Hace once años, al concluir cuatro de encargo como embajador de México en Pekín, presenté el acostumbrado informe de término de misión. Sus líneas finales afirmaban que “habiendo superado el trauma de Tiananmen, iniciado la reforma que liberó la iniciativa individual y permitió la movilidad interna del pueblo chino, conquistado un número creciente de mercados con sus dinámicas exportaciones, abierto las puertas del país a la inversión y la tecnología foráneas y sostenido ritmos de crecimiento e inversión sin paralelo, China alterará, en el horizonte del fin de siglo, los equilibrios regionales y globales”. Una predicción difícil de errar. v Discutir, en el momento en que media el primer decenio del nuevo siglo, la posición de China en el mundo y sus proyecciones como potencia global es tema tan vasto que debe ser acotado. En este primer acercamiento se abordan las siguientes cuestiones: cuál es en estos momentos la posición de China en el mundo y cómo se manifiesta en diversos ámbitos; qué papel juega China en las relaciones políticas internacionales y cómo se advierte su poderío militar, y qué factores parecen determinantes para la evolución a más largo plazo del sistema político chino. Se trata de estimular un debate necesario, que ha sido menos frecuentado en México y América Latina -con la importante excepción de Brasil- que en otras regiones y países.

Conviene adelantar una versión resumida de las
principales tesis del texto:

• Desde cualquier punto de vista, el desempeño
económico de China en los últimos dos o tres decenios
es impresionante, sin paralelo. Su dimensión económica,
medida según el PIB a paridad de poder de compra, es
la segunda del planeta; la velocidad de su crecimiento es
el doble de la mayor parte de las otras nueve economías

de gran dimensión; se ha distanciado del resto de los
países en desarrollo y el tamaño de su economía equivale a un quinto de la magnitud agregada de los demás
países de esta categoría. Ha habido un avance también
sin paralelo en el desarrollo humano. La cuestión a dilucidar, sobre estas bases, es la de la posibilidad de extender en el futuro estos comportamientos, especialmente
la velocidad del crecimiento económico.

• China es, al mismo tiempo, el sexto exportador
e importador en el mundo y el que ha sostenido crecimientos más acelerados en ambas corrientes comerciales en varios de los años del último decenio: la más
reciente y la más dinámica de las potencias comerciales
mundiales. Aunque se habla más de la inundación de
mercancías chinas que experimentan muchos mercados,
en los últimos dos años el crecimiento de las importaciones chinas ha sido el principal factor detrás del auge de
los mercados de muchos productos agrícolas, minerales
y otras materias primas industriales. En especial, el mercado petrolero internacional, que en el verano-otoño de
2004 escaló cotizaciones nominales sin precedente, ha
sido sostenido por la creciente demanda
china. En estos mercados, la influencia
de China es más que proporcional a su
participación en el comercio mundial.

En su entorno regional inmediato, la sombra de China se proyecta incontrastable,
como muestra la relación establecida
con Birmania (Myanmar), que recuerda
tanto las formas de explotación típicas
del colonialismo como las nuevas prácticas de dominación del capitalismo contemporáneo.

• China, como mayor receptor de inversión extranjera, muestra los factores reales que determinan el destino de las corrientes de inversión: la expansión de los
mercados y de las oportunidades, las perspectivas de
ganancia, el crecimiento sostenido y la estabilidad política. En los últimos años éstos han sido más poderosos
que las deficiencias del ambiente para la inversión en
China, que se mencionan a menudo. Sin embargo, de
no corregirse, estos desincentivos pueden frenar o diferir la realización de nuevas inversiones. Hay que prepararse, por otra parte, para ver a los viajeros chinos en
los principales sitios de atracción turística del mundo,
sobre todo en Europa. Conforme pasen de dos a cien
millones anuales de turistas, en los próximos quince
años, va a ser complicado no tropezar con ellos.

• Es difícil concebir un orden político internacional
en el que China no juegue un papel central, de importancia creciente. Las cuestiones de paz y seguridad
internacionales; las estrategias ante cuestiones globales como el deterioro ambiental y el cambio climático,
entre muchas otras; la definición de una estructura institucional renovada de las relaciones internacionales,
incluyendo la reforma de las Naciones Unidas, no se
antojan posibles sin la participación activa de China.

