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El desastre ataca siempre en la interfase entre naturaleza y sociedad. Consiste en una cadena de hechos imprevisibles que cambian de desastre en desastre porque la sociedad cambia. Los desastres se ceban en la pobreza y en la falta de cohesión social. A mejor sociedad, mayor seguridad. Lo único que funciona en los desastres es una sociedad próspera, solidaria, justa y equitativa.

sismo-1985

La casa, una de las más antiguas de San Angel, empezó a crujir y a mecerse suavemente a las 7:19 de la mañana. “Fue como estar a bordo de un velero en una brisa atravesada”, dijo Darwin a propósito del sismo chileno de 1835. La sismología ha avanzado desde entonces, y hoy le pondríamos membrete al fenómeno —“intensidad seis en la escala de Mercalli”, pensé—. Se trataba de un sismo lejano, obviamente.

Al llegar al Instituto de Geofísica encontré que ya habían llegado varios compañeros. El sismograma se veía enorme y el teléfono estaba muerto: no había manera de consultar con los colegas americanos. Pero hicimos una buena localización preliminar: epicentro frente a Lázaro Cárdenas, Michoacán. Ni modo, vamos para allá.

No había televisión ni radio. Es normal, pensé. Siempre se cae la infraestructura de la ciudad, hasta con una buena lluvia. Tampoco teníamos estación sismológica en Michoacán (veinte años después, seguimos sin tenerla), y algunos colegas pensaban que la costa de Michoacán era una “brecha sísmica inactiva”. Una teoría menos, pensé mientras la avioneta se elevaba sobre la ciudad de México y las pretensiones de los científicos se hundían por su propio peso. Mirando por un costado de la avioneta se veían unas espirales de humo subiendo a través de la neblina desde el centro de la ciudad. Cortocircuitos, pensé.

El piloto aterrizó primero en Zihuatanejo. “Nada, sentimos el temblor, fue recio pero no pasó nada”. Hubo daños en una agencia de coches. Esas agencias siempre se caen, como sucedió aquella vez en Orizaba, en 1973. El dueño manda quitar las columnas para acomodar más vehículos. Piensa que el techo va a aguantar de alguna manera. Seguimos en vuelo hacia Lázaro Cárdenas, en un día radiante de sol. Sobrevolando la costa noté que algo había cambiado. El nivel de la costa había subido un poco. Sí, efectivamente, la línea de marea parecía haberse retirado. ¿Cuánto será? Un metro o dos. Ya en Lázaro Cárdenas, ciudad de 150 mil habitantes situada en la desembocadura del río Balsas, en suelos muy poco prometedores, el daño sísmico resultó mínimo. “Parece que no hay víctimas”. En las plantas industriales de Sicartsa y Fertimex, situadas en el delta del río, hubo problemas con el maremoto pero los trabajadores pudieron ser evacuados. Con la doctora Heriberta Castaños, distinguida socióloga de la UNAM que me acompañaba, visitamos todas las instalaciones industriales y encontramos que sufrieron daños pero no colapsos.

En la noche vino la sorpresa. La televisión regresó al aire y pudimos ver con asombro la tremenda destrucción que se había producido en la ciudad de México, a 400 kilómetros de distancia.

¿Qué pasó con el temblor?

En el sismo de 1985 hubo una cadena de circunstancias adversas, trágicas e inverosímiles. Nunca se publicó una investigación oficial, porque todo ocurrió en forma totalmente inesperada. Se dice que hay “catástrofes anunciadas”, como el huracán Katrina o el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, pero yo no lo creo. Los desastres ocurren siempre en forma sorpresiva. Cuando son previsibles, no ocurren.

Imaginémonos una secuencia de hechos extraños que embonan y se conjuntan en forma aparentemente casual. Eso no sucede todos los días, pero sucede. Los desastres se componen de detalles aburridos y absurdos, como un domingo de Navidad en la playa de Phuket. Sucede también que un despachador de American Airlines se distrae y no se fija en esos jóvenes pálidos que se están subiendo al avión. O un águila simplemente se posa en un nopal. Eso pasó en 1325 y la ciudad se fundó en medio de un lago. Pura casualidad. Pero de tales casualidades está hecha la historia.

