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“Historiador, viajero, reportero, escritor, todo eso era Kapuściński. Del periodista, redimía la necesidad de búsqueda. Del historiador, el afán de trascendencia”.

A la muerte de Ryszard Kapuściński, que ocurrió el 23 de enero en Varsovia, la prensa internacional se prodigó en reconocimientos tan enfáticos como diversos: “el decano de los corresponsales extranjeros donde quiera que fuera, maestro del reportaje” (The Times de Londres), “maestro de periodistas” (El País de Madrid), “el periodista que contó la historia desde la gente común” (Clarín de Buenos Aires), “maestro de la literatura de hechos” (San Diego Union), “mago del reportaje” (Le Monde de París, citando a John Le Carré), “vagabundo de la historia” (Corriere della Sera en Roma), “el mayor periodista del siglo XX” (El Universal de México).

La prosa directa, la mirada siempre aguda, la capacidad inquisitiva y la intensidad narrativa que les impone a sus relatos, propician que Kapuściński sea considerado maestro de quienes ahora hacen periodismo y de aquellos que aspiran a ejercerlo. Ojalá que la contundencia que a ese autor polaco le permite develar miserias humanas (lo mismo en retratos magistrales de autócratas a los que muestra en la desnudez de sus ambiciones que cuando describe la desesperanzada tristeza de los indigentes) fuera imitada en las redacciones y estudiada en las escuelas de periodismo. Pero ante la indeleble vigencia, la prosa esmerada y los recursos tanto investigativos como narrativos de Kapuściński, podemos preguntarnos si lo que hizo en sus libros más célebres realmente era periodismo o algo más que eso.

Si el periodismo es fundamentalmente la publicación de asuntos novedosos, habrá que reconocer que la excepcionalidad de los libros de Kapuściński no radica en la develación de noticias sino en la descripción de las circunstancias en las que ellas han ocurrido. La decadencia de Haile Selassie en Etiopía y la de Mohammed Reza Pahlevi en Irán, la asfixia que experimentaban las sociedades en las vísperas de la caída del llamado socialismo real, las tensiones entre El Salvador y Honduras, no son descubiertas sino narradas desde una perspectiva personalísima, enterada y comprometida, en El Emperador, El Sha, El Imperio y en el texto que da su título a La Guerra del Futbol. Los qués, quiénes, cuándos y dóndes, ya los conoce el lector antes de sumergirse en esas obras. Lo que Kapuściński aporta es, fundamentalmente, los cómos y por lo general conduce al lector a encontrar los porqués.

El reportero, el escritor

Con frecuencia sus admiradores, para resaltar la densidad y la calidad que en contraste con el periodismo ordinario tienen esos textos, subrayan que son, además, literatura. Pero los linderos entre uno y otra quedan despejados en los libros de Kapuściński. La detallada reproducción de testimonios coloquiales e incluso el estilo intencionalmente pausado con que describe el hastío de la vida diaria en el caluroso desierto africano, o la morosidad de las entumecidas rutinas burocráticas en la premoderna Europa del Este, son frontalmente contradictorias con el modo escueto, centelleante si acaso, que busca el periodismo de noticias rápidas.

Ese periodismo apresurado era el que Kapuściński practicaba para ganarse la vida como corresponsal de la agencia polaca para la que trabajó durante varios años. Si estuvo en Angola, Etiopía, Irán, Centroamérica, Armenia y Siberia entre tantos otros sitios, fue porque iba tras noticias de las cuales daba cuenta en el obligatoriamente escueto lenguaje de los cables informativos. Con tales envíos cumplía el encargo que tenía como periodista. Luego, de las experiencias y recuerdos de los episodios que había cubierto se nutrió el Kapuściński escritor de libros.

Uno no habría sido posible sin el otro. Kapuściński es antes que nada periodista porque gracias a ello está presente en donde ocurren las noticias. Pero la sensibilidad despabilada en ese trabajo, luego queda al servicio de una creación en donde la escritura construye estilos e incluso se toma licencias que el oficio estrictamente periodístico no resistiría.

