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En la mañana fresca del diecisiete de diciembre de mil novecientos noventa y siete, Agustín Vázquez
Secum, vecino y principal de Queshtic, pequeña aldea recalcitrante del sacudido municipio de San Pedro Chenalhó en Los Altos de Chiapas, fue muerto a tiros cuando iba a su cafetal, armado con un rifle, en la compañía preventiva de tres amigos, priistas como él, lo que en aquellos tiempos y aquellos
lugares sólo quería decir que eran contrarios a la expansión sobre sus pueblos de las armas y el influjo del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Dos de los acompañantes del muerto, Lorenzo Gómez y Fernando
Vázquez, fueron heridos en la misma refriega, pero alcanzaron a saber que sus atacantes eran Bartolo López y Javier Luna, dos simpatizantes del EZLN, pues les salieron al paso enmascarados con pañuelos pero al cortar cartucho perdieron el disfraz.

La versión de los zapatistas adversarios de Agustín Vázquez Secum, es que éste había bajado a atender su cafetal “armadísimo”, “dispuesto a matar a la persona que se le atravesara”, siendo el muerto una “persona que tiene algo de dinero y no muy le gusta meterse en problemas”. Según la Procuraduría General de la República, la víctima
lo era de sus matadores personales y de un impersonal
pero mortífero entorno de rivalidades y antagonismos
políticos, económicos y religiosos, profundizados a raíz del movimiento armado del primero de enero de mil novecientos noventa y cuatro.1

La muerte de Vázquez Secum interrumpió la tercera reunión que los bandos en pugna habían concertado para ese día, luego de dos semanas de acuerdos y recelos
sobre cómo parar la violencia matrera de los pueblos.
En los últimos meses de mil novecientos noventa y siete los secuestros, las emboscadas, los saqueos y los muertos habían crecido de más en las aldeas, milpas, veredas y caminos del municipio. Tanto, que los mismos
rivales de la zona, una de las más pobres del país, mal gobernada siempre e ingobernable ahora, habían empezado a hablar. No había faltado nunca esa violencia
hormiga entre los habitantes de San Pedro Chenalhó
que se nombran a sí mismos pedranos o sanpedranos.
Catorce de las treinta y cuatro denuncias recibidas
en la agencia del ministerio público del municipio durante mil novecientos noventa y cuatro habían sido por homicidios y lesiones, siendo esas denuncias excepción en un ambiente donde nadie se fiaba de la ley y sus alcances. Pero en los primeros siete meses de mil novecientos noventa y siete la cifra de denuncias por violencia había subido a cuarenta y tres, con veintidós muertos y veinte heridos por arma de fuego.2

El punto de arranque de aquella creciente era cosa sabida para los de ahí, para el gobierno estatal y para el gobierno federal, que mantenía en la zona, desde el inicio de la tregua y las conversaciones con el EZLN, un poroso pero visible despliegue de soldados. La mala
temporada había dado inicio tres años atrás, justamente
en diciembre de mil novecientos noventa y cuatro, cuando los rebeldes zapatistas, hasta entonces confinados a su encierro insurreccional de Las Cañadas,
recibieron la orden de “dejar sus posiciones” y “avanzar” sobre los municipios vecinos para establecer nuevas zonas de influencia. Recibían con esa proclama ampulosa al nuevo gobierno de Ernesto Zedillo, unos días después de su instalación el primero de diciembre y unos días antes de que lo engullera el remolino de la mayor crisis fiscal de la era del PRI, experta en crisis fiscales. En realidad los rebeldes no avanzaron de Las Cañadas hacia ningún lado, simplemente incitaron a sus muchos simpatizantes que tenían en municipios vecinos a tomar la iniciativa política y manifestarse como parte del movimiento zapatista.

Las elecciones presidenciales del veintiuno de agosto de aquel año no habían dejado duda sobre el contagio zapatista de San Pedro Chenalhó, hasta entonces bastión
tradicional del PRI. Cuauhtémoc Cárdenas, candidato
del Partido de la Revolución Democrática, la opción
de izquierda en las boletas, había arrasado en las urnas del municipio con el sesenta y nueve por ciento de los votos. Las cosas fueron radicalmente distintas el año siguiente, durante las elecciones para el Congreso local y los municipios de Chiapas. ¿Por qué un cambio tan grande? Por la siguiente pequeña historia:

El once de marzo de mil novecientos noventa y cinco, día de San Eulogio de Córdoba en el santoral vaticano, fue emitida la llamada Ley para el Diálogo, la Conciliación y la Paz Digna en Chiapas, a cuyo amparo
se instalaron en San Andrés Larráinzar las primeras
mesas de diálogo entre el gobierno federal y los rebeldes chiapanecos. El EZLN no creía, ni cree, en las elecciones y pese a que las negociaciones apenas se iniciaban, o precisamente por ello, lanzó la consigna de no acudir a las urnas en las elecciones municipales
de octubre. Sus simpatizantes acataron la consigna y ese fue el origen de su ruina electoral o, al menos de la del PRD, con el que el EZLN no tenía afinidad, sino competencia. De los cerca de catorce mil electores
registrados en Chenalhó casi once mil aceptaron la consigna zapatista y no votaron, pero casi tres mil sí lo hicieron, y votaron por el PRI que obtuvo de ese modo un triunfo chirle, pero triunfo al fin, suficiente para llevar a su candidato a la alcaldía.3

El pobre triunfo generó protestas y tomas de ayuntamientos
en ocho municipios de la zona, empezando por San Pedro Chenalhó, un archipiélago de sesenta comunidades dispersas en ciento treinta y nueve kilómetros
cuadrados de bosques de coníferas, una tierra verde, bella, falsamente fértil, donde sobrevivían entonces
unos treinta mil sanpedranos, casi todos tzotziles
nativos de ahí, casi todos en chozas y aldeas que por su mayor parte ignoraban el asfalto, el drenaje y la luz eléctrica.4

Pasaron las protestas, pero no el agravio. El diecisiete de diciembre de mil novecientos noventa y cinco, tres años estrictos antes del día en que habría de ser muerto
en las afueras de su aldea Agustín Vázquez Secum, un grupo de gente armada proveniente de La Cima se agolpó en la casa del alcalde saliente de San Pedro Chenalhó, Pedro Mariano Arias, y lo forzó a entregar el palacio municipal, junto con el bastón de mando característico de las comunidades indígenas. El grupo ungió luego alcalde de alzada a su líder, Javier Ruiz, del pueblo de Polhó, y como secretario reincidente a Pablo Vázquez Ruiz, de La Esperanza, dueño de ese cargo tiempo atrás, durante una alcaldía priista.

