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Si alguien quiere conocer la cultura actual, la cultura viva de un país, la
tarea le resultará imposible si no se echa un clavado en su radio y su televisión.
Estos medios son los principales transmisores de entretenimiento,
los principales informadores de la población y los principales formadores de opinión
pública, de valores y gustos.

Para entender mejor el papel de los medios electrónicos en México hay que
abordar tres caminos: el de los mercados de la radiodifusión; el de las relaciones
entre los concesionarios y el Estado, y el de los contenidos como expresión cultural
y también como condicionamiento social.

Debemos entender, en primer lugar, la vida de los medios electrónicos como un
asunto de mercado (de mercados en un proceso continuo de segmentación).

En un espectro dominado por los medios privados, el producto que se vende
no es la emisión, sino la audiencia. En los años pioneros de cualquier sistema (es
decir, cuando la mayoría de las familias comparten el aparato receptor) se buscan
audiencias masivas, “de familia reunida”. Así fue con la radio y la televisión en sus
inicios; así fue con la frecuencia modulada y con la tele por cable. Posteriormente, en
la medida en que los mercados van penetrando en la población, se generan nichos
de audiencia. Estos se dividen primero por edades, géneros y condición socioeconómica.
Y luego, entre distintos estilos de vida: al grado de que ahora tenemos canales
de TV especializados en finanzas, en cocina, en viajes, en vida gay, en espiritismo
y en futbol americano.

Si hemos de comprender pasado, presente y futuro de los medios electrónicos,
tenemos que entender que corresponden a distintos momentos de una dinámica
mercantil en movimiento, con niveles diferenciados de competencia —y, por lo
tanto, de pluralidad— en nichos diferentes —lo que significa que hay niveles diferenciados
de pluralidad, según la clase social del público receptor.

Tenemos una primera contradicción. Los medios forjan cultura popular a través
de sus emisiones. Pero la emisión es vista por la mayoría de los medios, que
son los comerciales, no como instrumento de reproducción social, sino como
vehículo de ventas. Y el medio, como un espacio mercantil sobre el que conviene
tener el control.

El mercado de la radiodifusión en México nunca fue verdaderamente competitivo.
En el caso de la televisión, la competencia fue todavía menor, ya que —por un
lado— existían barreras tecnológicas y de capital a la entrada y —por el otro— hubo
una determinación política, de los presidentes Alemán y Ruiz Cortines, para propiciar
la concentración en esa industria.

Vale la pena detenerse un instante en este asunto, que resulta crucial para entender
el devenir de los medios electrónicos en el país. Fue una decisión gubernamental
la que prohijó la existencia de un monopolio virtual en la televisión mexicana. Los
argumentos que se dieron en aquel entonces fueron técnicos (la necesidad de ampliar
la cobertura); los objetivos principales eran políticos.

Dice Raúl Trejo: “En el terreno de la comunicación, uno
de los requisitos para propiciar contenidos congruentes con
la heterogeneidad y los intereses de nuestras sociedades es
la diversidad de opciones mediáticas. En la medida en que
las decisiones acerca de qué se difunde y para quiénes, son
tomadas desde distintas perspectivas y no sólo una, las opciones
de comunicación serán más variadas y los públicos
podrán ejercer su libertad para recibir un mensaje u otro”.1

Análogamente, en la medida en que las decisiones acerca de
qué se difunde y para quiénes son tomadas desde una sola
perspectiva, los públicos tendrán menos espacio para ejercer
su libertad para escoger mensajes.

Monopolio televisivo sí, pero en relación subalterna con
un gobierno que, en la época del nacimiento de la televisión
mexicana y por varias décadas, vio en los medios de comunicación
masiva un mecanismo para generar consensos políticos
a través de la unificación ideológica.