• En su entorno regional inmediato, la presencia
de China es determinante. Hay en el Asia oriental una
situación fluida, en el juego de las relaciones políticas
y de los arreglos institucionales, que requiere ser examinada más a fondo en sus alcances y perspectivas. Lo
que ya está claro es que, en todo caso, China actuará
como centro de gravedad.

• También está claro que China desea procesos
globales y regionales pacíficos y cooperativos. Empero,
es igualmente evidente que China ha estado preparándose para la otra eventualidad.

• El 19 de septiembre de 2004 culminó formalmente la cuarta transición en la dirigencia de la República
Popular, la única pacífica hasta ahora. Habrá que ver
qué nuevos rumbos elige el núcleo de poder encabezado por Hu Jintao. Parece que, en caso de haber nuevos
rumbos, éstos se referirán más a las instituciones y
formas políticas y a las relaciones con el exterior que
al conjunto de la orientación económica.

DEMASIADO GRANDE

La más socorrida de las visiones convencionales sobre China que circulan en el
mundo afirma que “…se ha vuelto demasiado grande para ser ignorada”.[[Véase, Matthew Goodman, “The G8 Should Start Opening to
China”, en Financial Times, Londres, 2 de junio de 2004.]]

Primera en población y tercera en extensión territorial, China lleva mucho tiempo de serlo.
Por milenios, China ha sido una de las civilizaciones determinantes de la historia.
La dimensión económica global se ha adquirido
más recientemente. Con cifras de 2002 y medida por
el PIB, calculado con tipos de cambio de mercado,
China resulta la quinta economía del mundo, superando a Canadá, Italia y Rusia en el G8, cuyos integrantes
deberían mudar, si en verdad se desea que agrupe a las
mayores economías del planeta sin aumentar el número
de sus miembros.[[En los círculos de las instituciones financieras multilaterales se
habla ahora de una iniciativa, aún no formalizada, del primer
ministro de Canadá, Paul Martin, de sustituir al Grupo de los
Ocho por una agrupación, más representativa, de alrededor
de una veintena de países, definida no sólo por la dimensión
económica sino considerando también otros factores, entre ellos
la influencia política global o regional. Un grupo así integrado
podría arrogarse, con mejores títulos, las tareas de definición,
orientación y conducción de políticas globales que el G8 se
precia de asumir.]]

Si el PIB se mide a paridad de poder de compra
-lo que elimina las distorsiones cambiarias y ofrece
una mejor imagen comparativa del tamaño de las eco

nomías-, China fue en 2002 la segunda del mundo.
Equivalió a algo más de la mitad de la estadunidense y
a una vez y tres cuartos la japonesa. Si alguien quiere
darse el lujo de ignorarla, lo hará a su propio riesgo.
En términos de PIB per cápita, naturalmente, la
posición se modifica de manera significativa. El producto por habitante chino es inferior al de todas las otras
grandes economías del mundo -las diez economías
billonarias: es decir con PIB (medidos a paridad de
poder de compra) superiores al billón de dólares- con
excepción de la India.
En los últimos años, el crecimiento económico de
China no tuvo parangón.

La tasa media anual de 7.7%,
correspondiente al lapso 1998 a 2002, es más del doble
de las alcanzadas por las otras grandes economías del
planeta, con excepción de las de India y Rusia, a las
que supera sólo entre 2 y 3 puntos.
Si se toma otro lapso: 1990-2001 (con cifras de
UNCTAD) el crecimiento medio anual acumulativo sostenido en esos doce años fue de 10% y con ello el
país construyó, por así decirlo, un segundo piso -otra
China-. En términos por habitante, el aumento promedio anual del producto fue de 8.9%, auxiliado por
la baja tasa de crecimiento poblacional.

La enorme brecha de comportamiento económico
respecto de los demás países en desarrollo -a pesar de
su magnitud y dinamismo China es aún una economía
en desarrollo- se pone de manifiesto por el hecho de
que, mientras China crecía a las tasas arriba anotadas, el
resto de los países en desarrollo lo hacía en 3.9% para el
producto total y en 1.9% para el producto por habitante:
dos y cuatro veces menos que China, respectivamente.
Sostenido a lo largo de doce años (1990-2001), este
desigual comportamiento distanció a China del mundo
en desarrollo. En 1993 la economía de China equivalía
a una décima parte (10.6%) de la del conjunto de los
demás países en desarrollo. Ya para 2001 esta equivalencia había aumentado a la quinta parte (21.6%).