Javier Ruiz había sido catequista de la diócesis de San Cristóbal y era su fama haber participado en la célebre toma de aquella ciudad el primero de enero de mil novecientos noventa y cuatro. Alguien lo recordaba llegando cuatro días después de aquellos hechos a Polhó,
una de las comunidades mayores del municipio, jactándose
de haber dado muerte “a muchos soldados”.5

Desde aquellos días Javier Ruiz había empezado, con sus hermanos Antonio y Manuel, a visitar las comunidades
del municipio en busca de adhesiones para sacudirse los mandos viejos de la región. Un cronista local recordaría más tarde la visita de los Ruiz a la comunidad
de Los Chorros, un poco venida a menos, pero con tradición y orgullo de comunidad recia, tradicionalmente
enfrentada a la preponderancia política y territorial de San Pedro, la cabecera municipal. Ahí los Ruiz habían explicado a los habitantes de Los Chorros “cómo era el movimiento armado”, diciendo no que eran simpatizantes del EZLN sino “una organización independiente que luchaba contra el mal gobierno, contra los corruptos, contra los terratenientes, contra los casatenientes, los latifundistas, los ‘capitalinos’ ” (por “capitalistas”). Fueron luego a Yibeljoj y a La Esperanza,
donde había sentado su influencia política el Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional,
al que llamaban simplemente en la región Partido
Cardenista. Y ahí habían dicho que “para pelear con el gobierno” hacía falta no sólo la movilización política, como querían los cardenistas, sino también “por vía de las armas”. “Ya no es necesario explicarles mucho”, dijeron a los de La Esperanza, pues “ustedes ya saben cómo es, ya tienen una política contra del gobierno. Basta (de) que no tenemos carretera, que no tenemos hospitales, agua potable, electrificación. Basta que no tenemos escuelas. Ahí vamos a luchar nosotros. Ahora estamos platicando secretamente, ahorita no podemos mencionar las personas que están organizando. Pero el subcomandante Marcos está en favor de los indígenas y él quiere derramar su sangre para los pobres que no han logrado nada del gobierno”. Los Ruiz siguieron su prédica por las otras comunidades de ascendencia cardenista,
fueron a Poconichim, a Puebla, a Yashjemel, a Takikum. Los cardenistas oyeron sus palabras y se sumaron a sus promesas. “Necesitamos más”, decían. “Es mejor tomar el cuerno de chivo y arrancarle al gobierno
lo que necesitamos”.

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Fue así como “empezaron las divisiones de las comunidades”, recuerda el cronista de aquellas jornadas: los que se acercaron al zapatismo ya no quisieron trabajar en las tareas de los pueblos, ni hacer caminos, ni construir escuelas, ni abrir zanjas para el agua potable, según los programas vigentes entonces del Programa de Solidaridad, que daba dinero para obras municipales a cambio de trabajo comunitario. “Ya no podemos trabajar”, decían. “Si quiere el gobierno
darnos lo que queremos (que nos lo dé). Nosotros ya no vamos a dar nuestro trabajo”.6

En diciembre de mil novecientos noventa y cinco los hermanos Ruiz y sus aliados se reconocieron finalmente
partidarios del EZLN, y el diecisiete de diciembre emprendieron la referida toma de la presidencia de San Pedro Chenalhó. Hicieron “una marcha que salió de La Cima”, sigue el cronista, armados con machetes y palos, diciendo que “en la punta de los cerros había vigilancia armada por los ‘insurgentes’, para que no pasara nada.
‘No tengamos pena para la toma de la presidencia porque nuestros compañeros ‘insurgentes’ nos están protegiendo. Si vienen los soldados aquí van a quedar todos’ ”. Javier Ruiz y su grupo se plantaron en la casa municipal de Chenalhó (“Olla de agua” en la lengua tzotzil) para impedir que la ocupara el presidente electo
en octubre, Manuel Arias Pérez, hermano del alcalde saliente, Pedro Mariano Arias Pérez, hijos ambos del alcalde de otros tiempos, Miguel Arias Cura.

Los ocupantes de la alcaldía mantuvieron su posesión
hasta el veintisiete de enero de mil novecientos noventa y seis, día de Santa Ángela de Mérici, en que los echaron de mala manera. Cuenta el cronista:

Los priistas Victorio Ruiz y Cristóbal Vázquez, organizaron a la gente para atacar al EZLN. A las cuatro de la mañana, llegó la seguridad pública y la policía judicial. Los zapatistas se escaparon. Unos cuantos fueron detenidos, pero gracias a la intervención de la Conai (Comisión Nacional de Intermediación en el conflicto chiapaneco) y la Cocopa (Comisión de Concordia y Pacificación del mismo conflicto) rápidamente fueron liberados.
De los vigilantes zapatistas alrededor del cerro, dijeron que se habían dormido.

Los ocupantes dejaron la alcaldía el veintisiete de enero pero bajo la advertencia de que el lugar estaba tomado por los naguales de los zapatistas, que podían volverse cosas y mariposas. Según esto, habían dejado sus espíritus en las sillas y los escritorios para volver a ser hombres cuando alguien se sentara en ellas, y tomarles las nalgas y ejercer procazmente su sorpresa. Todo transcurría en Chenalhó desde siempre, como en el mundo tzotzil, con un pie puesto en la magia y otro en la dura vida de la escasez.7

Los prófugos se refugiaron en Polhó, con Javier Ruiz a la cabeza, y esperaron su turno en la historia. El dieciséis
de febrero de aquel mismo año de mil novecientos noventa y seis, día de San Macario Viejo, luego de diez meses de charlas circulares, se firmaron los acuerdos de San Andrés Larráinzar, correspondientes a la primera
de las cinco mesas, convenida en mayúsculas como
de Derechos y Cultura Indígena. El diálogo entró en crisis casi al iniciarse las conversaciones sobre la segunda mesa, porque en esos días sentenciaron en la ciudad de México al asesor preso del EZLN, Javier Elorriaga; para paliar la protesta de los zapatistas, las autoridades federales soltaron al asesor, quien hasta pudo estar presente en la discusión de San Andrés como
miembro de la delegación zapatista. Pero no bien se habían reanudado las pláticas, con Elorriaga presente, cuando fueron sentenciados otros guerrilleros presos, ahora en Veracruz. El diálogo se rompió del todo para no reiniciarse más, dejando pendiente la discusión del tema que se había vuelto el centro de la agenda guerrillera:
el reconocimiento de la autonomía constitucional y territorial indígena.

Roto el diálogo, los zapatistas procedieron a darse la autonomía por propia mano, es decir, por mano de sus bases de apoyo y sus cuerpos armados, mediante el arbitrio de fundar “municipios autónomos” en su zona de influencia. En los meses siguientes definieron territorios,
eligieron alcaldes, promulgaron leyes y se dispusieron
a gobernar de hecho sobre todas las zonas donde hubiera suficientes simpatías para la causa zapatista.8

El trece de abril de mil novecientos noventa y seis, día de San Martín Papa, hubo asambleas en las comunidades
y barrios zapatistas aledaños a Polhó, donde se habían refugiado en enero los prófugos de San Pedro. Hablando en voz alta y votando a mano a alzada, como
mandan sus usos y costumbres, las comunidades ungieron alcalde nuevamente a Javier Ruiz. Dos días más tarde, el dieciséis de abril, día de San Benito Vagabundo,
declararon fundado el “municipio autónomo de Polhó”, con jurisdicción y mando sobre treinta y tres comunidades de las ciento una que tenía la hasta entonces
indivisa comarca sanpedrana. La instalación del municipio autónomo obligó a los habitantes de toda la jurisdicción sanpedrana a definirse por uno u otro bando: debían obedecer al alcalde de aluvión de Polhó o al alcalde electo de San Pedro.

