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Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad
Que se inventa y me inventa cada día…
—Octavio Paz

Sobre, encima, sitiándolo, de Diego Rivera se han escrito murales enteros de palabras que tratan de pintar lo que él pintó, pero sólo consiguen abrir resquicios y atisbar apenas lo que fue ese hombre soberbio, hombre de hombredad en totalidades, hombre de pie defendiendo a la nación —nacencia— con pinceles, hombre horizontal poseyendo enhiesto a las mujeres que lo amaron en el delirio que la hombría desata cuando escasea tanta en el planeta de finales de siglo. Cualquier osado exegeta se pone a echar goterones colorísticos dándole la vuelta a la O por lo redondo de Diego, imitando la pintura tramposa norteamericana, enunciante ya de la destrucción del país más poderoso de Occidente; pocos son los que enseñan la humildad de Diego Rivera, que la contenía oculta como su más bella guanajuatense virtud.

Se usa a Diego Rivera hacia la fama para darse taco, saludar ajeno con su gorra comunista; usósele pues desde siempre. Más ¿quién pudo penetrar el sitiaje de trapos y carnes y vísceras para tocar su preciosa de buena ley alma? En los mundos de la inteligencia oficial, Macécontar cosas mínimas de los demás (como el ser humilde) haberes, hechos, dichos, sentimientos, lágrimas, es calificado de incurrimiento en la anécdota; escribir la historia del hombre sonreí el mundo es eso precisamente, y mucho más por supuesto: relato de anécdotas. Las anécdotas son las piedras fundamentales donde se asienta el desenvolvimiento humano. A mí me gustaría saber de los motivos del lobo de Eva, al ofrecer la óptima colorida manzana del árbol del bien y del mal (ya medio podrida) y la muda respuesta del hombre que aceptaba, tomándola, el dominio, la violencia sexual. No en la Biblia venía solamente la desnudez de la pareja (y en medio de nosotros la sierpe, el machismo, la cobardía como un dios) sino también, naturalmente, el arribo operístico del ángel de la anunciación con su espada flamígera a medio desenvainar; el vengador del paraíso terrenal desconocido para mí, quien me persigue cortándome en dos, me destroza, descendiente directa yo de la primer mujer, y de aquellos extraños expulsados primeros padres sin sentido del humor pero con muchas ganas.

En fin, intento expresar que al Diego Rivera que yo conocí, todo el mundo le ha echado el pial, ¡a él!, indomable toro en llamas, potro salvaje, encabronado, con el fin de sacarle la sangre. A cualquier ser colosal en esta tierra se le consume para presumirlo; en la insistencia algunos cuentan (en esa conversa tan nuestra, sabrosa, íntima, tibia, de Pastita de Guanajuato, o de El Cantador, de San Renovado, junto al café acabadito de moler a mano y calentándose aromador sobre, en y dentro de los carbones tronantes, géiser de estrellas, encendidos con ocotes) apenas —sin penas— que Guanajuato fue Diego Rivera sin saber quizá ni la O por lo redondo…

Nació en 1886 en un helado 8 de diciembre que pelaba al asomar las narices al patio (frío de montaña, de manos partidas y pies inútiles) en la calle de Pocitos, frente a la casa de mi abuela Esther Ceballos de Romero. Su padre químico, maestro rural y editor de un periódico liberal, a los cinco meses del muchachito lo traslada con su familia a la ciudad de México. Diego era hermano gemelo de Carlos María, muerto al cumplir año y medio de vida. Quizá de allí provenía el poder de trabajo hercúleo de Dieguito, dos veces el mismo, llevando a su propio hermano varón a cuestas; se sabe empezó a decaer la criatura sobreviviente después de la muerte de su otro yo, y a debilitarse a tal grado que don Diego señor y doña María del Pilar Barrientos de Rivera, la madre, hubieron de llamar a la nana Antonia, nodriza universal de gritos y susurros, pechona canela de globos inflados como para la apertura de la Presa de la Olla, a fin de disponer y alimentar amamantándolo al niñito debilitado y se lo llevara, montada en su mula, a vivir a las montañas entre Guanajuato y Dolores Hidalgo. Diego en pañales, se acurrucó fetal en el rebozo de humo e hilo, y en los veintiséis años de Antonia, y desde allí descubrió pajareando, el paisaje que nos conforma en contrafuerte de vientos y catolicidad a los serranos guanajuatenses. Cuentan que contaba Diego, el gran contador, cómo supo del aire rosa del amanecer, del morado vencimiento de las estrellas, del oro de los arroyos y la sensual curva de vientre y senos de los cerros, de las montañas portentosas y mayestáticas de la Sierra Gorda, de los pozuelos hondos con agua de lluvia en la mera punta de las crestas y del olor de Antonio a albahaca, su vigilia alunada, y de cómo se lavaba el cabello, el cuerpo fuerte, toneladas de aromas perfumadas, o cómo lo cubría con la lumbre en los ojos dejando pender sus llenos pechos de plomada. Por eso Antonia está sin recato una y otra vez, guanajuatense necia, terca, de tatuaje, en la pintura del hombre Diegote.

