“¡Maximiliano, te debes cuidar / y no abandonar tu castillo de Miramar! / Esa corona de Montezuma / es copa gálica, llena de espuma”. Así decía en Trieste, en 1864, una cancioncita anónima empapada con esas referencias cultas y áulicas tan frecuentes —escribe Gian Luigi Beccaria en un gran ensayo— en el canto popular. Estas estrofas tan pegajosas se referían al ofrecimiento de la corona de México a Maximiliano de Habsburgo, el hermano del emperador Francisco José. Recibió esa oferta en el improbable Castillo de Miramar, en el que residía y que había mandado construir junto al maravilloso parque sobre las ásperas rocas del Carso, en la ribera del mar de Trieste.

El archiduque Maximiliano debió ponerle atención a esa canción, que equiparaba esa absurda corona con el caballo de Troya y con los insidiosos regalos de los griegos antiguos, de los que el verso virgiliano, inserto en la canción misma, dice que es necesario desconfiar. Pero el hijo de Habsburgo no quiso escuchar ni esa sabiduría popular ni a sí mismo. “Soy feliz en mi querido Miramar”, escribió en una carta con palabras que serían retomadas hace unos años en el título de un espectáculo de Paola Bonesi, pero se marchó, como dice el poema de Carducci, sobre el “fatal Novara” hacia un trágico y patético destino; que, en el fondo, era coherente con su personalidad contradictoria, que la reciente biografía de Gabriele Prasch-Pichler ahora saca a la luz.

Iluminado liberal que había gobernado con espíritu abierto y reformador la región lombardo-véneta y condenado la esclavitud de los negros en Norteamérica, también fue el romántico reaccionario que en Granada, sobre la tumba de Fernando e Isabel, se abandonaba a visionarios sueños de imposibles imperios; buen escritor de crónicas de viajes y mediocre poeta, digno heredero de un verdadero trono que acepta con diletante ingenuidad el trono ilusorio e insensato de un país del que no sabe casi nada, se equiparaba, en una de sus líricas, a un pájaro herido en sus alas, imposibilitado para volar.

Emperador de México, elevado a un poder —para beneficio de los intereses de los franceses— impotente para bloquear la revolución social y nacional del presidente Benito Juárez, Maximiliano deviene una contrafigura de sí mismo, una marioneta en manos de los franceses, que jalan los hilos de sus actos y lo dejan caer, cuando él —pese a que era atacado por Juárez y su revolución— intenta gobernar, de acuerdo a lo que le dictaba su espíritu generoso y su sentido austríaco del Estado, con liberalidad, sensibilidad social y laicidad adversa a la injerencia de la Iglesia.

Abandonado por el ejército francés del mariscal Bazaine, Maximiliano se niega a huir, a diferencia de otros soberanos felones antes y después que él. Permanece con el que considera su pueblo, hasta afrontar con dignidad la muerte, su fusilamiento en Querétaro por parte de los revolucionarios; su esposa Carlota le sobrevivirá, enloquecida, durante muchos, muchos años, transformándose también ella una figura del mito.

Comprensiblemente, los dos infelices esposos imperiales han seducido la fantasía literaria y cinematográfica, desde la obra de teatro de Franz Werfel hasta la de Friedrich Schreyvogel, que mi padre Duilio puso en escena hace muchos años en un espectáculo de luz y sonido en Miramar; en muchas películas, entre ellas un viejo y fascinante novelón con un gran Paul Muni que interpretaba a un Benito Juárez (por amor al cual, el padre de Mussolini le puso ese nombre) que le explicaba a Maximiliano prisionero, en una escena memorable, su profundo respeto por él y su dolor, pero también la necesidad de fusilarlo, como escarmiento a las potencias europeas para que no dispusieran, arrogantemente y a su libre albedrío, de los destinos de su pueblo.

Entre las tantas reelaboraciones literarias de esta vicisitud, la más grande es la poderosa —“barroca, extravagante y descompasada”— novela Noticias del Imperio del narrador mexicano Fernando del Paso, uno de los escritores más significativos de todo país. Publicado en 1986 y traducido a muchas lenguas con muy notable éxito (como su anterior novela —Palinuro de México, 1976—, que la impuso con mucha resonancia a nivel internacional) el libro aparece ahora en Italia en la pequeña editorial e imprenta Profeta, hacia la que va mi más profunda gratitud por haber publicado un texto bellísimo y desmedido, muy difícil de trasladar de una lengua a otra y admirablemente traducido por Giuliana Dal Piaz en un trabajo que duró años, iniciado por puro entusiasmo, aun antes de tener garantizada la más mínima posibilidad de ser publicada.

Desbordado y polifónico, según la tradición narrativa latinoamericana, el libro entreteje y disuelve perspectivas, historias y planos diversos; la novela experimental joyciana deviene una lujuriante y grandiosa epopeya, de osada pero plenamente comprensible y arrastrante invención lingüística que, tal parece, hace hablar a las cosas mismas, la maraña de la vida y de la pasión, en un genial empaste de fantasía dilatada y precisión concreta, sensual, atenta a cada instante y a cada detalle de la realidad. Renzo Sanson en el periódico Il Piccolo di Trieste habló de una gran corriente fluvial, remolinos y arenas movedizas que engullen, agua turbia que arrastra troncos podridos y hojarasca de matorrales arrancados de raíz pero también delicadísimos y geométricos encajes de Bruselas. Los capítulos dedicados a la relación histórica —a veces mediada por cartas, entretejida con reflexiones irónicas, alargada para comprender no sólo la política y las batallas sino también la cotidianeidad, las comidas, las canciones populares, el tropical y trágico fluir de toda la existencia— se alternan con los capítulos (poéticamente más altos) en los que todo es narrado a través del monólogo delirante de Carlota, anciana demente que entremezcla tiempos y lugares, en un continuo morir del presente y violento emerger del pasado. Es el Tiempo mismo el que habla en el apasionado, doloroso e implacable desvarío de Carlota, enredándose y desenredándose como un ovillo, generando y devorando incesantemente la vida y la historia. Al igual que en Palinuro de México, también en esta grotesca epopeya, estaciones y épocas se condensan en un eterno, fugaz y lacerado presente.

 

Claudio Magris

Traducción de María Teresa Meneses Texto tomado de Il Corriere della Sera, 29 de junio de 2007.