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El entorno internacional del régimen político mexicano entraña grandes retos. La globalización de la política y la economía mundiales vuelve impostergable que la política exterior de México se someta a una seria revisión si se desea cumplir con la expectativa expresa de que nuestro país sobreviva con éxito a la ola de cambios a que el sistema internacional ha estado expuesto desde el fin de la Guerra Fría. Son innumerables los temas de los que ha dependido y dependerá México en esta materia pero, sobre todo, serán muchas las exigencias que este contexto cambiante le planteará a México. No será ocioso, entonces, debatir con amplitud acerca de la naturaleza de la política exterior y sentar las condiciones para que se emprenda una reflexión sobre si ésta debiera proyectarse como una de intereses, de principios, o de una combinación sensata de ambos.

En efecto, se trata de un tema controvertido cuya indefinición necesariamente tendrá que resolverse a través de la ejecución de una profunda reforma del diseño institucional y constitucional; tal reforma del Estado tendrá que concebir, como parte de los arreglos relacionados con el proceso democrático y las reformas, una clara definición sobre el papel que se quiere para México en el ámbito internacional y regional. De esta urgente tarea ya no escapa ningún actor político relevante. Postergarlo más tiempo sería irresponsable y provocaría un daño irreversible a la autoridad del gobierno mexicano frente a sus pares. Es por ello que este debate debe construirse sobre la noción de que el Estado es no una isla enclaustrada, sino un miembro de la sociedad de Estados en donde participa en forma inevitable.

Después de todo, la elaboración de la política exterior es una actividad necesaria del Estado moderno. Como todo en política, una política exterior no es inamovible como no lo es la realidad que circunda las decisiones estratégicas que se toman en defensa de intereses nacionales: constantemente se da el caso de que ésta tiene que modificar sus prioridades programáticas y de fondo en función de los cambios históricos; pensar lo opuesto es ignorar los términos que la cambiante realidad internacional impone. Se trata de sugerir y eventualmente impulsar la elaboración de una estrategia de política internacional, no sólo comprensiva, sino encaminada a cumplir con la tarea que ésta siempre ha tenido en el mundo desarrollado: ejercer una vigilancia constante sobre los cambios permanentes que ocurren en la política mundial.

Estimo que no se puede concebir otra forma de definir una política exterior estratégica, visionaria y de largo plazo, y que a la vez sea resolutiva; es decir, que responda con soluciones concretas a las necesidades que le presentan los acontecimientos mundiales.

En consecuencia, se vuelve imperativo, en primer lugar, proponerse que la nueva política exterior mexicana se recomponga y se le precise, claramente, una diferenciación de la antigua política del régimen autoritario de partido único que perduró en México por más de 70 años. Se trata de un viejo debate sobre las habilidades, méritos y verdaderas posibilidades de una política exterior que ha estado bajo el acecho de una contradicción: el tránsito del autoritarismo, del régimen de partido único, el cual practicó una política exterior de bastiones —algunos más simbólicos que reales— que retrasaron mayormente los propios avances democráticos internos y que incluso anquilosaron las prácticas políticas externas como desprendimiento directo de principios constitucionales en la materia (todos ellos universales), hoy de dudosa vigencia, a una democracia plena en la que se implementen políticas prácticas y prácticas públicas que trasciendan los delirios del México representado por el folklor de una clase política sumida en el pasado primigenio de la política vieja, y en donde el gobierno se empeñe, por el contrario, en sugerir y recrear el México del futuro.

Aunque se insiste en que se trataba de una política exterior consensuada, esto es en sí mismo una gran equivocación en virtud de la falta de evidencia empírica en el sentido de que siquiera algo haya sido decidido en el seno del régimen posrevolucionario como resultado del consenso nacional. El consenso simplemente no existió en política económica, social, educativa, ni en política internacional debido a que las decisiones de Estado estaban basadas en la estructura autoritaria, no democrática del régimen. En consecuencia, los varios factores de decisión en asuntos internacionales respondían a una entendible lógica: el régimen autoritario tenía que lograr su legitimación planteándose derroteros grandilocuentes y desplantes espectaculares que eran respaldados por una amplia alianza con sus pares del entorno cercano con quienes se efectuaba la compra-venta de protección ante la mirada de la comunidad internacional.