La OCDE reveló, en un informe dado a conocer el
año pasado, uno de los secretos del éxito de China -el
más importante desde mi punto de vista-: invertir en
investigación y desarrollo más que todos los países del
mundo, excepto dos; haber elevado ese gasto de 0.6%
a 1.1% de su PIB en sólo seis años y haber sostenido,
en este periodo, un crecimiento real anual del mismo
de entre 10% y 15%, lo que nadie más ha hecho.
“El gasto de China en investigación y desarrollo
llegó a 60 mil millones de dólares en 2003. Los únicos
dos países que rebasaron esa cifra fueron Estados Unidos y Japón, con 282 y 104 miles de millones, respectivamente. Pero, tratándose de China, hay que tener
en cuenta otros factores. Los ingenieros y científicos
chinos perciben ingresos que, por lo general, son un
décimo de los estadunidenses. Así, la brecha en gasto
total no es igual que la diferencia en personal y en
resultados. Estados Unidos gastó casi cinco veces más
que China, pero financió a alrededor de la mitad de
investigadores (1.3 millones en China y 743 mil en
Estados Unidos)”.[[Ted C. Fishman, “The Chinese Century”, en The New York
Times Magazine, Nueva York, 4 de julio de 2004.]]

El índice de desarrollo humano es la mejor medida disponible no de la magnitud de las economías o de su crecimiento, sino de la calidad de la vida de las
personas. El índice más reciente, calculado con cifras
de 2002,[[UNDP, Human Development Report 2004, Nueva York, 2004.]] muestra que hay una débil correlación entre
la dimensión de las economías y el desarrollo humano.
En otras palabras, poco tiene que ver una cosa con
otra. Los siete índices de desarrollo humano más alto
correspondieron a países que no se cuentan entre las
diez mayores economías.

Entre estas diez economías billonarias hay una gran
diversidad en términos de desarrollo humano: desde la
octava hasta la 127a posición en el ranking mundial.
De esas diez, China es la segunda menos avanzada,
pero se encuentra ya entre las naciones de desarrollo
humano medio (con un índice de 0.745 -no muy por
detrás de Brasil o Rusia).
Además, como era de esperarse, su avance en
desarrollo humano ha sido espectacular. El índice de
2002 está 188 puntos básicos por encima del de 1980:
el mayor progreso entre las diez economías mayores.
Naturalmente, al igual que en el caso de la India, un
movimiento tan rápido se explica, en parte, por el muy
bajo nivel de partida, hace un cuarto de siglo.
Vistos estos rasgos de la evolución reciente, hay
que preguntarse acerca del comportamiento futuro de
estas mismas variables, en especial la velocidad del
crecimiento económico en los próximos decenios. Los
asuntos clave parecen ser la disponibilidad de energía
y el impacto ambiental.

Aunque este aspecto debe ser investigado más a fondo, en una etapa ulterior de la
investigación, baste recoger aquí una apreciación de
conjunto, aparecida recientemente:
“La preocupación, para expresarla sin reservas,
es que el mundo puede no tener suficientes recursos
energéticos y otros recursos naturales para que China
continúe desarrollándose como hasta ahora, en especial
a tal velocidad. Por otra parte, aunque ese ritmo de
crecimiento fuese sostenible, el agudamente creciente
deterioro ambiental puede tornar inviable al país […]
‘Si mantenemos los patrones actuales, China no podrá
volver a duplicar el tamaño de su economía’ -señaló
Chen Jinhai, director de la Comisión de Energía y el
Departamento de Protección Ambiental de Shanghai-.
‘Necesitaríamos la energía de Marte o de otros planetas’. […] ‘Si continuamos el consumo inmoderado de
recursos, la escasez de suministros empeorará y será
muy difícil sostener un crecimiento acelerado, con el
riesgo de que la economía entre en una fase de declinación’ -escribió Ma Kai, director de la Comisión de Desarrollo y Reforma del Estado en un esclarecedor
artículo aparecido hace poco en el Diario del Pueblo,
el periódico del Partido Comunista-. ‘Nos hallamos
en un momento crucial de los procesos de industrialización y urbanización. Si no transformamos nuestro
modelo económico, podemos perder la capacidad de
crecimiento’ ”. [[Howard W. French, “China’s Boom Brings Fear of an Electricity
Breakdown”, en The New York Times, Nueva York, 5 de julio
de 2004.]]

