A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE
Para los apocalípticos que adelantan
un réquiem tras la batalla
perdida ante a los medios
audiovisuales, un balde de agua fría:
el panorama internacional no indica
una crisis del libro ni el fin de la lectura;
para los apologistas del mercado
que quisieran dejar a la cultura
y la lectura al juego de la oferta y
demanda —“la idea populista de que
el público sabe siempre lo que quiere
y debe favorecerse o festejarse lo
que más se vende por ese solo hecho”
(p. 132)—, una réplica docta. Así,
a contracorriente de lo que podrían
ser los lugares comunes dominantes sobre la salud de la lectura y del libro,
Fernando Escalante Gonzalbo ofrece en A{ la sombra de los libros. Lectura,
mercado y vida pública} una reflexión informada de cuál es en realidad el
estado de cosas, revisando para ello el papel de los intelectuales y los escritores, de los diferentes públicos lectores, de la gran industria editorial y de los editores de perfil más artesano, de las políticas públicas referidas tanto
a la promoción de la lectura como al fomento editorial, de la manera en que
influyen los entornos familiar y escolar en los lectores o no lectores, de lo
que ha cambiado desde el “momento clásico” del mercado del libro en el siglo
XIX al “momento monopólico” de comienzo del siglo XXI.

Escalante Gonzalbo, desde el inicio de su ensayo, nos recuerda que la
vinculación entre editores, escritores, críticos, vendedores de libros y público
consumidor, es estrecha y remota, que el afán de hacer negocio siempre ha
estado ahí, y que no es nuevo que la crítica, por ejemplo, se pueda llegar
a mover por razones más sonantes que constantes. Balzac, por ejemplo, se
ofrecía a escribir reseñas favorables —que luego encomendaba a otros, pero
él firmaba— para saldar deudas. Sin embargo, observa Escalante, ahora ha
cambiado “el volumen del negocio, la organización de la industria, la lógica
de la publicidad, el poder relativo de los escritores” (p. 31).

Los libros se venden en cifras millonarias, como nunca antes: en Alemania
en 2005 se editaron 86,543 títulos (74,074 novedades) con 963 millones
de ejemplares vendidos; en Francia se editaron 31,761 títulos (53,462 eran
novedades) y se vendieron 436 millones de ejemplares; en el Reino Unido
se publicaron 206,000 títulos, y aun en México los datos son inferiores pero
tampoco desdeñables: 17,114 títulos en 2003 con 121 millones de ejemplares producidos (pp. 100-103).

El {boom} de la industria editorial se explica ({Keynes dixit}) por la demanda,
en concreto, por la expansión de la matrícula estudiantil, por el aumento del
público cautivo comprador de libros; así fue como el negocio “comenzó a ser
atractivo para los grandes inversionistas” (p. 201), por lo que puede decirse
que esta industria es producto del Estado de bienestar.

Aunque “hay todavía, desde luego, imprentas caseras, pequeñas editoriales…
en lo fundamental el negocio de los libros es un gran negocio, con altas
Libros, cultura y negocio
por Ciro Murayama
tasas de ganancia y volúmenes millonarios de ejemplares,
ventas, derechos”, a lo que hay que añadir
que “las empresas que producen los libros forman
parte de conglomerados… es decir, no son sólo editoriales
sino consorcios de comunicación” (p. 53).
Escalante Gonzalbo explica de manera sucinta y clara
la configuración de la nueva industria editorial,
los procesos de adquisición y concentración empresarial
a nivel internacional —y también para el caso
mexicano—, en suma, describe lo que podríamos
llamar la globalización del mercado editorial y sus
bemoles (en particular pp. 201-238).

“El gran negocio de los libros, vender decenas
de miles de ejemplares de un mismo título, está
obviamente en el gran público” (p. 190). Esto tiene
efectos sobre la calidad del producto. La búsqueda
de un “gusto mayoritario” implica hacer “libros
fáciles de leer, adaptados a las limitaciones de un
público que no tiene la práctica de la lectura” (p.
191). El libro editado con la finalidad de ser un
éxito de ventas, y nada más, se produce para lo
que Escalante llama el “lector ocasional”, “de un
libro cada dos meses o menos” (p. 124).

