La antigua Grecia es la cuna del pensamiento sistemático sobre el bien y el mal. El primero en denominar “ética” dichos cuestionamientos fue Aristóteles, quien se refería a estos asuntos como “cuestiones sobre el ethos”, esto es, sobre el carácter. Pero fueron esas mismas cuestiones las que mantuvieron en vilo el pensamiento de Platón, y muchos de esos tópicos se encontraban perfilados ya en el pensamiento de Heráclito de Efeso. A partir de Grecia, durante más de dos milenios la filosofía ha planteado las mismas preguntas éticas fundamentales y ha propuesto las más diversas soluciones. Pero si queremos tener una comprensión más completa de lo que son la ética y la bioética, debemos detenernos en los significados que estos vocablos han tenido a lo largo de su devenir.

Desde hace dos mil 400 años el concepto de “ética” ha cambiado, pero ya Platón, en el diálogo Critón insistía en tres aspectos que conforman la ética y que deben estar presentes cuando se hace ética: 1) para que hablemos de ética es necesario deliberar las cuestiones por medio de la razón y no de sentimientos, 2) la ética implica pensar por cuenta propia sin hacer caso de lo que diga la mayoría, y 3) la ética requiere que asumamos un cometido fundamental: no ser nunca injustos. Sin embargo, aunque estos tres requerimientos continúan vigentes, podemos tener una comprensión más profunda de lo que la ética es a partir de la recuperación que Heidegger lleva a cabo del significado homérico y prefilosófico de eethos.1

En los textos homéricos -la Ilíada y la Odisea- el vocablo eethos significa la “guarida” de los animales; es el lugar en donde el animal se salva de las inclemencias del tiempo o de sus predadores. El eethos-guarida es el hábitat más propio del animal, en donde éste se siente más seguro. Retengamos ese sentido de la palabra eethos, el más viejo, el más originario, y prosigamos el recorrido histórico.

Con el tiempo, el sentido de la palabra eethos cambió y se comenzó a usar la palabra ethos2 con una sola vocal simple. Esto sucede después de la escritura de los textos homéricos, y ese momento responde a un cambio en el significado: ya no significará “guarida o hábitat”, sino “costumbre o hábito”. Y el que insista en introducir una familia de palabras no es cuestión baladí: hábitat y hábito (al igual que sus predecesoras eethos y ethos) son palabras que pertenecen a una familia de significados, y cuando se nos presenta una familia de significados tenemos que estar atentos, pues las relaciones entre las palabras nos hablan de relaciones entre los hechos.

Aristóteles nos cuenta cómo finalmente esta palabra, ethos, que quería decir costumbre o hábito, con el tiempo volvió a cambiar. Se flexionó nuevamente la vocal, se volvió a escribir con vocal doble, pero no regresó al significado originario de “guarida”, sino que comenzó a significar “carácter”. Este cambio nos indica, según Aristóteles, que el carácter tiene de hecho algo que ver con el hábito o costumbre: que el carácter se adquiere o se conquista por medio del hábito o, para decirlo con palabras de hoy, por medio de la disciplina. De hecho, podemos decir que el carácter moral se adquiere, sin darse cuenta a veces, por medio de las costumbres, y el carácter ético se conquista, con muchos esfuerzos, por medio de las costumbres. Pero entre el eethos como carácter y el ethos como costumbre, existe una relación que explica el parentesco lingüístico.

Pero la familia de términos que hemos mencionado alude a tres significados: guarida, costumbre y carácter. Y por ello, en algún sentido, seguramente la ética puede ser para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, una guarida, una costumbre o un carácter.
Si el significado de eethos-guarida resuena en la ética de hoy, deberemos preguntarnos de quién o de qué nos salvamos en la ética. Y en ella nos salvamos en más de un sentido. Primeramente, la ética nos salva de la corrupción del alma. Sócrates, el padre de la ética, enseñó con su muerte que es peor cometer el mal que recibirlo: el verdadero mal es aquel que nosotros hacemos, no el que se hace contra nuestra.

Porque el mal que nosotros hacemos daña nuestra psique, que para Sócrates es la verdadera identidad del ser humano;3 es lo que somos: por eso es peor dañar que ser dañado.

Pero también la ética es guarida por salvarnos de las inclemencias de la moral. Nacemos en una sociedad con una moral que nosotros no elegimos. Hay otros que la han elegido, y vivimos la vida con una mirada prestada, tomada de otros; valoramos como “uno” valora, pensamos como “uno” piensa, y vivimos como “uno” vive…,4 la ética nos salva de ser “uno” más del montón y nos lleva a pensar por cuenta propia, para seguir normas propias: la ética nos salva de la moral. Es necesario estar dispuestos a ser inmorales, si se quiere ser ético. Sócrates fue un inmoral; por eso lo condenaron a muerte; no es raro encontrar individuos éticamente auténticos, que sean inmorales para la sociedad, pero lo más usual es encontrar aquellos que siendo moralmente “buenos” son personas sin ninguna ética personal, que siguen ciertas normas “por encima” sólo para cubrir el expediente.