Se desarrolla, así, una colusión, en la que unos hacen negocio
y otros tienen cierto control sobre los contenidos. El intercambio
de favores es constante y fluido, aunque en cada trueque
haya pequeños o medianos roces. La relación posteriormente se
institucionaliza, a través de una legislación de radio y televisión
en la que el Estado hace pender, perpetuamente, una espada de
Damocles sobre los concesionarios,2 y a través de un esquema
fiscal en el que cabía una interpretación restrictiva que podía
dar al traste con las finanzas de los concesionarios.

La historia de la conformación de los mercados de radio
y televisión es también la de los problemas del Estado para
encontrar el lugar apropiado para los medios públicos.

El Estado mexicano en el siglo XX desarrolló una gran
habilidad para utilizar los medios electrónicos para la propaganda
política y social. Primero fue {La hora nacional}. Posteriormente
fue el uso sistemático de los tiempos de Estado
y los tiempos fiscales, en los que
se machacaban los logros de los
gobiernos y de nuestra nacionalidad
y —sobre todo— se sostenía
una presencia constante del Estado.
Se recordaba a la población
quién envolvía la vida pública.

En contraparte a esa habilidad
—que se ha querido trascendente
al cambio de partido gobernante—,
el Estado proteccionista, del
desarrollo estabilizador, aplicó en
la industria de radio y televisión
una política similar a la que utilizó
en otras ramas: rescatar a las
empresas en dificultades económicas,
con el argumento de proteger
el empleo. El problema es
que a menudo titubeó sobre qué
enfoque darles. De esta forma,
entró a participar en una industria
estratégica —en términos
políticos, culturales y también
comerciales—, pero con la misma lógica como entró, por
ejemplo, en la fabricación de bicicletas.

Me explico. El Estado mexicano nunca supo, y todavía no
sabe, si quería una radio y televisión públicas o una radio y
televisión comerciales. La diferencia es crucial. Si quería que
sus empresas fueran comerciales, tendría que competir por
el {rating} y debería dedicarse a producir audiencia. Si quería
que sus empresas fueran públicas, tendría que sacar al {rating}
de sus prioridades y dedicarse a hacer buenos programas. En
otras palabras, el Estado mexicano nunca supo si sus clientes
eran los anunciantes o el público.

Este fue, particularmente, el drama que vivió Imevisión. A
su constante cambio de directores correspondió un constante cambio de prioridades. A un director que pretendía competir
comercialmente contra Televisa, le sucedía un director que
pretendía hacer “televisión de calidad”. Los anunciantes difícilmente
hacían contratos de largo plazo debido a la incertidumbre
sobre la continuidad de la programación.

Si el cliente es el público, es necesario que alguien pague los
gastos de producción. Para esto se requiere voluntad política,
y también cierto consenso social, y no los hubo (al menos,
el segundo no se buscó). La crisis fiscal del Estado obligó al
gobierno a tomar la decisión más fácil: dividir claramente a
los medios públicos, quedarse con algunos, de alcance menor
y directamente dedicados a “la cultura” y vender los otros, de
mayor alcance, que podrían resultar demasiado onerosos. El
problema de la indefinición ha subsistido en los que se quedaron
a medio camino, como el IMER.

El dinero público que no se gasta en el sostén de los medios
públicos, termina siendo gastado para afianzar el negocio de los
privados. Paradojas de un Estado amante de la propaganda.

La existencia de mercados poco competitivos en los medios
electrónicos, y particularmente en la televisión, ha llevado, en
no pocas ocasiones, a hacer generalizaciones más basadas en
la ideología que en supuestos comprobables.

La más importante de estas generalizaciones señala dos
cosas complementarias: 1) que los medios no reflejan a la sociedad,
y 2) que la sociedad modifica sus valores a partir de
la influencia de los medios.

En realidad, las empresas radiodifusoras se movieron,
durante años, en un filo político-empresarial en el que: 1)
encontraban límites explícitos a sus contenidos, en la forma
del interventor de RTC; 2) la escasez de competencia en el
mercado dejaba buenos márgenes, pero era garantía de que
la audiencia permanecería atenta al receptor.