Diego vino a México, en la saeta de energía que era él todo, sobrepujante; deja atrás cabaña, Antonia, infancia, a los cinco años se multiplica en su primer gran ciudad dibujando cuanto observa. Aprende el placer blando incomparable, el olor de los lápices deslizándose en el papel.

Un dinamo, tormenta, originalidad sin influencias aún, feroz hiriente, guanajuatense irónico, tocable ternura en el cuerpo y la mirada convirtiéndose a cada instante en más límpida y más penetradora, saltándose casi las cuencas: ojos arranados y aterciopelados, como los ojos de los perros escuincles a los que tantísimo Diego quiso. Pasó por la ciudad capital el niño y el joven y se detuvo estupefacto, fascinado; a los diez años, en la Academia de San Carlos ingresa con un paso tan fuerte que disimulaba su figurita de niño precoz: seguro, erguido en su pantalón bajo la rodilla, gallito, entrón, talentoso a morir; le da la mano a José María Velasco su maestro, y a quien conoce como al sol, a José Guadalupe Posada (en 1957 entrega Rivera su mano derecha a la muerte y ésta, igualada, tan campante y justa, hasta eso, la mete en el antebrazo derecho de Posada)… Todo esto queda dicho y pintado en el mural del Hotel del Prado, en donde el Dios no existe de Diego, de Letrán, y del borrado pasado…

Mientras el mundo trepida. El estudiante traza apuntes de cuanto sus millones de pupilas de mosca marca demonio, agarran, de agarrar, de garra. Deja a un lado el terror y la inseguridad —si los tuviera acaso— y los amarra, amordaza y alza en el ultimísimo cuarto de la azotea mental, derrota así a las dos presencias que nos agobian en la clandestinidad.

Diego Rivera en su vida elíptica jamás pecó de cobarde o miedoso, ni sintiese solitario, abandonado por allí, olvidado como tú y como yo; ni siquiera Diego se puso a meditar en el traspié que es ser feo. Extrovertido —como tú y como yo—, impertinente, mentiroso, exhibicionista… ¡cuántos telones de espejos para ocultar a sus dos prisioneros —él y el gemelo—! Diego fue talentoso e inteligente, pareja impar a veces emparejada; generalmente los guanajuatenses poseemos esa pareja par, pero también poco la presentamos a los demás; la guardamos en la trastienda de la botica familiar que da a las mañanas del Jardín de la Unión y a las noches de serenata de antes (olemos nosotros tres —la pareja y yo— los naranjos y los laureles, la madera trabajada de los muebles por herencia, el alcanfor, el espíritu de tomar, los espíritus de untar, el bálsamo tranquilo y de benjuí, el de más allá, el de aceite de rosas; nos perturba el alma inconsútil de la pajuela, el remedio de manzanilla y la axila defendida con alhelí).

Tres años antes de explotar la revolución que hizo temblar en sus centros a la tierra, la nuestra, Diego —veinte años— se va en barco acodado a la baranda, becado, con la quilla por delante, de pintorcito de a dos por cuatro a Europa. Iba guapo Diego, de verdad, buen mozo antiguo. Desembarca en España y sus ojos que son ya dos mapamundis, se extasían frente a la familiaridad del sol y las hornacinas, los niños morenos, y las azoteas madrileñas tan parecidas a las guanajuatenses que nos tapan la cabeza como si fueran mantillas de cal y canto. España fue su segundo espectáculo cubista después de la Bufa, la Valenciana y el panteón rumbo a Tepetate. Su excepcional soltura en el dibujo admira hasta al célebre Chicharro. De allí pa’l real a París que como de costumbre era una fiesta. Diego aprendió a arrejuntar con las manos abiertas en palmas de Coyolxauqui la pluvial ciudadcúspide-lux de entonces: París, lluvia como de juguete, menuda y divertida, distinta, ni de chiste las tormentas tropicales súbitas y castellanas de Guanajuato, la ciudad de los ciclones de mar y los naufragios reales, que sin tener ni mar ni rey Lear le íbamos a construir su faro (mi faro paterno) tal le dimos cama vestido y sustento al emperador Maximiliano de Habsburgo, quien durmió dos noches en la cama de latón de mi tía Lelita, coronada la cabecera con el águila de las alas abiertas, y donde yo dormiría muchos años de mi vida niña, que no está usted para saberla, pero de todas maneras la sabe, siguiendo la noble, leal y feliz tradición de cronistas guanajuas, guardando celosamente la honra de los demás de boca en boca.

