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El enclave y el incendio

 

¿Bajo qué condiciones se practica la ciencia política en México? ¿Qué calidades tiene? La práctica en México es, como el país en su conjunto, sumamente desigual. Si se compara con el resto de América Latina las cosas pintan muy bien. Un estudio realizado hace tres años sobre la institucionalización de la ciencia política en nuestra región afirmaba: “con la excepción de los ‘grandes’ (Argentina, Brasil, México), en casi ningún país existe una ciencia política institucionalizada. Quizás, sólo estos países lograrían satisfacer casi todos los criterios que se nos podrían ocurrir para hablar de institucionalización disciplinaria, como ofrecer títulos en los tres niveles universitarios, poseer programas de investigación consolidados, tener criterios claros para evaluar la calidad de la investigación, contar con una carrera profesional y académica, permitir vivir dignamente a los politólogos y politólogas de su trabajo, entre otras cosas”.1

En 2005 era el país con más programas de licenciatura (43) en ciencia política de la región. Este país ofrecía el 30.1% de todos los programas de licenciatura a nivel continental. México tiene una infraestructura estatal de apoyo a la investigación (el Sistema Nacional de Investigadores, los Fondos Sectoriales del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, etcétera) envidiable. Numerosas publicaciones mexicanas cuentan con arbitraje de pares de doble ciego. El índice de revistas científicas del Conacyt registra 15 publicaciones dedicadas al estudio de cuestiones políticas. Una revista mexicana (Política y Gobierno del CIDE) está incluida en el Social Science Citation Index. Índice donde sólo el 10% de las revistas incluidas se publica en un idioma distinto al inglés.

En 2005 el rango estimado de ingresos brutos de los académicos de la disciplina era entre 900 y tres mil 500 dólares.2  De ahí que algunos observadores concluyan que existe una ciencia política mexicana, robusta, plural y diversa.

EL ARCHIPIÉLAGO
Las imágenes son, sin embargo, engañosas. La visión de conjunto oscurece una realidad mucho más compleja. Si bien es cierto que en números absolutos México tiene más programas de licenciatura que cualquier otro país de la región, el panorama cambia si consideramos la población. México tiene muchos programas, pero también es, en términos demográficos, uno de los países más grandes de América Latina. Cuando ponderamos por población las cosas cambian. La razón entre licenciaturas y población de México (0.42) dista de ser la más alta. Cuatro países tienen una mayor proporción: Argentina (0.86), Bolivia (0.44), Chile (0.70) y Uruguay (0.45). El país que por tamaño poblacional ofrece más títulos de licenciatura en la disciplina es Argentina.

En el mismo sentido, aunque la infraestructura científica e institucional de México es muy superior a la de casi cualquier país de la región, ello no se refleja en la capacidad de formar recursos humanos a nivel posgrado. En 2005 México sólo ofrecía el 9.3% de los programas de maestría y 11.9% de los doctorados de la región. Si controlamos por población, la proporción de maestrías era 0.09 y de doctorado 0.04 (muy por debajo de la media regional que era 0.19 y 0.07, respectivamente).

El rasgo central de la ciencia política en México es su fragmentación. Un dato da cuenta de ello: la ausencia de una asociación nacional que realice congresos periódicos de los practicantes de la disciplina. Bien mirado, México reproduce a su interior la desigual realidad latinoamericana. Como en muchos países de la región, los salarios de la gran mayoría de los profesores de ciencia política son insuficientes para vivir dignamente. Sin embargo, en el archipiélago existen islotes privilegiados: un puñado de instituciones públicas y privadas, casi todas en la ciudad de México, proveen buenas condiciones de trabajo y pagan salarios adecuados a algunos de sus profesores. Pero son muy pocas y las privadas (como el Tecnológico de Monterrey y el Instituto Tecnológico de México) hacen énfasis más bien en la docencia. Hay poco tiempo para investigar.

