Mis dos cenizas

 

Todas las luces están prendidas, pero yo me he quedado a ciegas en la casa de mi madre.

Es una casa en mitad del jardín que es de todos. Y de nadie.

Este jardín lo heredó mi padre de su padre, un inmigrante italiano que llegó a México a principios del siglo pasado. El jardín pudo perderse en la nada de las deudas si mi madre no se hubiera aferrado a esta tierra que entonces era un paraje remoto a la orilla de la ciudad.

A mi padre le tocó la guerra y el matrimonio como lo que debió ser la única secuela posible de aquel sueño de horrores: una tregua. La ardua paz que él resumía: “En la iglesia te atan una esponja a la espalda. El presbítero dice que semejante carga habrá que llevarla de por vida con serenidad y alegría. Uno piensa que no habrá nada más fácil. Luego, termina la ceremonia, se abre la puerta de la iglesia y los cónyuges salen para siempre a un aguacero”.

A mi madre le tocaron la belleza y la tenacidad. El matrimonio como una decisión que supuso en su mano y que no fue sino la mano del destino jugando a hacerla creer que ella mandaba en la desmesura de sus emociones.

Sucedió que se casaron tras dos años de un noviazgo a tientas. Él quería besarla, ella se preguntaba si podría soportar de por vida que su marido no fuera alto, como su padre.

Hay una foto en que mi madre sonríe y es divina como una diosa: así, con su cara de niña que por fin se hizo al ánimo de no serlo. Él la lleva del brazo y está como de vuelta, como si de verdad fuera posible no contarle nada de lo que hubo detrás. Es el día de su boda, en la mañana, el 8 de diciembre de 1948. También él sonríe, como si pudieran olvidarse el desaliento y las pérdidas. Se ve dichoso.

Mi madre tenía entonces la edad que hoy tiene mi hija.

Hemos puesto la foto sobre la chimenea. Hasta hace un año estaba en un baúl, pero Verónica, mi hermana, la encontró justo cuando empezaba a ser urgente. Nuestros padres se quisieron. ¿Qué tanto se quisieron? ¿El suyo fue un romance de época o no estaba la época para romances? Yo jamás los vi besarse en la boca. Lo pienso ahora que me he quedado a solas, con ellos. ¿Por qué no se besaban frente a nosotros?

Mi abuelo materno pensó por meses que esa boda no sería tal. Carlos no era rico, era doce años mayor, y de remate soñaba despierto.

Mi abuela paterna estaba segura de que la familia de mi madre era demasiado liberal, pero las seguridades de mi abuela paterna no le importaron nunca a nadie. Durante cuatro años había creído que Carlos estaba muerto en Italia mientras aquí se le morían otros dos hijos. Para ella sólo Dios mandaba y cualquier cosa que mandara era bien mandada. Quizás por eso nadie le hacía mucho caso.

Salvo mi mamá. Ella no olvidó nunca que cuando le llevó unos mangos en abril, su futura suegra se negó a comerlos porque aún no había llovido.

A mi abuela materna le hubiera fascinado el jardín. De mis abuelos maternos viene el amor a la tierra que en su nieta Verónica se ha vuelto una cruzada. Mi abuelo paterno fue el comprador porque cerca había construido un sistema hidráulico para generar energía con las aguas del río Atoyac. No había alrededor sino campo y días rodando como piedras. Cuando lo compró, su segundo hijo, mi padre, todavía no estaba perdido en un país en guerra. El abuelo creía en las guerras, un motivo del litigio que nadie quiso dar contra él. Ni siquiera mi padre que hubiera tenido mil motivos, pues vivió la guerra. Cuando regresó de Italia, no volvió a mencionarla. Ni mi madre, que durmió junto a él veinte años, supo del espanto que atenazó su vida y su imaginación desde entonces y para siempre. Todos creímos que se le había olvidado. Pero ahí estaba el abismo del que nunca hablaba, ahí, en la nostalgia con que se reclinó en la puerta de nuestra casa, a ver cómo sus tres hijos mayores nos íbamos a vivir a la ciudad de México. De golpe.

Nos fuimos los tres. Como si nuestros padres fueran ricos y como si nosotros no supiéramos que no lo eran.
A los cinco meses murió mi padre, Carlos Mastretta Arista. Y hasta hace muy poco, yo, su hija Ángeles, dejé de creer que había sido mi culpa. Ahora lo sé como sé del agua: la gente se muere en cualquier tiempo. Y un hombre de cincuenta y ocho años, la edad que yo tengo ahora, que llevaba cuarenta fumando, que pasó cinco en un país con guerra y veinte fuera del lugar en que nació, que sólo descansaba los domingos, puede morir por eso y porque sí. Aunque nadie se lo esperara, aunque todos lo viéramos irse temprano a trabajar y volver silbando como si volviera de una feria.

Se le veía contento, sobre todo el domingo, cuando escribía un artículo sobre automóviles para el periódico en que publicó durante más de quince años. El periódico acabó despidiéndolo por comunista, a él que un instante, no sé qué tan largo, llegó a creer en la ensoñación fascista. Pobre lucero. No cobraba un centavo por escribir, ni se lo hubieran pagado, pero era su fiesta. Creo que no se creyó un hombre feliz, pero sabía hacernos reír y al mismo tiempo nos contagió pasión por la melancolía. Un hombre así no debería morir temprano. Pero también la bondad tiene plazo.

