Después de dar a luz su saga personal en torno a los primeros cinco lustros de su vida (Un relato de amor y penumbra), Amos Oz retorna al ensayo en tres textos que se publicaron en mayo último en inglés y en hebreo.* Uno de ellos ya fue vertido al castellano y publicado en las páginas de nexos (noviembre 2005) en la precisa y preciosa versión de Gabriel Jiménez. Los escritos presentan líneas convergentes: la singularidad histórica y ética del Holocausto y su gravitación real y mitológica en la trayectoria del Estado de Israel; las ambivalentes relaciones entre israelíes y alemanes desde la Segunda Guerra; y el peso de estas circunstancias en las conflictivas constelaciones del Medio Oriente. Aparte de estos temas, a Oz le seduce de manera particular la indagación de las dimensiones subterráneas, inconfesadas, que subyacen en el imaginario colectivo y de qué manera se traducen en la relación con el Otro. En este contexto y como intelectual judío e israelí, Oz desafía opiniones y posturas sacralizadas dirigidas a justificar razones y desvaríos del Estado del cual es alerta y crítico ciudadano.

Pero no se detiene aquí: sus reflexiones tienen amplias resonancias; involucran a personas y colectividades que protagonizan en la modernidad algún género de inequidad y violencia. Son pertinentes no sólo para comprender las relaciones contrapuestas —atracción y odio, identificación y venganza— entre judíos y alemanes, por un lado, y entre israelíes y palestinos, por otro. Gravitan en otros escenarios montados sobre la relación víctima-victimario, amo-esclavo, que se manifiestan con aviesa crueldad, particularmente en los colonialismos imperiales e internos, desde África a América Latina.

Alemania o la metamorfosis del odio

Los textos aluden a la evolución de las actitudes personales de Oz, nacido y formado en Jerusalén en un ambiente de estrecho nacionalismo (sus padres dominaban más de diez idiomas pero insistieron en enseñarle sólo hebreo para garantizar su excluyente lealtad a la cultura israelí), donde las estridencias de las monstruosidades nazis en Europa eran el ácido diálogo —y los silencios espesos— de todos los días. Desde entonces hasta los años ochenta —confiesa el escritor— Alemania como palabra y como realidad representaba el Mal. Su odio a Alemania reconocía una excepción: los libros que vieron luz antes de la irrupción hitleriana y, más tarde, desde los cincuenta, cuando escritores alemanes empezaron a liberarse de la demencia de los padres.

Esta hostilidad comenzó a quebrarse en los ochenta. La llegada de miles de jóvenes alemanes a Israel a fin de compartir vivencias y esfuerzos con sus habitantes mudó la índole de las actitudes respecto de Alemania como país y cultura. Desde luego, la ayuda financiera, tecnológica, militar y diplomática ofrecida por Bonn se sumó a este feliz diluvio de la juventud alemana. El odio a Berlín cedió paso al recuerdo de Weimar. Amos Oz se atreve entonces a concretar el deseo —oscuro y agazapado desde la infancia— de viajar a ese espacio que sus padres amaron y odiaron simultáneamente. Al descender del avión —relata— “me sonrió un día primaveral, precioso y limpio y, más tarde, me aventuré en las calles de Frankfurt, entre muchachas bellas y adolescentes alegres paseando en jeans, en medio de olores embriagantes originados en panaderías, en las flores, en los cafés. No encontré diferencia alguna respecto de los rincones afiebrados de Manhattan, Londres o Tel Aviv” (p. 28). Oz descubre al Otro y a la otredad, y se sorprende de su intrínseca y ordinaria humanidad. Satán —si existe— estaría en otro lugar. Pero la cicatriz no es perfecta: en las noches alemanas se le escapa el sueño. Pesadillas lo asaltan. El memorial del Holocausto se reaviva. Sólo el somnífero le ayuda a resistir el pánico y la rabia.

Oz transita de este modo del odio absoluto a Alemania a un reconocimiento revelador aunque mesurado. Y enhebra preguntas dirigidas a comprender y a comprenderse, a reestimar la responsabilidad y la culpa de los hijos por las iniquidades fraguadas por sus progenitores (con esta reserva: ”me abstengo de dialogar con cualquier alemán que cuente más de ochenta años”).

Preguntas que a la vez abrazan a las trágicas realidades del Medio Oriente. Oz procura quitarse el ropaje de cualquier hipócrita santidad. Y se interroga: ¿Qué actitud asumiría si caprichosas circunstancias lo hubieran inserto como un adolescente inquieto en las vísperas del ascenso de Hitler al poder? ¿Acaso es absolutamente seguro que algún instinto humanista o un espíritu opositor lo habría conducido a combatir tenazmente este viraje, o, por el contrario, lo habría saludado con entusiasmo como hicieran amplias porciones del pueblo alemán? ¿Habría abrazado el odio al judío? Y como entusiasta efectivo de la SS o de la Luftwaffe, ¿no habría participado en la “solución final” y en el asesinato masivo de polacos, rusos, gitanos, homosexuales y minusválidos?

Esta temible pregunta desconcierta a Oz; lo constriñe a confesarse. Colocado en aquellas circunstancias tal vez habría cedido a oscuros apetitos. Poseen en verdad una satánica racionalidad. Mitigan la libertad de escoger y confunden los límites de la ética y del pecado. Ciertamente, Oz rechaza sin reservas la postura elegida por la mayoría de la juventud alemana en los treinta, pero procura imaginarla, entenderla. Reconoce que la preside otra lógica, otra sintaxis, y en cuanto tal no es la absoluta demencia.

La actitud judía e israelí respecto de Alemania nunca será ordinaria o “normal”. Un sangriento e irreparable memorial la modela. Sin embargo, el escritor concede a los alemanes el pleno derecho —y acaso la obligación— de censurar las medidas gubernamentales de Israel toda vez que lo juzguen necesario. Sólo adelanta esta expectativa: la de intervenir a favor de su país si algún enemigo se dispusiera a borrarla con armas no convencionales (p. 42).

De Alemania al Medio Oriente

Este acto de identificación mesurada —suerte de “contra-transferencia” analítica— con el Otro y la otredad lo conduce de Alemania al Medio Oriente. Oz capta el oscuro mecanismo de la víctima merced al cual, cuando la oportunidad lo favorece, se transforma en victimario. Esta percepción de los tenebrosos resortes del alma humana fortalece sus actitudes adversas al nacionalismo radical y teológico que habría presidido la acción estatal israelí en diversos periodos. Nacionalismo que politiza a Dios y legitima la violencia. Juzga Oz que en el prolongado duelo entre judíos y palestinos ningún bando posee la razón absoluta. No es un conflicto: es una tragedia. Ambas partes sostienen aspiraciones genuinas. El diálogo “de estas dos familias infelices” es, por consiguiente, necesario, inevitable. Israel, como entidad dominante y madura, debe alimentarlo continuamente; hacer concesiones; aceptar que la crueldad del Otro es comprensible. Comprensión que no implica exonerar o amar.

¿Cuáles deben ser las reservas y los límites de esta comprensión? Responde Oz: conceder a los palestinos la opción de asumir la responsabilidad por su propia libertad, permitirles los riesgos de la madurez y del error, acordar con ellos un entendimiento que abra cauces a un olvido parcial, deliberado, de las heridas mutuamente infligidas.

La singularidad del Holocausto

El dramático viraje respecto a la presencia alemana y sus expresiones en una comprensión más afinada de la índole del conflicto israelí-palestino se deriva del replanteo que Oz propone en torno a la singularidad del Holocausto.

Ciertamente, el escritor es consciente de la tendencia de algunos historiadores y de caudalosas corrientes antisemitas que coinciden en negar la verificación y la esencia del Holocausto, como si fuera una fantástica invención de los judíos. Por cierto, esta postura gana terreno cuando se multiplican las censuras a decisiones gubernamentales de Israel que lesionan las justas aspiraciones palestinas, o bien cuando Israel invoca a la masacre del judaísmo europeo perpetrada por los alemanes —con la indirecta complicidad de los Aliados— a fin de legitimar sus abusos en contra de estas aspiraciones. Oz opone reservas al carácter único del Holocausto. No es el Mal absoluto ni mucho menos un designio de Dios dirigido a castigar a los sionistas descarriados, como postulan grupos religiosos que aguardan al Mesías. El Holocausto constituye un asesinato colectivo, dirigido contra los judíos y el judaísmo que representaban para sus perpetradores la bajeza humana. Es un acto singular en este contexto. Sin embargo, no cabe ignorar que armenios, rusos, sudaneses, serbios y guatemaltecos (y muchos más) han padecido formas del genocidio a través del fusil, la tortura o la miseria.

Esta relativización del genocidio en contra de los judíos llevado a cabo por los nazis le permite a Oz emanciparse de un odioso etnocentrismo. Individuos y colectividades son capaces —sin excepción— de cometer las peores injurias. La lúcida comprensión de esta primaria tendencia puede ayudar a ejercer autocontroles que desarman esta universal tentación al Mal.

Cabe advertir que las reservas a la particularidad esencial del Holocausto a fin de moderar el etnocentrismo judío e israelí no excluyen radicalmente su singularidad en dos contextos. El primero: la historia de los judíos no registra ninguna persecución o masacre comparables a la consumada por los nazis antes y durante la Segunda Guerra; y el segundo: los cálculos y argumentos que respaldaron la “solución final” (la eliminación física de cualquier persona alimentada por gotas de “sangre judía”) y la industrialización del asesinato que trajo consigo no tienen paralelo, al menos hasta aquí.

Estas reservas no impugnan la tesis cardinal de Oz: los judíos padecieron el Mal instrumentalizado por los nazis; pero como víctimas habitadas por el dolor y el odio podrían transitar a victimarios en las tensas constelaciones del Medio Oriente. Es necesario anticipar, comprender y resistir esta oscura dialéctica. Imaginar al Otro es un primer paso en esta dirección; el segundo es asumir la responsabilidad por cualquier injuria cometida y renunciar al exacto alcance (la exactitud absoluta es prenda de Dios o de Satán) de todas las aspiraciones; el tercero es conceder al Otro los espacios que precisa a fin de que escoja a su antojo las opciones que le parezcan viables o preferibles.