Para que no quedara duda de su autoridad ni de su fuerza, los mandos del municipio autónomo empezaron
a cobrar impuestos de guerra en los pueblos y peajes
en los caminos. El veinticinco de junio, día de Santo Tomás Moro Mártir, mataron a Miguel Pérez Gutiérrez y a Mariano Pérez Bac, vecinos de Takikum. El día veintiocho de junio, de San Ireneo Obispo, mataron a Agustín Gutiérrez Arias, vecino de Poconichim. El día seis de agosto, de la Transfiguración del Señor, mataron a Antonio López, vecino de Aurora Chica.9

El día trece de agosto, de San Etanislao de Polonia, el alcalde autónomo de Polhó, Javier Ruiz, se presentó con catorce seguidores en el predio llamado San José
Majomut, frontero del caserío de Polhó. Portaban machetes, dice la PGR, “así como armas de fuego, y tomaron
violentamente el banco de arena manifestando: ‘que todo lo que existe como patrimonio de la Nación es de todos y todo lo que concesiona el Gobierno será despojado por la gente que simpatiza con el EZLN’ ”. El banco de arena, vecino del ejido La Libertad, en la antigua hacienda de Los Chorros, pertenecía ahora al “pueblo en rebeldía” que “es mayoría” y “simpatiza con el EZLN”, dijeron los ocupantes.10

El dieciséis de agosto siguiente, día de San Esteban Húngaro, el municipio autónomo de Polhó informó al constitucional de San Pedro su decisión soberana, ya ejercida, de quedarse con la mina. La nota decía:

Por medio de la presente, el H. Ayuntamiento
Municipal por acuerdo del pueblo en rebeldía le hace saber a usted el siguiente acuerdo.

1. El banco de arena ubicado en el barrio Majomut del paraje Polhó será administrado por el H. Ayuntamiento Municipal por lo que queda estrictamente prohibido explotarlo, por particular y colectivo sin previa autorización
del H. Ayuntamiento municipal a partir del día dieciséis de agosto de mil novecientos noventa y seis.

2. Esperamos que usted haga público este oficio con el resto de su gente que estén bajo su autoridad.

3. Si por alguna razón no cumplieran con este acuerdo serán arrestados por el H. Ayuntamiento.11.

Pero el predio de Majomut no sólo tenía dueños, sino
que les había costado veintidós años adueñarse de él. En mil novecientos setenta y cuatro, en los tiempos en que la gente del campo sin tierra podía pedirla al gobierno, el predio arenoso de San José de Majomut había sido pedido por los habitantes de Los Chorros para
ampliar su ejido en favor de sus jóvenes. El ejido de Los Chorros, uno de los primeros otorgados en reparto gratuito por la reforma agraria mexicana, tenía cuatrocientos
ejidatarios con derechos adquiridos y setecientos
avecindados, en espera de nuevas dotaciones. Las autoridades tardaron veinte años en responder aquella petición. Los peticionarios no esperaron más. El quince de febrero de mil novecientos noventa y cuatro, día de San Pablo Ermitaño, veintinueve jóvenes aventajados de Los Chorros ocuparon el predio demandado de San José Majomut, aprovechando, como muchos otros, la rebelión zapatista. Izaron las banderas del EZLN para tomar las tierras, pero para hacer las gestiones ante el gobierno usaron las siglas del Partido del Frente Cardenista
de Reconstrucción Nacional. Por su cercanía con estas siglas, la gente de Los Chorros fue llamada “cardenista” mucho tiempo después incluso de que las siglas hubieran desaparecido del firmamento de siglas de la política nacional.
12

Un año después de aquellos hechos, el veintidós de enero de mil novecientos noventa y cinco, día de San Vicente Mártir, la Secretaría de la Reforma Agraria hizo a los invasores de Los Chorros “la entrega precaria del predio denominado ‘San José Majomut’, ubicado en el municipio de Chenalhó”, con una superficie de sesenta
y ocho hectáreas. En el río de fondos públicos con que el gobierno federal trató de apagar los fuegos del motín zapatista, hubo un filantrópico Fideicomiso 95 que compraba predios invadidos para indemnizar al propietario a nombre de los invasores y ceder a éstos la propiedad legal. El Fideicomiso 95 dio dinero a la gente de Los Chorros para que pudieran comprar el predio al dueño despojado, Efraín Bartolomé Estrada, y empezar la explotación del banco de arena. Era una arena asfáltica
de altas calidades que en aquellos días se tragaba a grandes tragos la ampliación de la carretera de San Pedro
a Pantelhó, cabecera del municipio vecino, a razón de veinte nuevos pesos (tres dólares) por cuatrocientas paladas de grava (seis metros cúbicos). Era la única riqueza
no agrícola del invariable desastre agrícola que era la historia de las hermosas tierras sanpedranas.

Para escarbar en forma aquellas arenas de oro, el diez de octubre del mismo año de noventa y cinco, día de San Francisco Borja, sesenta y seis vecinos del predio Majomut se constituyeron
ante el registro nacional agrario como la Sociedad de Solidaridad Social Campano Vitz (Campana del Cerro), y obtuvieron de la Secretaría de Hacienda el registro indispensable
para expedir facturas a clientes, primer acto formal de disposición para el mercado
que se hubiera registrado en la región por mucho tiempo.
No gozaron ni un año de la plena posesión de su mina litigiosa, pues, como hemos visto, el municipio autónomo
la quiso también para sí y procedió a expropiarla el referido
dieciséis de agosto de mil novecientos noventa y seis, día de San Esteban Húngaro. De algún modo, en la secuencia
histórica de estos hechos, la serpiente del origen de la propiedad se mordía la cola: amparados en la causa zapatista
los jóvenes de Los Chorros se habían apropiado de la mina de arena de Majomut; amparados en su soberanía
zapatista, las autoridades autónomas de Polhó les expropiaban la mina.

La apropiación del predio por los autónomos de Polhó,
“causó, como era de esperarse, gran malestar entre los miembros de la {Sociedad de Solidaridad Social} de Yibeljoj y sus compañeros de Los Chorros”, admite el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas. “El predio de San José de Majomut”, añade Gustavo
Hirales, “además de contener la mina de arena, prácticamente constituía la entrada al ejido. A partir de entonces, las familias que habitaban el terreno empezaron
a buscar refugio en otras comunidades”.13

La disputa por la mina trajo amagos, agravios y agresiones.
El veintiuno de noviembre de mil novecientos noventa y seis, día de la presentación de la Virgen Santísima
en el Templo, los autónomos secuestraron a los delegados de Gobierno y de Desarrollo Agrario del gobierno de Chiapas para obligarlos a firmar un papel cediéndoles el predio de Majomut. Dos meses después, el diecinueve de enero de mil novecientos noventa y siete, día de San Macario de Alejandría, los afectados con la expropiación de Majomut denunciaron la portación ilegal de armas de dos mayoles
(policías) de Polhó, entre ellos el hermano del alcalde, Javier Ruiz, los cuales fueron detenidos, llevados al penal de Cerro Hueco y soltados después, con la molestia imaginable
de sus acusadores.14

Al finalizar el año de mil novecientos noventa y seis, había expulsiones de pobladores
en distintas aldeas de Chenalhó. Familias acusadas
de ser “priistas” o de ser “zapatistas” eran despojadas
de sus pertenencias y sus siembras, y echadas de sus pueblos. Al empezar mil novecientos noventa y siete la comarca sanpedrana tenía ya los síntomas de una tierra dividida: se era “autónomo” y “zapatista” o “priista” y “cardenista”, y en ser una u otra cosa iba de por medio la seguridad de cada quien. La coacción física, la amenaza, la burla y la vejación de desafectos, eran usos en auge de los grupos rivales.

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Siguió una primavera ardiente en los parajes de la selva fría. El veintidós de mayo de mil novecientos
noventa y siete, día de Santa Rita de Casia, un grupo zapatista quemó nueve casas en Yashjemel (“Tierra mojada” en tzotzil), provocando la huida de ochenta lugareños hacia la priista colonia Puebla. A la mañana siguiente, día de San Bautista Rossi, tres zapatistas “encapuchados” fueron detenidos en la colonia
Puebla y uno de ellos golpeado y atado a un poste de la cancha de basquetbol en escarmiento para sus correligionarios. A la mañana siguiente, veinticuatro de mayo, día de María Auxiliadora, los autónomos de Polhó enviaron una comisión de dieciséis personas a San Pedro, la cabecera, para negociar el rescate de los retenidos en la colonia Puebla. Pero justamente cuando pasaban por la colonia Puebla, fueron interceptados por priistas armados que les prohibían usar el camino. Siguió lo que los priistas describieron como un enfrentamiento
y los autónomos como una emboscada, con resultado de dos heridos y un muerto, todos de Polhó. El muerto, aseguraron los de Polhó, había sido Cristóbal
Pérez Medio, un profesor bilingüe, respetado en la zona, cuyo cuerpo no pudo rescatarse en el fragor de la refriega, ni hallarse en los días siguientes. Los emisarios de Polhó se dispersaron por el monte. En los siguientes días, temiendo represalias recíprocas, casi dos mil priistas
dejaron sus aldeas para refugiarse en el ejido Puebla, y unos mil quinientos zapatistas dejaron las suyas para refugiarse en Naranjatik Alto y Poconichim.

Veintinueve familias de Las Abejas, que se proclamaban
neutrales y contrarias a la violencia en un territorio
donde se iban acabando los matices, fueron intimidadas con disparos, exigiéndoles que se volvieran
priistas, y retenidas en Yashjemel por órdenes del presidente municipal de San Pedro Chenalhó, Jacinto
Arias Pérez. Las Abejas era una organización de productores rurales cuyos miembros vivían por igual dentro de las comunidades autónomas y dentro de las priistas. Era la organización favorita de la diócesis de San Cristóbal, su organización, en un territorio competido,
religiosa y organizativamente, que empezaba a mostrar fracturas políticas tajantes.

Una parte de las pugnas comunitarias, no su eje, era la competencia pastoral, el alineamiento religioso. Desde los años cincuenta las iglesias presbiterianas habían hecho su camino en los pueblos de los Altos, explica Juan Pedro Viqueira, abriendo la posibilidad de una “afiliación voluntaria a una institución que no se organizaba, como la iglesia católica, con base en los municipios”, sino que abría modestas ermitas en cualquier
lugar donde alguien quisiera rezar y oír la prédica
de otro. La oleada evangélica transformó sencilla y profundamente la vida religiosa y el espacio público de los pueblos.15

Es difícil mejorar la relación también sencilla y profunda
de ese proceso hecha por Juan Pedro Viqueira:

Convertirse a la nueva fe suponía no sólo optar por pertenecer voluntariamente a un grupo de adscripción (y en la práctica de ayuda mutua) del que no formaban parte la mayoría de los vecinos, sino también romper con el sistema de cargos religiosos, que había sido un componente fundamental
del poder político local. De hecho, un importante efecto colateral de estas conversiones fue reforzar el poder de la presidencia municipal,
que así se convirtió en la única institución de gobierno considerada legítima por todos los habitantes. Además de introducir una diversidad de adscripciones abiertas y voluntarias entre los indígenas que rompían con la ficción de la unidad comunal, estas iglesias constituyeron sus propias jerarquías religiosas que escapaban al ámbito municipal.
Al dedicar largas horas a la lectura y estudio
de la Biblia e impartir cursos de capacitación (de enfermería, entre otros) crearon una nueva elite indígena, capaz de relacionarse eficazmente con la administración federal y estatal.

La oleada evangélica desafió la hegemonía de la diócesis católica, sigue Viqueira, que respondió con la misma moneda, fundando “capillas en los parajes” y creando una “nueva jerarquía religiosa” de sacerdotes descalzos. Catequistas, diáconos y prediáconos proliferaron
hasta tocar con el credo redentorista de la teología
de la liberación las más remotas aldeas, dando a la diócesis liberacionista y a su apóstol guanajuatense Samuel Ruiz capacidad de “movilizar a miles de indígenas
con una eficacia sólo comparable a la del Estado y la era del PRI”.16

El veinticinco de mayo, día de San Gregorio VII (San Gregorio Papa), la contienda sorda de los pueblos
dio un salto. Fue secuestrado el priista Manuel Pérez Takimut, hombre de cincuenta y dos años, respetado
nativo del paraje de Yabteclum, donde había sido “pasión” (detentador del cargo tradicional de las fiestas de la pasión), y era ahora gestor de los dineros que el gobierno federal canalizaba a las comunidades rurales pobres mediante el programa llamado Procampo.
Pérez Takimut había salido al mediodía de su casa en el barrio de Natuluc, precisamente para acudir en Yabteclum a una reunión sobre el Procampo. Cuando regresaba de la reunión, como a las cuatro de la tarde, cien metros antes de llegar a su casa, fue interceptado
por los zapatistas Agustín Capote, Topor qué lo detuvieron ni lo que exigían o reprochaban de él, nadie supo siquiera de su paradero, sino que se le tuvo por desaparecido hasta que poco después de su muerte un zapatista arrepentido, testigo de los hechos, se lo confió a su viuda Marcela Pérez Jiménez.17

El mismo día que mataron a Pérez Takimut, sin saber todavía su paradero, los de San Pedro cursaron una invitación
múltiple a la Comisión Nacional de Intermediación
(Conai), a la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa), a la Secretaría para la Atención de los Pueblos
Indígenas, a la Subsecretaría General de Gobierno y hasta al subcomandante Marcos, para reunirse en Yashjemel
y aclarar lo ocurrido. La reunión se llevó a cabo el tres de junio, día de San Carlos Luanga y los Mártires de Uganda, sin el subcomandante, que no acudió. Las partes acordaron suspender las agresiones, guardarse respeto mutuo, no obstaculizar la libertad de tránsito en el municipio y tratar de mantener la estabilidad y la paz. El acuerdo duró exactamente seis días, hasta el día nueve de junio, de San Efrén Poeta, cuando hubo en Pechiquil un choque armado entre agentes de seguridad estatal y miembros no tan pacíficos del grupo Las Abejas.
Según los priistas se trató de una emboscada puesta por Las Abejas a los agentes. Según Las Abejas fue una agresión de los priistas. El choque decidió a Las Abejas a suspender su retorno a la comunidad de Yashjemel, aduciendo que no había condiciones de seguridad para ello. Al día siguiente, de la Beata Ana María Taigi, los de San Pedro pidieron una audiencia al gobernador del estado, Julio César Ruiz Ferro, para explicarle las cosas y pedir su intervención en materia de seguridad pública. No obtuvieron respuesta, pese a que en esos momentos
quien fungía como secretario para la Atención de los Pueblos Indígenas en el gobierno del estado era el doctor Jacinto Arias Pérez, tío del entonces alcalde de Chenalhó.