Tal era el caso de la relación diplomática que se tuvo por 40 años con la revolución cubana: México y Cuba se mantendrían indiferentes ante su respectiva condición autoritaria, siempre y cuando el primero apoyara el proceso revolucionario cubano y el segundo se abstuviera de fomentar o apoyar la guerrilla en México. El resultado fue que Fidel Castro se consagró como el primer priista latinoamericano fuera de México, y el régimen político mexicano, así como amplios sectores de su clase política, se distinguieron —y aún distinguen— por ser los más castristas fuera de Cuba. Este episodio fue uno de varios que situaron a la política internacional de México, principalmente de los sesenta en adelante, en un nivel de demagogia que atrofió en enorme medida el clima político doméstico con miras a un debate nacional serio en la materia; e impactó negativamente la posibilidad de cualquier acuerdo o consenso interno con respecto a la definición sobre el tipo de conducción de las relaciones internacionales de México. La consulta al respecto simplemente no existió en nuestro país durante la mayor parte del tiempo de esta etapa de su historia moderna.

A la limitante circunstancia anterior se agrega la siempre traumática relación con Estados Unidos quien, por cierto, se aprovechó hábilmente de la naturaleza autoritaria del régimen político de México a fin de imponerle la mayor parte de sus intereses y propósitos; todo lo cual nos muestra hasta dónde la coexistencia entre régimen autoritario y potencia hegemónica redunda y redundó más en beneficio de los intereses de la última y a costa de la debilidad progresiva de la soberanía nacional de México. De esta forma, autoritarismo y neoimperio cohabitaron funcionalmente y con relativa armonía en este periodo. Así, el estado climático de la relación México-Estados Unidos acabó haciéndose presente e impactando el desempeño de México en la escena internacional en forma sistemática. Ocurre que, a la fecha, para México resulta prácticamente imposible dirimir por un lado sus pendientes, arreglar sus diferencias o incluso coincidir felizmente en algunos temas con Washington, y a la vez posicionarse en los grandes temas de la agenda mundial, como por ejemplo el multilateralismo. De forma tal que el “síndrome Washington” ha perseguido nuestra política exterior desde siempre y ha sido un fantasma que nos ha limitado como nación soberana.

En esta misma medida, nuestra cercanía geográfica y los grandes problemas que compartimos con Estados Unidos representan una gran presión tanto para la definición de objetivos como para la elaboración misma de nuestra política exterior, obligándonos indefectiblemente a plantearnos falsos dilemas frente al exterior. Finalmente, la relación que México guarda con la gran potencia, única entre todas las que los países latinoamericanos tienen con Washington, reduce en lugar de diversificar y limita en vez de ampliar las posibilidades mexicanas de tener una política internacional más consistente y congruente con los nuevos tiempos que impone la realidad internacional.

Todo lo cual es, hasta cierto punto, y en algunos temas más polémicamente que en otros, la expectativa de algunos sectores de mexicanos, quienes esperarían que nuestra política exterior se enfocara a la defensa de intereses relacionados con el desarrollo nacional y que en este esfuerzo los poderes públicos y diversos sectores de opinión fueran acompañantes más que adversarios.

En todo caso, la política exterior del nuevo siglo mexicano responde ya a necesidades políticas y sociales diferentes; el desafío radica en que se tiene que buscar trascender el círculo perverso descrito que limitaba al régimen, tanto por su carácter autoritario, como por su dependencia asimétrica, por no decir también traumática y esquizofrénica, de la gran potencia. De haber estado atrapada entre el régimen cerrado y la política neoimperial, hoy en día las circunstancias han cambiado para la política exterior mexicana: el ensanchamiento de la política mundial y la tierna condición democrática de México, en donde la alternancia es ya una realidad, nos impone la necesidad de explorar vías alternativas para ejecutar una política exterior que sea eficiente y encaminada a perfilar a un gobierno que se haga oír y sentir, y asumir el liderazgo que desea, sin falsas disyuntivas, en el concierto mundial y regional. Y también evitarse la continua molestia que supone el desdibujamiento que sufrió su política internacional al no percatarse a tiempo los varios actores involucrados, de la favorable coyuntura cambiante que le daba la transición democrática, que a su vez le ofrecía la gran oportunidad de encaminar, con base en un amplio debate nacional, la construcción de los fundamentos de una nueva política exterior.

