El Islam es hoy una
tendencia ideológica
(política y
religiosa) conmovida
por rápidas y bruscas
mudanzas. Representa
un desafío no sólo
al Occidente (Estados
Unidos, Europa, Rusia
y algunas porciones de
América Latina, Asia y
África que han incorporado
al menos fragmentariamente
la modernidad
secular) sino
al conjunto de países
que culturalmente fueron
modelados por los
mensajes de Mahoma. “Desafío” no implica necesariamente
enfrentamiento, y de ningún modo “un choque de civilizaciones”.
Apunta más bien a la imperativa necesidad de redefinir
postulados y prácticas debido a los desiguales avances
de las tecnologías y de la globalización.

De aquí la importancia de evaluar las múltiples variedades
y peripecias de la cultura musulmana contemporánea
cuando, después de procesos de relativa descolonización,
debe encarar la redefinición de su identidad. Un tema que
fue obsesivo en las celebradas obras de Edward Said y, en
particular, Tariq Ramadan, pensadores que sin embargo apenas
se les da cita en el libro que comentamos.

Comencemos por su título: no es solvente. La visión
que se aquí se propone no representa a “América Latina”.
Primero, porque la mayoría de los autores son mexicanos,
excepto un español que se especializa en Turquía. Después,
no alude a posturas de gobiernos latinoamericanos, que en
algunos casos —lamentablemente muy pocos— han atendido
asuntos como el conflicto libanés, la tragedia de Darfur,
o el trato abusivo a los inmigrantes musulmanes en Europa.
Finalmente, una mirada latinoamericana al Islam y a las correspondientes
actitudes occidentales se habría justificado
si estudiosos de esta región (particularmente en Brasil, Argentina
y Chile) hubieran sido profusamente mencionados, o
bien si los participantes en esta obra hubieran sugerido una
reinterpretación propia de textos y circunstancias que han
modelado al Islam como religión y cultura. No es el caso: las bibliografías citadas son mayoritariamente de académicos norteamericanos.
Y por añadidura: ¿{a qué espacio cultural pertenece
América Latina} si desde aquí se pretende observar al Islam y al
Occidente? Confieso que la pregunta me resulta inescrutable.

En cualquier caso, esta compilación expone vislumbres de
algunos investigadores mexicanos que procuran esbozar problemas
pertinentes y actuales relacionados con la coexistencia
inestable y a menudo violenta entre el Islam y el Occidente, con
apretadas menciones a las desinteligencias internas —no menos
ríspidas y caóticas— dentro de los propios países musulmanes
(desde Pakistán a Líbano).

Manuel Ruiz Figueroa sugiere atinadamente que el hostigamiento
mutuo entre Oriente y Occidente (dos metáforas que deben
usarse con cuidado) no se gestó merced a las propensiones
imperialistas europeas en los siglos XIX y XX. Ya se habría producido
un “protochoque civilizatorio” cuando griegos lucharon
contra persas y romanos contra partos (p. 13). Sin embargo, no
cree que exista una incompatibilidad fundamental entre Islam
y cristianismo, pues ambas religiones se sustentan en la fe
monoteísta y en el relato bíblico, a pesar de que la índole de
Jesús diverge de la de Mahoma. Osada aseveración. Múltiples
ejemplos (la sunna y la chía, Stalin vs. Trotski, Freud y Jung)
revelan que la aparente afinidad en los principios ideológicos y
teóricos no garantiza la cordial convivencia; por el contrario, a
menudo gesta odiosas rivalidades.

Elizabeth Peña Velasco subraya con acierto que “el desconocimiento
mutuo, la simplificación de realidades… caracterizan
hoy las relaciones entre el Islam y el Occidente” (p. 40). Acepta
que existen “muchos tipos del Islam”, y que la formación temida
en Occidente es el Islam político, y en particular el militarizado
que suele llamar a una “anticruzada”. Pero cabe distinguir entre
el Islam como religión y teología y el “{islamismo que propone
una praxis política”} (p. 47).

Los derechos humanos y la posibilidad de implantarlos en
países musulmanes constituyen la preocupación de Gabriela Sánchez
Carmona. Apunta que “la mayoría de los países islámicos
han separado al Estado de la religión, es decir, han pasado por
un proceso de secularización” (p. 101). Un proceso parcial o
desdibujado, por cierto, ya que “la función principal del Estado
es hacer cumplir la sharía o ley divina para que los habitantes
logren vivir conforme a los preceptos del Islam”. El resultado
final: ni el concepto de {ciudadano} inventado por la Revolución
francesa ni el de {sociedad civil} tienen vigencia en no pocos
países apegados al Islam, y sin ellos el ejercicio de derechos
civiles, al menos conforme a la Declaración Universal de 1948,
apenas es viable.

Luis Mesa del Monte pretende evaluar las repercusiones de los
atentados del 11 de septiembre de 2001 en la reformulación
de la estrategia de Washington en el Medio Oriente. La precaria
organización de este ensayo y las frases excesivamente
largas (de 12 o más líneas sin puntuación alguna como en la
página 114) no facilitan su lectura. Conjeturo que al autor
le interesa en especial cómo se fue ajustando el poder militar
norteamericano a las cambiantes circunstancias de los
países productores de petróleo, como en Arabia Saudita e
Irak. Del Monte pasa breve revista a esta presencia en Arabia
Saudita, Qatar, Bahrein, Omán, Kuwait, Irak, Yemen y otros
países, sin indicar sus fuentes de información. Como este
hecho genera resistencias culturales y violentas en contra
de Estados Unidos, este país debió gestar nuevas estrategias
de control, como las que se manifiestan en el documento
{Changing Minds Winning Peace} que viera luz en octubre
de 2003. El autor concluye con exhortaciones personales e
ideológicas adversas a estas políticas de Washington.