El veinticuatro de junio, de San Juan Bautista, hubo un nuevo acercamiento
entre los de San Pedro y los de Polhó para discutir sus temas pendientes: el banco de arena, los amagos a Las Abejas en Yashjemel y la desaparición de Pérez Takimut, de quien no se sabía el paradero, pero sí el secuestro. Las pláticas no fueron lejos porque agentes rurales de San Pedro detuvieron como sospechosos
del secuestro de Takimut a Federico Ruiz Pérez y Ernesto Gómez
Santiz, dos vecinos autónomos de Polhó, y los llevaron a San Pedro para interrogarlos. Los soltaron al día siguiente, sin probarles nada, pero el diálogo quedó roto.18

Se instaló entonces una tensa calma en la región, interrumpida sólo por el boicot zapatista a las elecciones
federales del seis de julio de aquel año, día de Santa María Goreti, Virgen y Mártir. Doce de las dieciocho
casillas electorales de Chenalhó no pudieron instalarse ese día. Fueron quemadas o destruidas para cumplir la consigna zapatista de boicotear “pacíficamente”
las elecciones.19

Los zapatistas atacaron y quemaron un gran número
de casillas en las Montañas Mayas y en la Selva Lacandona. En Oxchuc, un anciano tzeltzal a quien le había tocado ser funcionario de casilla
intentó proteger con su cuerpo una urna que los neozapatistas pretendían destruir. A raíz de la paliza que éstos le propinaron, falleció unos días después en un hospital de Tuxtla Gutiérrez. Huelga decir que el PRI obtuvo el primer lugar en todos los municipios de las Montañas Mayas y de la Selva Lacandona.20

La batalla electoral se disolvió, pero no la otra. El veintidós de julio, día de Santa María Magdalena, los autónomos expulsaron a veintisiete familias de diferentes
rancherías vecinas de Polhó por no ser de la causa zapatista. A fines de julio, un regidor de San Pedro, José Ruiz Pérez, se presentó en Los Chorros a invitar los ejidatarios a recuperar la mina de Majomut. Fue una visita decisiva.

“Esta propiedad pertenece al ejido”, dijo el regidor a los habitantes de Los Chorros. “Necesitamos apoyarnos para recuperar el banco de arena y el ejido”. “Algunos pobladores estuvieron de acuerdo en la recuperación” dice en su relato el Centro Fray Bartolomé de las Casas, y “apoyaron las acciones encaminadas al enfrentamiento con los miembros del municipio autónomo de Polhó”.21

El primer enfrentamiento no fue provocado, sin embargo, por los cardenistas de Los Chorros, sino por los zapatistas de Polhó. El día veinte de agosto, de San Bernardo Doctor de la Iglesia, diez zapatistas armados detuvieron, amarraron y amenazaron de muerte a Norberto
Gutiérrez Guzmán, uno de los pocos cardenistas que permanecían avecindados en el predio de Majomut,
contiguo a la mina de arena. Cinco días después, los autónomos de Polhó abrieron los mojones, es decir, suprimieron los linderos entre la mina y el predio de Majomut
donde seguían viviendo ocho familias cardenistas. Nada
más ocho, el resto había buscado refugio en otras comunidades.
“La respuesta no se hizo esperar”, dice el Centro
el Fray Bartolomé de las Casas, centro de derechos humanos
de la diócesis. “Al día siguiente en la comunidad
de Los Chorros fueron amenazadas varias familias leales
al municipio de Polhó con ser desalojadas”. “Los zapatistas
armados”, añade Gustavo Hirales, contaban ya para
esas fechas con al menos once campos de entrenamiento
en Chenalhó. Tres de ellos en Poconichim, dos en Polhó
y uno en Barrio Xolotloy, Tulantic, Chimix, Xcumumal,
Chayemal y Naranjatik.22

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El día treinta de agosto, del Beato Tomás de Kempis,
las autoridades de Los Chorros convocaron
a una asamblea en la casa ejidal para discutir
el nuevo avance de los autónomos sobre el predio de
Majomut. No se llegó a ningún acuerdo pero la tensión
y las recriminaciones calentaron la asamblea. Refiere
el Centro Fray Bartolomé de las Casas que:

“un grupo de miembros de Las Abejas dijeron que
no querían más problemas, ni más muertos, pero
no fueron escuchados. Durante la asamblea, los
pobladores los señalaban diciéndoles: ‘ustedes son
zapatistas y vamos a ver cómo los vamos a pescar’.
Durante la tarde de ese día, un grupo de campesinos
armados de esa colonia dispararon balas al aire
en señal de desafío contra sus vecinos de Polhó”.23
El domingo siete de septiembre, de Santa Regina
Virgen y Mártir, apareció en estado de avanzada
descomposición el cuerpo de Cristóbal Pérez Medio,
muerto el veintidós de mayo en el tiroteo del ejido
Puebla. Lo descubrió su viuda, Antonia Luna López,
cuando colocaba una veladora en la tumba de su suegra.
Vio un bulto a cinco metros de la sepultura, en el
cementerio de Polhó, y lo notificó a las autoridades. Al
abrirlo encontraron un cráneo con tiros,

“dos zapatos crucero carcomidos, una trusa, una
camisa podrida, un pantalón podrido, una ánfora
de plástico de un litro, un mechón suelto de pelo,
un peine y dos trozos de mecate de metro y medio…
El día nueve de septiembre la señora Antonia
reconoció ante el Ministerio Público que tramita
la investigación que la osamenta presentada
coincide con la de su esposo. Las incrustaciones
dentales fueron los elementos que tuvo para poder
determinar la coincidencia con él. El perito
médico forense de la PGJ determinó que la probable
causa de la muerte es el shock neurológico
causado por proyectil de arma de fuego”.24

En su comunicado de prensa, el Centro Fray Bartolomé
de las Casas explicó:

“Lamentamos las circunstancias en que perdiera
la vida el profesor Cristóbal Pérez Medio, en un
conflicto intracomunitario, en donde por razones
de intolerancia política no se permitió el desarrollo
de un diálogo y encuentro entre las partes.
Posturas que deben ser revisadas por las distintas
corrientes políticas que conviven en un mismo
territorio y que cometen actos vandálicos”.25

Había sido una larga incubación de aquellos actos
vandálicos y aquellos conflictos intracomunitarios. La
posibilidad de diálogo se desvanecía en la región. Crecían
la afrenta y el duelo. Un relato de primera mano
mezcla los ingredientes desde adentro:

“Los ‘autónomos’ eran soberbios, presumían que
no había nadie que venciera a los zapatistas, que
los guerrilleros zapatistas eran muy poderosos,
que uno solo de ellos podía matar a mil soldados
y que no le pasaba nada, que eran tan poderosos
que podían transformarse en mariposas y huir de
sus enemigos, que podían ver sin ser vistos y matar
sin ser matados… Empezaron los robos y los
crímenes impunes contra la población civil… Se
instalaron los campamentos de entrenamiento de
los zapatistas en Xcumunal, en Tulantic, en Polhó,
en Poconichim. Por cientos los simpatizantes
zapatistas se preparaban para la guerra, hombres
y mujeres se entrenaban, recibían preparación militar.
Semanas enteras pasaban en las montañas,
ni las mujeres que estaban criando descansaban.
Empezaron a circular visiones terribles. Que si los
niños de pecho lloraban eran ahorcados y arrojados
a las simas o a los ríos para que no estorbaran
a las mujeres en sus prácticas o en sus combates. Se
formaron los destacamentos de Milicianos, luego
los Insurgentes, todos comandados por los ‘guerrilleros’,
ladinos y extranjeros, que tenían fama de
poderosos e invencibles. Joaquín Vázquez Pérez,
el hijo del poderoso ‘Mol Vicente’, cacique temido
de Los Chorros, junto con otros habitantes de
Los Chorros fueron en varias ocasiones a Polhó
a suplicar que no siguiera el enfrentamiento. Se
humillaron, los ancianos de Los Chorros se humillaron
frente a los comuneros de Polhó, sin ningún
resultado. Los ejidatarios estaban ya cansados de
los asesinatos, del hostigamiento, de la falta de respeto
de los zapatistas y decidieron tomar la justicia
en su propia mano… Los viejos subieron a rezar a las montañas, entraron a las cuevas a llevar velas,
fueron a los ojos de agua; los religiones rezaron a
Dios, y a todos les comunicaron que los ‘chenalhoes’
no iban a ser vencidos, que iban a triunfar,
que iban a sufrir, que iban a ser perseguidos que
quizá algunos iban a morir pero que al final triunfarían”.
Así les hablaron las voces.26