Eso significa que los medios pueden intervenir en la creación
de la agenda popular de intereses y, ciertamente, pueden
influir en ella. Pero no implica que los medios determinen de
forma unilateral esos intereses. No se puede llevar a la audiencia
a paseo, si ésta no quiere.

Estas contradicciones se resumen en una tensión entre la
obligación de reflejar a la sociedad para no perder el {rating} y la
conveniencia de promover valores que perpetúen el {statu quo.}

Así se genera una relación dialéctica entre los tres actores:
sociedad, medios y gobierno. Los medios tienen que expresar,
aunque sea parcialmente, las nuevas necesidades y los
nuevos anhelos de la sociedad; las autoridades tienen que ir
cediendo el paso a estas expresiones. Poco a poco se hacen
visibles los cambios en la sociedad y, paralelamente, una nueva
relación de poder.

A los medios electrónicos siempre se les ha acusado de
corromper la pureza nacional. La radio introdujo sonidos “ajenos
a nuestra idiosincrasia”. La televisión nos trajo imágenes
de familias estadunidenses, que reaccionaban de manera no
tradicional a los problemas que les presentaba su vida diaria.
El contenido tenía un efecto similar al del vendedor de electrodomésticos
del clásico de Alejandro Galindo, {Una familia
de tantas}: el germen modernizador que sirve como revulsivo
en el viejo orden.

Las clases sociales que iban accediendo a los medios electrónicos
los iban permeando de sus aspiraciones. De las materiales,
pero también de las espirituales. Y los medios se encargaban
de reproducir algunos “valores adalides”, sobre todo
en las emisiones dedicadas a las mujeres. Así, se reforzaba la
tradición en medio del cambio.

Hemos subrayado que la televisión no determina la cultura
popular, pero sería ingenuo suponer que no la ha influido notablemente.
Veamos ahora algunos ejemplos de esta influencia.

Empecemos preguntándonos: ¿De verdad el público los
prefiere rubios? Cuando la televisión empieza a volverse un
medio masivo alcanza primero a las clases medias. Son éstas
las que quieren verse reflejadas, en buena medida, por su diferencia
con el resto de la población. Si revisamos la publicidad
de los primeros años de la tele, hay una palabra clave, casi un
{leitmotiv}: “distinción”. El mensaje del anunciante al espectador
es: hay que distinguirse del infelizaje social que no tiene
televisión. La diferencia racial es un elemento clave en este
juego de imágenes.

Se entiende que no se trata en verdad de un reflejo de la
realidad de la clase media, sino de la {aspiración a un reflejo}.
De un “querer ser”. En la medida en que la televisión se hace
masiva, se vuelve evidente el carácter aspiracional de muchas
de sus emisiones y de casi la totalidad de su publicidad. El
caso donde lo aspiracional es más visible es en las telenovelas.
Se encumbran las sirvientas ({Natacha, Simplemente María,
María Isabel}), las voceadoras ({María la del barrio}), las limpiaparabrisas
({Rosa Salvaje}) y las jimadoras ({Destilando amor}).
Extrañamente, una suerte de emblanquecimiento/embellecimiento
corresponde al encumbramiento, y de alguna forma
lo justifica y legitima.

Ante fenómenos internacionales como el éxito de Rebelde,
uno puede imaginarse que las cosas no han cambiado. Sin
embargo, tengo la impresión de que es uno de los últimos
cantos del cisne rubio. Y aquí se presenta otra palabra clave:
“latino internacional”.

Checo los requisitos que se piden a los modelos de una
productora de comerciales para grandes anunciantes de televisión.
Para uno de los anuncios pide: “LATINOS INTERNACIONALES,
BUEN LOOK, CON ONDA, MUY CARISMÁ-
TICOS, NO GÜEROS”.

