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{{PROGRAMA NACIONAL DE CULTURA
2007-2012}}

La opinión general acerca de la nueva
administración del Conaculta señala,
en el mejor de los casos, el carácter
pasivo y casi invisible de la política
oficial de cultura en 2007. Durante
meses, después de la adjudicación
de los principales cargos, daba la
impresión de que el Consejo entraba
en un estado latente de vida, un sueño
sólo interrumpido por el escándalo de la
remoción de Saúl Juárez de la Biblioteca
Vasconcelos, la sustitución por el
escritor Ignacio Padilla y más tarde la
renuncia de éste entre los rumores de
que la situación del principal proyecto
de Sari Bermúdez, la megabiblioteca,
era un desastre todavía sin explicación.
Así pues, al terminar el año, por fin
el Conaculta dio a conocer con varios
meses de retraso —respecto a otras
áreas de trabajo del gobierno en las que
era muchísimo más difícil armar planes
de desarrollo sexenal— su visión de
trabajo para los cinco próximos años.

En el discurso de presentación
ofrecido al presidente de la República
el 10 de diciembre de 2007, en el
Museo Nacional de Antropología, Sergio
Vela sostuvo varios planteamientos
que merecen nuestra atención.
Entre ellos destacan: el anuncio
de que “El fortalecimiento de las
instituciones culturales… implica una
reestructuración orgánica…”; la idea
de que es necesario “…la revisión y
el fortalecimiento de los mecanismos
fiscales que propicien el mecenazgo”; y
el señalamiento de que es conveniente
redefinir “… la política editorial del
ámbito cultural”. Es también importante
la declaración de que son esenciales
“…la ampliación de la cobertura y
dotación de planes de manejo en zonas
arqueológicas y museos; la gestión
para dar certidumbre y formalización
a la tenencia de la tierra en zonas
arqueológicas y la apertura al público
de otras nuevas…”.

Esos planteamientos y otros más
parecen estar en el camino correcto
pero a la vez son inquietantes, ya que
carecen de la claridad y concreción
necesarias y no aluden directamente
a los problemas fundamentales de
nuestra cultura.

Quienes están preocupados por la
preservación de la historia urbana
saben que el patrimonio arquitectónico
del siglo XX en zonas importantes
de la ciudad de México y en toda la
República está seriamente amenazado
por la ignorancia de los propietarios y
la especulación inmobiliaria de toda
clase de empresarios. En la capital, las
ya históricas devastaciones de Tacubaya
y Santa María la Ribera son una
pérdida gigantesca y las demoliciones
constantes en las colonias Roma,
Hipódromo/Condesa, Polanco, Anzures,
Del Valle y Jardines del Pedregal de San
Ángel son, no obstante la protesta de
los vecinos, alarmantes, por no hablar
de lo que sucede en otras zonas.

Pese a que muchas de las
construcciones demolidas formaron
parte de un catálogo, el encargado
de proteger la herencia artística del
siglo XX, el INBA, no logró salvarlas
y en general sus acciones son muy
tímidas. Hay que decir que la riqueza
de los periodos anteriores también
está en riesgo, según lo demuestra
la destrucción de 13 inmuebles de
los siglos XVIII y XIX del Centro
Histórico de la ciudad de México. El
gobierno de Marcelo Ebrard los echó
abajo para abrir espacios a tianguis
mientras que el INAH brilló por su
ineficacia y falta de responsabilidad.
Las autoridades creen que hacen
mucho con declarar en categoría de
monumentos históricos algunos, un
número pequeñísimo, de inmuebles.
Hacen muy poco. Lo que se requiere,
si en verdad hay voluntad de mejorar
las cosas, es organizar declaratorias de
zonas completas y formar un equipo de
abogados y negociadores que tengan
la capacidad de modificar algunas
leyes anacrónicas y muy perjudiciales
desde el punto de vista de una nueva
moral urbana. Lo otro es simplemente
hacerse guaje y contemplar cómo no
pocos arquitectos, varias compañías
inmobiliarias y la corrupción de las
delegaciones continúan arrasando
nuestro patrimonio arquitectónico.