Resumiendo, a través de nuestras costumbres podemos llegar a crearnos un cierto carácter que acaso pueda salvarnos del mal: eso pretende hacer la ética. Porque ethos como carácter, lo tiene cualquiera, pues cualquiera se acostumbra a ciertos hábitos a lo largo de su vida: el quid del asunto radica en si ese ethos es libre y conscientemente adquirido, si implicó un pensar por cuenta propia o si simplemente el individuo se ha dejado moldear por costumbres que ha seguido sin cuestionarse, por costumbres que estableció la mayoría. La ética así entendida se refiere a la reflexión o a la acción que se lleva a cabo pensando por cuenta propia, razonando y cuidando de nunca dañar a nadie.

En ese sentido, si la bioética se deriva de la ética, tendría que partir de lo anterior. Por ello no se trata de que la ética tenga que hacerse a un lado para dar paso a la nueva ética, que sería algo así como su sucesora: la bioética. Obviamente esto no es así, ya que ambas disciplinas tienen su razón de ser. La bioética es una disciplina que desde sus orígenes, hace poco más de 30 años, hasta la fecha, ha cambiado su significado y su contenido casi con cada autor que se ha ocupado de ella. Distintas disciplinas e instituciones académicas, profesionales y hasta políticas consideran a la bioética como uno de sus legítimos compartimientos: la biología, desde luego, pero también la ecología, la medicina, las ciencias del mar, la filosofía, la sociología, las ciencias políticas, el derecho y la antropología.

En el ámbito nacional la bioética es incumbencia de la SSA, la Semarnat, la SAG y la SERN; existe una Comisión Nacional de Bioética (órgano oficial de la SSA), una Academia Nacional de Bioética, un Consejo Nacional de Bioética patrocinado por el Vaticano, y un Colegio de Bioética, A. C. En el ámbito internacional, la UNESCO ha nombrado una Comisión Internacional de Bioética encargada de generar un documento cuyo título provisional es Declaración de las Normas Universales de Bioética (o Declaración Universal de las Normas de Bioética), que en los últimos dos años ya se ha reunido cinco veces en distintos países (la última en México, en noviembre de 2004), y que ha adelantado mucho en sus trabajos. Pero lo que interesa subrayar es que el término bioética (y el concepto, incluyendo sus contenidos) no quiere decir lo mismo para distintos grupos, por lo que hoy su significado es ambiguo.

A continuación nos referiremos a dos puntos concretos en relación con la bioética: el origen y la evolución del término y del concepto de bioética y la situación de la bioética hoy, procurando llegar con ello a una definición de la misma y una demarcación de su contenido. El primer punto es histórico y principalmente anecdótico, mientras que el segundo es propositivo y pretende ser racional y objetivo. Por lo tanto, excluye cualquier referencia a normas éticas trascendentales y a principios religiosos o dogmas autoritarios. El discurso pretende ser relevante a todo el público y por lo tanto es secular, como corresponde a una sociedad plural, en la que se respetan todas las creencias y se rechaza la imposición de cualquiera de ellas sobre las demás.

Origen y evolución del término y del concepto de bioética

En 1970, en un artículo publicado con el nombre de Bioética, la ciencia de la supervivencia, Potter escribió:

“La humanidad necesita urgentemente una nueva sabiduría que le proporcione el “conocimiento de cómo usar el conocimiento” para la sobrevida del hombre y la mejoría de su calidad de vida. Este concepto de la sabiduría como guía para actuar -el conocimiento de cómo usar el conocimiento para el bien social- podría llamarse “la ciencia de la supervivencia”, y sería un prerrequisito para mejorar la calidad de la vida.

Yo postulo que la ciencia de la supervivencia debe cimentarse en la biología, ampliada más allá de sus límites tradicionales para incluir los elementos más esenciales de las ciencias sociales y de las humanidades, con énfasis en la filosofía en sentido estricto, o sea en el ‘amor a la sabiduría’. La ciencia de la supervivencia debe ser más que una ciencia, y para ella propongo el término ‘bioética’ con objeto de subrayar los dos ingredientes más importantes para alcanzar la nueva sabiduría que necesitamos tan desesperadamente: el conocimiento biológico y los valores humanos”.

