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Algo tienen los magnicidas que
resultan idóneos para la ficción.
Desde Casio y Bruto, pasando por
Gavrilo Princip, hasta Lee Harvey Oswald,
estos personajes siguen inspirando obras
literarias debido a la fascinación que nos
producen: su drama personal supera los
límites de la ficción —y tal vez sólo en
base a hechos históricos alguien como
León Toral podría ser verosímil en literatura—,
además de que es irresistible,
tanto para lectores y escritores, sumergirnos
en la complejidad de un ego mesiánico
que tiende a sacrificarse, casi
siempre, por un ideal tan dudoso como
su propio acto magnicida. Finalmente, con este tipo de historias, la obra
parece estar ya ahí, en la realidad, puesta para que nosotros la tomemos
y le demos forma literaria.

Una reacción similar habrá experimentado Álvaro Uribe al toparse, en
los diarios de Federico Gamboa, con el germen histórico de {Expediente
del atentado}: la trágica historia de un magnicida frustrado, por llamarle
de alguna manera, Arnulfo Arroyo, quien posteriormente es ultimado
por el inspector general de policía, Eduardo Velázquez, que a su vez
termina suicidándose. En los diarios de Gamboa, en la entrada del 17 de
septiembre de 1897, se lee: “Arnulfo Arroyo, autor del atentado contra
el presidente, y Eduardo Velázquez, autor del atentado contra Arroyo, si
es que la opinión que de tal lo acusa no se engaña, fueron condiscípulos
míos y fueron condiscípulos entre sí. ¿Habrán ellos recordado tal circunstancia?”.
Y en este triángulo generacional se encuentra, ya, el origen de
una novela en la que Álvaro Uribe explora los efectos del demonio de la
sinrazón, que se manifiestan en la locura, el amor y el azar.

{Expediente del atentado} es una novela “triangular”, aunque tal vez
convendría mejor el calificativo de “trina”, debido a las connotaciones
místicas que este último pueda tener: está dividida en tres “carpetas”
(“Arnulfo Arroyo”, “Eduardo Velázquez” y “Villavicencio y los otros”),
nace del triángulo generacional ya señalado en la cita de Gamboa, pero,
principalmente, nos llama la atención que esté construida a partir de tres
diferentes triángulos amorosos. En cada uno de éstos el centro es ocupado
por una mujer, Cordelia, quien está comprometida con el inspector
Eduardo Velázquez, tiene una relación clandestina con el joven novelista
F. G., y fue el gran amor del pasante de abogado Arnulfo Arroyo, todos
personajes de 33 años. A través de estas historias íntimas y cotidianas,
al interior de este triángulo de triángulos, es donde comienza a manifestarse la corrupción y decadencia del régimen ya
que, en el contexto de un México positivista —y
con la intención estatal de revestir la {pax porfiriana}
con un discurso moderno, culto y civilizado—,
emergen de súbito estos tres personajes demoníacos
que actúan bajo el influjo de la sinrazón y la
locura. A pesar de que tanto Arnulfo Arroyo como
Eduardo Velázquez y F. G. tienen una posibilidad
real de formar parte de la elite “científica” del
Porfiriato, de alguna manera, con su comportamiento,
anuncian ya la violenta irrupción de caos
y desorden de 1910, protagonizando no sólo un
atentado en contra del general Díaz, sino además
“el primer caso de un {lynchamiento} que se registra
en toda la historia de la República Mexicana”, es
decir, participan en este primer brote de violencia
irrefrenable y destructiva.

Ya en 1897 el demonio, vestido de charro, deambula
por entre las calles de la ciudad de México y
termina con las aspiraciones de una generación.
Los tres protagonistas de esta novela serán, de
una manera u otra, seducidos por Mefistófeles, y al
seguir sus designios morirán, o quedarán muertos
en vida. Este último caso es el del novelista F. G.,
el único miembro del grupo que parece “salvarse”,
aunque la forma en que sobrevive a su pasión sea
un vivir la muerte: a sus 33 años decide renunciar
al amor de Cordelia y contrae matrimonio por
conveniencia, así como opta por esconder bajo
llave el manuscrito de {Expediente del atentado} y
comienza a escribir un tipo de literatura que no
incomode políticamente al régimen. En F. G. la
cobardía atempera a tal punto su pasión amorosa
que la hace desaparecer y, curiosamente, esto lo
transforma en un hombre respetable. Pero Arnulfo
Arroyo y Eduardo Velázquez son personajes menos
patéticos, resultan casi trágicos, y por eso mismo
no pueden más que morir.