En las grandes universidades públicas sí se hace investigación, alguna de muy buena calidad. Sin embargo, son muy desiguales a su interior. Mientras profesores mal pagados imparten la mayor parte de la docencia, un pequeño grupo de investigadores obtiene buenos salarios, los mejores de la profesión, a través de estructuras complementarias de incentivos. Sin embargo, para acceder a los mecanismos de estímulos (el PRIDE en la UNAM y las becas y estímulos en la UAM) a menudo el criterio central no es el mérito sino la antigüedad de los investigadores y la habilidad (algunos dirían mañas) para dominar los recovecos burocráticos de los sistemas de puntos.

Además de los problemas derivados de la “puntocracia” en estas instituciones, a menudo el proceso de producción y consumo de conocimiento es endogámico y autorreferencial. Las universidades contratan como investigadores a sus propios egresados de programas doctorales y publican sus trabajos en revistas y editoriales propias. Los libros no se distribuyen ni se leen afuera y a veces son simplemente almacenados. Esta producción se contabiliza y retroalimenta el sistema de puntos que sirve para mantener el salario. Se construye así una burbuja en la cual los investigadores habitan cómodamente sin necesidad de exponer su trabajo al exterior.

Lo cierto es que la gran mayoría de los profesores que imparten las materias en las licenciaturas en ciencia política en todo el país están mal calificados y mal remunerados. El contraste entre los extremos de la realidad mexicana es brutal. Mientras que en las instituciones de elite es indispensable para ser contratado contar con un doctorado, en la mayoría de las universidades del país los profesores carecen de doctorado y a veces hasta de maestría. El SNI deja fuera de su cobertura a la mayoría de ellos, pues poseer el grado de doctor es un requisito para pertenecer al sistema.

En muchos lugares de México el escenario es muy parecido al de los países más pobres de América Latina. En contraste, investigadores de las instituciones de elite son solicitados como comentaristas en los medios electrónicos, editorialistas en los diarios, asesores y consultores. Instituciones públicas, ONG’s, partidos políticos, empresarios y organizaciones internacionales requieren a menudo de sus servicios.

LOS ENCLAVES
En el archipiélago no hay revistas que todos los politólogos mexicanos lean y muy pocos autores, propios o extranjeros, constituyen referencias teóricas comunes. Las ínsulas tienen entre ellas poca o nula comunicación. La ciencia política en México se encuentra fragmentada institucionalmente por diversas razones.

Además de los desacuerdos disciplinarios y metodológicos hay razones de tipo generacional que dan cuenta de la poca o nula comunicación.3  La facultad en algunas instituciones es muy joven (con una media de edad de 45 años), mientras que en otras ha envejecido en mayor medida. Las tradiciones académicas y los lugares de formación también dividen a los politólogos. A pesar de que en términos generales la ciencia política de Estados Unidos no ha logrado imponerse como paradigma en México, algunas de las ínsulas del archipiélago han logrado constituirse en enclaves, es decir, en “territorios incluidos en otro con diferentes características políticas, administrativas, geográficas, etcétera”.

Ahí se han tratado de recrear las condiciones del primer mundo, o mejor dicho, de la academia norteamericana. Estos departamentos creen que pueden competir por contratar profesores jóvenes en el mercado de trabajo de Estados Unidos. En ellos todos los profesores —egresados de prestigiosas universidades norteamericanas— cuentan con doctorados y tienen salarios razonables que les permiten dedicarse de tiempo completo a la investigación y a la docencia. Asisten puntualmente a los congresos anuales de la American Political Science Association. Publican su trabajo en revistas internacionales arbitradas en inglés y tienen un creciente reconocimiento internacional. En esas instituciones existe la posibilidad de hacer una carrera académica seria.

Los habitantes de estos enclaves se sienten muy orgullosos. Sus instituciones parecerían ser las joyas de la corona de la ciencia política mexicana. Sin embargo, las innegables ventajas también conllevan costos. La mentalidad de enclave no sólo quiere decir que los politólogos de estas instituciones hayan decidido insertarse de pleno en la ciencia social global y hacer trabajos académicos de calidad internacional. También ha significado que le han dado la espalda a la mayoría de la ciencia política que se hace en el país, a la que consideran de segunda o tercera categoría.