LA INFLUENCIA EN LA ECONOMÍA GLOBAL

La principal correa de transmisión de la influencia de la
economía china hacia el resto del mundo se encuentra
en las corrientes de comercio e inversión. En el comportamiento actual de estos sectores se manifiesta la
muy considerable ponderación que ha ganado China
en la economía global.
El sexto exportador/importador global. Entre las
diez mayores economías del mundo China es ahora el
sexto proveedor (con exportaciones por 365 mil millones de dólares -un 5% de las mundiales-). Las ventas al exterior de China son superiores a las de Brasil, la
India y Rusia -otras economías billonarias- sumadas.
Del otro lado de la balanza, es el sexto mercado (con
importaciones por 328 mil millones -una proporción
similar del total mundial-). Sus compras anuales son
semejantes a las de Francia o Italia. Hace un decenio
no figuraba en ninguno de estos grupos. Su expansión
ha sido fulgurante.

El peso de China en el comercio mundial se manifiesta, en algunos sectores, en forma más que proporcional a su participación en los totales globales de
exportaciones e importaciones. Los ejemplos más destacados -que en los últimos meses han tenido manifestaciones espectaculares- son las importaciones de
petróleo y las de algunos minerales y otras materias
primas industriales, así como la perspectiva de conjunto
del mercado mundial de textiles y confecciones, a la
luz de la entrada en vigor de la liberalización pactada
hace diez años.

El año pasado China se tornó el segundo consumidor mundial de petróleo y productos petrolíferos. Su
consumo alcanzó a 5.5 millones de barriles diarios de
petróleo, inferior sólo al de Estados Unidos y superior,
por primera vez, al de Japón. De ese total, algo menos
de la mitad procede de la importación, que en 2003
llegó a 2.3 mbd, con incremento superior al 30% sobre
el año inmediato anterior. El Departamento de Energía
de Estados Unidos estima que en 2025 el consumo
petrolero chino alcanzará a 11 mbd de crudo equivalente, de los que casi tres cuartas partes (7.5 mbd) procederán de la importación.[[“Daily Briefs”, Strategic Forecasting, Inc., Nueva York, 3 de
septiembre de 2004.]]

De esta suerte, la demanda china se convirtió en
uno de los mayores sostenes estructurales del mercado
petrolero internacional, en momentos en que por la
coincidencia de otros factores, tanto permanentes como
coyunturales, los precios nominales del crudo alcanzaron, en el verano de 2004, niveles sin precedente, que
llegaron a acercarse por algunos días a los 50 dólares
por barril.[[Siempre que se alude a las alzas de las cotizaciones del crudo
en los mercados internacionales y, sobre todo, cuando se expresan temores alarmistas por sus consecuencias negativas sobre las perspectivas de crecimiento de la economía mundial, conviene recordar que se está hablando de precios nominales. En términos reales, el actual precio del crudo es inferior a dos terceras partes del alcanzado en 1979. Si los precios del petróleo hubiesen crecido al mismo ritmo que la inflación mundial, su actual nivel ahora se situaría entre los 70 y 80 dólares por barril.]]

Una historia semejante puede narrarse acerca de otros mercados de productos agrícolas, minerales y otras materias primas industriales. El auge de estos mercados en 2003 y principios de 2004 tuvo como principal factor de impulso el acelerado crecimiento de la demanda china. El fenómeno alcanzó, entre otros, al acero, el aluminio, el cinc, el cobre, el algodón, la soya, el plomo, el platino, el paladio y el carbón, cuyas cotizaciones se movieron al alza, llegando en algunos casos a máximos históricos. Al mismo tiempo, en menos de un año, la demanda de transporte marítimo para llevar estos artículos a los puertos chinos dio lugar a que los fletes de carga general se triplicasen en menos de un año. Entre 2002 y 2003 las importaciones chinas de algodón pasaron de 500 mil a 1.2 millones de toneladas, las de cinc se elevaron en 209% y las de níquel en 150%. El consumo de cobre, alúmina y mineral de hierro más que se duplicó. China es ahora, en muchos casos, el principal consumidor mundial y su participación en los mercados llega, por ejemplo, a 19% del de aluminio y a más de 30% del de carbón.

“El ‘factor chino’ se ha vuelto tan determinante que todos los mercados esperan con ansiedad hasta el menor indicio proveniente de las autoridades de Pekín”.[[“La croissance chinoise bouleverse le marché des matières premières”, en Le Monde, París, 12 de agosto de 2004.]]