En el mismo artículo, dicho autor también propone que el destino del mundo descansa en la integración de conocimientos provenientes de muy diversas áreas tanto como en su difusión: de esa síntesis de conocimientos Potter esperaba un nuevo tipo de académico y funcionario que dominaría el área de la bioética. Van Rensselaer Potter, bioquímico norteamericano que trabajaba en el Laboratorio McArdle de la Facultad de Medicina de la Universidad de Wisconsin, plasmó todas estas ideas en su famoso libro: Bioethics: Bridge to the Future publicado en 1971.

Potter denuncia que el avance del conocimiento científico y su aplicación rebasaron la sabiduría necesaria para garantizar la supervivencia de nuestro planeta y de nosotros mismos. Ya era urgente el matrimonio entre la ciencia y la ética, para generar a la bioética. Se trata de un híbrido producido por el cruce de dos disciplinas casi genéticamente incompatibles: la biología y la filosofía. Pero la bioética surgió gracias al casi de la frase anterior, a pesar de (o quizá apoyada por) su abuelo Aristóteles y su tío político Kant. Del pensamiento aristotélico Potter recupera la diferencia entre phronesis, que significa “sabiduría filosófica” y se refiere a las cosas que podrían ser de otro modo, y por lo tanto son aquellas en las que se puede decidir de distintas maneras, y sophia, que es la “sabiduría práctica” y abarca la comprensión científica y racional de las cosas más elevadas o de estatura superior, que para Aristóteles son las realidades metafísicas.

Pero Potter, en lugar de asignar la bioética a la phronesis, se inclina por la sophia porque en su opinión es precisamente la biología, y no la metafísica, la ciencia que estudia las cosas más elevadas y de estatura superior, y de la que con mayores y más profundos conocimientos se podrá alcanzar la visión de las cosas como realmente son, y de ahí derivar la sabiduría para saber cómo actuar, cómo modificar nuestro comportamiento para adaptarnos mejor a nuestro entorno natural y sobrevivir. O sea que Potter piensa que conforme avance la ciencia se crecerá en sabiduría y de ella se podrán derivar las reglas de la nueva ética, del comportamiento que conduzca a la supervivencia y no a la extinción, o sea a la bioética.

Lo que es peligroso no es el conocimiento científico sino la ignorancia, lo que desvía nuestras acciones y con frecuencia tiene resultados negativos para la naturaleza y efectos nocivos contra nosotros mismos es lo que todavía no sabemos (y con frecuencia creemos saber) sobre la realidad, tanto del mundo en que vivimos como de nuestra propia biología. Para Potter, pues, la bioética es la ética basada en el conocimiento biológico y dirigida a la supervivencia.

Naturalmente, Potter no fue el primero en proponer que los valores morales tienen un origen humano y no divino, ni tampoco que la ética del comportamiento deba derivarse del conocimiento biológico y no de la filosofía. De hecho, desde la misma filosofía Friedrich Nietzsche había insistido en que los valores morales son creaciones humanas, que nada tienen que ver con lo divino. Y en el ámbito científico, más recientemente podemos hablar de al menos dos episodios internacionales de este tipo de controversias, uno generado por el espléndido libro de Jacques Monod, titulado El azar y la necesidad, que apareció en 1964, y el otro por el concepto de Sociobiología, de Edward O. Wilson, en 1975. Ambos escándalos consumieron muchos kilos de papel impreso, muchas horas de lectura y de discusión, y contribuyeron en forma importante a preparar el terreno para el debate sobre la bioética.

Como uno de muchos ejemplos se puede citar el volumen editado en 1978 por Gunther S. Stent, con el título de Moralidad como un fenómeno biológico. Las presunciones de la investigación sociobiológica, resultado de un simposio en el que participaron 25 expertos de Francia, Alemania, Inglaterra, Suiza y Estados Unidos, en el que se concluye que si bien la moral humana trasciende la meta biológica de la supervivencia a través de la mejor adaptación lograda por medio de la selección natural, el conocimiento biológico puede contribuir al importante problema de los orígenes ontogénico y filogénico de la capacidad humana para el comportamiento moral (incidentalmente, en este libro todavía no se menciona la palabra bioética).

Los primeros en presentar objeciones a las ideas de Potter fueron, naturalmente, los filósofos. El autor de la entrada “Bioethics”, en la primera edición de la Enciclopedia de Bioética, publicada en 1978, David Clouser, dice que “es extraño llamar ética a la ciencia aplicada”. La ciencia nos ayuda a mejorar la calidad de la vida, pero no a formular metas: la ciencia proporciona los medios, pero no tiene nada que ver con los fines, con los deberes y los derechos del ser humano. La ética es una rama de la filosofía, restringida a definir derechos y obligaciones, derivadas de principios absolutos o de reglas prescritas o consecuentes, pero es ajena e independiente de la biología. Otros filósofos no fueron tan intransigentes y en lugar de rechazar a Potter lo admitieron tibiamente.

