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Hace cuatro años, en 2003, cuando apenas estaba entrando
en su quinta década, Luis Ignacio Helguera murió. Ahora, en
2007, cuando aparece este libro de título impronunciable,
{Zugzwang}, mismo que alcanzó a entregar al editor, al cual —para
esta publicación— se le han agregado una sección de poemas dispersos,
sueltos y no coleccionados, parece definirse el retrato de una
escritura y una persona evanescentes y elusivas. Se trata de un libro
triste, doloroso, no sólo por la circunstancia
póstuma sino por su tono y su sentido.

Helguera fue siempre, como escritor, desde
sus primeros textos, allá por los primeros
años ochenta, un atado de contradicciones.
Lector voraz, era sin embargo muy crítico,
prefería una literatura, a la que aspiraba y
tomó como modelo, que hacía de la imaginación
algo súbito, repentino y fugaz, y
que reivindicaba esa velocidad como su mejor
cualidad, aquello que en la página puede
oírse como ocurrencia pero, si ocurre, ocurre
como hecho verbal, volviendo tangible el aire
mismo de la circunstancia. El poema breve,
en prosa (del que nos legó una antología de
su práctica en México muy útil), el aforismo,
el microrrelato, el epigrama, el haiku, lo que
contagió de brevedad también a sus textos
críticos, reseñas y crónicas musicales. Todas
las páginas de su obra están marcadas por la
densidad del instante y la belleza de lo fugaz.

Una de las primeras paradojas del género, y de la cual Helguera
es plenamente consciente y decidió asumirla, es el enfrentamiento
entre un horizonte festivo del texto y el sufrimiento de su puesta en
práctica, de su hacerse o escribirse. Hay un poema en {Zugzwang} en
que reprocha la incapacidad de reír de una persona, pero ese texto
es una mueca doliente y dolorosa, a su vez también lejos de la risa.
El carisma ingenioso y divertido, si bien no exento de sufrimiento,
de libros anteriores como {El cara de niño} e {Ígneos}, prácticamente
desaparece en el libro póstumo. Por un lado, se olvida de la risa para
dejar paso pleno al sufrimiento. Incluso cobijado por una nube de
resentimiento; por otro, cuando consigue plenamente el poema, deja
aparecer una alegría que no requiere manifestarse en risa para ser. Y
es lógico: una literatura que se pone bajo el signo del relámpago es a
veces fruto de largos periodos de incubación en la cabeza y trabajo en
el escritorio, de una tortura interna que se trasmina a la página, y por
lo tanto reveladora no de una iluminación festiva sino, en todo caso,
de aquella que produce el sol negro de la melancolía. Y la presión
que ejerce ese llameante enojo termina por devolver, después de un
largo circunloquio, a la condición bronca del sentimiento a flor de
piel. No es extraño que esto ocurra, pues la
iluminación que se buscaba nos deja deslumbrados,
pero en una oscuridad mayor,
en medio de esa negrura, por más que el
escritor —y Helguera, creo, era consciente
de lo que le ocurría— persiga otra luz, de
condición franciscana.

En {Zugzwang} se decide a hablar en un
sentido más inmediato, a decir. No cometeré
aquí la cursilería de decir que anticipaba
su muerte, pero sí dejaré constancia de que
la grieta existencial presente en sus libros
anteriores aquí se ha abierto y profundizado.
El alcohol le había pasado cara factura
y su insatisfacción con el mundo había crecido.
Al revés de los maestros japoneses del
zen, el tiempo no le había servido para alcanzar
la sabiduría sino la rabia, tan difícil
de conquistar como lo primero. Helguera,
sin embargo, y a pesar de lo dicho antes,
conserva sus manías de estilo y arquitectura
textual de sus primeros poemas a los últimos:
escepticismo teñido de melancolía,
interés en la paradoja, crueldad en la descripción
de lo mezquino y una necesidad
de luz que le otorga el espejeo del tablero
de ajedrez en sus claroscuros. Si bien no
consigue nunca quitarse del todo el freno
expresivo, sí se arriesga en {Zugzwang}
a una condición de sinceridad que antes
era impensable. El retrato de un afilador o
la evocación de un afinador de pianos, la
flor lozana de una vecina o un atardecer en
Caracas le sirven para expresar al tiempo su
fe en la vida y su dolor de vivir. Ya no cuida
histéricamente su factura formal y deja que
el poema ocurra.

Cuando en {Murciélago al mediodía} Helguera
reedita, podado, {Traspatios}, señala
algo que ocurrirá en todos sus libros, salvo
en el póstumo, rearticula la propuesta que
se había dado en libros anteriores en cierta
forma no sólo corrigiéndola sino invalidándola,
no sólo es autor de pocos y delgados
libros, sino que éstos suelen ser reelaboraciones
de anteriores volúmenes, de hecho su
obra reunida, que urge hacer, no llegaría a duplicar el número de páginas de {Zugzwang.}

El título mismo, que alude a una jugada de
ajedrez, aquella que nos lleva hacia el jaque
mate, proviene de la expresión alemana que
señala un movimiento compulsivo, nervioso,
tan inevitable como innecesario, y eso
se siente en la literatura de Helguera: es
la frenética actividad del perezoso, de un
perezoso muy particular, pues su pereza se
traduce en constante aunque inútil movimiento.
Proviene, la angustia, de esa inutilidad.
Creo que no, el autor ha encontrado
en ese movimiento una fascinación estética,
moverse le da una condición de constante
evasión ante la mirada que quiere fijarlo (la
de casi cualquier lector) en una situación
dada que ya no variará.

Podemos imaginar el terror que dio a los
poetas anteriores a la escritura, la aparición
de ese arte o técnica, más fuerte aún que el
que nos daría a nosotros la intuición de su
desaparición. Fijar el texto, dicen los académicos,
y Helguera debe haber oído más
de una vez esta expresión en su paso por
la universidad. Su escritura, o más bien su
forma de publicación, desarrolla una estrategia
para evitarlo, conservar su capacidad
de estar en movimiento, aunque sea para
llegar al inevitable mate. El movimiento no
encuentra su sentido en el resultado sino en
sí mismo. Así, escribir es siempre una jugada
que perjudica a quien la hace, pero que hay
que hacer de todas maneras. En qué medida
el {Zugzwang} es una jugada que se presenta
como aparente pérdida para quedar después
en una mejor posición. Si nos atenemos al
libro de Helguera eso no ocurre. Como se
dijo al principio, el autor eligió la estirpe
de los raros y lo consiguió rotundamente en
cada uno de los libros que publicó, pero de
manera particular en el póstumo al dar un
giro no sólo sorpresivo hacia una densidad
de la experiencia vital, no sólo literaria, sino
al no poder dar una nueva vuelta de tuerca
a su posición. ¿Quedó fija ya su escritura?
Eso es lo que nos corresponde impedir ahora
a sus lectores. {{n}}