Lo enterramos mi madre, mis hermanos y yo. Pasaron los años y no pasó él. Pasó la vida y su memoria se encandiló en la nuestra. Mi madre trabajaba desde antes de perder a mi padre. Enseñaba los primeros pasos de ballet en una pequeña escuela, para pena de su marido que vivía como una vergüenza lo que ahora sería un éxito: tener una mujer que trabaja en algo más que pintarse y quejarse.

Huérfana de marido a los cuarenta y seis años, preciosa, no se volvió a casar ni lo intentó. Cerró esa puerta a lo que veía inhóspito. ¿Un señor que no fuera de la familia durmiendo en su casa? Todo menos ese lío, decía su actitud de reina clausurada.
Y pasó el tiempo. Los hijos nos fuimos haciendo útiles, dejamos de pesar en su monedero, pero no en su ánimo. En el ánimo los hijos pesan siempre. Uno carga con ellos como con sus sueños: por fortuna.

Dos sueños cargaba ella cuando sus cinco hijos encontramos cauce. Uno, estudiar. Otro, hacer la casa de sus deseos en mitad del jardín que mi padre no vio nunca sino como la fantasía más remota del mundo. Si lo hubieran vendido, quizás habrían mejorado las finanzas, pero mi madre se hubiera muerto entonces y no cuarenta años después. Se hubiera muerto sin haber estudiado la preparatoria a los sesenta y terminado la carrera a los setenta. Se hubiera muerto entonces y no ahora que tampoco quería morirse.

Nadie quiere morirse, y no por esperada la muerte nos violenta y atenaza menos. A ella, como lo más inusitado. Mi madre estaba muy enferma y tenía cuatro más de ochenta años. Vivió meses litigando con las debilidades de su cuerpo, empeñada en balbucir que aunque fuera así quería estar un rato más, mojarse con el sol, oír nuestras pláticas, beber su avena y comer cada día el dorado pan nuestro. Respirar.

A un pedazo de su jardín se irán los trozos de arena cenicienta que se volvieron sus ojos claros, su voz, su memoria, su pasión desesperada por la vida y por los hijos de su esposo Carlos, los hijos que nos hemos reunido hoy en la tarde, a pensar bajo qué árbol los pondremos. A los dos, porque luego que mi madre murió recuperamos también los restos de mi padre y lo hicimos arder, como a ella, hasta que nos devolvieron su destello en granos pequeños.

Lo que había de sus huesos, solos bajo la sombra, está ahora en una caja de madera, idéntica a la que encontramos para mi madre. Hemos puesto las dos cajas cerca, sobre el escritorio, bajo la luz, viendo al jardín. Y ahora que se han ido mis hermanos, cada cual a su casa, yo me he quedado aquí, a oscuras.

Esta casa de todos es mi herencia. Tiemblo de saberlo y de pensarlo. Miro las dos pequeñas cajas, pongo una mano en cada una. La de mi padre, se oye raro, me alegra. Ya no había nada suyo sino el recuerdo nuestro, y ahora ahí están esas pequeñas piedras grises diciendo que existió, que hubo tal cosa como un ser vivo detrás del mito enorme que entre todos tejimos tras su muerte. Las de mi madre, en cambio, me derrumban. Hace apenas dos días eran la fiebre y la fe de una mujer que sigue viva en cada planta de su jardín. Y aquí está lo que hay suyo: en una caja muda. La caja de Carlos habla, no deja de decirme tonterías. Hola hija, fui feliz. Hola hija, no te apures que uno se muere porque ha de morirse, hola hija, hicieron bien en traerme a este jardín, hola hija no temas, nada pasa en la nada.

La caja de mi madre no dice una palabra, pero me hace llorar como si estuviera perdida en un desierto. Como si, además de sufrirla, esta soledad fuera mi culpa. La de mi madre dice ya no estoy, ya eres vieja, ya te toca ser madre de mis hijos, ya no llores así que no ayudas a nadie, ya ponte a trabajar, ya no me mires. No me mires que aquí no estoy, que ando afuera paseando entre los libros, junto a la mesa, frente a la estufa, bajo los árboles, con los niños, contra todo lo que parezca. No me mires. Quédate con la yo que anduvo viva, que el muerto sea tu padre, que ya él estaba muerto. En esta caja no estoy, llévatela al jardín, tírala, despilfarra. No están aquí mis ojos, ni mis manos, ni mi terco deseo de estar aquí. Llévatela al jardín y ponla con lo que hay de tu padre, con él que no conoció esta casa, ni la extraña, ni sabe que ustedes ya saben que estoy muerta. No me mires. Déjame andar viviendo, sin que interrumpas mi pena con la tuya.

Todas las luces están prendidas, pero yo me he quedado a ciegas, en casa de mi madre, una casa en mitad del jardín que es de todos. Y es mía. Como la memoria, el desamparo y el viento. No tengo miedo, padre, tengo espanto. No tengo espanto, madre, tengo tu herencia y esta casa y tus perros. Tengo a mis hijos y tengo a mis hermanos con sus hijos. Tengo dos cajas, dos montones de arena, una sola tristeza enardecida.

Ángeles Mastretta. Escritora. Autora de Maridos (2007), Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida.