{Hace medio siglo fue publicada
una de las novelas definitivas
de la literatura mexicana: La región
más transparente. En ella Carlos
Fuentes vio el marco de una
antiepopeya, de una epopeya
envilecida, traicionada, nos dice
Roberto Pliego. La región más
transparente certifica el tránsito
de la épica a la novela, de la historia
a caballo a la historia en automóvil
pues, a fin de cuentas, nació a la hora
en que México se deshacía
de los lastres rurales y anunciaba
su inclusión en la carrera
por el desarrollo.}

En unos meses, {La región más transparente} cumplirá cincuenta años de
existencia. Mucha tinta ha corrido desde que, en marzo de 1958, Carlos
Fuentes publicó su primera novela. Para empezar, el mismo Fuentes ha escrito,
hasta la fecha, otras diecisiete, una cantidad de cuidado si tomamos en cuenta
la energía consumida por sus libros de relatos, de ensayo literario, político o
histórico, sus acercamientos al cine, las artes plásticas y hasta el teatro, y una
intensa actividad como conferenciante, articulista y testigo de todo cuanto
atañe al pensamiento, la imaginación y la cultura globales. Mucho, además, se
ha escrito sobre {La región más transparente}. Alabada, sometida a laboriosos
interrogatorios, encomiada como piedra angular de la novela mexicana moderna
—y, por añadidura, de la novela hispanoamericana—, irrumpió, y sigue
irrumpiendo, con una fuerza tan poderosa en nuestras vidas que no es fácil
sustraerse a la tentación de volver a examinarla con lupa. Quizá sólo {Pedro
Páramo} haya generado un paisaje tan ceñido de comentarios, análisis críticos,
estudios especializados, tesis doctorales, notas al pie de página, glosas, simposiums,
homenajes y cátedras universitarias.

Fue, desde su aparición, una novedad, una subyugante novedad. ¿Qué clase
de novela era esa que anunciaba sin miramientos los funerales de la ideología
de la revolución mexicana, transformada, al cabo de unos años, en justificación
de arribistas? ¿Qué clase de lenguaje era ese que ascendía hasta alcanzar
registros poéticos y luego se lanzaba en picada para captar las variaciones del
habla popular, con todo y su escatología alburera, sus giros inusitados y su temperamento
malhablado? ¿Qué clase de apuesta literaria era esa que desdeñaba
nuestra prosa oficial con cabellos de elote a favor de técnicas válidamente universales?
No, desde luego, los mismos que andaban tras los pasos del realismo
social o seguían empeñados en sacarle brillo al desgastado nacionalismo cultural.
Pertenecían a un orden inédito. Por primera vez, la desmesurada pretensión
omnicomprensiva de la novela se personificaba en un escritor mexicano, como
una versión múltiple de la historia unívoca.

Ser un lector al despuntar el siglo XXI acarrea, entre varios compromisos,
la exigencia de adaptarse a los grandes libros del pasado, aunque ese pasado no
se haya ido del todo. Ser, de alguna manera, contemporáneos suyos, sin descartar
los efectos del presente, se antoja el procedimiento más adecuado. Pero
los grandes libros están obligados también a evolucionar al paso del tiempo
para cautivar a cada nueva generación. Deben “modernizarse”, aclimatarse a
nuestro gusto. ¿Cómo se adapta {La región más transparente} al siglo XXI y a su
dispersa, internáutica y complejísima sensibilidad?

Inútil arriesgar una sinopsis. Son demasiados los argumentos y demasiados
los caminos a través de los cuales van abriéndose paso. Es evidente que {La
región más transparente}, con sus realidades superpuestas y su declarada resolución
de borrar las fronteras entre los géneros, fue concebida para resistirse. A
qué: a la simplificación, a la mirada inocente. Ya Julio Cortázar había advertido
que ante Carlos Fuentes “hay que tirarse a fondo, devolver golpe por golpe la
paliza que nos pega a los lectores con cada página de su libro”. Ni hablar: no se
trata de una novela amistosa. Podríamos incluso ir un poco más allá y afirmar
que disfruta no sólo poniendo a prueba nuestra capacidad de aguante sino la
misma idea de complacencia. Todavía retumba la famosa declaración de Carlos Fuentes a Luis Suárez durante una entrevista televisiva,
hace unos veinte años: “yo no escribo para
amas de casa”, es decir, para quienes rehusan devolver
el golpe. En efecto, no lo ha hecho nunca
y {La región más transparente} lo dejó muy claro:
saluda a quienes al menos han librado algunas
de sus numerosas batallas librescas.