Esto, es preciso decirlo, no sólo ocurre en México. Algunos colegas simplemente creen que una carrera académica exitosa no pasa por escribir en español. Ese idioma sirve para comunicarse con las secretarias, pero no para publicar. Si bien es cierto que la lengua de la ciencia es el inglés y que es necesario escribir en ese idioma, ello no implica que se abandone el castellano. En un país que tiene una tradición de construir grandes instituciones de investigación en ciencias sociales, esta actitud es realmente inédita.

De la misma manera, a menudo se han copiado acríticamente los patrones de la academia norteamericana. Así se han importado sus vicios, como el fetichismo con los métodos formales y estadísticos y las modas teóricas de diversa índole.4  Las preguntas que se formulan son estrechas y los artículos se escriben para conformarse a la academia norteamericana.

La publicación en revistas arbitradas es un buen ejemplo de los excesos que se han cometido. Sin duda, este tipo de publicaciones es muy importante. Pero cuando sólo se consideran valiosas un puñado de revistas, en su mayoría norteamericanas, ignoramos los sesgos que existen.5  A diferencia de lo que ocurre en los grandes departamentos de ciencia política de las universidades de Estados Unidos, los comités de evaluación en las instituciones de enclave a menudo abdican de su juicio crítico. Detrás de esta claudicación se encuentra una fantasía: que la publicación en ciertas revistas es en sí misma un criterio objetivo e inatacable de la calidad sustantiva del trabajo académico. ¿Para qué discutir la sustancia, los méritos intrínsecos o la relevancia de lo producido?


COPIAR Y MIRAR

Copiar estándares no es, necesariamente, una buena idea. Por el contrario, como señala Phillip Schmitter, en las periferias la estrategia más exitosa no es la simple imitación sino la especialización en aquello que se hace mejor, “especialmente cuando la comunidad de politólogos es relativamente pequeña y por lo tanto sus productos de ‘nicho’ no amenazan el status o la tajada de mercado del productor hegemónico”.6  Hallarse en los márgenes debería significar una mayor oportunidad para la innovación, la experimentación y la diversidad. La tiranía del mercado no siempre es positiva. Sin embargo, en los enclaves lo que reina es un espíritu de conformidad. Imitar es lo que proporciona status. El problema es que al proceder de esta manera corremos el riesgo de adoptar, como criterios infalibles, meras modas teóricas provincianas que pueden resultar irrelevantes al final del día.

Como señaló el reconocido politólogo Adam Pzerworski en una entrevista:

Toda la estructura de incentivos académicos en Estados Unidos desalienta la toma de grandes riesgos intelectuales y políticos. Los estudiantes de posgrado y los profesores asistentes aprenden a empaquetar sus ambiciones intelectuales en artículos publicables por unas cuantas revistas y a evitar todo lo que pueda parecer una posición política. Este profesionalismo produce conocimiento a partir de preguntas formuladas de manera muy estrecha, pero no tenemos foros para dar a conocer nuestro conocimiento fuera de la academia; de hecho, no nos comunicamos sobre política ni siquiera entre nosotros mismos. Han pasado décadas desde que las revistas profesionales —“profesional” es como se llaman— publicaran ensayos sobre: “¿cuáles problemas existen en Estados Unidos hoy?, ¿cuáles problemas aquejan a la democracia hoy?”. O sobre “¿cómo hacer que el mundo sea mejor?”. Tenemos algunas herramientas y conocemos algunas cosas, pero no hablamos de política con gente fuera de la academia.7

Copiar este modo de producción de conocimiento no sólo es innecesario, es desafortunado.

Los politólogos mexicanos estudian instituciones políticas como el Congreso, los tribunales, las elecciones, los partidos políticos, la opinión pública y los gobiernos divididos con métodos cada vez más sofisticados. La cuestión central, sin embargo, es saber cuántas preguntas verdaderamente importantes se están formulando y respondiendo. Cualquier cuestión metodológica es secundaria.