No cabe duda que los apoyos
otorgados en distintas áreas y
niveles a los creadores ha jugado un
papel significativo en la producción
artística de los últimos años. Sin
esos programas muchos artistas no
habrían logrado crear sus obras.
Sin embargo, junto a este esfuerzo
sería conveniente estimular en los
creadores la búsqueda de recursos en
otros campos distintos de la actividad
oficial. Esto implicaría, como ocurre
en otros países, un programa cultural
de deducción de impuestos bien
organizado y flexible, distinto del
que tenemos hoy, que sólo es útil al
gobierno para hacerse de más recursos
o a los proyectos “humanitarios” de
las grandes empresas. Si un grupo de
danza contemporánea o un cuarteto
de música clásica pudiesen obtener
financiamiento privado a través de
la deducción de impuestos, estas
actividades artísticas podrían contar
con un mejor futuro en nuestro país. Lo
que se necesita es dotar a los artistas
de la capacidad de financiamiento por
vías sociales y privadas. Desde luego
la obtención de recursos financieros
podría estar normada por el FONCA para
evitar abusos o conflictos.

La promesa de redefinir “…la política
editorial del ámbito cultural” suena
bien pero se queda sólo en una buena
intención al no reconocer y no decir
con todas sus letras que los principales
beneficiarios de los estímulos oficiales
a la industria del libro, en el campo de
la cultura, son las grandes empresas
españolas, casi todas embozadas en
una “mexicanización”. Ni la SEP ni la
Dirección General de Publicaciones
del Conaculta poseen una estrategia
de desarrollo de la industria editorial nacional. Si el Consejo de verdad quiere
redefinir las cosas en este ámbito
debería empezar por darse cuenta que
tiene carácter de urgente otorgar los
principales estímulos a la industria
editorial mexicana, sobre todo aquella
que ha demostrado no sólo vocación
de empresa sino también comprensión
intelectual del papel decisivo del libro
en la creación de una sociedad libre y
trabajadora. Por supuesto no se trata
de excluir a los editores extranjeros.
El meollo del problema es invertir
la relación viciosa. En este cambio
necesario, los editores mexicanos
deberían tener entre 50% y 70% del
pastel; los editores españoles no más
del 30%.

Al final de su discurso de
presentación del Programa Nacional de
Cultura 2007-2012, Vela dijo: “Si hay
algo en lo que los mexicanos podemos
aspirar a lograr la síntesis de lo que
somos todos, a reconciliar nuestras
diferencias, a enriquecernos con ellas
y transformarlas en fuerza creadora,
es en la cultura”. Estamos de acuerdo.
Pero es mucho más. La sociedad
mexicana difícilmente puede estar
orgullosa de sus logros económicos y
políticos. Siempre discutibles, plenos
de carencias y plagados de dobles
intenciones. Sin embargo, el hombre
y la mujer en México pueden sentir
que poseen algo extraordinario en
la cultura y en el arte mexicanos. Es
tan sencillo como decir que si por
algo goza de admiración México en el
mundo es tanto por su herencia cultural
como por sus artistas, no precisamente
por sus economistas y menos por sus
políticos, que siempre nos hacen reír y
muchas veces nos dan vergüenza. Por
ello mismo la cultura en México debería
ser una palanca de desarrollo y el
Consejo la conciencia de esta ventaja
comparativa, no económica, pero que
podría ser, en términos de utilidad y
dinero, muy redituable, ¿por qué?