Podemos asegurar que faltó un auténtico diálogo entre los filósofos y los científicos. Los científicos consideraban que la filosofía, desde “su elevada mansión”, había admitido a la bioética en las habitaciones de los sirvientes, considerándola no como una ética nueva y diferente, sino como la ética clásica vista “a través de otros anteojos”, lo que podía resultar en la búsqueda de una ética de la responsabilidad y de los valores significativos en la ecología humana. No de balde en 1973, Toulmin señaló: “La medicina ha salvado la vida de la bioética”; en la segunda mitad del siglo XX muchos de los principales problemas éticos de la humanidad eran médicos, lo que le había dado ocupación práctica a una disciplina filosófica que ya estaba un poco ahíta de teoría y un mucho ausente de contacto con la vida real.

Toulmin tenía en parte razón, porque en el lapso mencionado la medicina se transformó de manera casi cuántica, de una profesión artesanal basada más en tradiciones que en conocimiento, en una disciplina científica cada vez más rigurosa y eficiente. De este modo, para la ciencia, la filosofía era el ámbito de los aristócratas ocupados en los etéreos problemas de la metafísica, mientras que los “nobles” científicos aparecían ante sí mismos como aquellos se ocupaban en verdad de los problemas reales “del pueblo”, se preocupaban del mundo en que vivimos. Por su parte, los filósofos consideraban que los así llamados hombres de ciencia eran un tanto obtusos e ingenuos al querer hablar de ética y bioética sin tener las mínimas bases para comprender un problema de esa índole, sin conocer a fondo una disciplina que tenía más de dos milenios de historia.

Resulta evidente que estas mutuas visiones de la filosofía y la ciencia pueden darse únicamente en donde falta el diálogo, el cual se ha cimentado hoy en día en la imperante necesidad de dar una respuesta a las cuestiones más urgentes de la bioética. Filosofía y ciencia han logrado establecer un diálogo fructífero a partir del momento en que en lugar de juzgarse la una a la otra, han optado por respetarse tratando de comprenderse mutuamente.

Ahora bien, el problema principal con la bioética de Potter, según la mayoría de sus críticos, es que se basa en la llamada “falacia del naturalismo”, que pretende derivar de lo que existe en la realidad (o sea del conocimiento científico) lo que debería existir en el mundo de la ética, o dicho de otro modo, basar las reglas de la ética en las leyes de la naturaleza. Pero en vez de verlo como un problema, Potter y sus seguidores lo consideran como una virtud, quizá la más importante de su planteamiento, porque descansa en el principio de la responsabilidad, que Jonas enuncia como: “No poner en peligro las condiciones necesarias para la supervivencia indefinida de la humanidad en la Tierra”. Potter recogió los mensajes de Rachel Carson, de Garret Hardin, de Axel Leopold y de varios otros, que antes que él dieron la voz de alarma sobre distintas formas de ecocidio intrínsecas en la cultura occidental de la segunda mitad del siglo XX, y les dio una salida posible.

¿Qué pasó con la bioética, después de su nacimiento? Su poca suerte en manos de los filósofos se compensó con su adopción casi inmediata por la profesión médica, con más entusiasmo por el término que comprensión de su contenido. Y en eso hemos de decir que en cierto sentido los filósofos tenían razón: al mundo científico le faltaban muchos elementos para comprender bien problemas que le urgía plantear. Y, a la vez, los científicos tenían razón: los filósofos estaban muy ocupados en otras cuestiones, y dejaban de lado las más urgentes; como Tales de Mileto, quien por ver las estrellas cayó en una coladera, esto es: ponían en peligro su vida y la de la humanidad por no centrarse en las necesidades inmediatas del aquí y el ahora.

De esta manera, en manos de la ciencia médica, muy pronto empezó a manejarse a la bioética como sinónimo de ética médica, expulsando de su contenido la parte que Potter siempre consideró como la más importante de su concepto, que era la responsabilidad del hombre hacia el resto de los seres vivos. Naturalmente, los enfermos son seres vivos y su atención por todo el personal de salud (médicos, enfermeras, estudiantes, técnicos, laboratoristas, trabajadoras sociales, funcionarios administrativos) debe estar regulada por una ética profesional. Pero esta es la que hemos de llamar “ética médica”, y debemos distinguirla de la bioética. La ética médica analiza la relación entre el paciente y los diferentes agentes que intervienen cotidianamente en su salud: el médico, las políticas de salud, las situaciones límite que se dan continuamente en la práctica hospitalaria, las políticas hospitalarias y demás asuntos relacionados con el sujeto que enferma.