Las importaciones totales de productos agrícolas alimenticios llegaron en el primer semestre de 2004 a 14,350 millones de dólares, con aumento de 62.5% sobre periodo similar del año precedente. Los mayores incrementos correspondieron a granos básicos destinados a renovar las reservas estratégicas, disminuidas por
la declinación sostenida de las cosechas desde 1998.

El énfasis en el desarrollo industrial y el rápido abandono
de las áreas rurales por los campesinos que emigran
a las ciudades empiezan a poner en peligro la autosuficiencia alimentaria básica en China.

Un mercado en el que la influencia china se torna
aún más determinante a partir del comienzo de 2005
es el de textiles y confecciones. El 1o de enero se
dio por concluido el sistema de cuotas y otras restricciones a la importación de artículos de este sector, según acuerdos tomados en la Organización Mundial
de Comercio hace diez años, en 1995. La propia OMC
estima, según un informe divulgado en agosto último,
que el mayor beneficiario de la liberalización total del
comercio de textiles y confecciones será China, gracias
a la escala de producción, la disponibilidad de mano
de obra barata y la ventaja en técnicas de producción.
Se espera que la participación de China en el mercado
de textiles y confecciones de Estados Unidos pase de
16% a 50% y en Europa de 18% a 29%. En las últimas
semanas han abundado las informaciones acerca de las
demandas de prolongar alguna forma de protección
planteadas por los productores estadunidenses y de
otros países importadores.

Quizá el mejor ejemplo de la influencia regional
más que proporcional que China ejerce, se encuentra
en su vecindario inmediato. Es el caso de Birmania
(Myanmar). China es ahora el principal socio comercial y el mayor inversionista. Las relaciones con China
han permitido sortear las dificultades derivadas de las
sanciones establecidas por Estados Unidos: la pérdida de exportaciones al mercado estadunidense es calculada por el Departamento de Estado en 200 millones
de dólares en el mismo año en que el comercio con
China alcanzó los mil millones de dólares. Birmania es
un proveedor de materias primas y ocupa una posición
estratégica para los vínculos de China con el resto del
sudeste de Asia. En su relación con China se están
reproduciendo esquemas típicos tanto de la explotación colonial como de las prácticas modernas de deslocalización industrial. China explota en Birmania especies forestales cuya tala ha prohibido por razones de
preservación ambiental.[[Véase Jane Perlez, “Across Asia, Beijing’s Star Is in Ascendance”, en The New York Times, Nueva York, 28 de agosto de 2004.]]

Inversión directa, reservas, turismo. China es el
principal receptor de inversión extranjera directa en el
mundo: en 2002 las inversiones recibidas alcanzaron a
53 mil millones de dólares, el 8.2% del total mundial
en ese año.

Como el fenómeno de la IED en China es reciente
-no más de veinte años- el total acumulado es de
alrededor de medio billón de dólares, pero equivale
a la tercera parte del PIB anual de China. Entre los
mayores países emergentes, es ya el stock de inversión
extranjera más importante.

En cuanto al monto de las reservas internacionales, las de China son las segundas -inferiores sólo a las de Japón-. Su magnitud supera a un año de
importaciones.

Un sector en el que la presencia de China va a
registrar una expansión espectacular en los próximos
decenios es el del turismo. “La Organización Mundial
de Turismo prevé que en 2020 China enviará al exterior
a 100 millones de turistas, situándose como la cuarta
fuente de viajeros turísticos, tras de Alemania, Japón
y Estados Unidos. En 2003, el número de turistas procedentes de China continental aumentó en 21% hasta 20.2 millones […] En el presente año, 24 millones de
chinos viajarán al exterior […] La explosiva expansión
del turismo chino al exterior tendrá enormes consecuencias para las actividades hotelera, de transporte
aéreo, comercial y de agencias de viajes”.[[Alexandra Harney, “China Prepares to See the World”, enFinancial Times, Londres, 1 de septiembre de 2004.]]

En suma, a nadie debe extrañar, a la luz de indicadores como los señalados, que en otro análisis reciente de
la situación china, su autor haya afirmado: “Los inversionistas siguen ahora la política monetaria (y la evolución
económica) en China con el mismo interés que prestan a
los testimonios de Alan Greenspan en Washington”.[[Julius DeAnne y Stephen Green, “Braced for China’s Boom to End”, en Financial Times, Londres, 20 de junio de 2004.]]