{{DESTRUCCIÓN REAL, CONSERVACIÓN
BIBLIOGRÁFICA DE LAS CASAS DEL PEDREGAL}}

A propósito de conservar si no los
inmuebles, sí por la menos la memoria
histórica de ellos, Editorial Gustavo
Gili de México acaba de publicar {Las
casas del Pedregal 1947-1968} de los
arquitectos Alfonso Pérez Méndez
y Alejandro Aptilon con fotografías
de Luis Gordoa. Se trata de una
edición muy valiosa tanto por el
registro fotográfico de una parte de
la arquitectura más importante del
Pedregal como, y sobre todo, por el
estudio que describe la manera como
se formó esa zona de la ciudad y el
análisis en detalle de 57 casas entre
las que se encuentran el proyecto
germinal de la casa Prieto de Luis
Barragán y la casa Cetto de Max
Cetto, la casa Echeverría de Francisco
Artigas, la casa Pinal de Manuel Rosen,
la casa García Cornejo de Antonio
Attolini Lack, entre muchas otras de
gran interés. Este libro es un ejemplo
de seriedad, exactitud y honestidad
en la elaboración de un estudio que
en realidad es un catálogo esencial.
¿En esta administración, la dirección
del INBA tendrá conciencia de la
responsabilidad enorme que representa
conservar el patrimonio arquitectónico
de nuestra ciudad y de nuestro país en
áreas “no históricas”? ¿Esta institución
será capaz de preservar esta riqueza
no sólo en documentos sino en el
paisaje urbano real para las futuras
generaciones? Si no lo hicieron las
anteriores administraciones, ¿por qué
lo haría ésta?

{{EL {DICCIONARIO A-CRÍTICO} DEL FCE}}

En contraste con el rigor
verdaderamente crítico y discreto
de {Las casas del Pedregal 1947-
1968} está el insensato {Diccionario
crítico de la literatura 1955-2005}
de Christopher Domínguez Michael.
Que un observador constante de
la literatura tire por la ventana el
cuidado con el que debe abordar un
estudio es de lamentar, pero que
una casa editorial con gran prestigio
publique una obra inconsistente, llena
de favoritismos y sablista —porque
no es lo que dice ser y nos da gato
por liebre— bajo la fórmula difícil y
ambiciosa de {Diccionario crítico de la
literatura 1955-2005} es por lo menos
inquietante. La única explicación
que el lector puede encontrar para
entender por qué la editorial de México
más importante se arriesgó a una
aventura de esta naturaleza es darse
cuenta de que el consejo editorial de
esa casa no sopesó de manera seria
el valor del libro propuesto y editado
simple y llanamente porque no se
estaba juzgando a un autor sino a un
compañero de grupo y a un amigo;
o, peor todavía, que dicho libro no
pasó por un proceso de lectura y
por un dictamen. {Diccionario Crítico
de la Literatura 1955-2005} es un
ejemplo de lo que no debe ser la
crítica en México. El nombre del texto
nos promete una obra magna y sólo
encontramos una amorfa antología
personal discutible; el rótulo del
volumen nos anuncia seriedad y valor,
pero nada más hallamos subordinación
intelectual y espíritu de grupo; la obra
se autoproclama rigurosa y con lo que
tropezamos aquí y allá es con un estilo
pomposo y autosatisfecho en frases
con complejo de funcionario alemán
como “libros electivos”.

{{EL AMOR EN LOS CUADROS
DE UNA MALA PELÍCULA}}

Otra decepción, nada más que ésta
sucede en el campo del cine, es la
película sobre la gran novela de Gabriel
García Márquez, {El amor en los tiempos
del cólera.} Dirigida por Mike Newell
e interpretada por Javier Bardem,
Giovanna Mezzogiorno, Benjamin Bratt
y Catalina Sandino Moreno, esta versión
no sólo se queda muy por abajo de la
obra original sino que la despoja de su
densidad psicológica y la transforma
en una serie chusca de peripecias
sexuales. Florentino Ariza, que en
la novela de García Márquez tiene
mucho de Ramón López Velarde en su
búsqueda atribulada del amor, acaba en
la historia de Newell como un Chaplin
libidinoso y patético. Quizá la primera
muy mala actuación de Bardem. {{n}}