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“Escribir como fluye un arroyo en el campo” fue la última voluntad literaria expresada por Truman Capote en su libro final, Música para camaleones (1980), de cuyo prólogo desprendo la cita para describir con justeza la escritura natural y transparente de Pláticas de familia. Poemas y prosas, libro reciente de Luis Miguel Aguilar (Quintana Roo, 1956).

Aguilar explicita esta ambición de una escritura clara y armoniosa en sus propios términos: “Hacer las cosas con sencillez y atrevimiento”, afirmación referida no sólo a sus variados textos (poesía, ensayo, relato, periodismo literario, narrativa), sino a su idea de cómo debe intentarse la literatura en general.

Estos poemas y prosas son entonces escritos con “sencillez y atrevimiento” y con la naturalidad resultante de un riguroso trabajo de filtración literaria. Pero afrontan, además, el reto de poetizar y relatar circunstancias íntimas, extremas y opuestas de la vida, sin perderse en ellas. La alegría y el sufrimiento, la felicidad y el dolor, la dicha de la vida y la desdicha de la muerte suelen trastornar la emoción y empañar la escritura. Indagar en estas vivencias radicales de la experiencia humana exige por ello cuidado y reticencia. Sólo un ejercicio de contención y sutileza narrativa igualmente extremo lleva a profundizar en estas experiencias sin entregarse a ellas, sin perder la brújula ni, transido por la emotividad, convertir lo escrito en lamento o melodrama.

De ahí el doble mérito de esta escritura extremada: narrar en prosa o en verso temas álgidos del alma humana y hacerlo con una misma escritura clara y reposada, translúcida y luminosa, nimbada por ese tono poético natural y conversado de los versos de Aguilar extendido a su prosa.

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Dos relatos emblematizan con claridad este tránsito de un confín a otro de la experiencia humana y dan en varios sentidos balance y equilibrio al volumen. Casi al inicio, el relato “El regreso” inunda el libro con la luminosidad del sol peninsular y los infinitos tonos azules del Mar Caribe. Relato abierto, de luz y felicidad desbordadas, nutrido además por una docena de memorables historias de familia, costa y mar que dotan de filiación más literaria esta aventura del regreso con hijos y esposa a celebrar cien años de la fundación de Chetumal, al reencuentro con la patria familiar y de infancia del narrador.

El entierro del tío Raúl, la vida de personajes como La Chata, la madrina Carmen, los primos y los amigos conocidos como Los Pájaros; el viaje en una lancha deportiva a Mahahual, el delicioso recorrido culinario por los mariscos de la región, el reencuentro con el primo Nando y su rencilla con un bagre que al morderle la pierna cortó su carrera futbolística; las aventuras de pesca y las mágicas conversaciones con los hijos, el faro de Xcalak, la excursión al Banco Chinchorro y Cayo Centro, el recuento de ciclones, la historia de la caza del jaguar, el Cenote Azul sin fondo comprobado, el impacto del hipnótico paisaje caribeño. Esta enorme riqueza del relato, concentrada en medio centenar de páginas, lo convierte de pronto en un surtidor de historias que fluyen como una ola en la playa Calderitas o una corriente sutil en la laguna de Milagros.

Hacia el final del libro se indaga en el otro extremo de la vivencia humana, el de la desdicha. En el relato “El lugar herido” la narración urbana se sumerge en la dolida experiencia de la enfermedad y la muerte filial, y en la elaboración del duelo ante la tragedia. Con la misma escritura fluida y natural, equilibrada y dosificada con cautela y delicadeza, Aguilar indaga en el sufrimiento, lo cuestiona y lo interroga; roza las difíciles preguntas sobre la fe, la solidaridad y el amor para enfrentar la insalvable contundencia del mundo, el abuso incomprensible de la enfermedad y la muerte, la fuerza irrefrenable de la realidad cuando arrasa de forma inmerecida con una vida.

Relato donde el dolor y la injusticia son tan inevitables ¡como la misma felicidad!, nos recuerda entonces Aguilar, no sólo para sorprendernos con un fulgurante recurso literario retomado de El Mahabarata, sino para regalar con generosidad al lector una certeza extraída de su viaje personal al límite del dolor. De ahí el valor literario y humano que esta lección de vida entraña. El encantamiento de esta escritura disipa cualquier oscuridad y da claridad y limpidez a la atmósfera del relato.

A pesar del dolor, hay luz en este libro de Aguilar, acaso porque el dolor se transparenta y deja ver la luminosidad de la literatura en el fondo del abismo de la pérdida.

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El libro está dividido en dos capítulos y conformado por nueve poemas y ocho prosas. De los diversos protagonistas de estas Pláticas de familia, cinco funcionan como ejes de todo el volumen: la madre Emma y la tía Luisa, el hijo Eduardo, el padre reaparecido luego de años, y la esposa como centro y equilibrio narrativo y del autor.