POSICIONES POLÍTICAS INTERNACIONALES

Es de esperarse que para el segundo cuarto del siglo
hayan surgido uno o varios centros de poder que
contrapesen el dominio incontrastable que en este
primer decenio ejerce la hiperpotencia estadunidense.
Nadie dudaría que uno de esos centros será China.
Lo que dista de ser claro es si el surgimiento y consolidación de esos centros será un proceso en general pacífico y evolutivo o si estará jalonado por tensiones,
enfrentamientos y conflictos. Vistas las cosas desde
la perspectiva de China, todo parece indicar que la
actual dirigencia -la primera que no vivió la Revolución- desea un proceso pacífico y cooperativo.

Empero, es claro también que China ha estado preparándose para la otra eventualidad.
Con sus acciones internacionales, China ha buscado y busca, en primer término, servir a sus propios
intereses nacionales. La diferencia reciente es que ha
incorporado a la definición de esos intereses elementos de un orden internacional que le proporcionen un
entorno favorable. Para fortuna de todos, las políticas
autárquicas y aislacionistas del pasado han quedado
definitivamente sepultadas. China sabe ahora que necesita de la colaboración de los demás para conseguir sus
objetivos nacionales.

El mejor ejemplo de esta nueva actitud -que todavía no acaba de definirse y manifestarse por completo- se encuentra en su empeño por encontrar una
salida pacífica y negociada al problema del armamentismo nuclear en Corea del Norte. Es obvio que China
no quiere una guerra preventiva en su vecindario y,
por ello, ha propiciado y participado en las reuniones,
conversaciones y negociaciones necesarias para encontrar una salida pacífica.
Corresponden también al ámbito geográfico más
próximo los factores que pueden provocar un descarrilamiento. Aquí, el mejor ejemplo se halla en la cuestión
de Formosa -usando el viejo y bello nombre geográfico en español de Taiwán-.

En esa isla y en el resto
del mundo debe entenderse que China
no permitirá que se vulnere su integridad
territorial. Sólo con simpatía pueden verse
los avances de la democracia en Formosa y
ellos pueden influir en la evolución política en el continente -como influyen las
prácticas de la economía de mercado de
Hong Kong en el acontecer económico
en China- siempre y cuando se respete
el principio de una sola China, que, al
madurar, dará el fruto de la reunificación.

El camino dista de estar despejado. Los titubeos
de la dirigencia china respecto de la evolución de la
democracia en Hong Kong, donde no se ha respetado
la evolución pactada hacia la integración de una legislatura electa y hacia la elección directa del jefe ejecutivo
de la Región Administrativa Especial, constituyen un
mal precedente para la unificación de Formosa bajo el
principio de “un país, dos sistemas”.

La participación activa de China es indispensable
para hacer frente, con mayores posibilidades de éxito,
a buen número de los temas de la agenda global de
éste y los próximos decenios. El del cambio climático
es, probablemente, el mejor ejemplo. Entre las grandes
economías, China es la más dependiente del carbón
como fuente primaria de energía y la que dispone de
menores opciones para su sustitución masiva en el
corto y mediano plazos. ¿No podría pensarse en una
permuta entre apertura adicional de mercado y provisión de recursos técnicos y financieros que permitan acelerar la sustitución del carbón?
En otros temas de la agenda global, China es también un participante crucial en la lucha contra el terrorismo, el crimen organizado y el tráfico de personas.
Como se puso de relieve a mediados de año en la
conferencia de Bangkok, China requiere multiplicar
sus esfuerzos para detener la difusión del vih/sida y
sus campañas para la fabricación local y distribución
gratuita de retrovirales pueden entrañar experiencias
valiosas para otros países.

No puede ni debe eludirse la cuestión del gasto
militar. Las informaciones en esta materia proceden de
la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos,
la CIA. En los últimos meses ha habido ejemplos egregios de cuánto puede llegar a equivocarse esta agencia.