Oz no anticipa ni propugna modalidades de cooperación entre israelíes y palestinos. Hoy son improbables, particularmente en los fuegos cruzados del Líbano. Cabe entonces una negociada separación a fin de que las partes eludan la maligna dialéctica verdugo-víctima. Ambas precisan repararse y reparirse.

Dios y Satán: Un imprevisible ajedrez

El tercer ensayo de Amos Oz (ya vertido al castellano como se indicó en la partida) reformula estas ideas desde una perspectiva más literaria que biográfica. Satán está presente en el mundo y muy cercano —aunque en tenso diálogo— a Dios. Premisa con que arranca el libro de Job y que Goethe habrá de reproducir en el Fausto. Satán habita en todos, es ubicuo. Cuando lo considera oportuno, agrede; pero depende de nosotros resistirle. No es capaz de menguar nuestro libre albedrío. Ni nuestra conciencia. Observa Oz que el Mal prodiga un dolor inconfundible, y todo niño sabe lo que es el dolor.

Por tanto, cada vez que de modo deliberado infligimos un dolor al otro, sabemos lo que estamos haciendo. Y el saber debe conjugarse con la responsabilidad.

Oz sostiene que la presencia de Satán reconoce altibajos. Argumenta que “las ciencias sociales modernas fueron el gran intento de sacar tanto al bien como al mal del escenario humano” (pp.18 y 69). Auspiciaron un absoluto determinismo. En consecuencia, el Diablo se quedó provisionalmente sin empleo. La psicología, la sociología, la antropología, y la economía… habrían esterilizado la responsabilidad por el Mal. En esta perspectiva, “no somos más que marionetas de nuestro propio subconsciente” (p. 69).

Al señalar a las ciencias sociales como responsables por el desempleo transitorio del Diablo, Oz parece identificarse con algunas corrientes que anuncian con desmesurado pesimismo “la muerte del sujeto”. Tesis que implica que fuerzas ajenas a la conciencia —biológicas, sociales, genéticas, históricas— lo condicionan. El libre albedrío es en este libreto una fantasía. Es necesaria para justificar el castigo. Pero en rigor, es vaporosa imaginación. Y si no somos responsables (es decir: no respondemos) por nada y por nadie, ¿de qué se nos acusa?

Oz soslaya en este contexto importantes corrientes de la sociología y de la psicología contemporáneas que impugnan la tesis de que el hombre está absolutamente determinado por estructuras externas o que constituye un ciego rehén de las pulsiones del subconsciente. Estas fuerzas gravitan mas no determinan. En este contexto cabe recordar a la hermenéutica que toma cuerpo con Max Weber y se despliega con amplitud con Gadamer. Y en la psicología moderna hay que señalar los aportes de los “intersubjetivistas” (Ferenczi, Winnicot, Mitchell) que ponen acento en los espacios de libertad que el contrapunto sujeto-objeto, analista-paciente, es capaz de gestar. Así, el “sujeto” no ha muerto ni Satán ha perdido el empleo. Por el contrario, la condición humana cuenta con amplios grados de latitud y elección, y paradójicamente éstos se acrecientan cuando se percibe con claridad la presencia diabólica.

Con el fin de ilustrar que en verdad no estamos sobredeterminados por las circunstancias e ineluctablemente inclinados al Mal, Oz se vale de una metáfora que da nombre al libro: toda criatura humana habita los pliegues de un volcán que amenaza sublevarse sin aviso previo. Se tiende a suponer que todos los habitantes que habitan el pie del volcán conocen dificultades para conciliar el sueño debido al previsible despertar de la lava. Pero no es así.

Algunos temen, ciertamente, los caprichos del volcán, pero la gran mayoría reprime o proyecta el miedo transformándolo en delirio sensual, en trajines rutinarios, o en sueños arrogantes. Represión y proyecciones que nos facilitan continuar viviendo como si el volcán y su probable estallido fueran criaturas de la imaginación. Así, lo real se diluye y las fantasías perversamente se concretan.

Oz se vale de esta metáfora para describir la condición del judío-israelí: se afana, sueña, se divierte, crea y muere sin advertir la cercanía del volcán que él mismo ha gestado. La concentración vital y creativa de los judíos en Israel es uno de los hechos apasionantes del siglo XX; pero también puede constituir una trampa, particularmente en un contexto de armas no convencionales y en un espacio —aquí cabe el acento— donde los perseguidos se tornan perseguidores.

Esta metáfora tiene validez universal para Oz: todos los hombres se apretujan en las gradas del volcán. Todos temen su solapada locura. Y sin embargo, el miedo compartido no ilumina solidaridades. Por el contrario, lo reprimimos y lo transformamos en odiosos enjuiciamientos al vecino y al cercano. Al Otro. Propiciar lúcidamente esta perspectiva es función del intelectual. El volcán —como el pasado— nos pertenece, pero no estamos obligados a someternos ni a sus caprichos ni a sus guiones. n