Entonces, ¿los desastres no se pueden evitar? Sí, son evitables. Lo de Nueva Orleans se pudo evitar. Los miles de millones de dólares que se van a gastar en la recuperación del desastre pudieron haber robustecido los diques. O pudieron fortalecer la economía de la población local de extrema pobreza. Los desastres se ceban en la pobreza y en la falta de cohesión social. A mejor sociedad, mayor seguridad. ¿Acaso no se cayeron nuestros hospitales y nuestras escuelas en el 85?

Veamos primero cuáles fueron las causas del desastre sísmico de 1985. El día 19 de septiembre a las 7:19 de la mañana ocurrió un sismo de magnitud 8.1 a 400 kilómetros, debajo de Lázaro Cárdenas. El sismo no causó graves daños en la zona epicentral pero la energía sísmica se transmitió por una guía de ondas, una estructura geológica formada por rocas volcánicas con un espesor de unos dos kilómetros. Se trata de ondas especiales conocidas como Lg que se propagan en la corteza continental y no bajo los mares.

Cuando las ondas llegaron a la ciudad de México se encontraron con otra guía de ondas más delgada (unos 30 metros de espesor) y más localizada. Me refiero a la capa de lodo que dejó el antiguo lago. Después de ser drenada por generaciones de colonos españoles, esta capa de lodo está ahora totalmente habitada y cubierta por asfalto. Lo poco que queda se puede ver en algunas localidades como Xochimilco, Chalco y el Vaso de Texcoco. Es una tierra negra como plastilina, que contiene agua principalmente. Esta capa de suelo tiene una frecuencia resonante que depende de su espesor, y que en este caso es de 0.4 Hertz.

Pues bien, las vibraciones de la onda Lg también contienen abundante energía con una frecuencia de 0.4 Hertz. Se produjo el acoplamiento de ambas guías de onda. Cuando dos guías de onda vibran al unísono, la frecuencia común puede fluir libremente hacia la capa de lodo y puede acumularse, quedando atrapada en dicha capa durante el sismo. La capa de lodo funciona como una antena, que capta la energía resonante porque se encuentra sintonizada a esa frecuencia. Esto significa que la tierra negra se pone a vibrar cada vez más fuerte, porque hay más energía sísmica atrapada en la capa. En las Lomas no pasa nada porque no hay capa de lodo. El temblor a veces ni se siente en esa zona de la ciudad de México. Es que hasta ahí no llegaba el lago.

Finalmente, sobre la capa de lodo había edificios construidos. Un edificio es una estructura que tiene su propia frecuencia resonante, según la altura. Los edificios de siete a 18 pisos de alto suelen resonar a una frecuencia cercana a 0.4 Hertz. En la zona del lago el suelo se puso a vibrar a esa frecuencia, y los edificios empezaron a bambolearse y a zangolotear fuera de control. Nadie pensó que eso podía suceder porque habían sido diseñados por ingenieros de acuerdo a las normas sísmicas vigentes. Pero sucedió. Un total de 371 edificios se cayeron. Todos estaban encima de la capa de lodo.

¿Por qué no se cayeron también las iglesias y los palacios coloniales en la zona del lago? Eran construcciones más bajas y más rígidas, y su frecuencia resonante estaba arriba de los 0.4 Hertz. Pero ¿por qué no hubo más daños en la zona cercana al epicentro? Esa es una de tantas cosas que todavía no entendemos muy bien.

Sin duda, es de vital importancia que lo entendamos, porque puede venir otro sismo grande. Entender un desastre es el primer paso para controlarlo. Pero ¿valdrá la pena entender el sismo de 1985? Sabemos que no se va a repetir. Las catástrofes agreden a las sociedades, y la ciudad de México ya no es la misma que en 1985. La sociedad mexicana tampoco es la misma. Estamos preparados para el sismo de 1985 y no para el sismo que viene.

