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Rubem Fonseca sabe de mujeres. A lo largo de su prolífica obra narrativa han desfilado chicas entrañables y excelentemente retratadas, que dejan claro su dominio del tema (Alice en Agosto y Ada en El gran arte, son dos buenos ejemplos). Además, la manera en que los personajes masculinos hacen observaciones sobre sus intereses femeninos constituyen toda una filosofía fonsequiana: “Las mujeres, incluso las más ingenuas, son buenas para disimular”, dice Rufus en Diario de un libertino; “una mujer nerviosa nunca encuentra las cosas dentro de su bolsa”, expresa Mandrake en La Biblia y el bastón. Era de esperarse, por lo tanto, que consagrara un libro entero a esos seres que, a todas luces, son los más evolucionados —y también los más peligrosos— de la creación.

En Ella y otras mujeres, el escritor brasileño reúne 27 relatos en los que, junto a su economía narrativa, destaca su sensibilidad para entender la tragedia y la comedia humana. Si Secreciones, excreciones y desatinos (2003) constituyó una obra maestra del género cuentístico, aquí estamos ante el libro de un auténtico iluminado, donde no importa tanto la forma del relato (a veces meras estampas) como lo que se quiere transmitir.

A sus 82 años, Rubem Fonseca parece haberlo visto todo, pero lo relevante es que su mirada no se ha desgastado; al contrario, sigue encontrando la vitalidad y el entusiasmo para plasmar sus hallazgos. Lo mejor es que no estamos ante las arengas de un literato mesiánico que alza sus verdades como estandartes. Al contrario: lo que Fonseca tiene que decir no es agradable ni cómodo. Él nunca ha sido compasivo ni con la condición humana, ni con sus personajes, y no tendría por qué serlo ahora. Distanciándose de la actitud de ciertas personas mayores, que suelen “ablandarse” con la edad, Rubem se ha vuelto cada vez más despiadado y violento en su narrativa. Ella y otras mujeres es un ejemplo de lo que los escritores deben defender ante todo: la fidelidad a sus obsesiones.

Llama la atención en este conjunto de relatos la inclusión de una veta sarcástica e incluso humorística. Una de las grandes lecciones del libro es que la crudeza y el absurdo del mundo en el que vivimos pueden ser abordados con gracia sin perder contundencia.

“En la cama no se habla de filosofía”, escribe en el cuento que se titula precisamente “Ella”. El protagonista narra, en una anécdota brevísima, cómo perdió a una mujer tras una discusión inútil sobre el amor y Nietzsche, que comenzó entre las sábanas.

En ese mismo relato, el siguiente párrafo ilustra claramente el estilo que ha pulido Fonseca, desprovisto de florituras: “Me quedé acostado y ella, de espaldas a mí, se sentó sobre mi pubis y metió mi verga en su panocha. Yo veía cómo entraba y salía mi verga, veía su culo rosado, que después lamí. Cogimos, cogimos, cogimos. Me vine como un animal agonizante”.

Fonseca utiliza una interesante mezcla de exageraciones y detalles sutiles para aproximarse al misterio femenino. Así como afirma tajantemente que todas las mujeres sueñan con matar a su marido, también dice que entienden de zapatos y que, a través de ellos, son capaces de descubrir el nivel económico y social de otra chica. De la misma manera que reconoce que las mujeres quieren sentirse amadas todos los días, admite que no se les debe rechazar, porque las consecuencias pueden ser catastróficas.

Y se arriesga aún más al lanzar con autoridad la siguiente sentencia: “No se puede confiar en las mujeres”. Lejos de las aparentes connotaciones machistas de esta frase, lo que en realidad nos está diciendo Fonseca con este puñado de cuentos es que fiarse de ellas no es lo importante (¿quién puede confiar en alguien o algo en los tiempos que corren?). Lo relevante en la vida de un hombre es que una mujer lo sacuda de pies a cabeza, que ponga su mundo de cabeza y que no lo deje pensar con la cabeza, sino con las vísceras. De lo contrario, seríamos aún más desdichados. Pero eso sí: nunca hay que irse a vivir con ellas, advierte en repetidas ocasiones, porque “despertar todos los días, todos los días, todos los días juntos en la misma cama es mortal”.

Alice, Belinha, Carlota, Diana, Elisa, Francisca, Luíza, Teresa, Zezé… de la A a la Z, este vertiginoso diccionario ofrece espejos para quien quiera verse reflejado. Como dice la cleptómana protagonista de “Nora Rubí”: “Uno aprende leyendo, y quien no aprende con lo que lee se jode”. Ella y otras mujeres no nos hará necesariamente más sabios, pero sí nos permitirá burlarnos de nosotros mismos. Y ésa es la mejor de las lecciones. n