México experimentó en los últimos 10 años un profundo y complejo proceso de cambio político. En la actualidad hay grandes interrogantes sobre numerosos temas. Las planas de los diarios están repletos de ellos: el reto del crimen organizado al Estado, un régimen electoral contencioso, los movimientos de protesta, etcétera. Sin embargo, ¿cuántas ideas fundamentales, teorías o hallazgos empíricos relevantes hemos producido en México para explicarlos? ¿Dónde están los referentes obligados, el argumento iluminador, la idea seminal sobre el cambio político? Producir ese tipo de conocimiento es una obligación incuestionable de la ciencia política mexicana.

EL BOSQUE Y LAS ROSAS
Determinar qué trabajo académico es relevante y de buena calidad es una tarea increíblemente complicada. Difícilmente podremos encontrar una sola medida. En la entrevista antes citada, Pzerworski se preguntaba:

¿Qué es lo que no nos estamos preguntando? Ciertamente no estamos preguntándonos: “¿Qué significa, a qué nos lleva, todo lo que sabemos?”. Pero tampoco nos hemos planteado varias preguntas que podrían investigarse con los métodos que tenemos. ¿Qué determina el acceso de los intereses adinerados a la política? ¿Qué sucede con nuestras instituciones democráticas que hacen que la gente se sienta políticamente ineficaz? ¿Por qué estas instituciones perpetúan la miseria y la desigualdad? Hay un dicho en mi lengua materna que dice: “No es momento de llorar por las rosas cuando el bosque se está quemando”. Y cuando hablo con gente de Argentina, Francia, Polonia o Estados Unidos, escucho que se están quemando.

Parafraseando a Pzerworski, podríamos afirmar que en México el bosque se está quemando: la gente está profundamente insatisfecha con el funcionamiento de las instituciones, los partidos políticos, el Congreso y el gobierno. Ve políticos que sólo sirven a los intereses de los ricos y poderosos. No puede entender por qué las instituciones democráticas son impotentes para reducir las grandes y persistentes desigualdades y combatir exitosamente al crimen organizado. ¿Por qué el Estado no es capaz de imponer un orden mínimo en muchas partes del territorio nacional? Siente que los partidos políticos no funcionan como mecanismos de transmisión de sus valores e intereses.

Mientras tanto, los habitantes del archipiélago sufrimos de diversos tipos de autismo. Algunos miran con embeleso al norte; otros se regodean en su claustro. El hecho es que no nos estamos haciendo preguntas clave. Y, como señala Pzerworski, el peligro es que a menos que las formulemos dejaremos las respuestas a los demagogos de diferentes espectros ideológicos.

José Antonio Aguilar Rivera. Profesor-investigador del CIDE. Entre sus libros: El sonido y la furia.

La persuasión multicultural en México y Estados Unidos.

1 David Altman, “La institucionalización de la ciencia política en Chile y América Latina: una mirada desde el sur”, Revista de Ciencia Política, vol. 25, núm. 1 (2005):4.regresar
2 Los datos son de Altman, ídem. También véase: Soledad Loeaza “La ciencia política: el pulso del cambio mexicano”, Revista de Ciencia Política, vol. 25, núm. 1 (2005):192-203.regresar
3 El politólogo César Cansino incluso ha declarado, en un reciente libro ganador de un premio, muerta a la ciencia política. Véase César Cansino, La muerte de la ciencia política, Sudamericana/La Nación, Buenos Aires, 2008.regresar
4 Para una visión crítica del estado que guarda la ciencia política véase Giovanni Sartori, “¿Hacia dónde va la ciencia política?”, Política y Gobierno, vol. XI, núm. 2 (segundo semestre 2004).regresar
5 El SSCI, por ejemplo, está sesgado a favor de publicaciones en inglés y no incluye libros.regresar
6 Phillip Schmitter, “Seven (disputable) Theses Concerning the future of ‘Transatlanticised’ or ‘Globalised’ Political Science”, European Political Science, 1(2):8regresar
7 “Entrevistas de Gerardo Munck y Richard Snyder a Robert Dahl, Juan J. Linz, Adam Przeworski y David Laitin, ‘El pasado, presente y futuro de la política comparada: un simposio’”, Política y Gobierno, vol. XII, núm. 1 (primer semestre 2005): 145.regresar