De pronto el viajero empecinado abre sus piernas y planta los pies uno en México y el otro en París… va, viene, vuelve, regresa y hace el amor incesantemente con hermosas e inconsútiles mujeres, preña, olvida, escribe, pinta, dibuja, engorda, se viste de negro, usa capa, deja crecer su barba conquistadora, lleva reloj con leontina delante de su chaleco de rigor, viste y desviste damas, minucioso, infatigable, genial, incandescente, viril a carta cabal, exótico. Nadie del género femenino (como hoy se usa decirle a la “equidad”) pudo balbucear siquiera la palabra NO a la proposición teatral perentoria, porque Diego, como buen guanajuatense (ranas, topos) fue él mismo la más alta y sensata pasión posible e inencontrable. Los guanajuatenses perdemos por el amor y así nos va. Nos multiplicamos sin lentitud y con inexorabilidad, pero amamos más que partos y embarazos; amamos callejoneando, en los Loseros o los bajos del Teatro Juárez, en las escaleras de Monsieur Eiffel del mercado como Saint Lazare, y a la luz y sombra de la para nosotros eternamente parroquia, hoy catedral (y los guanajuatenses recordamos a la parroquia —parroquia encalada, verdecita o cremita, como era todo Guanajuato en su original estilo, tan de pueblo hispano o de San Petersburgo de Tolstoi, según constaté en la Rusia todavía de los zares— y no ese shedrón, azapotado, amarillo jijo, de gringa alebrestada, que le untan hoy a la fachada como injuria turística. Para nosotros los de antes, insisto, la parroquia, con la Virgen de Guanajuato cubriéndonos con su manto, era la parroquia, y debajo de su manto y de nosotros, la divina, delicuescente poética y romántica tienda de las charamuscas de a de veras, aquellas flaquitas y elásticas de a centavo. O las rellenas de nueces, de a peso. Los protagoniños de ayer apenas, nosotros “los grandes” ya, rechazamos los holocaustos arquitectónicos a la moda sobre nuestra ciudad. Somos como ella albos, pálidos, lívidos…

Y de pasada, para volver a Diego Rivera (todo lo contado le pertenece), me cuesta trabajo comprender cómo resistió las ganas de irse a la Revolución de guerrillero trepado en el tren con sus adelitas haciéndole pellizcadas, más evidente es que esa ausencia en el campo de batalla fortaleció su posición política de mexicano-hombre-comunista. El Diego de mi arranque periodístico a quien entrevisté muchas veces…

Y llego, y me estoy yendo… Lo conocí en 1954: una niñita muy pobre, muy necesitada, muy huérfana, muy triste, muy alegre, muy fea, muy bonita, que tiene que realizar una entrevista a Diego Rivera que vive en San Ángel en un estudio acristalado, enjaulado él entre judas de cartón… Yo lo sabía en los saltos de mata en sus amores y sus escándalos sabrosísimos. Nunca tuve miedo de él ni mucho menos. Sabía de su “Dios no existe” de nuestro paisano precisamente Ignacio Ramírez “El Nigromante”, letranesco letrerista, y las señoras guapísimas, de faldas amponas y cabellos breves… Diego, Tina Modotti y Julio Antonio Mella… Soberano del alboroto, Diego fue por la zona amorosa haciendo bulla: nacía su leyenda, lo envolvía el halo de ahora sí el juego de manos… en fin, Diego habitaba San Ángel y yo, parada en una esquina de la avenida Chapultepec, esperando un camión ensopada bajo la lluvia, veinticinco centavos para el boleto empapada hasta los calzones, chorreando le llamé por teléfono de un estanquillo; contestó el pintor instalado en la excomunión, irreductible, anatomizado, extravagante, estrafalario, fantástico… Le dije lo que sucedía, niña tonta que llora al teléfono. El me calmó prometiéndome enviar las respuestas suyas a mi casa de Dinamarca 25 departamento 8…, hipeo y sollozo… me sueno, tengo vergüenza de ser mujer y ganarme tan necesitada el pan, la hogaza, de no tener dinero para una dejada en un “libre”, de ser irremisiblemente melodramática y guanajuatense. Diego ríe; el chantaje subconsciente lo alegra; oye mi voz de muchacha buena. Regreso a mi casa y, a las dos horas, a la puerta un chofer con el sobre amanilado y adentro diez cuartillas escritas a mano con las respuestas de un personaje misericordioso que para el tráfico, que incita a manifestaciones izquierdistas, acicatea bullanguero a ricos y grita por los pobres. Titán de tierra adentro, expulsado, sacrificado, herido, compasivo y carcajeador.