A mediados de septiembre los comisariados ejidales
de las comunidades de Puebla y Los Chorros
convocaron asambleas. El catorce de septiembre, día
de la exaltación de la Santa Cruz, tuvo lugar la del
ejido Puebla, que estableció un pago de diez pesos por
familia para “la compra de cartuchos y la reparación
de armas” (veintiséis se negaron a cooperar; fueron
detenidos, golpeados y liberados sólo después de que
otros, sus parientes, pagaron por ellos).

El dieciséis de septiembre, día del Señor de los Milagros
de Buga, en medio de intensos rumores de que
los zapatistas asaltarían y arrasarían la comunidad de
Los Chorros, tuvo lugar la asamblea en este ejido, el
poblado de mayor tradición y orgullo de la región. La
gente de Los Chorros se había hecho de sus tierras a
pulso, invadiendo los predios y resistiendo por décadas
las agresiones de los caciques, hasta arrebatarles
la casa mayor de la hacienda de Los Chorros y la finca
de café de La Esperanza, la más grande de la zona.
Los Chorros tenía fama de pueblo de brujos, dueños
de la memoria de la tierra, del recuerdo de los antiguos
señores, vecinos aventajados de los hechiceros
de Cancuc y Pantelhó, que les habían mostrado la
magia, y de los guerreros de Tenejapa, que les habían
mostrado la guerra.

La asamblea se instaló sin sobresaltos. El presidente
del comisariado ejidal, Alfonso López Luna, y
el agente municipal de Los Chorros, Agustín Santiz
Etzin, explicaban a los asistentes que los zapatistas
preparaban un ataque a la comunidad, cuando de
pronto, seguido de treinta hombres, irrumpió en la
asamblea Antonio López Santiz, hombre rico e influyente
en la zona, al que “mucha gente busca para
pedirle prestado”. Antonio tomó la palabra, refiere
Gustavo Hirales, para decir que los zapatistas ya estaban
entrando a los pueblos, que los iban a matar y
que Las Abejas ayudaban a los rebeldes. Sacó entonces
una pistola y dijo:

“Tenemos que tener nuestras armas para defendernos.
Yo no tengo miedo a que lleguen los
zapatistas porque tengo mi arma y me puedo
defender’. Luego alzó del suelo unos trapos de los
que desenvolvió un rifle AK-47. Siguió hablando:
‘Todos debemos tener un arma. Tenemos
que comprar armas para defendernos, todos tenemos
que cooperar. El que no quiera lo vamos
a matar por traidor’ ”.

Antonio y sus hombres se apoderaron a partir de
ese momento de la dirección de la comunidad y empezaron
a organizar a la gente para la autodefensa.
Se fijó una paga obligatoria de cien pesos por familia
para comprar armas y municiones, con penas de castigos
y multas para los que se negaran.

Sesenta familias del grupo Las Abejas que vivían
en Los Chorros, presentes en la asamblea, no estuvieron
de acuerdo y defendieron su neutralidad en la
contienda, oponiéndose por principio a la violencia.
Las sesenta familias dejaron el pueblo al día siguiente
para refugiarse en Naranjatik Alto. Sus casas fueron
quemadas y siete de sus miembros encarcelados
por “autónomos”.27

Antonio López Santiz dispuso cavar trincheras
en los alrededores del ejido y que se hicieran guardias
nocturnas, del anochecer al alba, en espera del
ataque de los zapatistas que se juzgaba inminente.
La comunidad de Los Chorros se cerró, se convirtió
en una fortaleza. Por directivas del mismo Santiz, se
reclutó y armó a media docena de jóvenes, el mayor
de veintitrés años, el menor de diecisiete, para que
hicieran rondas y velaran en defensa del lugar. Era
un “grupo compacto, aparentemente sin grados ni
jerarquías”, al que llamaron los pojwanej, que significa
“defensores” en la lengua tzotzil. Les compraron
armas y les asignaron un pago de setecientos pesos
a la quincena.28

{{5}}

La impreparación guerrera de los tristes poblados
sanpedranos era clara. Sabían de carabinas viejas
y de rifles calibre veintidós para cazar en el monte.
Debían aprender todo lo demás que hacía falta para defender
sus pueblos contra grupos mejor entrenados, que
se asumían como un ejército y habían presumido tener
al menos algo remotamente parecido a eso: el Ejército
Zapatista de Liberación Nacional. Según el sistema de
Información Campesina, citado por Gustavo Hirales,

“los {pojwanej} empezaron preguntando a los mismos
vendedores cómo se manejaban las armas;
éstos, solícitos al ver la posibilidad de un próspero
negocio, les enseñaron los rudimentos. Después
con los que habían entrado a trabajar de soldados
y algunos a la seguridad pública les decían algunas
otras informaciones fragmentarias e incompletas,
pero así empezaron a prepararse”.

Tuvieron sus propios reclutas, sigue Hirales, que algo
sabían de armas:

“Marcos Arias Pérez y Pablo Hernández Pérez,
indígenas originarios de La Esperanza y Pechiquil,
respectivamente, habían prestado sus servicios
en el 83º Batallón de Infantería del Ejército
Mexicano hasta 1994. Ellos se hicieron cargo del
adiestramiento de los defensores en el manejo
de las armas. Hernández Pérez tenía el encargo
adicional de guardar las armas en su casa, a un
costado del templo presbiteriano”.