Inútil, dije, arriesgar una sinopsis de {La región
más transparente}. Entonces, a qué le tira. A lo
que se mueva, a condición de que nunca antes
haya resultado apetitoso para nuestra literatura.
Así, trata del avance salvaje de la modernidad,
de los procedimientos con que las clases medias
intentan satisfacer sus apetitos burgueses, de la
persistencia de formas cosmológicas que creíamos
perdidas para siempre, de lo que significa
ser un espécimen doblemente amenazado por el
azar y la necesidad, de las ilusiones perdidas, de
los orígenes, del dilema entre imitación y originalidad,
de los fastos con que los nuevos ricos
enmascaran su procedencia, de cómo se construyó
un país a partir de cero, del linaje, los ritos
de paso y el encumbramiento de los grandes
chingones mexicanos, y, claro, de la ciudad, cuya
personalidad convoca por igual a la pirámide y al
rascacielos y no cesa de reinventarse a sí misma.

Se diría que tiene lugar para todo y para todos, que se mueve
hacia el mayor número posible de objetivos, a despecho
de los límites espaciales y temporales. Como tal, en cierta
medida, está en deuda con la vocación exploradora de la
novela estadunidense, representada en este caso por William
Faulkner y John Dos Passos, pero también con las inmersiones
de D. H. Lawrence en las oscuridades no humanas que
hallan su forma humana, y con la ironía inglesa de Aldous
Huxley que atestigua las relaciones del mundillo intelectual
con determinado tipo de habla. Así de hiperquinética es {La
región más transparente}: no se conforma con poco; aspira a la
visión totalizadora y la procura mientras, página a página, se
busca, se construye, se mira en el espejo y va reconociéndose
como lo que quiere ser, una novela inaugural.

Es tan provocador como necesario que {La región más
transparente} sea, por encima de otros afanes, un testimonio
vivo, en constante pleito, acerca de la ciudad de México a mediados
del siglo XX, “hecha como ella y con ella”, escribiría
Salvador Novo. Es la ciudad y la ciudad se mira a su vez en el
retrato que le ofrece. En la sencillez y en la austeridad de este
apunte general, Fuentes vio el marco de una antiepopeya, de
una epopeya envilecida, traicionada. No es que los guerreros de la épica
descalza de Mariano Azuela se hayan cansado; es que mudaron de piel o
fueron sustituidos por otra especie de hombres de acción: banqueros, especuladores
inmobiliarios, inversionistas, consejeros financieros, licenciados.
{La región más transparente} certifica justamente el tránsito de la épica a la
novela, de la historia a caballo a la historia en automóvil. Por eso necesita la
ciudad como marco. ¿Dónde, si no en ella, las ambiciones se corresponden
perfectamente con la lógica rapaz de la movilidad social? Subir, subir, subir,
aun a costa del propio talento o de lo que alguna vez, para decirlo de modo
empalagoso, fue un ideal: ¿hay algo más urbano, menos épico?

Al igual que el vértigo causado por la práctica del poder, el que provoca
la ambigüedad del fracaso y el éxito social colma las páginas de {La región
más transparente}. Me pregunto cuántos lectores terminan la novela dándose
cuenta de que el triunfo de Rodrigo Pola no es otra cosa que la derrota de su
vocación literaria, y de que la ruina económica de Federico Robles anuncia
la recuperación de la memoria primigenia, rota por el éxito y el poder. En
su última aparición, Rodrigo conduce un jaguar convertible rumbo a su
casa en El Pedregal; de Robles sabemos, a través de Ixca Cienfuegos, que
vive en Coahuila dedicado al cultivo del algodón, que se casó con Hortensia
Chacón y es padre de un hijo.

Otros pasajeros suben a la rueda de la fortuna. Norma Larragoiti, la
mujer de Robles, muere consumida por el fuego en su casa de Las Lomas,
no sin antes presentir la miseria (“¿Me meto de cabaretera para comer?”); y
muere Manuel Zamacona en una cantina de Acapulco, baleado a cuenta de
nada por un emisario del México que más detesta, el de los actos gratuitos.
Mientras tanto, Pimpinella de Ovando renace de sus cenizas al destino manifiesto de las sábanas de seda y los lujos minuciosos, y Jaime Ceballos
empieza a perfilar su camino ascendente desde las plazas dulzonas de la
clase media guanajuatense hasta las oficinas de la capital del país donde se
reparte el dinero. A {La región más transparente} le sientan de maravilla todos
estos cambios súbitos. A fin de cuentas, nació a la hora en que México se
deshacía de los lastres rurales y anunciaba a grito pelado su inclusión en la
carrera por el desarrollo.