Erika Ruiz Sandoval y Eduardo Soler i Lecha estudian
las complejas relaciones entre Europa y Turquía, asunto
que ganó relieve en las elecciones de julio de 2007. Para
encuadrar el tema, los autores recuerdan los intentos de
modernización del imperio otomano (el Tanzimat) en el
siglo XIX y las reformas radicales de Ataturk, el icono de
la Turquía laica. Ankara aspira a integrarse a la Unión Europea
pero tropieza con vigorosas resistencias pues ni la
democracia ni el laicismo se han institucionalizado en este
país (p. 176). Afirman que Europa ya no es culturalmente
“un club cristiano” sino más bien un amplio espacio laico
congruente con aspiraciones emanadas del posnacionalismo
y de la posmodernidad. Sin embargo, esta variedad
demográfica y cultural enciende no pocos conflictos (p.
182). De aquí —concluyen los autores— que Europa debe
ayudar a Ankara en estos tiempos alentando la posibilidad
de integrarse a la Unión Europea aunque no satisfaga satisfactoriamente
algunos requisitos básicos de la modernidad
occidental (p. 194).

El tema palestino-israelí no podía estar ausente en esta
compilación. Roberto Marín Guzmán lo aborda poniendo
énfasis en las consecuencias del 11 de septiembre de
2001 en este conflicto que lleva más de un siglo. Alude
con acierto al entendimiento Bush-Sharón que se tejió
inmediatamente después de esa acción terrorista, pues
el fundamentalismo religioso del primero y el nacionalismo
a ultranza del segundo habrían encontrado senderos
convergentes. Condena tanto las acciones violentas de los
palestinos como las reacciones desmesuradas de los israelíes,
pues se trata de un pugilato en que las víctimas son al cabo civiles inocentes (p. 198). Pero su denuncia se
dirige, principalmente, contra el ex primer ministro israelí
que en estos momentos yace en un estado comatoso acaso
irremediable. Marín Guzmán nos recuerda que Yasser Arafat
mereció el Premio Nobel de la Paz en 1994 por su disposición
a llegar a arreglos con los israelíes; curiosamente, no
menciona que los israelíes Rabin y Peres también lo recibieron
en esta ocasión. Con el propósito de entender mejor
las raíces del conflicto palestino-judío, el autor aborda un
rápido recorrido del movimiento sionista hasta el alcance
de su meta en 1948. Menciona la decisión de Partición de
la ONU de noviembre 1947, conforme a la cual se crearían
dos Estados —Palestina e Israel— con extensiones
geográficas relativamente similares. Sin embargo, soslaya
el hecho de que los árabes cometieron entonces el fatal
error de no aceptar esta decisión del organismo mundial
y prefirieron agredir militarmente a la flamante entidad
judía. Padecieron en estas circunstancias una derrota que
se tradujo en la emigración —voluntaria y forzada— de
más de medio millón de palestinos a los países vecinos
que hasta hoy —excepto Jordania— no han aliviado sus
condiciones miserables de vida. La guerra de los “Seis días”
(1967) acentuó la tragedia palestina al tiempo que elevó
en la cultura israelí alientos nacionalistas y mesiánicos que
se tradujeron en la colonización judía de tierras localizadas
en la franja occidental.

Alejandra Galindo Marines refiere la evolución política de
Arabia Saudita que se sustenta en los pilares del wahhabismo,
una de las múltiples corrientes del Islam. Subraya dos
crisis que conmovieron a este país que aún está muy lejos
de constituirse en Estado-nación conforme a las pautas
occidentales. Una es la intervención norteamericana en Irak
a fin de impedir la invasión a Kuwait (1990-91), y otra el
11 de septiembre que puso de manifiesto la proclividad
terrorista de Al Qaeda aparte de su origen saudita. Pero el
propósito mayor de su ensayo es explicar los postulados de
la wahhabia como pilar legitimador de la política de Arabia
Saudita (p. 267). Postulados que explican el rechazo formal
al nacionalismo y a la secularidad considerados en este país
“modalidades politeístas” que, si son aceptadas, harían retroceder
al Islam al periodo premahometano (la Yahilía).

Zidane Zeraoui estudia el dilema kurdo, asunto que preocupa
intensamente a Turquía y que está hoy en la agenda
internacional en caso de convenirse la partición de Irak en
tres porciones (sunna, chía y kurdos). El autor nos informa
acerca de la fragmentación étnica y religiosa de Irak, dato
de suma importancia para entender la prolongada inestabilidad
de este país después de la caída de Saddam Hussein. Los
kurdos constituyen un quinto de la población, y el resto son
árabes. En términos confesionales la mayoría es chiíta (dos tercios)
y la minoría adhiere a la sunna y al cristianismo (p. 290),
circunstancia que explica los intereses de Irán —poder chiíta—
en Irak. Los 25 millones de kurdos aspiran a constituirse en
una nación que necesariamente arrebataría amplias porciones de
Turquía, Irán y Siria, y en modesto grado, de Georgia y Armenia.
El levantamiento de la República de Kurdistán exigiría así una
reconformación de fronteras que de momento parece improbable.
Zeraoui alude a proyectos dirigidos a dividir geográfica y
religiosamente a Irak que se ventilan en Washington. Pero no
parecen viables pues inducirían el empobrecimiento de la zona
chiíta que no cuenta con petróleo (p. 294).

Una observación final: la ausencia de un corrector de estilo y
de un editor-lector es particularmente lamentable, pues conocer
los temas abordados es indispensable para una audiencia alejada
geográfica e intelectualmente de la cultura musulmana, que encara
hoy tanto una globalización intrusiva como la gestación de
una diáspora en Europa, Estados Unidos y América Latina. {{n}}