Hubo un tiempo en que cierto tipo de encuestas, como el cuestionario
Proust, servían a las revistas y suplementos culturales para dar un
cierto respiro frívolo a sus abigarradas páginas; se le solicitaba a tal o cual
escritor que nos diera su color preferido, el libro que se llevaría a la isla desierta,
las 10 obras (literarias, pictóricas, musicales, cinematográficas) más
importantes del siglo XX o del último invierno, etcétera. Se ponían unas
coordenadas mínimas al gusto de la redacción y después se comparaban
las respuestas en busca de algún sentido colectivo del gusto.

Recuerdo, por ejemplo, las que hace unos 30 años publicaba la revista
Quimera, y las recuerdo sobre todo porque entre los grandes autores del
siglo XX —los Kafka, los Musil, los Proust, los Mann, los Faulkner— aparecía
una y otra vez Djuna Barnes, cuyo nombre no conocía, cuyos libros
no se conseguían y de la que poca gente, al menos en México, había oído
hablar. Ante tanta insistencia conseguí sus libros y pensé que los que la
incluían tenían razón; pero tres décadas después sus libros siguen sin estar
en librerías y tampoco parece ser muy leída. Lo que importa subrayar aquí
no es tanto mi ignorancia —al fin y al cabo un síntoma— sino el objetivo
de las encuestas: jugar un poco con una estadística informal.

En México, y lo he podido comprobar en diferentes publicaciones que
lo han intentado, esas encuestas pierden su condición de juego y se vuelven
cuestión de Estado, solemnes al máximo, como si en ellas les fuera la vida
literaria a los autores mencionados y a los que responden, al grado de que,
para la encuesta que la revista nexos lanzó y cuyos resultados se dieron a
conocer en el anterior número (basada en unas coordenadas muy simples:
geográfica: México; genérica: novela; temporal: 30 años, los que lleva la revista
de existencia) se tuvo que diseñar un mecanismo de plicas y contraplicas
certificadas por notario para darle credibilidad al asunto. Se consiguió:
los resultados son creíbles, pero en lugar de subrayar el aspecto frívolo y
juguetón se resalta la seriedad del asunto sin quitarle superficialidad.

Tratemos de evitarlo: según este “elector” la encuesta no erige un nuevo
canon, no confirma el anterior, no es una opinión inmutable y absoluta,
no condena al olvido a las obras poco o no mencionadas ni garantiza la
inmortalidad al ganador (basta recordar que es una cuestión de opiniones,
no de ideas ni de argumentos). Por ejemplo, la pregunta que más se hace
el lector de la encuesta es claramente un juego: ¿por quién habrá votado
Gabriel García Márquez?

Los resultados están, sin embargo, llenos de sentido. El aniversario de la
revista da el lapso; “escritor mexicano” lo geográfico, un límite manejable
aunque ambiguo (alguien consideró mexicano a Monterroso pero nadie,
supongo, a Mutis —que habría figurado sin duda con La nieve del almirante—
y menos a García Márquez o Fernando Vallejo); y un género de
moda (la novela) orienta la elección de títulos. La pregunta es ¿de quién
representa el gusto una encuesta así, quién se reconoce en ella? Estas notas
son un tejer y destejer sobre una respuesta necesariamente evasiva.

Por un lado, el resultado tiene elementos sorpresivos
bastante sintomáticos, el primero y más
evidente, la caída de un autor, Carlos Fuentes
(nuestro mayor novelista vivo según dirían los
cánones), en el gusto de ese medio crítico que
representan los que respondieron a la encuesta.
Y es que, desde la muerte de Octavio Paz, la
cultura mexicana se ha mostrado intuitivamente
reacia a erigir otro patriarcado. El segundo, y en
cierta forma más importante, es la dispersión:
79 novelas mencionadas, 49 con un solo voto.
La ganadora, 23 votos, Noticias del Imperio de
Fernando del Paso.

Entre ambas cosas hay otras previsibles, como
el importante lugar que, además de Noticias
del Imperio, ocupan Crónica de la intervención
(tercer lugar, ocho votos) o El desfile del amor
(cuarto lugar, siete votos) en el listado. Sorprende,
sí, la unanimidad que concita la primera, ya
que sacó 23 votos y su más cercana perseguidora,
Las batallas en el desierto, sólo 10 (por las mismas
fechas de esta encuesta se hizo otra, con carácter
latinoamericano, en Colombia, y Del Paso ocupó
el tercer puesto, Noticias del Imperio fue la novela
mexicana mejor colocada).

Algo también previsible es el hecho de que los
subgéneros de la narrativa han sido poco atendidos.
El más notorio es el de la novela policiaca
(no figuran ni Taibo II ni Rafael Ramírez Heredia),
desacreditado como género de consumo
popular. No tan previsible fue la poca atención
a obras notables aquí casi ninguneadas (nueva
forma del ninguneo: mencionar una sola vez),
de Galindo, Garibay, Ibargüengoitia, Monterroso,
Leñero, Jesús Gardea (el hecho de que estén
muertos cuenta: no están presentes en el aquí y
ahora de la encuesta), y a otras cuya importancia
parecería mayor (Los cerros azules y Silenciosa
sirena de Jorge López Páez, Tinísima de Elena Poniatowska,
El rastro de Margo Glantz, Andamos
huyendo Lola de Elena Garro). No hubo, como
señala José Joaquín Blanco, afortunadamente,
voto de género.

Lo más notable de la encuesta, si tomamos los
cinco primeros lugares, es la elección en segundo
lugar de Las batallas en el desierto de José Emilio
Pacheco y en cuarto de Elsinore de Salvador Elizondo.
Antes preguntaba a qué gusto representa
esta encuesta: no el mío, desde luego, pero dudo
que el de alguien, ya que representa, como todo
resultado estadístico, un gusto uniformado por
las diferencias. Recuérdese nada más para medir
el poco riesgo que se corre con un gusto colectivo, que fue Pacheco el poeta elegido en primer
lugar en la encuesta de hace dos años de Letras
Libres (cuyas coordenadas eran: poeta, mexicano
y que estuviera vivo).