Los homenajes a la madre Emma y a la tía Luisa son múltiples. El poema “Epicedio por su madre” (con el hechizo cromático de las iguanas y su recuerdo de la provincia cubana de Oriente), reelabora la voz de doña Emma, siempre filtrada con calidez por la memoria, evocada como un recuerdo constante e inseparable de Chetumal y de los vestidos cortados y cosidos por ella junto con la tía Luisa, rescatada a su vez del sufrimiento de sus últimos días de hospital para dotarla de vida y ponderar sus consejos ante la adversidad.

La vida del hijo Eduardo, y su sonrisa después de visitar el abismo del dolor, son recuperadas literariamente en el mencionado relato “El lugar herido” y en varios poemas (“On Dejection”, “Los padres”, el durísimo titulado “Su mejor pieza”), donde el autor describe la desesperanza vivida durante la enfermedad de su hijo.

La sorpresiva reaparición del longevo padre tras años de ausencia, da pie a su extraordinario y dolido retrato literario, conformado por varios poemas donde se conjugan las voces familiares en torno a él (“La venganza”), y la propia voz del padre enfermo junto con las reflexiones y sentimientos contradictorios del propio Aguilar (“Rondas”).

Hay otros juegos escriturales, divertimentos en prosa sobre la poesía en los cuales Aguilar juega a dilucidar y comentar poemas supuestamente escritos por él con anterioridad. “Stevenson para mi padre”, “En el castillo de Atlante” o el llamativo “El hombre que leía a Gibbon en McDonald’s”, un relato redondo y pleno a partir de la reflexión sobre la composición de un poema inexistente (que dan ganas de leer). Completan el libro “La chingada. Un poema en diez rounds” y el texto “Dos vilanelas” donde se transcriben unos hermosos versos de Emily Dickinson sobre la pérdida: Losing All prevented me / Of losing minor things.

En los poemas “La calle Aguilar” y “Cómo son los poemas con muertos” el tema es la muerte reflexionada, conversada y contada a partir de la experiencia íntima, apenas suavizada por la musicalidad juguetona de versos tras los cuales “viven” los muertos familiares: “Cinco muertos en un poema/ Cargaban muerte, sueños, muerte/ En un costal./ Cargaban sueños, muerte, muerte/ Cuatro de ellos; el otro/ No podrá, no podrá./ El otro apenas tenía fuerzas/ Para cargar la muerte/ En un pañal”.

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Siempre he leído a Luis Miguel Aguilar como poeta. No sólo y obviamente en sus libros de poesía reunidos bajo el título Todo lo que sé (1990), donde destaca uno de los volúmenes principales de la poesía mexicana del último tercio del siglo XX, Chetumal Bay Anthology (primera edición 1983). También encuentro algunas de las cualidades de su escritura poética en diversos pasajes
de su ensayo sobre poesía mexicana La democracia de los muertos (1988), así como en sus ensayos de literatura cotidiana y periodismo literario reunidos en Nadie puede escribir un libro (1997). De esta compilación hay que leer “Balada de la pasta de dientes”, “Endecha de la ropa”, “Oración a la próstata” o “Gripe y literatura” para percibir esa sensación poética. También en los interconectados relatos de Suerte con las mujeres (1992) he encontrado pasajes, párrafos, historias desprendidas del territorio de la poesía. Una cualidad proveniente del tratamiento de las palabras, el cuidado concedido a cada una de ellas para utilizarlas, como los elementos de la tabla periódica, con precisión y pertinencia de acuerdo a su peso atómico y sus cualidades específicas. Acaso la reposada armonía del conjunto contribuye también a esa sensación de luminosidad y naturalidad envidiables.

Leí en alguna parte la idea de los poemas como sondas lanzadas a lo desconocido de nosotros mismos, al espacio interior del alma humana, de donde regresan con algún hallazgo único, un tesoro vívido, una comprensión original, un acierto literario obtenido de nuestro propio subconsciente. De igual forma hay relatos, textos, prosas que rescatan una vivencia profunda convirtiéndola, gracias al lenguaje, en una experiencia poética, una emoción estética transformadora.

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Es el tratamiento y no el tema lo que imbuye a un texto de cualidades poéticas. Pláticas de familia trasciende el sentido de la intimidad expuesta como literatura para tornarse literatura sobre la vida y la muerte desde la intimidad familiar. Su escritura está nimbada de poesía aunque —como el futbolista Van Basten con el tobillo roto quedó condenado a jugar con dolor— la pérdida haya marcado al poeta obligado a vivir y escribir con dolor. No obstante, la transparencia y la naturalidad de la escritura suavizan ese dolor, su sentido poético casi nos hace olvidarlo en esta literatura sobre la certeza de la felicidad. La pérdida y la ganancia en la vida son temas literarios superiores a la fulgente luz de estos poemas y prosas. n