En 1975 Kapuściński cubre el conflicto armado previo a la independencia de Angola. En viaje hacia el sur del país llega a Benguela, en donde el Movimiento Popular por la Liberación de Angola les asigna como escolta, a él y a otros cuatro periodistas, a una muchacha llamada Carlota. En el libro Un día más con vida dice que aquella mulata, en su uniforme de paracaidista, “tenía un encanto indescriptible y —como nos pareció entonces— una gran belleza”. Sin embargo, semanas más tarde, cuando revisa las fotografías de ese viaje, Kapuściński comprueba que la joven no era tan guapa como había fantaseado. Lo mismo les sucede a los otros periodistas. Cuando les muestra las fotografías de Carlota “las contemplaron en silencio, y creo que todos optamos por respetarlo en aquel momento para evitar decir que su belleza tampoco había sido para tanto”.

La muchacha había muerto pocas horas después de acompañarlos y posiblemente esa circunstancia tan trágica había contribuido para que idealizaran su apariencia. “En aquel instante nos pareció hermosa —se asombra Kapuściński—. ¿Por qué? Porque nuestro estado de ánimo así nos lo dictaba, porque lo necesitábamos, porque así lo queríamos”.

La descripción que hace no sólo de la inasible belleza de aquella joven sino de la circunstancia que ella misma contribuye a crear con su presencia (una mujer valiente en un ejército mayoritariamente de hombres, el contraste entre su risa fresca y el panorama de destrucción que los rodea e incluso la manera absurda como muere) se encuentra entre los recursos que le permiten a Kapuściński articular un relato atrayente y emotivo. Es parte de sus fórmulas de seducción literaria. El hecho mismo de referirse a las trampas que nos impone la memoria cuando se encuentra conmovida por acontecimientos sobrecogedores —y vaya que los hay en los relatos de Kapuściński— es un artilugio narrativo. Pero ¿qué tanto esos deslices de la memoria no modificarán ya no una anécdota aislada sino los hechos fundamentales que Kapuściński narra en sus libros?

Artificios de la memoria

Para articular sus magníficos relatos Kapuściński depende de sus propios recuerdos y de los recuerdos de los demás. No hay diferencia sustancial entre su método de trabajo y el que seguía Heródoto hace dos milenios y medio. Kapuściński se identifica tanto con él que carga por todo el mundo la Historia de aquel escritor griego del cual dice, entusiasmado: “Es un reportero nato: viaja, observa, habla con la gente, escucha sus relatos, para luego apuntar todo lo que ha aprendido o, sencillamente recordarlo”. En Viajes con Heródoto, uno de sus libros fundamentales, nuestro autor polaco ensalza ese método y también apunta su dificultad esencial: “Otra vez estamos ante la sempiterna lucha del hombre con el tiempo, una lucha contra la fragilidad de la memoria, contra su volátil naturaleza, contra su obstinada tendencia a borrarse y desvanecerse”.

Así, por ejemplo, cuando en El Emperador reconstruye la resignada vida palaciega que dominaba en el entorno de Haile Selassie, Kapuściński acude al testimonio de quienes lo rodeaban. Parte del mérito que ha tenido como reportero radica en haber localizado a esos sobrevivientes y antiguos beneficiarios del autoritarismo imperial y haberlos persuadido para que le platiquen cómo era la vida con “Su Más Sublime Majestad”. Luego, el mérito del escritor será rescatar en forma y fondo el relato de aquellos etíopes con una prosa tan cadenciosa que pareciera que los estamos escuchando.

Junto con el ambiente Kapuściński exhibe las relaciones de poder dentro y fuera de la corte imbricadas siempre con intensas pasiones humanas: ambición, interés, docilidad, miedo, entre otras. Pareciera que el narrador polaco hubiera estado allí cuando describe las miradas del Rey de reyes: “el recelo se adivinaba en sus ojos, en cómo miraba a sus súbditos, de tal manera que cada uno de nosotros se encogía, se postraba en tierra…”. Es el testimonio de uno de sus informantes y también la sensibilidad narrativa del autor. Pero si dependemos de la memoria de ambos, la escrupulosidad del reportero —y posiblemente así es siempre que el periodismo va más allá del instante— queda comprometida con la creatividad del escritor.

Kapuściński volvía con frecuencia al tema de la imperfección de los recuerdos. En una conferencia en 1999, recopilada en Los cínicos no sirven para este oficio, aceptaba: “Podemos mentir sin pretenderlo, sólo porque nuestra memoria es limitada o los recuerdos son erróneos, o bien a causa de nuestras emociones”. En Viajes con Heródoto explica que “las personas recuerdan aquello que quieren recordar y no lo que en verdad ha sucedido”. Así que a los relatos de Kapuściński no los evaluamos por la exactitud de su reconstrucción sino por el talento para presentarla con verosimilitud. No hay manipulación sino un esfuerzo para llegar, por vías como la recuperación, la remembranza e incluso la metáfora literarias, al meollo de los hechos a los que ese autor se asoma.

El método Kapuściński busca, después de todo, entender los acontecimientos atendiendo a la manera como los experimenta la gente. En ese mismo libro advierte: “El pasado no existe. Sólo existen sus infinitas interpretaciones”. Más adelante insiste en que como la fuente de informaciones de Heródoto son las personas “que le cuentan los hechos no tal como sucedieron, sino como les hubiera gustado que sucedieran”, la que hace es una reconstrucción selectiva: “No se trata de una historia objetiva, sino de una historia pasada por la criba subjetiva de otros”.

El trasfondo de los hechos

En 1965 Kapuściński llega a Argel en donde acaba de ocurrir un golpe de Estado pero en las calles no encuentra las escenas de violencia y fragor que hubiera esperado. Allí se da cuenta de que “el camino de la búsqueda de imágenes espectaculares, de la ilusión de que es posible escudarse en la imagen para sustituir con ella el intento de penetrar más profundamente en la comprensión de la realidad” no es suficiente. Entonces, sigue refiriendo (en Viajes con Heródoto): “al no poder escribir sobre tanques, coches quemados y escaparates rotos —pues no vi nada de esto—… empecé a buscar el trasfondo y los resortes del golpe, intentando averiguar lo que escondía y qué significaba, para lo cual me puse a hablar con la gente, a observar sus rostros y comportamientos, a escrutar el lugar y, también, a leer; y todo con el fin —en una palabra— de intentar comprender algo”.

Unas docenas de páginas adelante Kapuściński dice que el trabajo de su admirado Heródoto consistía en ver y registrar: “Al fin y al cabo no se había encerrado en archivos a fin de escribir una obra académica —como durante siglos hicieran luego los científicos—, sino que se había propuesto descubrir, conocer y describir la historia in statu nascendi, cómo los hombres la creaban día a día y a qué se debía que a menudo tomase el rumbo contrario al que ellos deseaban y ambicionaban”. Al retratar al caminante griego, Kapuściński se dibuja a sí mismo. Por eso no sorprende cuando declara (En Los cínicos no sirven…): “Yo soy licenciado en historia y ser historiador es mi trabajo”.

Historiador, viajero, reportero, escritor, todo eso era Kapuściński. Del periodista, redimía la necesidad de búsqueda. Del historiador, el afán de trascendencia. “El camino es la fuente, el tesoro, la riqueza. Sólo estando de viaje el reportero se siente él mismo, a sus anchas, se siente en casa” (confiesa en Viajes…). En esos recorridos fue retocando la soberbia que a menudo acomete a los periodistas: “el mundo enseña humildad” dice en el mismo libro. Y en una conversación con periodistas mexicanos recomendaba: “Es importante tener el sentido de no saber. Es una cosa natural en un mundo cada vez más complicado, más nuevo” (Arturo Cano, La Jornada, 24 de enero de 2007).

El periodista experimentado no es aquel que lo conoce todo pero sabe indagar y, sobre todo, preguntar. En la misma charla, instruía: “Estoy contra las entrevistas agresivas. Prefiero que se cree una situación de confianza, quiero escucharlo si él quiere decírmelo”. Quién sabe si Kapuściński fue el periodista más grande del siglo XX. Pero qué distante se encuentra ese recato del arrogante periodismo contemporáneo, plagado de reporteros que extienden sus grabadoras no para averiguar qué dice la gente sino sólo para confirmar certezas que ellos mismos han prefabricado.

 

Raúl Trejo Delarbre