El otro tipo de lector, el que obsesiona y motiva
a Escalante, es el “habitual”, ése que lee al menos
20 libros al año —del que estima habrá hasta
medio millón en México (p. 116)—, que configura
“pequeños públicos de lectores” (p. 129) y cuya
existencia es indispensable para la vida pública:
“Los lectores habituales son los que pueden imponer
alguna exigencia de calidad a lo que se publica
—en libros, periódicos, revistas— y también a lo
que se difunde por otros medios, en la medida en
que integran espacios de diálogo de mayor densidad
(más referencias, mejor información, memoria
más larga, capacidad de abstracción) que se hacen
eco de lo que dice el espacio público… No influyen
mayoritariamente sobre el volumen de la producción
de la gran industria editorial, cuyo negocio
está en la venta masiva de ejemplares de unos
cuantos títulos, pero sí de la calidad de la vida
pública” (p. 110).

(Aparte están los {no lectores}, que incluso en las
naciones con mayores prácticas de lectura rondan
un tercio de la población; en nuestro caso son no
lectores el 80% de quienes no tienen escolaridad
y el 45% de quienes cuentan con estudios universitarios,
p. 114.)

Es crucial la distinción entre el lector ocasional y el habitual para entender el nuevo papel del mercado, que apuesta por los primeros
desde la producción, pero también en la distribución, lo cual termina
por afectar las propias prácticas de lectura. La gran industria que produce
a ritmos acelerados no sólo va en detrimento de la calidad de lo
que se edita, sino que modifica también a la librería —que ya no es
la que se dedica a “cuidar un fondo, mantener libros viejos, catálogos
completos” (p. 164) sino que “es básicamente un almacén de libros,
con vistosas pilas de novedades que desaparecen rápidamente para
ser sustituidas por otras iguales” (p. 165)—. Esa dinámica favorece a
las cadenas de librerías, al modelo del supermercado. En México, por
poner un ejemplo, en una década ha desaparecido casi el 40% de las
librerías (p. 170); la concentración del negocio elimina al pequeño
distribuidor —y al pequeño productor— y quien no vive en las grandes
áreas urbanas queda más lejos del alcance de los libros.

Porque importan no sólo los libros, sino que también son relevantes
“las condiciones que favorecen la existencia de lectores habituales,
el complicado sistema de mediaciones —críticas, librerías,
bibliotecas, suplementos culturales, espacios de lectura y discusión,
variedad de editoriales— que sobrevive a contracorriente de la gran
industria editorial, y que permite una práctica de lectura que va algo
más allá del entretenimiento” (p. 132).

Ahora bien, el triunfo de la gran industria editorial no quiere
decir que “han desaparecido ni es probable que desaparezcan los
grandes lectores, tampoco la literatura de calidad, más exigente o
especializada, que es minoritaria como ha sido siempre, sólo que
antes —en el momento clásico de la era burguesa— podía ser a la
vez minoritaria y central, y hoy es cada vez más marginal para la
vida pública, ajena para la inmensa mayoría e irremediablemente
elitista” (p. 130).

Así las cosas, la lectura de Escalante sugiere que en México no
sólo se han erosionado las condiciones para la movilidad social, sino
que se va haciendo también más difícil superar las desigualdades
culturales, y que el “capital cultural familiar” se vuelve cada vez más
determinante, lo que no deja de ser un fracaso social, colectivo.

La reivindicación de la lectura habitual que realiza Escalante es
a favor del individuo y, a la par, de la convivencia colectiva. Para él,
la lectura heterogénea, diversa, es un “instrumento del proceso de
individualización” (p. 81) puesto que “el silencio, el retraimiento,
la concentración y el trabajo intelectual de la lectura, la formación
de un repertorio propio de autores y títulos, un sistema personal de
referencias, afinidades, recuerdos, a partir de los libros que uno ha
escogido, todo ello, contribuye a ‘elaborar una posición de sujeto’ ”
(p. 82). Pero la lectura es importante más allá de la persona que lee:
“el bien público que se defiende cuando se trata de proteger la cultura
del libro es determinada estructura de vida pública” (p. 343).

Una apuesta ilustrada, que no da la espalda al mercado, pero que
tampoco se vence de hinojos ante él. {{n}}