Imaginemos un momento a Michael Oakeshott,
el célebre filósofo político inglés, mirando el
Canal de la Mancha desde su cabaña, en el pequeño
pueblo de Acton, en Wessex; contemplemos
a Isaiah Berlin, el famoso liberal y diplomático al
servicio del gobierno de Churchill, mientras redacta
su informe semanal a Londres desde la embajada
británica ante la Casa Blanca; Norberto Bobbio nos
parecerá, tal vez, un abyecto militante del fascismo
después de leer su carta juvenil al {Duce Mussolini},
escrita desde prisión cuando sólo contaba con 26
años. De Carl Schmitt, el jurista del nacionalsocialismo
alemán, es probable que hallemos las claves
de su filotiranía en las respuestas que
ofrece en el interrogatorio al que es
sometido en Nuremberg, tras la caída
del régimen nazi. ¿Qué hubiéramos
podido esperar de la última aparición
en público de Octavio Paz, en la vieja
Casa de Alvarado, sino su obcecada
pasión por el misterio de México?.

Así, entre instantáneas que revelan
y traslucen, que iluminan y
dejan entrever las minucias de una
personalidad concreta, se aproxima
Jesús Silva-Herzog Márquez a la visión
que de la política elaboraron
cinco grandes pensadores del siglo
XX. Si la política es ese endriago que
“llevará siempre las marcas fastidiosas
de la fuerza, el azar, el conflicto,
tercos aguafiestas de la perfección”,
el desentrañamiento de las leyes no
escritas que rigen el poder, la historia
y la razón del Estado, es un acto
preciso en un siglo surcado por apóstatas, pugnaces
oportunistas y sátrapas. Los retratos que
ofrece Silva-Herzog Márquez corresponden a cinco
visiones hermanadas por la fascinación hacia
la política, pero diferenciadas por la actitud del
pensador respecto a la naturaleza del monstruo.

Contra una postura como la de Oakeshott, que
se rehusa a la instauración de toda clase de sistema
ideológico, que impugna los experimentos
racionalistas en pro de una política del “tanteo”
en la que el poder languidece hasta difuminarse, los planteamientos belicistas del pronazi Schmitt,
que cree ver en la identificación del enemigo la
suprema realización de lo político. Frente al pesimismo
que Bobbio heredara de Hobbes a la hora
de hablar del hombre, la serena confianza de Paz
en la fraternidad universal.

Visiones confrontadas por la historia de un siglo
que transcurrió entre aspavientos, que vio surgir la
aparición de dos guerras mundiales y aun el establecimiento
de regímenes totalitarios que pusieron
a prueba la confianza del hombre en la construcción
de su historia. Silva-Herzog Márquez esboza unos
retratos ajenos a la simplicidad y a lo plano que los
convertiría en caricaturas: Berlin no es el profesor
enfurecido que proclama el ideario liberal contra la
evidencia de su raigambre europea; es el propugnador
de un liberalismo que se atreva a dudar de la
validez de su doctrina y que se acerque a la ilustración,
al antirracionalismo, a la pertenencia nacional,
al fascismo, al romanticismo y al pluralismo desde la
perspectiva de sus precursores; de ahí las biografías
emblemáticas que le dieron renombre.

Bobbio, por su parte, aspiraba a una izquierda
europea dialogante y capaz de vertebrar para sí un
sentido político consistente con la democracia; en
esa aspiración se atreve a cuestionar la viabilidad
de esa misma izquierda, montada en una teoría
marxista de la historia, hueca de explicaciones
frente a la inmediatez de lo político. El turinés vacila
sistemáticamente por oficio, y sin embargo se
atreve a enarbolar la defensa del orden, la limitación
derivada del derecho y el accionar ciudadano
como los estandartes de una sociedad en la que el
poder se encuentra contenido por la norma.