“Latino internacional” quiere decir, para que nos entendamos,
personas blancas de cabello castaño o negro, personas
trigueñas o morenas claras, personas morenas de cabello ensortijado,
pero no tipo “pasa”. En otras palabras: personas con
los que el espectador sí se pueda identificar, pero sin perder los aspectos aspiracionales o de distinción; mestizo o mulato
claro es bueno, pero quedan eliminados aquellos con fuertes
rasgos indígenas o africanos.

Otro ejemplo: para el comercial de un banco, la productora
requiere “HOMBRES DE 28 A 35 AÑOS GUAPOS LATINO
INTERNACIONAL TIPO YUPPIES POR $12,000; HOMBRES
Y MUJERES DE 25 A 35 AÑOS LATINOS INTERNACIONALES
$9,000”. Y por si hubiera duda de que el racismo
persiste: “HOMBRES DE 25 A 40 AÑOS TIPO MEXICANOS
PARA UN GLOBERO $5,000”.

Tal vez uno de los paradigmas para entender el cambio en
curso es el éxito de {La fea más bella}. Recordemos que en el
original colombiano la mente brillante, el buen corazón, el carácter
y la lealtad de Betty eran lo que la hacían salir adelante.
Escribí al respecto que “A diferencia de Betty, la mexicana Lety
Padilla no es inteligente, ni demasiado trabajadora y tampoco
tiene carácter. El sentido del humor del personaje es, como el
resto, ridículo; su sensualidad, por debajo del cero. En suma,
Lety es buena, pero fea por los cuatro costados… Lo interesante
es que al público mexicano le gustó tanto el personaje de
Lety, que votando con el control remoto decidió que prefería
que la producción la dejara fea…”.

Hay modificaciones más visibles. Una variable cambiante
es la que está ligada a las buenas costumbres, el lenguaje y la
vulgaridad. Durante muchos años el sexo entró por la puerta
de atrás a la televisión mexicana. Lo hacía de manera velada,
en las telenovelas, o de manera vergonzante, en algunos programas
de opinión difundidos en altas horas de la noche.

En la medida en que la sociedad fue cambiando —y en la
que el antiguo régimen fue perdiendo garra censora— irrumpieron
nuevos temas y nuevas actitudes. Quedó claro que el
concepto “buenas costumbres” es relativo a la opinión social.

De ahí, hemos pasado a un régimen de laissez-faire que,
más que reflejar liberalismo, refleja la autonomía y el poder de
los medios en pos del {rating.} La bombita-prótesis de Andrés
García como tema de análisis.

Termino este recorrido por las influencias de la televisión
con un tema común: la violencia. Pero no me referiré a la
que aparece en las series, a veces de manera cruel, sino de la
violencia repetida en los noticieros.

¿Cuál es el efecto de ese bombardeo? Según George Gerbner,
se produce “el síndrome del mundo malo”.3 Los televidentes
perciben al mundo como un lugar más inseguro de lo
que es en realidad. Gerbner comprobó que la gente que ve más
televisión tiene más miedo de salir de noche y confía menos
en sus vecinos.

La violencia repetida, al final de cuentas, instala en el receptor
una mirada desinteresada. Imágenes terribles se graban en
las mentes de la misma forma en que lo hacen los productos
machaconamente publicitados, y acaban teniendo un efecto
similar. Quedamos confortablemente adormecidos.

Pensemos en Atenco, por ejemplo. En la televisión, al pasar
de los días, lo que vimos fue una repetición insaciable
de las escenas más violentas: los pobladores que patean a un
policía inerme y desmayado; los policías que se ceban sobre
un detenido ya sometido. Lo que debería ser motivo de reflexión
pasó a ser un mero espectáculo. De manera degradada,
se convirtió en “entretenimiento”. Ese es el mundo de la
videoesfera. Un mundo en el que las víctimas de la violencia
no tienen derecho a la propia imagen, en el que la crueldad
es filmada, pero no explicada.