Las relaciones entre Estados ha sido una constante de la historia mundial moderna. Éstos son independientes de cada uno y aunque son soberanos no están aislados entre sí; son todo menos islas enclaustradas, como ya se dijo. Al contrario, son copartícipes de un ordenamiento específico y se afectan con sus acciones mutuamente. Por lo tanto, deben encontrar formas de coexistencia y de trato entre ellos. En este encuentro con su quehacer en el seno de la comunidad internacional, el Estado se debe proponer un crecimiento progresivo propio por medio de la inserción en el balance internacional y regional, definiendo claramente el espectro de intereses específicos a los que se debe. Así entonces, modernizar la visión del mundo en que vivimos requerirá de la ejecución de una política internacional que cumpla con los objetivos que históricamente todo Estado moderno ha buscado, fundamentalmente en función de su mejor interés nacional. En este sentido, existen al menos cinco valores fundamentales que el Estado mexicano, como cualquier Estado, tiene como prioridad afianzar para lograr un ejercicio sistemático y no accidentado de la protección de sus intereses y su soberanía: seguridad, libertad, orden, justicia y bienestar.

Con respecto al primer valor, destaca que los Estados son tanto el origen como la solución del problema de la seguridad. En primer lugar, porque la existencia de la independencia nacional entraña el desafío mayor para la preservación de la seguridad. De esta forma, el Estado tiene el poder de defender, así como de atentar contra la seguridad de los pueblos. Esto es lo que se llama “el dilema de la seguridad”. Con relación al tema de la libertad, se entiende que éste es un valor fundamental en la búsqueda del cambio progresivo. No hay libertad individual sin libertad nacional, y este objetivo se logra idealmente en el marco de un sistema de paz generalizada. En este marco, se asume que las relaciones internacionales pueden ser mejor caracterizadas como un mundo en que los Estados cooperan entre sí para preservar la paz y la libertad. El tercero y el cuarto valores son bienes intrínsecos al régimen democrático. Tanto el orden internacional como la legalidad internacional, incluyendo el respeto a los derechos humanos, son principios sobre los cuales los Estados conviven y se obligan a comprometerse como dos de los valores fundamentales en las relaciones internacionales y los únicos que garantizan la preservación del sistema internacional. Por último, el aspecto del bienestar económico de la población es vital para el Estado. En un ambiente internacional de interdependencia económica, la expectativa social de que sus gobiernos satisfagan niveles altos de empleo, inflación baja, inversión estable y desarrollo comercial, depende hoy más que nunca de la manera en como los Estados respondan al ambiente económico internacional para fortalecer o al menos defender los estándares de bienestar existentes.

Así como es cierto que el paradigma de Wolfers postula un escenario en el que los actores del sistema internacional están satisfechos con su condición dentro de él y que por lo tanto se concentran en asuntos internos, vale la pena postular que las contingencias internacionales nos obligan a asumir con cierta precaución y pragmatismo las circunstancias que pueden provocar cambios de fondo en esta condición de armonía utópica y, en consecuencia, en el cumplimiento de los valores básicos de la convivencia entre los Estados y sociedades de la comunidad global y regional. Ciertamente, el escenario de la convivencia armónica es ideal; no obstante, las realidades que impone la globalización en varios casos devienen en disputas o conflictos regionales o mundiales que provocan que el Estado distraiga sus energías y su atención del ámbito interno.

El entorno mundial en el que México se mueve y los propósitos explícitos que el gobierno del presidente Calderón se ha planteado para dinamizar la política internacional mexicana, todo lo cual incluye encarar nuevos retos y buscar nuevos interlocutores, encerrará varias disyuntivas. Sin embargo, se trata de un momento en el que el gobierno habrá de prepararse para que los valores prioritarios del Estado en política internacional, que en sí mismos son de la más alta importancia para el desarrollo interno, sean la base consistente del acuerdo nacional para encauzar la defensa de los intereses nacionales en el exterior. Este será el reto que tendrá el Estado mexicano a fin de atinar su inserción moderna en el concierto mundial del nuevo siglo. Para lo cual se tendrán que salvar tanto la indiferencia complaciente, los arranques de nostalgia o el triunfalismo demagógico de otras épocas. n

El autor agradece el apoyo en el desarrollo de este trabajo a Bernadette Vega Sánchez.