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Lo primero que hay que reconocer a Marco Estrada Saavedra
es su fidelidad a sus propias premisas.

1. Es necesario no convertir el espacio de la academia
en un foro político, de la misma manera que sería impertinente
pretender que en el mundo de la política, sus actores se comportaran
como si fueran investigadores de El Colegio de México. Él lo
escribe mejor que yo: “Tan impropio
es intervenir en un seminario académico
con una perorata partidista,
como dar cátedra a conciudadanos en
el espacio público” (p. 571).

Y es que ese llamado de atención
resulta necesario dado el tema que
aborda su libro. Como él mismo señala,
luego del levantamiento del EZLN
fuimos inundados por una serie de trabajos,
análisis, discursos, cuya matriz
estaba marcada por las ansias y las necesidades
de la política —por supuesto
legítimas—, pero que parecieron no
dejar espacio para la indagación seria
y fundada. Además, “la autocensura y
la politización académica” acarrearon
“una pérdida de estándares científicos
y la difuminación del análisis, la crítica,
la imparcialidad y el ofrecimiento
de pruebas” (pp. 569-570).

Aparecieron entonces textos reverenciales
o diatribas irracionales a favor
y en contra del EZLN y la academia
mostró, como en muy pocas ocasiones,
su vulnerabilidad. Lo dice, no sin ironía,
Estrada Saavedra, “muchos académicos metieron de contrabando
en el espacio político su autoridad científica para obtener capital
político y liderazgo moral” (p. 570).

Por ello, volver a la lógica de la academia, que no es otra que
la búsqueda de ese valor fugaz e imposible de asir: la verdad, por
encima de las pulsiones de la política, que se rige por la lógica
del poder, resultaba y resulta una necesidad.

2. Es necesario trascender las representaciones arquetípicas
del mundo indígena para recuperar una historia que merece ser
desmitificada. Así, resulta imprescindible alejarse tanto de las
nociones “conservadoras-racistas” que acuñan la imagen de unos
indígenas “pasivos, tradicionales, ignorantes, dependientes y enraizados
en comunidades apartadas”, como de las “progresistasetnocentristas”
que “ven a los indígenas como seres angelicales”,
portadores de todas las virtudes espirituales y terrenales, y
EZLN: Más allá de las ilusiones
por José Woldenberg
Marco Estrada Saavedra,
La comunidad armada rebelde
y el EZLN. Un estudio
histórico y sociológico sobre
las bases de apoyo zapatistas
en las cañadas tojolabales
de la Selva Lacandona
(1930-2005), El Colegio de
México, México, 2007, 625 pp.
“desconocedores de la mentira, la violencia y la
dominación” (p. 573).

Esas construcciones prejuiciadas se emparentan
al convertir a los indígenas en algo más o en algo
menos que hombres, cuando son —da rubor escribirlo
por su obviedad— seres humanos. Se trata de
hombres y mujeres en sus circunstancias y que por
acción o por omisión establecen fórmulas para procesar
sus intereses, diseñar sus prioridades y sus
métodos de acción. Ni arcángeles ni demonios, ni
bárbaros ni modelos de civilización. Comunidades
humanas cruzadas por conflictos y por fórmulas de
cooperación, por aspiraciones y obstáculos materiales
e institucionales, por diferentes maneras de
ver el mundo y de vivir la vida.

3. “¿Por qué y cómo una parte de los tojolabales
decidió sumarse al proyecto revolucionario
de la guerrilla ezetaelenista?” (p. 576). Ya que no
todos lo hicieron. Pues bien, la respuesta no es
simple. Y como no lo es, Estrada Saavedra hace
una investigación y un libro. Rastrea la historia de
la región, la crisis de los años ochenta, la ausencia
de Estado, es decir, de instituciones capaces
de responder de manera adecuada a los reclamos
y necesidades de las comunidades, los diferentes
proyectos político-religiosos que se sucedieron e
imbricaron en ese espacio, las condiciones en que
se reproducía la vida de las comunidades indígenas
y las contingencias políticas que sirvieron como
disparadoras. En una palabra, dado que la historia
no es un cuento con moraleja, es necesario estudiarla
para poder ofrecer una visión y explicación
de conjunto, para trascender las nociones de un
transcurrir caótico o de una historia elemental en
la que sólo aparecen buenos y malos.

4. El afán por conjugar dos disciplinas diferentes
pero con muchos puentes de comunicación: la
sociología y la historia. La primera para reconstruir
las relaciones sociales y de poder, las elaboraciones
ideológicas, los usos y las costumbres cambiantes; y
la segunda para seguir el curso de los acontecimientos,
las veredas por las que transcurre la existencia y
los quiebres significativos. Se trataba de “combinar
la miopía de la sociología con la amplia mirada de
la historia” (p. 26). Y lo logró. Si sólo se hubiese
detenido en la primera, en el mejor de los casos
contaríamos con una fotografía. Si sólo fuera una panorámica histórica no podríamos entender el cemento que une y
modela la convivencia en las comunidades tojolabales.