Lo que se fue, lo que llega: el material novelesco en términos básicos. “A
veces, pensaba que en realidad nunca había salido de la colonia Juárez”, leemos
mientras seguimos a Lorenza de Ovando por su casa en Neuilly, cerca
de París, tras su destierro voluntario luego de que una bola de huarachudos
derrumbó “el magnífico edificio de la paz y el progreso”. Es cierto, añora
México pero en Neuilly sigue siendo posible tratar con gente decente y ofrecer
grandes recepciones. Ahí la vemos, nostálgica y digna, a la manera de
esos personajes proustianos que deshojan sus recuerdos a la sombra de un
mundo que no les pertenece porque no guarda parecido alguno con {aquél.}
Veinte años después, en 1935, doña Lorenza regresa a México, dispuesta a
conservar su papel de gran dama. Y ahora leemos: “Y la casa de Hamburgo
se fue fraccionando: primero el jardín para que construyesen unos libaneses
sus apartamientos; luego la caballeriza para unos abarrotes; por último, la
fachada de la casa, los salones, la planta baja, para una tienda de modas.
Cuatro piezas, es todo lo que les quedaba”. La ciudad transformada es un
trasunto de las transformaciones del país. ¿Qué ha ocurrido? Casi nada. Una
revolución se ha llevado el maniquí del marqués de Polavieja a una casa de
antigüedades y ha traído a una caterva de políticos de origen inconfesable.
Prosperan los abogados, los comerciantes, los arquitectos, hasta los poetas.
Muy bien. La clase media no sabe aún mirar para atrás. Muy bien. Pero ¿algo,
en verdad, ha cambiado? Sí, por supuesto. El whisky ha sustituido al cognac,
el bridge a las tardes de té, Las Lomas a la colonia Juárez y el inglés al francés.Suena duro. Bienvenidos, pues, a la región más transparente del aire.

También está lo que se va y lo que llega. Si Carlos Fuentes hubiera
concebido la estructura de {La región más transparente} como un juego de
únicamente dos espejos, es probable que el resultado hubiera sido una novela
de doscientos cincuenta páginas que trazara, como si fueran líneas
paralelas, los destinos de Federico Robles y Rodrigo Pola. No lo hizo. ¿Y
entonces? A menudo se le ha reprochado a Fuentes que, en su novela, los
estereotipos le ganaran la partida a los personajes. Es más, que ni siquiera
hubiera trazado el perfil de un solo personaje: éste representa al intelectual
desastrado, este otro al revolucionario que ahora oficia con puro
en mano desde su despacho en Reforma, aquella a la trepadora frondosa
sobre la cual pesa una infancia barriobajera, aquellos al pueblo, algunos
al junior sin oficio ni beneficio. ¿Qué tanto hay de cierto en esta opinión
sacralizada? De entre todos esos papeles que Fuentes hace interpretar, de
entre todas esas vestimentas y encarnaciones verbales, de entre todas esas
biografías sucintas o dilatadas, es posible identificar no a uno sino a media
docena de personajes, seres plenamente conscientes de sí mismos, autores
de su propia historia. Vuelvo así al personaje de Federico Robles y al de
Rodrigo Pola, distintos y complementarios, las dos líneas paralelas de la
novela que Fuentes no escribió porque no quiso privilegiar sus vidas sino
contrastarlas con las de tantas otras —dibujadas de cuerpo entero y a veces
sólo bocetadas— como fuera posible. Ambos
concentran las potencias históricas y sociales de
la novela. Robles pertenece a la categoría de los
vencedores de viejo cuño, Pola a quienes nunca
empuñaron un arma y se han declarado listos
para ocupar la silla que aquéllos se niegan a dejar.
El primero proviene del campesinado porfiriano
(“Ya no me acuerdo que vine de ahí”), forjado
a golpes de fuego de metralla y astucia política;
el segundo proviene de la vergüenza paterna,
del sacrificio materno (“Cuando al fin encontró
empleo en un comercio, el sueldo de 125 pesos
más comisiones —y tejer, en la noche, más ropa
de niño— nos permitió irla pasando”) y de las
aulas. En el presente en que transcurre la novela,
los años del alemanismo, entre 1946 y 1952,
encontramos a Robles en la cima de su carrera
(“Nada es más admirado en México que el gran
chingón”); el inconforme y lánguido Pola mira a
ras de suelo a quienes llevan grabada en sus trajes
de diseñador la palabra “éxito”. En cierto sentido,
el mecanismo que pone en marcha las acciones
de {La región más transparente} podría ilustrarse
mediante la figura de dos resortes que siguen
impulsos opuestos. Lenta y machaconamente,
uno de ellos va tirando hacia abajo mientras el
otro tira, al mismo ritmo, hacia arriba. Lo que se
va: Federico Robles. Lo que viene: Rodrigo Pola.
Lo que se va: los poderosos matriculados en la
fiesta de las balas. Lo que viene: los poderosos con título universitario. ¿Algo ha cambiado? Sí,
por supuesto: “¿A dónde vas?” “A mi casa; en el
Pedregal de San Ángel”.