Diego regresando de la Unión Soviética, de Moscú mero, después de uno de los tratamientos médicos que le hicieron para detener su maldito cáncer. Diego en una rueda de prensa donairoso respondiendo intimidades clínicas, diagnósticos, líos quirúrgicos, capoteando las indiscreciones periodísticas que todavía me hacían zozobrar en mi decencia provinciana, como señalar con un transportador cuántos grados subía su pene. Diego y los pormenores obstinados de su salud. Claro, captó en el mural de los periodistas que mirábamos, mi cara desprotegida e infantil iniciando mis mil años de soledad.

Diego nació después de inventado el vapor. Él y su gemelo. El vapor locomotiva, el teléfono, el fonógrafo, el daguerrotipo, el éter anestesiante, la inoculación de Pasteur contra la hidrofobia, y Darwin jurando que descendemos de los monos y no de las ranas como Diego o de las tuzas como yo.

Hay diseccionadores de su paso por el Partido Comunista, del incidente y accidente de Trotsky en Coyoacán; hay gente caminando despacio hurgando los patios atexontleados de su casa en el corazón deshecho de Frida Kahlo, la de los ojos leninistas, el vestido tehuano y el cuerpo en trizas sin un hilo, cosido con puntoatrás en la mesa de operaciones; se examinan sus sombreros, overoles, bastones, botines, influencias, amigos; o las mentiras fascinantes derramadas en la tarde crepuscular y batalladora de su vida. Hablan de Lupe, su hija mayor (Picos), de Ruth (Chapo) la bienamada, hijas a su vez de Lupe Marín, “La Única”. Guadalupe Marín, más fiera que Diego, absoluta en la maestría de su retrato con sus ojos verdes que conservó hasta su muerte, las manos tapatías entrecruzadas en sus formidables hermosas rodillas, Guadalupe, la de las piernas magníficas, autora de una historia desolada y terrible, fascinante aunque daba miedo.

Hablan de a quién quiso Diego y a quién no (¿a Siqueiros?). En sus casas hay ranas de piedra, recados que solía dejarle a su amante, papelitos con letra de niño, legible y ancha, subrayada, sin faltas de ortografía.

No quiero ni puedo analizar pomposa a Diego Rivera. En mi país sobran los que se tiran al ruedo. Simplemente me gusta mucho Diego Rivera el hombre y el pintor, paisanito. Me solaza. Al leer el Retrato de Diego que escribió Frida Kahlo encuentro la esencia de él, destapo el pozo del amor y la lealtad que a mí posee y me apretuja, me tira y me golpea.

Dice Frida: “No hablaré de Diego como de ‘mi esposo’ porque sería ridículo; Diego no ha sido jamás ni será ‘esposo’ de nadie. Tampoco de un amante, porque él abarca mucho más allá de las limitaciones sexuales; y si hablara de él como de un hijo, no haría sino describir o pintar mi propia emoción casi mi autorretrato, no el de Diego”.