Y reclutaron lo que faltaba:

“Se comisionó a Tomás Pérez Méndez a reclutar
personas con conocimientos en el manejo de
armas y defensa personal (ex militares o policías),
a los cuales se les llegó a pagar, según versiones
cercanas a la diócesis de San Cristóbal,
hasta cinco o seis mil pesos por dos o tres días
de trabajo”.29

Los ecos de la junta de Los Chorros crearon gran
tensión en la zona y versiones falsas de todos tipos
sobre lo que sucedía. El Frayba, por ejemplo, recibió
de sus informantes la noticia de que un simpatizante
zapatista, Armando Pérez, había sido asesinado y denunció
el hecho en un boletín del veinte de septiembre.
El boletín desató reacciones violentas entre los zapatistas,
dando lugar a la ejecución de dos simpatizantes
priistas, Joaquín Vázquez Pérez y Mariano Vázquez Jiménez.
Por este incidente, tres días después, las autoridades
municipales de Chenalhó acusarían al Frayba
de instigar la violencia en la zona.30

Los hechos de sangre decisivos, sin embargo, se
dieron en torno al litigio por el predio Majomut y su
mina. A petición del partido cardenista, dada la inminente
disputa armada en su entorno, el secretario de
gobierno de Chiapas, Homero Tovilla, se comprometió
a que el veintiuno de septiembre haría llegar un destacamento
de seguridad pública a custodiar el predio.
Ese día, treinta ejidatarios de Los Chorros salieron a
Majomut para atestiguar la maniobra. Llevaron desde
luego su pozol de faena, pero también sus escopetas,
rifles y pistolas. Llegaron al mediodía a la mina, un
cerro excavado en un recodo del monte y del camino,
y comenzaron a limpiar el terreno que volvían a sentir
suyo. Pero el destacamento no llegó. Como a las tres
de la tarde se apareció en cambio por el lugar un grupo
armado de zapatistas que se asumían también dueños
del lugar. Siguió un tiroteo que dejó dos muertos por
bando. En la entrada de la mina quedó muerto el priista
Joaquín Vázquez Pérez, el joven hijo de Vicente Vázquez,
ex presidente del comisariado ejidal de Los Chorros
y fundador del ejido. A unos metros de Joaquín
quedó el cadáver de otro jovencito, Mariano Vázquez
Jiménez, tránsfuga del bando zapatista a quien, según
una versión, le dio muerte su propio hermano.31

Los muertos zapatistas fueron levantados del campo
por sus propios compañeros, como al parecer era
su costumbre para desaparecer sus bajas de la vista
pública y alimentar la leyenda de invencibles, aun de
inmortales, que difundían en las zonas donde actuaban.
Por esta razón, sus muertes no fueron consignadas
en el informe oficial que dio cuenta del hecho.
El Centro Fray Bartolomé de las Casas reprochó la
omisión y dio a conocer que habían caído también
dos “simpatizantes del Municipio Autónomo de Polhó”:
Antonio Pérez Castro y Agustín Luna Gómez,
este último un “joven que acababa de regresar de la
ciudad de México después de haber participado en la
marcha-caravana de los mil ciento once zapatistas que
exigieron al gobierno el cumplimiento de los Acuerdos
de San Andrés firmados el dieciséis de febrero de
mil novecientos noventa y seis”.32

La refriega de Majomut ha sido vista por Gustavo
Hirales como el primer enfrentamiento en forma
entre los nacientes grupos de autodefensa y los
zapatistas armados. La escaramuza cara a cara con
los zapatistas prestigió a los de Los Chorros, dice
Hirales, cuya actitud de batalla pareció inspirar a las
comunidades no zapatistas de la zona. A partir de
entonces, los grupos de autodefensa prosperaron, y
fueron temidos. “Este hecho”, refiere el Frayba, “provocó
gran zozobra en la zona y decenas de familias
dejaron sus casas”.33

La ausencia de fuerza pública multiplicó las fuerzas
privadas. Siguiendo el ejemplo de Antonio López Santiz
y Tomás Méndez Pérez, que habían organizado el
grupo de autodefensa en Los Chorros, Javier Gutiérrez
Méndez organizó el de Chimix, Miguel Luna Pérez el
de Queshtic, Antonio Pérez Gómez el de Canolal, Hilario
Guzmán Luna y Antonio Lima Ruz el de Pechiquil,
Pablo Hernández Pérez el de Tzajalhuncum.

Los defensores hacían rondas nocturnas en sus
poblaciones, armados primero con rifles veintidós,
luego con armas de calibres mayores, hasta que pudieron
mostrar algunas escopetas, fusiles semiautomáticos
AR-15 y algunos temibles cuernos de chivo.
A partir de ese momento la rivalidad entre zapatistas/
perredistas y priistas/cardenistas derivó hacia la
confrontación armada. “Los comandos zapatistas se
adiestraban en Xcumumal, Tulantic, Poconichim y
Polhó,” sigue Hirales, mientras que “los grupos de
autodefensa comunal lo hacían en Los Chorros, Pechiquil
y Tzajalhuncum”.34

Y los muertos siguieron el camino del encono. {{n}}

Pie de página:

1 Cfr. Testimonio de Juan Capote al Centro de Derechos Humanos Fray
Bartolomé de las Casas, (en adelante CDHFBC), citado en Gustavo Hirales,
{Camino a Acteal} (Rayuela Editores, 1998), p. 92 y “Pronunciamiento
del Consejo Autónomo de Polhó”, citado por Andrés Aubry y Angélica
Inda: “Venganza o truco paramilitar”, en La jornada, 21 de enero de 1998.
Procuraduría General de la República: {El libro blanco sobre Acteal. Introducción
}(PGR, México, 1998).

2 CDHFBC: {La masacre de Acteal Informe}, 1997. Los materiales del Centro
de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas pueden consultarse
en su sitio electrónico www.frayba.org.mx., y sus Informes sobre
Acteal en www.frayba.org.mx/ Informes/caminomasacre/index.htm. La
cuenta de los actos violentos denunciados en esos meses ha sido hecha
por los autores de Acteal: La otra injusticia, manuscrito en preparación
de Alejandro Posadas y Eric Hugo Flores cuyos descubrimientos respecto
de lo que sucedió realmente el veintidós de diciembre en Acteal
es el origen de esta crónica. Según las cuentas de Posadas y Flores, entre
el veinticinco de junio y el dieciocho de diciembre de mil novecientos
noventa y siete fueron denunciados en Chenalhó cuarenta y tres actos
violentos, en los cuales murieron veintidós personas y otras veinte resultaron
heridas por arma de fuego. Veintisiete de las cuarenta y tres
denuncias fueron hechas contra “zapatistas”; dieciséis contra “priistas”
o “cardenistas” (del Partido Cardenista de Reconstrucción Nacional). El
manuscrito, en proceso de edición, puede consultarse en el sitio electrónico
de {{nexos}}, en contigüidad con este artículo. Del libro de Posadas y
Flores pueden consultarse también dos adelantos publicados en {{nexos}}:
“Acteal: la otra injusticia”, no. 342, junio de 2006 y “Acteal nueve años
después”, no. 348, diciembre de 2006.

3 De los 13,967 electores registrados en el municipio, el PRI obtuvo
2,947 votos. El Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional,
casi desaparecido en el país pero no en las zonas indígenas de
Chiapas, recogió 270 votos. CDHFBC, C{amino a la masacre, I. Contexto.
Situación política y elecciones}; Hirales: {El camino a Acteal}, pp. 20-21.

4 Según datos del INEGI, en 1990 el 90 por ciento de las viviendas del
municipio de Chenalhó tenía piso de tierra, el 88 por ciento no tenía
drenaje, el 78 por ciento no tenía luz. El 93 por ciento de la población
ocupada ganaba menos de dos salarios mínimos. El municipio ocupaba
el décimo lugar en marginación dentro del marginado estado de Chiapas
y el cuarto en desnutrición. 51 por ciento de los adultos mayores
de quince años eran analfabetas. Susana Esquinca: “Lo que distingue
a Chenalhó: pobreza, marginación e intolerancia”, {Siempre, 8} de enero
1998, y CDHFBC: {Camino a la masacre I. Contexto. Principales indicadores
socieconómicos.}

5 Hirales, {Camino a Acteal}, p. 21.

6 La crónica mencionada puede leerse en “La historia reciente de Chenalhó
y la masacre de Acteal”, una reconstrucción de los hechos hecha
por Manuel Anzaldo, líder del partido cardenista en la zona. “La historia…”
y otros materiales pudieron consultarse un tiempo en el sitio
electrónico, hoy fuera del aire, del llamado {Sistema de Información Campesino}
(SIC). Una copia de los materiales del SIC obra en mi poder, por
cortesía del propio Anzaldo, y puede consultarse en el sitio electrónico
de {{nexos}}, en contigüidad con este artículo.