¿Cómo llegan hasta nosotros los destinos
contrastantes de Robles y Pola, registrados más
en detalle que los de sus compañeros de novela?
¿Por qué escuchamos sus recuerdos, sus confesiones,
igual que los de Manuel y Mercedes
Zamacona, Norma Larragoiti, Teódola Moctezuma,
Rosa Morales? ¿Por qué hablan? ¿Por qué
practican el monólogo interior, alzan de pronto
la voz a la mitad del foro como si pretendieran
llenar un vacío teatral, se llenan de palabras y
se van afirmando o deshaciendo mientras salen
de su boca? ¿Qué fuerza, qué dios o demonio
detrás de cada uno de ellos estimula su memoria
y estira su lengua? Hemos llegado así hasta Ixca
Cienfuegos, cuya omnipresencia sanciona cada
línea, cada página, cada capítulo de {La región
más transparente}. De no ser por su intervención,
todos a su alrededor estarían condenados al silencio.
Su voz no sólo abre (“Mi nombre es Ixca
Cienfuegos”) y cierra la novela (“Aquí nos tocó.
Qué la vamos a hacer. En la región más transparente
del aire”); inspira, o, mejor dicho, coacciona
a las demás voces, incluyendo a las que
carecen de cuerpo y nombre. Los otros hablan
porque él induce y provoca. Los otros hablan y
son en la medida en que lo hacen pero siempre
nos queda la sensación de que están a punto de
rozar una realidad insustancial. Su arte se alimenta de lo que no se ha dicho
y ahora estalla abruptamente. Ixca Cienfuegos se abre paso a través del barullo
con imperturbable escepticismo. Anda en busca de viejas injusticias
y resentimientos profundos, recibidos con respuestas dolorosas. Quiere
las palabras y algo más profundo: lo que se oculta detrás de ellas, su lado
oscuro. De hecho, al absorber todas las voces, se transmuta en la novela
misma. Ya de salida, termina por ser lo que acabamos de leer: {La región
más transparente}. Ixca se funde en el libro que tenemos en las manos.

Y es el símbolo por excelencia. No es de carne y hueso; es una piedra en el
zapato, un invitado a quien llamamos a su puerta y no responde, un chingaquedito
que está más solo de lo que estamos nosotros, una ciudad sepultada,
una fatalidad. Mientras los demás son arrastrados por la vorágine del éxito y
la desgracia sociales, obligados a subir un peldaño tras otro o rendirle cuentas
a la marginación (“¿Vamos a vivir de limosna, o qué?”), Ixca parece haber
estado siempre en el {mismo lugar}, cínico e inconmovible. Como catalizador,
actúa a las mil maravillas. Ya que representa al pasado prehispánico, al tiempo
cíclico del mito, tiene la tarea de desenmascarar al nuevo mundo mexicano,
presidido por Federico Robles, y ante el cual Rodrigo Pola y Norma
Larragoiti se arrodillan. Manuel Zamacona asegura que el México atado a su
propio ombligo “se sometía a un poder despótico, sanguinario y disfrazado
por una teología satánica”, pero Ixca razona, con gran confianza: “¿Es mejor
este poder barato, sin grandeza, de mercachifle, a un poder que tenía, por lo
menos, la imaginación de aliarse al sol y a las potencias reales, permanentes
e invioladas del cosmos? Yo te digo que prefiero morir inmolado en una
piedra de sacrificios que bajo la mierda de una triquiñuela de capitalistas y
de un chisme de periódico”. Unos minutos después, luego de que Zamacona
exige saber “el sentido del tumulto sin nombre, de la masa torcida de sangre
y rencor que para ti es México”, Ixca confiesa que “Todos los demás caen, hoy,
hacia ese origen que sin saberlo los determina; sólo nosotros hemos vivido
siempre en él”. Esa es la batalla que se libra en {La región más transparente}.
De un lado, la modernidad y su elogio al desarrollo, el trabajo, la creación
de industria y bienestar, aunque obliguen a ensuciarse las manos; del otro,
“el lodo indiferenciado del origen”. Así, en bandos opuestos, poco tienen que
decirle a México. Por qué el aplastamiento del contrario, y no, en cambio, un
destino a dos voces, parece sugerir la novela.