En cambio, la reflexión bioética incluye todo el ecosistema, incluye a los seres humanos sanos y a todos los demás componentes biológicos de la naturaleza, desde los virus hasta los grupos más complejos de seres vivos, como las manadas de borregos, los cardúmenes de peces, las mariposas monarca y los bosques de oyameles. Pero una cosa tienen ética y bioética en común: ambas no son pura teoría; como decía Aristóteles respecto a la ética: no se trata de ser teóricos de ética, sino de llegar a ser mejores personas cada día, de ser personas éticas: así, la bioética pretende no solamente formar individuos sabios en las cuestiones que trata, sino individuos que amen la vida y deseen conservarla, en este planeta o en cualquier otra parte, por tiempo indefinido.

La avalancha de libros, conferencias, simposia, publicaciones periódicas y otras formas de difusión de la bioética como sinónimo de ética médica hizo que Potter escribiera varios artículos y todo un libro (en 1988), llamado Global Bioethics, protestando contra la reducción médica de su idea original. Hasta su muerte, ocurrida el 6 de septiembre de 2001, siguió insistiendo que la bioética tiene que ver con la responsabilidad de la ciencia para garantizar la supervivencia de la humanidad en armonía con su medio ambiente óptimo, que desde luego incluye a todo el mundo biológico.

Si consideramos que, como hemos dicho, el uso del término “ética” no era del todo claro para muchos médicos, no deberá extrañarnos que abunden libros de ética y bioética que en el fondo no sean más que propuestas meramente morales. Es así lamentablemente fácil encontrar textos de ética médica o de bioética que no son más que teorías con profundas raíces religiosas, que antes se llamaban ética médica y ahora se hacen llamar bioética. Ante esta mar de confusión, vale la pena esclarecer un poco una definición de la bioética hoy.

La bioética hoy: Definición y contenido

En el mes de noviembre de 2004 se llevó a cabo un simposio convocado en México por la UNESCO que tuvo lugar en El Colegio Nacional, con la participación del Grupo Encargado de una Declaración de Normas Universales de Bioética, del Consejo Internacional de Bioética. Este grupo había realizado ya cinco reuniones previas con diferentes comunidades y organizaciones afines en distintos países (Finlandia, India, Italia, China y Turquía), con objeto de exponer sus ideas y recoger comentarios y sugestiones sobre el contenido de una Declaración de Normas Universales de Bioética.

El simposio mencionado era el primero en América Latina. Formaron parte de este Grupo personalidades internacionales, funcionarios de la UNESCO, y tres oradores mexicanos. En este evento fue patente la incertidumbre sobre los límites, el contenido y las proyecciones de la bioética. Parecía ser que hiciera falta una Declaración de Normas Universales de Bioética para que todo individuo pudiera saber exactamente qué es la bioética y cómo comportarse de acuerdo con esa disciplina.

Al respecto, en la Quinta Reunión del Grupo IBC Encargado de la Elaboración de una Declaración de Normas Universales de Bioética, aparece una definición de bioética que la misma organización corrigió en el artículo 1 (“Uso de Términos, de las Provisiones Generales”) de su Reporte final, señala lo siguiente:

“Para el propósito de esta Declaración:
(i)el término ‘bioética’ se refiere al estudio sistemático, pluralístico e interdisciplinario de las cuestiones morales teóricas y prácticas surgidas de las ciencias de la vida y de las relaciones de la humanidad con la biosfera”.

Esta definición deja fuera la insistencia de Potter en el objetivo último de la bioética, que es la supervivencia de la vida en el planeta. De todos modos, la definición propuesta por el Grupo de la IBC excluye otras ideas y/o aplicaciones con las que el término bioética se ha contaminado a lo largo de sus 34 años de existencia.

El ser humano es el creador del lenguaje, y por ello el término bioética ha ido cambiando su sentido con el tiempo: eso es natural si lo comparamos con los múltiples sentidos que el término ética ha tenido a lo largo de más de dos milenios de historia. 34 son pocos años para que un vocablo evolucione, y por ello es probable que durante un lapso futuro de duración indeterminada bioética siga teniendo un significado ambiguo. De todos modos, la bioética deberá seguir pensando soluciones al mundo en que vivimos, para garantizar la supervivencia y mejorar la calidad de la vida de los seres humanos y de los demás seres que comparten con nosotros esta misma casa: la Tierra. n