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Poder y desarrollo son objetivos nacionales que no
siempre pueden conciliarse. Tres economías de Asia
han desplazado a Rusia y es posible que hagan
lo mismo con Estados Unidos. Queda pendiente saber si
China, la India y Japón pueden desafiar a los hegemones
de la Guerra Fría en el plano militar y geoestratégico.
También permanece en entredicho que algún día puedan,
en el caso de los dos primeros, alcanzar un alto grado de
bienestar para sus poblaciones o disminuir la brecha existente
entre la miseria atávica y el sector creciente de ricos
nuevos. Derechos humanos, transparencia y fortalecimiento
de la sociedad civil parecen ser proyectos occidentales
asociados a la región más que preocupaciones políticas
internas o prioridades de los países asiáticos.

Hace mil años los europeos veían con mayor respeto
a la zona en relación a los tres últimos siglos. Ahora, si
no por admiración a su estilo de vida, sí por miedo a los
efectos humanos y naturales del crecimiento asiático,
ellos junto a los estadunidenses les devuelven el respeto
y los integran a sus agendas cotidianas. La pobreza
y la riqueza asiáticas se expanden por distintas vías.
Llegan al resto del mundo con los intereses nacionales
definidos por sus gobiernos, impactan los mercados y
los salarios con la envergadura de sus exportaciones
y convidan su talento y marginación a través de sus
migrantes y refugiados políticos.

Un grupo de especialistas, encabezados por Samir
Amin y Makoto Itoh, se ha dado a la tarea de reevaluar
el papel de los “poderes emergentes de Asia” en
una compilación de trabajos que revela las debilidades
estructurales de sus economías y, sobre todo, desnuda
las concepciones locales de poder y el rumbo que están
tomando chinos, indios y japoneses. El tablero de Asia
continental ya está ocupado por sus dos mil 300 millones
de habitantes (40% mundial). El siguiente paso es
definir su nivel de injerencia en otras zonas: configurar
estrategias que les den relativa independencia de los
poderes occidentales.

Esta cuidada compilación comienza con una entrevista
a Harry Magdoff. Abre la discusión en un tono crítico
que acompañará cada argumento de la obra. Ni él, ni los
demás autores esconden sus simpatías por la izquierda
y denuncian con energía los males que han dejado el capitalismo salvaje y las inmensurables
medidas neoliberales en cada rincón
del orbe. Las luchas sociales e ideologías
fueron sepultadas sin acabar con
esta desigualdad atávica. Magdoff sostiene
que “durante 500 años, las cosas
han marchado en esa misma dirección,
la mayor parte de la riqueza está en
manos de un 10 o 20% de la población
y el 80 o 90% sólo tienen los restos.”

Samir Amin afirma que la India
está hipotecando su futuro. La burguesía
nacional continúa recostada en
la estructura de dominación británica
y ése es uno de los principales obstáculos
para que se convierta en potencia mundial.
“China cuenta con la ventaja del legado de
su revolución radical, mientras que la India tiene
las trabas de un legado colonial nunca desafiado”.
Para Amin, en tanto la pobreza no es genética sí es
hereditaria. La democracia es propia de las clases
medias. Los {dalit} que son la parte más miserable
de los indios pobres se cuentan en 250 millones.
Empero, recuerda que en el plano internacional es
de reconocerse el embate antiimperialista indio en
el movimiento de los no-alineados.

Por otro lado, el Grupo de Investigación en Economía
Política, con sede en Bombay, insiste en que
la proyección de la India como potencia mundial
es una iniciativa geoestratégica de Estados Unidos
para contener a China. En marzo de 2005 Condolezza
Rice hizo pública la decisión de Washington
de convertir a la India en una “potencia global”.
En concordancia, el entonces primer ministro Atal
Bihari Vajpacia, con asesoría de Estados Unidos,
promovió un plan de 20 años para obtener ese
cometido. India fue una base de operaciones en la
invasión de Afganistán, lo es en la de Irak y puede
ser una opción estratégica en caso de que las
alianzas tradicionales con Japón, Corea del Sur y
Arabia Saudita se corroan. “Por eso el pueblo indio
debe de dejar constancia de su oposición a esta
subordinación a Estados Unidos y a su falso estatus
de gran potencia que no puede ni alimentarlo,
ni vestirlo, ni proporcionarle vivienda”.

En cuanto a China se refiere, los investigadores
Hart-Landesberg y Burkett realizan un balance
entre los impactos positivos y negativos de las
transnacionales y sus exportaciones en la economía
interna. Aumenta la innovación tecnológica.
Mientras, al incrementar su presencia en el mercado
estadunidense y producir extremadamente barato,
China no sólo ha afectado a los obreros chinos
sino a los japoneses y a los mexicanos. Robert
Weil se le suma, argumentando que la bonanza
china sólo ha significado el erosionamiento de las
condiciones laborales de las mayorías y la migración
masiva del campesinado hacia las demarcaciones
urbanas. Conviven estrenados millonarios
en un sistema de corrupción rampante entre las
autoridades del Partido, del Estado y los nuevos
directivos empresariales.

Las proclamas de la nueva izquierda son reprimidas. Pese a lo externado por
el gobierno chino, la discusión de la libertad de prensa, los derechos humanos
y la ruptura del sistema de partido único está censurada. Si bien ha habido
avances graduales en la discusión de derechos de la mujer y la protección
del medio ambiente. Weil resalta el caso del cierre de la fábrica industrial
Zhengzhou y la represión violenta a la protesta de sus obreros, realizada con
campesinos pagados. Después de sacar la maquinaria, destruyeron los edificios
industriales y las viviendas de los trabajadores.

Makoto Itoh cierra la polémica recordando que Japón ha pagado su envidiable
productividad con el deterioro del empleo y con la vida. Arguye que
en 2005 el gobierno japonés mostró cifras de una recuperación económica
exagerada, con motivos electorales y para favorecer al Partido Liberal Demócrata.
Insiste en que su recuperación se debe en gran medida al crecimiento
de China y la India. Además Japón, en términos de influencia militar, sí es un
país emergente. Amenazas para los japoneses son la depreciación del dólar,
la crisis fiscal, el deterioro de las condiciones laborales y el descenso de la
población. En estas circunstancias aumentó la muerte por {karoshi} (exceso
de trabajo). La tasa de suicidio japonés es la más alta del mundo: 26% por
problemas económicos, 6% por fracaso laboral y 45% por enfermedades físicas
y mentales (incluidas las relacionadas al trabajo).

La economía de las tres potencias asiáticas está vinculada a la geopolítica.
Ejercen influencia pero todavía no coerción en la arena mundial. Japón sufre
con el debilitamiento de su seguridad social. China y la India sobreviven
con más de la mitad de sus poblaciones sin acceso a agua potable, drenaje
y salud; los chinos sin libertades políticas y los indios enclaustrados en un
sistema anacrónico de castas. Japón es el más dependiente del dólar y de los
destinos estadunidenses. Los chinos tienen la ventaja de haber experimentado
las luchas sociales de la revolución y ahí yace la esperanza de promover
nuevamente transformaciones a favor de las mayorías. Entre la desigualdad
de las ciudades y la marginación del campo quedan pendientes las reivindicaciones
de los comunistas indios de los años treinta: “la industria debe de
beneficiar a todos” y “la tierra es de quienes la trabajan”. {{n}}