Cuando Silva-Herzog Márquez se detiene en la
figura de Michael Oakeshott, uno no puede menos
que simpatizar con el trazo que de él esboza el autor
de estos retratos. Es Oakeshott un conservador
incorregible y campechano. “Con ello desafía al
conservadurismo desde el conservadurismo —escribe
Silva-Herzog Márquez—. Si abraza la tradición
no es porque venere al pasado sino porque
teme las consecuencias del silogismo”. El filósofo
inglés, aunque rodeado de cofrades universitarios,
es un solitario en medio de la espesa selva racionalista
de la academia. En Oakeshott el conservadurismo político es una forma de ser un aventurero, alguien para quien el poder
es algo semejante a correr el riesgo de aprender a andar en bicicleta: gobernar
es también equivocarse y enmendar errores que apenas si aspiran a disminuir los
conflictos humanos. No es extraño que la portada de {La idiotez de lo perfecto} sea
una pintura de Marcel Duchamp en la que se muestra a un ciclista afanado en el
dominio y el avance de ese verdadero “prodigio de la ingeniería”.

Pero a la hora de hablar de retratos contradictorios no hace falta sino mirar
el que de Carl Schmitt se pinta en el libro. Schmitt encarna la defensa de un
orden ominoso. El abogado alemán es el creador de un corpus construido para
la preservación de un régimen político a salvo de la vulgaridad del liberalismo.
¿Democracia? Sí, pero a cambio del exterminio de lo diferente, lo que amenaza
el cielo prometido de la homogeneidad. ¿Legalidad? Sólo si la sociedad
es capaz de regirse por reglas que no maniaten al poder del líder que —como
el príncipe de Maquiavelo— deberá ser ajeno a los obstáculos del moralismo.
Schmitt termina por ser, en resumidas cuentas, un abogado que aborrece los
fundamentos jurídicos de la norma, un clérigo convencido de la inutilidad de
los preceptos que divulga.

Hablar, por otra parte, de Octavio Paz, de su figura familiar, es sobre todo hablar
del literato, no del pensador obnubilado por la política. Silva-Herzog Márquez
lo retrata como el poeta apasionado que es capaz de escribir del otro sabiendo que
la verdad es patrimonio de muchas soledades capaces de reconocerse. Paz confía
en la democracia liberal, pero no al punto de olvidar que la libertad radica sobre
todo en ese reconocimiento. No hay doctrina política ni teoría en todo el ancho
cuerpo de la obra de Paz; hay en cambio un extenso y reposado acercamiento
a la creación y recreación de la verdad histórica, a la estúpida gravedad de las
ideologías y a la trágica condición de la convivencia humana.

Vivaces y certeros, con el tino que les permite avistar la humanidad del retratado,
los perfiles de {La idiotez de lo perfecto} son también cuadros que intentan
ofrecer un lienzo impresionista de la historia concreta que envuelve al personaje.
Los cinco pensadores son hijos de un siglo que los lleva a tratar de explicarse la
política y también a imaginar todos sus rostros. Quizás haría falta preguntarse
por un título que, tomado de un verso de Wislawa Szymborska, la poeta polaca,
ha servido para cobijar las aproximaciones biográficas del autor en este libro. La
respuesta probable tal vez estribaría en una leve inversión del sentido del verso
y en la intención que se deduce del propio ejercicio ensayístico.

Al final de sus vidas, en el ocaso de sus fuerzas pero en la cumbre del pensamiento
occidental de nuestro tiempo, cada uno de los cinco personajes mira
hacia atrás como quien se despide. Cada cual se despide —pensemos— de esa
bestia, la política, a la que dedicaron esfuerzos denodados. Saben en el fondo
que ésta no consiste sino en una forma sutil de la idiotez, tal vez la más perfecta,
porque escogen apagarse de un modo que Silva-Herzog Márquez captura con
tino inmejorable: Schmitt refugiado para siempre, y obligado a guardar silencio,
en su natal Plettenberg; Oakeshott en una cabaña, lejana a las parroquias del
racionalismo; Bobbio dedicando unas páginas a la templanza, la virtud más “antipolítica”;
Berlin entregado al gozo de la ópera en Covent Garden; nuestro Octavio
Paz despidiéndose para siempre de la historia y de sus amigos en una luminosa
tarde del altiplano de México. {{n}}