Ésas son cuatro de las premisas fuertes que sostienen el libro.
Se trata de cuatro pilares que hay que hacer visibles porque ésa
es la primera lección.

Pero, además, {La comunidad armada rebelde y el EZLN} es un
libro claro, aleccionador, intenso y a veces hasta emocionante
—en el sentido de que con rigor y talento aclara lo que de otra
manera resultaría inexplicable—. A kilómetros de distancia de
las idealizaciones en curso, pero también del desprecio rutinario,
Estrada apuesta primero por la comprensión de los fenómenos que
estudia, para después sacar algunas conclusiones.

Luego de un apunte sobre la geografía y la demografía de la
región, de tal suerte que el lector tenga una noción del espacio
donde transcurre la historia —las subregiones y microrregiones de
la Selva Lacandona—, y de algunos indicadores de las condiciones
de vida de sus habitantes y sus contrastes, el libro ofrece una
historia que son muchas historias entrecruzadas. Las enumero sin
pretensiones de ser exhaustivo.

Las historias de:

a) El ocaso de las haciendas y el proceso de formación de ejidos
y ranchos. “De un total de 59,031.73 hectáreas entregadas en beneficio
de los campesinos solicitantes de tierra ejidal (desde 1933
hasta 1970), 84.94% provino de las fincas y sólo 14.99% de los
terrenos nacionales” (p. 75). De esa forma, frente al ejidatario ya
no estaba el patrón, sino las instituciones estatales que con sus
acciones y omisiones construyeron un nuevo tipo de relación.

b) Las relaciones y conflictos entre rancheros y ejidatarios en
la segunda mitad del siglo XX, ambos usufructuarios del reparto
de los latifundios. Se trata de una convivencia, al parecer, “sin
odios raciales”, pero distante.

c) El proceso de colonización de la selva. Si durante un primer
periodo los ejidos se construyen en base al reparto de las fincas,
la explosión demográfica y la necesidad de nuevas tierras, hace
que la expansión se haga desmontando la selva. Se trata de auténticos
colonizadores que en condiciones más que difíciles inician
“la domesticación agrícola del espacio selvático de las cañadas”
(p. 144). Se trata de una colonización prohijada por el gobierno,
pero no acompañada por él. Los colonos incursionan “abandonados
a su propia suerte”, lo cual dificulta su tarea, pero les garantiza
“autonomía”.

d) La larga y tortuosa lucha por la regularización de la tierra.
Los colonos se dotan de ejidos, pero tarde o temprano para la regularización
de la situación jurídica de sus tierras tienen que entrar
en contacto con ese laberinto de instituciones al que solemos
llamar por comodidad Estado. Hay que “lidiar con una burocracia
lenta, insensible, corrupta y lejana” (p. 152). Pero a la Selva Lacandona
no la colonizan sólo indígenas, sino también
rancheros de Chiapas. Para los primeros era
una oportunidad para recrear la comunidad tojolabal
en otro espacio, para los segundos significaba
una epopeya para labrar su independencia laboral
y económica (p. 165). “Eran mundos vecinos, pero
distantes y con valores, creencias y recursos que
tenían poco en común” (p. 167).

e) La labor doctrinaria de la Diócesis de San Cristóbal
en aquellos parajes. Dada la escasez de sacerdotes,
el proyecto catequizador como una fórmula
de capacitación a los indígenas y de expansión de la
Iglesia. Se trata, además, de hacer frente al trabajo
de las iglesias evangelizadoras. Esa práctica sufre
un quiebre relevante: pasa de una labor meramente
asistencialista a una con vocación “liberacionista”.
Se trata de “concientizar”, de promover el cambio
social, el mejoramiento de las condiciones de vida,
pero que tiene que trascender primero la desconfianza
y la suspicacia de las comunidades antes de
hacerse realidad. Por supuesto que esa historia se
produce con fuertes conflictos y tensiones en el
seno de la propia Iglesia, tanto en el terreno “teoideológico”
como en el de las relaciones internas de
poder. La llamada “opción por los pobres” no puede
sino derivar en una politización del mensaje y la
práctica pastoral. El proyecto de “Civitas Christi”
desemboca en un “entrecruzamiento de lo espiritual
y lo sociopolítico” porque intenta materializar el
“reino de Dios” “aquí y ahora”, de tal suerte que la
fe católica —en código de la Diócesis— se convierte
en una nueva ideología. Ese proyecto da frutos
materiales (cooperativas, por ejemplo), pero genera
también nuevas relaciones jerárquicas. Además, se
empieza a romper el aislamiento de las comunidades
y a “desmontar las estructuras mentales y materiales
de dominación” (p. 231). Se forma “una identidad
regional-selvática” (p. 241) que cohesiona y unifica
a las comunidades y que las enfrenta a otras,
las protestantes, que por supuesto, como todas las
religiones, también creen poseer la verdad en un
puño (aunque en beneficio de estos últimos hay que
subrayar que no intentaron mezclar lo político y lo
religioso). Y todo ello en medio de una ausencia más
grande que el océano Pacífico: la del Estado.