La elección en cuarto lugar (con siete votos)
de Elsinore, responde a la necesidad de reconocer
a su autor, Salvador Elizondo, recientemente
fallecido y sobre el cual priva un malentendido:
nunca fue un desconocido, siempre tuvo un lugar
de privilegio ante la crítica y fue premiado,
editado y reeditado constantemente (cuántos escritores
pueden presumir de tener varias “obras
completas”, en El Colegio Nacional, en Vuelta,
en el Fondo de Cultura Económica, y la mencionada
Elsinore tuvo recientemente una edición
gratuita de 50 mil ejemplares, para celebrar el
día del libro).

En la elección de ambas obras, la de Pacheco y
la de Elizondo, se privilegia, frente a la voluntad
totalizadora de Noticias del Imperio y Crónica de
la intervención, la precisión de la brevedad, la intensidad
de la falta de ambición o de la ambición
concentrada, digamos que la encuesta reconoce
lo admirable de esa voluntad totalizadora a la vez
que manifiesta su predilección por la narración
breve. Valdría la pena detenerse en el asunto de
la novela breve. Varios de los textos más importantes
de las últimas décadas se han dado en este
terreno —pienso en Salón de belleza de Bellatín,
en La maldita pintura de Manjarrez, Ventriloquia
inalámbrica de Samperio, en La clave morse de
Campbell. Resulta lógico ya que frente a las novelas
totales de la década de los sesenta —cito al
azar: La muerte de Artemio Cruz, Farabeuf, José
Trigo, La obediencia nocturna, Se está haciendo
tarde o, justo en el límite del plazo fijado, Segundo
sueño de Sergio Fernández— se privilegia un
cierto minimalismo.

En el texto que José Joaquín Blanco dedica a
comentar la encuesta y en algunos que han aparecido
posteriormente parece privar la lectura de
la dispersión como el síntoma de una crisis creativa
manifiesta en la ausencia de grandes obras
que unifiquen el criterio. Me gustaría pensar
que la verdad es lo opuesto: se coincide en una
dispersión porque hay mucho de donde elegir y
(subrayo) porque se está harto de las obras indiscutibles,
de los cánones inamovibles. Suponer
que la abundancia va inevitablemente ligada a la
baja de nivel es reflejo mecánico de una ideología
basada en la exclusividad —la república de las
letras vista más bien como una monarquía— y
no toma en cuenta dos elementos obvios: entre
más amplio el menú más difícil elegir, y la circunstancia
temporal de cada obra (no me tomé el trabajo de hacerlo,
pero estoy seguro que una gráfica indicaría que se
privilegiaron obras o bien lejanas, casi en el límite del
marco temporal, y las más recientes, en detrimento de
las intermedias, por reflejos lógicos de su presencia pública.
Un ejemplo: en varias conversaciones con algunos
electores se daba por descontado que Los pasos de López
estaba fuera del plazo fijado por la encuesta).

Los cinco primeros lugares están ocupados por una
misma generación: la de los treinta, mientras que en los
siguientes puestos —los de la dispersión (hay 49 novelas
con un solo voto)— se da una lucha entre dos o tres
generaciones por ocupar los espacios disponibles en el
gusto colectivo. La sorpresa ahí es, sin duda, el buen lugar
que ocupan Daniel Sada, con una novela nada fácil,
Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, en sexto
lugar con seis votos (empatado con La guerra de Galio
de Héctor Aguilar Camín), un autor que no ha tenido ni
la promoción publicitaria ni los premios de otros de su
edad. Enrique Serna recibe el mismo número de votos
(seis), pero repartidos en tres novelas: El seductor de la
patria, Ángeles del abismo y Fruta verde,

Le extensa lista de novelas votadas (79) ¿es una buena
muestra de lo que se ha escrito en tres décadas?
Creo que lo es. Que hay ausencias (muchas) también
es cierto, pero aquí se juega con una baraja que nunca
estará completa, a la que siempre la faltan cartas e
incluso jugadores. Eso lo vuelve un juego mucho más
interesante, ya que las reglas se fijan de manera expresa
para cada jugada y en cierto modo no tiene final,
sólo estaciones, descansos, zonas de aceleración. Ese
lector especializado al que se recurre como elector ¿lo
es de verdad?, ¿cuántos de ellos han leído las 79 novelas
mencionadas? En mi caso desconozco 16 de las
novelas enlistadas, es decir, el 20% y si se tomara como
promedio sería muy alto, aunque forma parte del perfil
de la encuesta.

Quisiera terminar, para abundar en la dispersión,
con un juego al borde del tablero ¿Se podría hacer una
lista de 10 novelas no incluidas en las 79 mencionadas
que, para mi gusto, deberían estar con todo derecho, sin
fijar un orden, y cuyo autor no fuera mencionado por
otra obra en la encuesta? Veamos: Pretexta de Federico
Campbell, Amarilis de Antonio Saravia, La morada en
el tiempo de Esther Seligson, Criatura de un día de Juan
Tovar, El dedo de oro de Guillermo Sheridan, Jardín secreto
de Francisco Tario (escrita antes del lapso mencionado
en la encuesta, pero publicada hasta 1994), Piel
de hormiga de Alejandro Sandoval, Narcedalia Piedrotas
de Ricardo Elizondo Elizondo, Donde deben estar las
catedrales de Severino Salazar y La rueca de Onfalia de
Juan Vicente Melo. Y aquí lo dejamos. n