Continúa: “Sus ojos saltones, obscuros, inteligentísimos y grandes, están difícilmente detenidos —casi fuera de las órbitas— por párpados hinchados y protuberantes como de batracio, muy separados uno del otro… Viéndolo desnudo se piensa inmediatamente en un niño rana, parado sobre las patas de atrás. Su piel es blanco-verdosa, como de animal acuático. Solamente sus manos y su cara son más obscuras… Sus hombros infantiles, angostos y redondos, se continúan sin ángulos en brazos femeninos, terminando en unas manos maravillosas… De su pecho hay que decir que: si hubiera desembarcado en la isla que gobernaba Safo, no hubiera sido ejecutado por sus guerreras. La sensibilidad de sus senos lo hubiera hecho admisible. Aunque su virilidad, específica y extraña, lo hace deseable también en dominios de emperatrices ávidas de amor masculino… Su vientre, enorme, terso y tierno como una esfera, descansa sobre sus fuertes piernas bellas como columnas, que rematan en grandes pies, los cuales se abren hacia fuera en ángulo obtuso, como para abarcar toda la tierra y sostenerse sobre ella incontrastablemente como un ser antediluviano… Yo quisiera siempre tenerlo en brazos como a un niño recién nacido…”.

Si alguien escribió con tal amor así de su hombre, sería quizá la monja portuguesa, con el barroco de la sublimación en su contra, lamido y embellecido su señor, y no esa cruda desmesura admirable en lo grotesco que vuelve a Frida de nuevo respetabilísima y femenina revolucionaria. Frida defendiendo, leona parida, a su hombre, suyo de ella. Las mujeres somos continentes difíciles de cosechar el perdón; los guanajuatenses perdonamos menos. Frida perdonó todo: a Dios, al diablo, al bisturí y a su hombre. Ejemplar e irrepetible, aleccionadora de feministas y matrimoniales abnegaciones vacías. Frida sabía la plenitud de Diego; ella debió nacer en la Plazuela de El Ropero, se merecen ambas en su avasalladora fidelidad; inabordables porque las dos pertenecieron a una fuente brotante en medio de ellas; plazas privadas encontrables sólo para un hombre… nunca he visto nada igual.

Diego fue guanajuatense en el porte, en la obra independentista guanajuatense a la hora de la mesa, de la cama y de la muerte; Diego creyó en Dios y por eso dibujó letra a letra “Dios no existe”, porque al subrayar que Dios no existía, enunciándolo, es indudable en el sofisma que existe. Por eso Dios trabajó con Diego en los murales; el Dios del sentido del humor, el mío, y de la amistad entre los hombres.

Dicen que Diego se pasaba la vida entera contando mentiras. Era pues, sin más y sin menos, un guanajuatense. Los guanajuatenses no mentimos: inventamos, que es otro cantar, otro contar; fantaseamos añadiendo, incapaces de conformarnos con la mera verdad, la escueta, que se nos hace poco el mar para bebérnoslo, por eso le sacamos balcones, le enjaretamos segundos pisos, atrabancamos los corredores de macetas, de yerbas colgantes, sábanas santas encima de alambres para la asoleadera de las flores en sus macetones, incapaces somos de tolerar victorianamente los espacios vacíos, los llenamos de cuadros, crucifijos, corazones sangrantes, arcángeles de Carmen Parra, retratos de los seres amados incluyendo los perros, repisas para el Sagrado Corazón, el Niño de Praga, y ahora televisiones donde ayer la veladora ellas encendidas todo el día. Y claro, no olvidarlo, el movimiento infinito de nuestras alas sin huesos.

Asegura Frida que Diego estaba desprovisto de la fe, la esperanza y la caridad, pero fue provisto de la imaginación y de allí su obra colosal, su conversación impagable… Quien lo oyó no lo puedo ya olvidar. Fue tímido y Frida lo comprueba, humilde agrego yo, no conoció la hipocresía ni el aburrimiento. Cumplidor sin tregua, odiador del reloj y del calendario, del sentimentalismo, quiso profundamente a todos los animales en especial a sus perros escuincles, aztecas en el destierro. Tuvo un iridiscente buen gusto y elegancia innata. En verdad Diego Rivera vivió como un minero que atraviesa las madrugadas rumbo a la mina y saca el oro y la plata desnudo en el nivel 14…

¿Entonza, digo, decía, es un decir, decidme ustedes a mí, paya dieguina, si no tengo razón en esta desmesura de hablarles a ustedes, en afirmar que Diego sí existe?

Asomémonos a los balcones, cerremos luego las puertas de cristales biselados y sus visillos correspondientes, que sólo entren los zumbidos de los aironales, las vibraciones de las campanadas de San Diego, los murmullos de nuestros muertos, de nuestra juventud, de nuestro nacer para encontrar a Diego…

¡Diego sí existe!

 

María Luisa Mendoza