7 {Ibíd}. “La historia reciente de Chenalhó…”, loc. cit. y Manuel Anzaldo,
conversación con Héctor Aguilar Camín, 19 de octubre de 2006. Respecto
del animismo tzotzil puede leerse el libro de P. Pitarch Ramón: {Ch’ulel:
una etnografía de las almas tzeltales} (México, Fondo de Cultura Económica,
1996), citado por Juan Pedro Viqueira en su excepcional {Encrucijadas
chiapanecas. Economía, religión e identidades} (México, Tusquets/El
Colegio de México, 2002). Escribe Viqueira que la iglesia católica nunca
logró arraigar con fuerza entre los indígenas de Chiapas, porque éstos
“mantenían una visión del mundo y una concepción del hombre —compuesto
de varias almas, algunas compartidas con animales y fuerzas de la
naturaleza— incompatibles con los dogmas católicos” (p. 357).

8 Así describió el proceso de aquella soberanía armada el asesor zapatista
Luis Hernández Navarro: “Los municipios autónomos son, desde
la lógica de la rebelión comunitaria, manifestación directa de su soberanía…
Y son, paradójicamente, una vía para desmilitarizar el conflicto
impulsando que sean representantes civiles, y no mandos militares quienes
ejerzan la autoridad” (“Municipios autónomos: la razón estratégica”,
en {La jornada}, 12 de mayo de 1998).

9 “Antecedentes de la violencia en Chenalhó. Muertos antes del 22 de
diciembre a manos de simpatizantes del EZLN y del Ayuntamiento Autónomo
de Polhó”, {Sistema de Información Campesina, loc. cit.} Procuraduría
General de la República: {Libro blanco 3.2 Asesinatos y agravios perpetrados
a simpatizantes del Ayuntamiento Constitucional del Municipio
de Chenalhó y a simpatizantes del Partido Cardenista}, Averiguaciones
previas AL7A/370/96, AL7A/SJI/ 198/96, AL7A/SJI /271/97, radicadas
en la Procuraduría General de Justicia del Estado de Chiapas.

10 PGR, El libro blanco sobre Acteal. Sección 2.4 El banco de arena de
Majomut.

11 Citado en Hirales, {Camino a Acteal}, pp. 25 y 26. Conviene notar que,
pese al encono manifiesto, el municipio autónomo de Polhó mantenía la
comunicación formal con las autoridades de San Pedro, aunque no fuera
sino para advertirle de sus decisiones, las cuales juzgaba legítimas, pues
entre las comunidades autoasignadas a la jurisdicción del municipio
autónomo de Polhó, había quedado la de San José Majomut.

12 Hacia finales de los años setenta, bajo la guía del Partido Socialista de
los Trabajadores (PST), se había dado en la región una ola de invasiones
de fincas que después el gobierno dio a los campesinos como ejidos. El
PST despareció como partido, pero resurgió de sus cenizas en los años
ochenta como el Partido Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional.
Los campesinos sanpedranos que habían peleado por sus tierras
con el PST, asumieron las nuevas siglas para persistir en su antigua
manera de hacerse de tierras, eso que la costumbre nacional llamaba
justicia agraria.

13 CDHFBC, {Camino a la masacre. 2.3.Banco de arena;} Hirales, C{amino
a Acteal}, p. 26.

14 Hirales, {ibíd}. p. 27; CDHFBC, {ibíd.}

15Viqueira, {Encrucijadas}…, pp. 356-7.

16 Viqueira, {Encrucijadas}…, p. 358.

17 “Muertos antes del 22 de diciembre a manos de simpatizantes del
EZLN y del Ayuntamiento Autónomo de Polhó”, en {Sistema de Información
Campesino, loc. cit.
}
18 Hirales, {Camino}… pp. 30-31; CDHFBC, {Camino a la masacre 4. Del
banco de arena a la guerra.}

19 Hirales, {Camino}… p. 28.

20 Viqueira, {Encrucijadas}…p. 94.

23 CDHFBC: Camino a la masacre. 4. Del banco de arena a la guerra…

24 CDHFBC. “Comunicado de prensa del 12 de septiembre de 1997”, en
{Camino a la masacre. 4. Del banco de arena a la guerra.}

25 CDHFBC, “Comunicado de prensa del 12 de septiembre”, {Camino
a la masacre…}

26 “Historia reciente de Chenalhó y la matanza de Acteal”, en Sistema de
Información Campesina,{ loc. cit}. Juan Pedro Viqueira me hace notar que
son interesantes las expresiones sobre los rezos: “Los viejos subieron a
rezar a las montañas”, dice el testigo. Se refiere con ello a los viejos de
las religiones tradicionales ancestrales de la memoria indígena. “Los
religiosos rezaron a Dios”. Sigue, y se refiere con ello por igual a católicos
y evangélicos. La expresión sugiere que el alineamiento religioso no era
lo fundamental en el conflicto, pues había tradicionalistas, presbiterianos
y católicos en los dos bandos. Los dividía la violencia política, más
que la religión. Juan Pedro Viqueira (conversación con Héctor Aguilar
Camín, 8 septiembre 2007).

27 Hirales, {Camino}… pp. 39-41; CDHFBC: {Camino a la Masacre}… “Declaración
de guerra”. Sistema de Información Campesina, “Historia reciente…”,
{loc. cit.}

28 Libro Blanco sobre Acteal 3.3. Grupos de civiles armados simpatizantes
del Ayuntamiento de Chenalhó y del Partido Cardenista. Hirales,
{Camino}… pp. 42-43; Sistema de Información Campesina, “Historia
reciente…”, {loc. cit.}

29 Las citas en Hirales, {Camino}… pp. 43-44.

30 Hirales, Camino… p. 42; CDHFBC, {Camino a la masacre. 4.2 La
declaración de guerra}, pp. 18-19.

31 “Mariano Vázquez Jiménez… estaba harto de las humillaciones y
la explotación de los nuevos caciques y se había decidido a participar
junto con los ejidatarios. A él, su propio hermano, miliciano zapatista,
lo mató”, “Historia reciente…”; Hirales, {Camino}… pp. 45-46.

32 CDHFBC, {Camino a la masacre, 4.3 La escalada.}

33 El Centro Fray Bartolomé de las Casas reportó así aquel incidente
detonante: “El 22 de septiembre la Subprocuraduría para Asuntos Indígenas
informó oficialmente de la muerte de Joaquín Vázquez Pérez
y Mariano Vázquez Jiménez -priistas- en las cercanías del entronque
que va a Los Chorros. Sin embargo omitió decir que también habían
muerto en el mismo enfrentamiento Antonio Pérez Castellanos (24) y
Agustín Luna Gómez (22) simpatizantes del Municipio Autónomo de
Polhó. Estas muertes se dieron en un enfrentamiento aparentemente
cuando el grupo armado de Los Chorros atacó las inmediaciones de la
comunidad de Polhó”,{ ibíd.}

34Hirales, {Camino}…, p. 57.