Hablamos de videoesfera y, después de este recorrido por
las influencias de la televisión en la cultura profunda, eso nos
lleva, ineluctablemente, a Giovanni Sartori y sus anatemas en
contra del medio.4

Es fácil coincidir con Sartori cuando califica a la TV de
“fuente importante de creación de opinión”. Pero hay un salto
cualitativo cuando dice que “el pueblo soberano ‘opina’ sobre
todo de acuerdo con la forma con la que la televisión le induce
a opinar”. El pensador italiano pinta a una masa manipulada
por la televisión —un medio insuficientemente plural y competitivo,
a diferencia de la prensa o la radio— que ya no presta
atención a los “líderes intermedios” de opinión del pasado
(intelectuales, prensa escrita, dirigentes sociales y comunales).
Me parece que estamos viviendo ese riesgoso proceso de
traspaso pero que es muy aventurado hablar de que ya existe
una opinión teledirigida.

Para Sartori no hay dudas. “¿Se ha atrofiado el público por
sí solo? Claro que no”. La culpa es de la tele. Sin embargo,
es posible introducir un matiz. La masificación del consumo
televisivo ha traído consigo la reducción de la escolaridad
promedio del televidente. En muchos países la mayoría
de los aparatos receptores corresponden a familias pobres,
normalmente menos informadas y menos interesadas en la
información política. La televisión abierta es cada vez más populachera
porque es mayor el peso del populacho en el {rating}
que define su programación.

Se puede explicar de otra manera. Hace algunos años un
programa tabloide hubiera tenido poco éxito de público, sobre
todo porque sus principales consumidores potenciales
no tenían televisión. Tenían que conformarse con el {Alarma!}
Ahora ya no tienen que hacer el esfuerzo de leer.

En resumen. La televisión se nutre de la cultura popular,
pero también la influye, la manipula, la cambia. Al mismo
tiempo, es una gran exageración decir que la televisión puede
“llevar al auditorio de paseo”: imponerle los temas de su
agenda, pastorearlo como cordero.

Pasemos a ver, entonces, de manera sucinta, el desarrollo
reciente de la relación entre estos propietarios y el poder
público.

Durante una larga época el sistema de partido dominante
ejercitó un control efectivo sobre los medios electrónicos. Esa
situación se fue erosionando a partir de las demandas democratizadoras
de la opinión pública, pero el ciclo no se cierra con una
democratización generalizada, sino que se genera un fenómeno
de sumisión del sistema político frente al sistema mediático.

La lógica de {laissez-faire} ante los excesos de los medios,5 por
un lado; la fascinación de la clase política con el rating, por otro;
y una normatividad electoral que privilegiaba, por omisión, el
uso de los medios electrónicos para la propaganda política, se
combinaron para volver a las grandes televisoras órganos tan
poderosos como las instituciones de la democracia, sólo que sin
la necesidad de transparencia y rendición de cuentas.

Se ha hablado bastante de este último tema, y no lo suficiente
acerca de la importancia
excesiva que la clase política en
su conjunto le concedió a los
medios. Pareciera que ellos fueron
los primeros en creer que,
efectivamente, la manipulación
de la televisión es unívoca e irreversible.
A partir de ahí, bajo los
considerandos de que la pantalla
ya sustituyó totalmente a la
plaza y a la escuela, la encuesta a
la opinión informada, la seducción
a la convicción y el {jingle}
al argumento, se arrojaron en
brazos del complejo empresarial
que controla la comunicación
electrónica.

Esto se pudo ver, de manera
manifiesta, desde 2005, con la
aquiescencia de los aspirantes hacia los intereses de las grandes
televisoras y, más claramente, en la discusión y aprobación
de las reformas a la Ley Federal de Radio y Televisión (conocidas
como la “Ley Televisa”).