Pero siendo las que están disponibles, pueden
utilizarse al menos para tener una indicación
del orden de magnitud.
Según esas cifras, el gasto militar total de
China es el segundo entre las diez mayores
economías del mundo -equivale a entre una
sexta y una séptima parte del correspondiente a Estados Unidos-. Estimado en 60 mil
millones de dólares, representa entre 3.5% y
5% del PIB y absorbe una quinta parte del
total del gasto presupuestal -siendo éstas las
proporciones más altas que se registran en ese
grupo de economías billonarias.
Al apreciar la enorme magnitud absoluta
y relativa del gasto militar chino, resulta claro
que la dirigencia china no ha abandonado la
noción de un mundo hostil y amenazante, por
lo que ha persistido en la construcción y mantenimiento de un enorme aparato militar, que incluye uno de los mayores arsenales nucleares del planeta. Sería deseable que el alivio de las tensiones internacionales contribuyese a
despresurizar el gasto militar de China.

PERSPECTIVA DE LA EVOLUCIÓN POLÍTICA

Con el nuevo siglo, China ha vivido una cuarta transición hacia una nueva generación de dirigentes. Simplificando un tema en extremo complejo, que se caracteriza más por la opacidad que por la transparencia, se
han sucedido las generaciones de líderes encabezadas
por Mao Tse Tung, Deng Xiaoping (tras un interludio
tumultuoso culminado con la eliminación de Lin Piao
y la “banda de los cuatro”) y Jiang Zemin (tras la sacudida de Tiananmen); para dar paso, en 2002, a Hu
Jiantao. Esta última transición, la primera esencialmente pacífica,culminóformalmente el 19 de septiembre
de 2004. En esa fecha, el Comité Central del Partido
Comunista Chino aprobó el retiro de Jiang de la presidencia de la Comisión Central Militar del partido, a la
que corresponde el comando supremo de las fuerzas
armadas chinas. La entregó a Hu, quien acumula ahora
los cargos de secretario general del partido, asumido en
noviembre de 2002; presidente de la República Popular,
asumido en marzo de 2003 y presidente de la Comisión
Central Militar.
En el futuro, en los desfiles y conmemoraciones, su retrato se unirá a los de Mao, Deng y Jiang -las tres deidades del primer medio siglo de la
República Popular.

No es todavía posible discernir qué nuevos rumbos adoptará la dirigencia encabezada por Hu. Algunos analistas lo consideran más ortodoxo, en cuestiones
políticas, que su predecesor inmediato. Pero, incluso
en China, la ortodoxia ya no es lo que solía ser. No
he encontrado que se sostenga la tesis de un cambio de rumbo en la orientación económica: el oficialmente denominado “socialismo de mercado” o “socialismo
con características chinas” seguirá su marcha. La especulación se refiere, más bien, a un posible cambio de rumbo político, hacia algún tipo de apertura o liberalización, hacia alguna forma de democracia.

En este sentido, las primeras declaraciones de Hu son cautelosas. Según una nota de 20 de septiembre del South
China Morning Post, Hu habría calificado de “callejón
sin salida” el intento de reproducir en China fórmulas
de las democracias occidentales.[[Los primeros informes sobre los resultados de la reunión de
16-19 de septiembre de 2004 del Comité Central del Partido
Comunista Chino se encuentran en “Ex-Leader of China Quits
Last Major Post”, en The New York Times, Nueva York, 19 de
septiembre de 2004; Jonathan Watts, “Jiang Finally Lets Go of
China’s Army”, en The Guardian, Londres, 19 de septiembre de
2004; “Hu Jintao devient le nouvel homme fort en Chine”, en Le
Monde, París, 19 de septiembre de 2004, y “Jiang’s Departure
Sees the Curtain Raise in a New Era”, en South China Morning
Post, Hong Kong, 20 de septiembre de 2004.]]

¿Cuál es la probable evolución política de China?
Sobre este tema tan controvertido apareció recientemente un estudio pionero: China’s Democratic Future,
de Bruce Gilley, de la Universidad de Columbia. El
autor arguye que, a lo largo de los primeros decenios
del siglo, China dejará de ser una excepción de la tendencia mundial hacia la democratización, manifiesta
en las últimos dos o tres décadas.

Va a incorporarse a esa tendencia impulsada por factores internacionales,
pero sobre todo por factores internos: una exigencia
creciente de participación y apertura políticas por parte
de una población cada vez más urbanizada, instruida
y demandante. Gilley ve para China un futuro democrático y ofrece una argumentación muy convincente
en este sentido.

Hay que recordar que, en su reunión más reciente,
en marzo de 2004, la Asamblea Popular Nacional introdujo en la Constitución de la República Popular el compromiso del Estado y el gobierno con la observancia y
el respeto a los derechos humanos. Es este un primer
paso en la tendencia de democratización apuntada. n