Eduardo Velázquez, por ejemplo, al dejarse seducir
por el demonio —¿de la ambición, de la envidia,
de los celos?— organiza una conjura contra
el dictador. E irónicamente, a pesar de su afición
por el positivismo cientificista de la época, sus
planes se vienen a bajo por los designios del azar.
“Lo que perturbaba su razonamiento, por lo común
ordenado”, nos dice el narrador, “era el azar, o la
mala suerte, o la Providencia indescifrable que se
había inmiscuido en sus meticulosas previsiones”. Es por lo anterior que,
tras el fracaso de su estrategia, y al ser aprehendido por la muerte de
Arnulfo Arroyo, es decir, al verse perdido, Eduardo Velázquez se pega
un tiro en la sien destruyendo, de esta manera, la masa encefálica: el
órgano de la razón.

Y también cerebral resulta Arnulfo Arroyo, de quien su madre aseguraba
que “su inteligencia, no me canso de repetirlo, era su peor enemiga”.
Y es que Arnulfo Arroyo funciona, en este contexto, como una especie
de ángel caído que, de repente, ha sido “endemoniado” por su propia
capacidad intelectual. Este es, sin duda, el mejor y más complejo personaje
de {Expediente del atentado}, y lo es, desde mi perspectiva, porque
manifiesta de forma por demás elocuente esta potencia demoledora de
la razón. Es decir, Arnulfo Arroyo encarna las contradicciones del racionalismo
finisecular al convencernos de que éste, al llegar a su límite,
colinda con la irracionalidad y la demencia, es decir, el caos. De esta
manera su acto magnicida, y por ende su muerte, no es un monstruo
engendrado por el sueño de la razón, sino un demonio producido por
ésta en plena vigilia.

{Expediente del atentado} se lee hoy junto a un gran número de obras
publicadas para conmemorar los 100 años de la Revolución mexicana.
Ignoramos si el autor publicó la novela en estas fechas por coincidencia,
o si aprovechó la efeméride para producir un texto {ad hoc}. Sea cual fuere
el motivo, al verla en las mesas de novedades con otros textos alusivos
al centenario, esta novela se convierte en un texto de ficción pero, al
mismo tiempo, revisionista. En este sentido, invita a reflexionar sobre
cuál es la relectura que Uribe ha realizado de nuestra guerra civil, y más
precisamente de la dictadura que la precedió. Al pensarla desde esta
perspectiva, sorprende ver que la violencia que azotará al país sólo 13
años después de la anécdota aquí referida está completamente obviada,
es decir, aquí no hay conflicto político, obrero o campesino que valga, la
Historia podría desaparecer. Álvaro Uribe ha logrado escribir una novela
sobre el Porfiriato como otros novelistas contemporáneos escriben novelas
sobre, por ejemplo, la Alemania nazi: el mapa histórico-geográfico
es sólo un pretexto para abstraernos de todo y reflexionar desde ahí
sobre el Mal. Esto tiene consecuencias en muchos órdenes: por un lado,
sorprende de buena manera la capacidad para distanciarnos de nuestra
propia historia y fabular con ella, pero por el otro, al dejar un escenario
histórico y geográfico hueco, éste se convierte en telón de fondo que
muchas veces resulta sólo decorativo.

Finalmente, algo que se debe aplaudir en esta novela es su mecanismo
interno. Cual sistema de relojería fina, la novela trabaja minuciosa y precisamente narrando, desde distintas perspectivas personales, temporales
y espaciales, la caída de sus criaturas. Pero si algo debemos reclamar es
que, por algunos momentos, el lector desea que esa pasión que domina
a los personajes de Uribe domine también su prosa y, en demérito de
su exactitud y preciosismo, ésta brote irracional y desbocada, como un
demonio, a través de la novela. {{n}}