¿Qué hacer con nuestra modernidad apenas adquirida? No es la única
pregunta que {La región más transparente} pone sobre la mesa pero sí la
más urgente, y de una manera bulliciosa, nada esquemática y, sobre todo,
nada didáctica. ¿Se trata, indiscriminadamente, de vitorear a quienes han
sabido ser eficaces porque entendieron que el ingreso a una economía capitalista
había que pagarlo con vidas, entrarle al toro —sacar al país de la
barranca— sin tentarse el corazón y, entretanto, volverse millonarios? La
región más transparente lo cuestiona todo, desde la nostalgia por una época
sospechosamente idílica, anterior a la conquista española, hasta la lógica
del agandalle que ha impuesto el nuevo tiempo mexicano. En esa crítica
reconocemos una pregunta adicional que Fuentes ha despachado al menos
en cuatro de sus libros —T{erra Nostra, Cristóbal Nonato, La campaña y El
espejo enterrado}—: ¿significa fatalidad la tradición e imitación la modernidad?
Aunque enemigos, los términos de la ecuación cultivan una amistad
devoradora. Hieren por igual a México y a Latinoamérica. ¿Mediante qué artilugio cultural podemos sacudirnos a esta pareja que nos inmoviliza o
nos condena a repetir experiencias ajenas? Por razones, sin duda, históricas
la novela moderna se concibe como una enorme interrogante acerca
de nuestra condición y de las circunstancias en que ocurre, y no como un
disciplinado recetario. De modo que {La región más transparente} pregunta
y nosotros, sus lectores, acusamos el golpe.

Se ha considerado, casi por unanimidad, que Ixca es el soplo vital que
encauza la novela: el inasible, ladino, escurridizo, resentido y corrosivo Ixca
Cienfuegos. Pero el verdadero impulso es la escritura de Fuentes, un instrumento
lleno de filo que tiene tanto de conjuro sobrenatural como de arma.
De hecho, su escritura guarda muchas semejanzas con otra de las heroínas
de {La región más transparente,} la ciudad de México; ambas son igualmente
desinhibidas, rebeldes, anárquicas. Y ahí la vemos, saliendo a la madrugada
de Guerrero y Bucareli, vulnerable frente a los primeros rayos de sol, hecha
una ruina colonial, serena y ensartada en un vestido de raso eléctrico,
rebosante de una sabiduría nocturna que para entonces no puede reprimir
un bostezo, y, unos instantes después, partiendo plaza en el ombligo de la
luna —un penthouse cuyos muebles “exigían posturas del Bajo Imperio”—,
envuelta en terciopelo verde, ataviada con arracadas de oro y poco dispuesta
a descorrer el velo de sus párpados violáceos. Tratándose de ella, sólo podemos
estar seguros de una cosa: tomará la figura que le plazca, decadente o
recién llegada, provinciana o con roce social, tamalona o estilizada.

