{Shimon Peres, quien compartiera el Premio Nobel de la Paz con Yasser Arafat y con Isaac Rabin, es el nuevo presidente de Israel tras una carrera política de más de medio siglo. Peres, afirma Joseph Hodara, ha participado más que nadie en la historia documentada de Israel y nadie conoce y controla los secretos de su país como él.}

En Israel la función presidencial nació estéril. En el arranque de esta nación como entidad independiente (1948) el primer ministro David Ben Gurión se vio obligado a concederle algún puesto de superficial prestigio a un personaje que había protagonizado importantes funciones en el movimiento sionista. Se trataba de Jaim Weizmann, científico y diplomático que, por su formación exquisitamente británica, jamás se ajustó al paladar de un líder como Ben Gurión, alumno fiel de las exaltaciones leninistas. En estas circunstancias inventó un cargo altisonante: Presidente del Estado. Y se lo adjudicó a Weizmann.

Algunas semanas más tarde, esta flamante y exaltada figura confesó: “No puedo meter la nariz en ningún asunto, excepto en mi pañuelo”. Su flagelante verdad.

Desde entonces, ocho políticos israelíes ejercieron la espectacular
función presidencial escogiendo deliberadamente la impotencia o el gradual desdibujamiento. Acaso fue excepción Ezer Weizmann, militar de brusco lenguaje que ensayó eludir —sin llamativo éxito— el brusco amansamiento que se le propinó
a su tío. Ocho presidentes que se contentaron con el deslumbre
suministrado por la recepción de los embajadores que llegan a Israel y —si y cuando resolvían afanarse— asumir el ejercicio de funciones recatadas y paternales en el seno de una sociedad caracterizada por fieras divisiones étnicas, políticas y geográficas. Funciones que cuestan al erario algo más de cinco millones de dólares anuales frente a las que la opinión pública, escandalizada por las exuberancias machistas del último presidente,
empezó a exigir la cancelación del cargo.

Es hasta este año cuando es designado Shimon Peres.

Elección decisiva y decidora. A la edad de 84 años, y después de haber ejercido durante casi medio siglo un puesto parlamentario,
incluyendo dos veces las responsabilidades de primer ministro y de media docena de carteras gubernamentales, Peres asciende a una cima irremediablemente cercada por un abismo. Es su última jugada. Y posee, ciertamente, las cualidades para emprender un provechoso juego si atina a dosificar sabiamente
las contradictorias cualidades que lo distinguen. Combina Peres la arrogante inteligencia de un Kissinger con la oscura astucia de un Metternich.

Y algo más: nadie en este país ha participado en su historia documentada tanto y tantas veces; y nadie
conoce y controla los secretos de esta trayectoria como él. En los años cincuenta puso las bases del poder nuclear israelí: en los sesenta dio impulso a la industria bélica —desde los tanques a la industria aeronáutica— y propició el levantamiento de las primeras colonias en suelo palestino; pero desde los setenta empieza a captar que la concertación de un entendimiento con los vecinos árabes es el camino más atinado para asegurar no sólo la existencia de Israel sino su excelencia científica y postindustrial.

Al igual que Ben Gurión —su maestro y su puntal de referencia— Shimon Peres respeta y cultiva la fuerza; aprendió en el Holocausto que los judíos jamás deben permitirse la vulnerabilidad; pero vislumbra
también que sin el diálogo apacible con el Otro cualquier avance es ilusorio y suicida.

Shimon Peres es hoy presidente de Israel. Si tiene el tino de renunciar a honores que no le faltan y a sonoros aspavientos que no necesita, podría poner punto final a conquistas territoriales y a desinteligencias
políticas que hoy hacen de Israel las delicias y las excusas de un antisemitismo de nuevo cuño.
No cabe dirigirle otra petición. {{n}}