¿Qué hacer? Las autoridades están empeñadas en vendernos una nueva “cultura” importada, que es otro invento de los medios. Es una manera de echarles la culpa a las víctimas. Carecieron de una cultura del desastre. Eso no puede ser verdad, los simulacros no son cultura, las alarmas sísmicas -engendros publicitarios que funcionan cuando quieren- no son cultura, los sistemas de protección civil tampoco son cultura.

Lo único que funciona en los desastres es una sociedad próspera, solidaria, una sociedad justa y equitativa.

Soluciones que funcionan

Hablemos de Nueva Orleans. Al día siguiente del huracán Katrina hubo alegría en las calles. La tormenta había pasado y parecía que los daños habían sido menores. En los tres días siguientes el agua comenzó a invadir silenciosamente la ciudad. No hubo manera de advertir a la población porque los medios de comunicación habían sido destruidos por la tormenta. La Agencia de Protección Civil (FEMA) no supo qué hacer. Los conozco bien, se trata de una oficina pública con muchas computadoras y sin mayor experiencia en desastres.

Pero ¿acaso hace falta experimentar desastres? ¿No que cada desastre era diferente? En efecto. He sobrevivido a varios, desde los sismos chilenos de 1939 y 1960 hasta el de Caracas en 1967, el de Managua en 1972 y los de México de 1973 y 1985. Seguramente me faltaron varios: ah sí, el de Perú en 1970 y el de Ecuador en 1987. Tengo probada experiencia en desastres.

El desastre ataca siempre en el mismo lugar, en la interfase entre naturaleza y sociedad. Consiste en una cadena de hechos imprevisibles que cambian de desastre en desastre, porque la sociedad cambia. No podemos prepararnos para un desastre pero podemos fortalecer la sociedad. Para eso hay que conocerla y amarla hasta en sus debilidades, y hay que amar y conocer la naturaleza hasta en sus veleidades. De eso se encarga la ciencia, y no FEMA. Qué bueno que ahora tengamos un servicio de protección civil. Pero también es bueno saber que no siempre funciona en caso de desastre.

La cohesión social sí funciona. Una economía sólida, ni hablar. La ciudad de Nueva Orleans fue evacuada antes del huracán Katrina porque se sabía que los diques no iban a resistir. Nunca hubo dinero para asegurar esos diques. Pero ¿sabía usted que el centro de la ciudad de México se encuentra a un nivel más bajo que el lago de Texcoco? Nuestras vidas dependen de la eficiencia del desagüe -¿y si se tapa el Emisor Central? No ha sido limpiado desde que fue inaugurado por Luis Echeverría en 1975.

El pensamiento actual sobre los desastres está cambiando. Todos los desastres -inundaciones, sequías, temblores, ataques terroristas, huracanes y maremotos- tienen algo en común: poseen una estructura similar. Son fenómenos híbridos, complejos, que atacan el sistema naturaleza-sociedad. Están hechos de una cadena de casualidades. Existe una sola manera eficaz de prevenir los desastres: una sociedad que funcione.

Yo soy ingeniero de viejo cuño y pura cepa. La ingeniería es una profesión, como lo es la medicina. La ciencia es otra cosa: es un mito que sirve para descubrir la realidad. En eso se parece a la religión y a la literatura. Hablaremos de ciencia otro día. Pero hay profesiones indispensables, y la ingeniería es una de ellas.

Tenemos una norma sísmica -el reglamento de construcciones de la ciudad de México- que ha sido perfeccionado después del sismo de 1985. Es un magnífico reglamento, pero no hay que olvidar que los reglamentos son como los diccionarios: son muy útiles cuando se trata de confirmar lo que ya sabíamos, pero llegan tarde para enseñarnos lo que deberíamos saber. El buen ingeniero mexicano mejora el reglamento, y es creativo como los colegas que diseñaron la Torre Mayor, orgullo de nuestra ingeniería. Busquemos soluciones auténticas, soluciones que respondan a nuestras condiciones especialísimas, que funcionen. n