La recién aprobada iniciativa de reforma electoral da un
nuevo vuelco a la relación de poder entre la clase política y
los concesionarios de medios electrónicos. Es éste el motivo
de la reacción encendida de las televisoras, más que el dinero
gastado en las campañas —que era mucho, y eso que no vimos
el de abajo.

Cabe acotar que lo que descubrieron los legisladores que
votaron por esta iniciativa es que, efectivamente, la televisión
no era capaz de llevar a paseo a la opinión pública, si ésta no
quiere. Una cosa es sentir a Paty Chapoy como tu comadre
que te platica los chismes o a Joaquín López Dóriga como el
tipo enterado que te cuenta las noticias, y otra —muy diferente—
creerles a pie juntillas. Así lo señalan las encuestas.

La pregunta relevante ahora, pensando en la televisión del
futuro, es qué tipo de nueva relación cristalizará porque el desencuentro
no puede ser eterno. Política y televisión se necesitan
(y ahora más, cuando cada quien conoce sus límites).

La clave está en la rediscusión de la normatividad de medios,
en donde deben quedarnos claras varias cosas. La primera
es que los concesionarios requieren de certidumbre jurídica
para sus inversiones. Sin ella no podrá lograrse consenso alguno.
Es, además, una exigencia lógica, si queremos terminar
con el mundo de simulaciones: la espada de Damocles que
nunca cae, pero que sirve para obtener todo tipo de favores.

La segunda es que, en una sociedad democrática como la que
queremos construir, el duopolio
de la televisión comercial abierta
y la alta concentración en la
radio y en la televisión restringida,
obligan a buscar una distribución
más equitativa de los espectros.
Existen las condiciones
técnicas para hacerlo. Deberían
crearse las condiciones políticas
(a menos que haya cierto placer
masoquista en la dependencia
hacia los más poderosos) para
tener medios auténticamente
de Estado y promover medios
auténticamente de la sociedad.
La tercera —y probablemente
la más peliaguda— es que
se ha hecho necesario acotar
la influencia de los medios en
asuntos esenciales como la formación de la cultura cívica de
la población. No se trata de exigir, como la letra muerta de la
ley actual, que la televisión comercial sea educativa, sino de
poner coto a la vulgaridad gratuita, la comercialización en
tiempos supuestamente de contenido, el abuso en los sorteos
y, de manera muy notable, las incursiones descaradas en la
vida privada de las personas. En otras palabras, no se trata de
censurar, sino de distinguir la programación y la basura.

El problema es, precisamente, quién hace esta distinción.

¿Un conjunto de ciudadanos notables, sin intervención ni
del Estado ni de los concesionarios? ¿Sólo la autoridad?
¿Una autorregulación que a ver si es chicle y pega? No es un
problema de sencilla solución, pero tampoco debe ser un
problema insoluble.

Parafraseando a Jesús Reyes Heroles, hay que llevar los
ideales hasta donde la realidad lo permita. Si se la quiere
forzar, terminaremos donde estamos desde hace décadas: en
el pantano. {{n}}

1 “Exuberancia mediática en la era de El Gran Hermano”, participación
para la mesa redonda “La convergencia y la sociedad. Retos sociales de
los nuevos medios” en el congreso {Convergencia de medios: oportunidades
para el acercamiento entre Europa y América}. Palacio de Congresos,
Madrid, 14 de mayo de 2001.

2Y aquí hay que hacer notar como genialidad de base el uso del concepto
del espectro como recurso propiedad de la nación, el mero carácter de
concesionarios (y no de propietarios) genera incertidumbre y dependencia,
especialmente cuando hay posibilidades de quitar la concesión.

3 “Global Media Mayhem”, Global {Media Journal}, primavera de 2005.

4 “La opinión teledirigida”, reproducida en {etcétera}, abril de 1998.

5 Piénsese, sólo por dar un ejemplo, en la profusión indiscriminada de
juegos y sorteos como vehículo para la rapiña social.