Detengámonos ahora en las caracterizaciones del idioma español y en
sus grados de intensidad. El ruletero: “Estás muy buena, chata aaayyyjj por
abajo anda el jarabe al son de las copetonas”. La fichera: “No te calientes,
granizo”. El carterista: “¿Conoces a Yolanda, esa que dizque acá está su mamacita,
y a la hora de la hora resulta más apretada que un culo de chinche?”.
El bracero: “Puro remember moder”. El alma de las fiestas: “¡Caros! Entren
a aprehender las Eternas Verdades. Por ahí anda un indígena con charola
y bebestibles. {Voici, oh Rimbaud, le temps des assassins}”. El intelectual de
izquierdas: “Hay que sentir el dolor de los pobres, el angustioso imperativo
de la solidaridad”. La coleccionista de celebridades: “¡Vivimos en Afriquita!
Está muy bien la {joie de vivre} y todo eso, pero un cocktail es un cocktail,
y debe tener consecuencias prácticas”. El existencialista: “El mexicano es
este ente, anónimo y desarticulado, que se asoma a su circunstancia con, a
lo sumo, miedo o curiosidad”. El novelista de la tierra: “Allí como que las
nubes son más bajas y las gentes tristes. La tierra no da nada, sólo tunas
y desolación. Se divisan los indios bajando de la sierra, con los machetes
como banderas. Esto no me lo contaron, lo vi”.

Carlos Fuentes administra su esfuerzo ante las descripciones físicas. Le
basta un trazo general y a veces ni siquiera eso; tan sólo un nombre. Octavio
Paz escribió alguna vez que la divisa de los personajes de Fuentes podría contenerse
en la siguiente fórmula: “dime cómo hablas y te diré quién eres”. Ellos
son, en efecto, antes que una psicología y una conducta, una construcción
verbal. Los conocemos por sus palabras, y no porque éstas se sobrepongan
a sus actos… ¿Acaso hay algo mejor que puedan ofrecer? Se me ocurre entonces
que {La región más transparente} trata del encuentro entre un escritor y
su idioma. Trata de los amoríos que mantienen, y también de sus arrebatos,
de sus rupturas y reconciliaciones, y, en especial, de la invención de un lenguaje
que le planta cara a los lugares comunes y a las realidades fosilizadas.

Después de todo, en 1958 la historia mexicana que
volteaba los ojos hacia el pasado cercano —o la
interpretación que habíamos hecho de ella— era
una colección de fósiles y clichés. ¿Qué teníamos?
Palabras de segunda mano.

{La región más transparente} es, por supuesto,
la región más transparente del aire. Arriesga una
lectura totalizadora de la ciudad de México y de
ese magma donde se funden todas sus voces.
En la tradición renovada de los libros de viaje,
levanta el mapa de los territorios explorados e
incluso recientemente conquistados por la lengua
española. Adopta, como cualquier viaje, la
forma de la inmersión. Luego de que regresa a
la superficie, es decir, al momento en que Ixca
Cienfuegos cierra el círculo y apunta a la resurrección
de la novela entera, sabemos por fin cuál
es la región más transparente: nuestro idioma,
sometido, gracias a Fuentes, al manoseo, el cotorreo,
el cuerpo a cuerpo, la violencia, el forcejeo,
la calumnia, la infidelidad, la buena y la mala onda,
la humillación, el maltrato, el beso, la caricia
y el homenaje. Preguntaba, ¿cómo se adapta {La
región más transparente} al siglo XXI y a su dispersa,
internáutica y complejísima sensibilidad?
Ya lo sabemos: deseando, refundando la lengua
española y la sabiduría cervantina cada vez que
saluda a sus lectores.

Los estudiosos aseguran que {La región más
transparente} fijó un antes y un después. Hay que
tenerlo presente. Lionel Trilling, refiriéndose
quizás a él mismo y a unos cuantos vanguardistas,
dijo que a nosotros nos gustan los libros
difíciles. No pensaba, ni por asomo, en {La región
más transparente}, porque el tiempo no le alcanzó
para caminar por ella, pero sí en una novela de
tal calibre. Por supuesto, no pensaba tampoco en
los lectores actuales. Bueno, Carlos Fuentes acaba
de publicar una novela que pone patas arriba este
género literario. No se ha vuelto por ello el más
popular, ni el más consentido ni el más bueno
de su clase. Ha dejado, en los escritorios de sus
maestros, unas manzanas mordidas. ¿Cuándo
publicará su próxima novela? O sea: {¿La muerte
de Artemio Cruz, Una familia lejana, Terra
Nostra, Cristóbal Nonato, La campaña, Los años
con Laura Díaz?} Por lo pronto, hoy la ciudad de
México, y México, e Hispanoamérica beben de
un trago el marzo de 1958: ¿qué palabras sacudirán
esas tierras de aquí a cincuenta años? {{n}}