f) La acción de la izquierda de matriz maoísta
que a decir del autor construye una “comunidad republicana de masas”. Ya no se trata de alcanzar
la “salvación colectiva” sino de construir un
“poder popular” autogestivo. Se fomentan la organización,
la discusión, los proyectos sociales
y agropecuarios. Los brigadistas políticos tejen
una red de organizaciones: uniones de ejidos y
uniones de uniones de ejidos, cuya base fundamental
son las asambleas. Se trata de espacios
que generan un aprendizaje político, pero también
fenómenos de profesionalización y especialización
de los dirigentes (esto último resulta inescapable
en cualquier organización medianamente compleja
y en la que se hacen necesarios los mecanismos
de representación). Se trata, al igual que el anterior,
de un proceso no exento de tensiones entre
los “asesores” externos y las comunidades, sobre
todo en los momentos en que diversos proyectos
fracasan por problemas que rebasan, y con mucho,
las posibilidades de acción de ambos (destacadamente
la caída de los precios internacionales del
café). No obstante, muchas iniciativas resultan
exitosas (creación de escuelas y centros de salud,
comercialización del café, créditos, etcétera) y los
ponen en contacto con muy diversas dependencias
públicas. Se trata de un “movimiento de masas”
que reivindica derechos y que construye organización.
Esa opción tiene puentes de comunicación
pero también grandes tensiones con el proyecto
de la Diócesis. De tal suerte que el triángulo que
se construye entre agentes pastorales, activistas
de izquierda y líderes campesinos resulta complejo
(por decir lo menos). No obstante, en algo coinciden:
“la individualidad, el pluralismo político
o la heterogeneidad social eran entendidos como
algo extraño y nocivo para la autenticidad de la
‘sociedad comunista primitiva’ ” (p. 333). Dado
que el sujeto preferencial es la comunidad —no
el individuo— el monolitismo político-ideológicoreligioso
se considera necesario para mantener la
cohesión. Ahí se encuentra una de las claves de
los comportamientos guerreros.

g) Las tensiones entre los activistas de izquierda
y la Diócesis de San Cristóbal. Transcribo una
nota a pie de página: “Por ejemplo, los asesores
políticos de la ARIC propusieron un programa de
salud reproductiva como respuesta a la escasez de
la tierra cultivable y la futura crisis del sistema
rural… Puesto que dicho programa incluiría medidas anticonceptivas,
la Iglesia se opuso de modo rotundo, por lo que el programa
no pasó de ser un proyecto” (pp. 333-334).

h) El surgimiento y desarrollo del EZLN. Las vicisitudes que llevaron
al desencanto de la vía política pacífica, entre otras, la crisis
económica, la caída de los precios del café, el desmantelamiento
de las instituciones estatales encargadas de la relación con las
comunidades. La lenta pero sistemática siembra de la idea y organización
armada en las asociaciones campesinas. El reclutamiento y
adiestramiento en las artes de la guerra y las fórmulas para hacerlo
(“casas de seguridad” y “campamentos guerrilleros”), hasta la constitución
de la “comunidad armada rebelde”. La organización de la
misma, las relaciones entre el EZLN y las comunidades a través de
“responsables”, las nuevas jerarquías militares, las bases de apoyo y
sus tareas, las promociones a la salud y la educación y la actuación
de los “colectivos”. En fin, el surgimiento de una identidad zapatista
y de un proyecto revolucionario de transformación social.

i) El apoyo externo (nacional e internacional) al EZLN. Desde las
personas que a título individual visitan a las comunidades hasta
las ONG’s y los partidos políticos, pasando por los “caravaneros”
o grupos organizados solidarios. Esa red de apoyo que se nutre de
“jóvenes urbanos… izquierdistas, desencantados de los partidos
políticos y escépticos de la democracia parlamentaria… críticos
del capitalismo y la globalización, que buscan… formas alternativas
de lucha política” (p. 436). Se trata de una solidaridad a veces
ingenua a veces interesada, pero (casi) siempre con altas dosis de
idealización del mundo indígena.

j) Los conflictos internos que suscitó el levantamiento y su
secuela, la división de las comunidades, los efectos de una política
militar, los cambios de lealtades a través del tiempo, la lucha por
los recursos escasos, las “deserciones”, las nuevas estructuras de
autoridad (las tensiones entre la vida comunitaria y la jerarquía
militar), la profecía autocumplida de cómo la violencia genera
violencia, hasta cómo se construyó el dominio de la Comandancia
General por encima del Comité Clandestino Revolucionario Indígena
y sobre las comunidades.

k) Las Juntas de Buen Gobierno como una fórmula para gobernar
los territorios bajo control del EZLN. La “permisividad
gubernamental”, el aparente congelamiento de la situación, las
limitaciones de las Juntas y la dinámica de sus relaciones con
las comunidades no zapatistas.

En fin, una historia que ilustra, que explica, que comprende.
Una historia necesaria más allá de la anécdota o del acontecimiento
espectacular. Una historia dramática, fruto, sin duda, de la
pobreza, el atraso, la marginalidad, pero también de un proyecto
de redención armada que en sus premisas contenía y contiene el
germen de la intolerancia y el verticalismo. {{n}}