de la condena iracunda, definitiva e irreversible (los pesimistas), o bien de la tolerancia comprensiva, tranquila y esperanzada (los optimistas), el desarrollo de la ciencia en México puede observarse desde dos ópticas. Se trata, entre nosotros, de una empresa reciente, con menos de 100 años de antigüedad. La juventud de la ciencia mexicana no se refiere a su historia, que data desde principios de la Colonia (Trabulse la ha denominado “ciencia oculta”), sino a su tradición, que es mucho más breve porque apenas se inicia a fines de la tercera década del siglo pasado.

Ruy Pérez Tamayo. Médico egresado de la UNAM. Miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua.