Falso es que esta ola de violencia
y asesinatos tenga que ver,
como declarara Santiago Creel,
secretario de Gobernación, con
una suerte de reacción de los
criminales contra quienes “se
avanza como nunca antes”. Muy
por el contrario, cada día que
pasa crece el poder de los cárteles para envenenar al país y a una
buena parte de las personas que
viven en él. Y es así porque no
hay nadie que sea capaz de cortarle de un solo golpe todas las cabezas a esa bestia infernal. En realidad
ocurre al revés, por cada cabeza
que el gobierno obtiene, al animal le crecen otras 20.
Frente al poder del
narcotráfico, el poder del Estado
mexicano se sigue debilitando.
Sea porque el gobierno está
demasiado concentrado en otras
batallas, sea porque algunas partes
de su cuerpo y también de su
cabeza han sido ya encantadas
por los hipnotizantes talentos de
la hidra, lo cierto es que el Estado
mexicano no ha sido capaz de
operar en el país una cirugía mayor que aniquile esa estructura criminal. Cuando a mediados del mes
pasado el presidente Vicente Fox
ordenara utilizar toda la fuerza
para combatir “de manera frontal
y decidida el narcotráfico”, un
número importante de efectivos
y tanquetas del ejercito tomaron
por asalto los penales. Ahí, con
un solo operativo, el Estado
pudo recuperar de las manos
de funcionarios corruptos y
capitanes del narco, instalaciones
que originalmente le pertenecían.
Quizá sea de esa misma manera,
sorpresiva y meticulosamente
planeada, que las autoridades
del gobierno deberían intentar la
recuperación, para la sociedad
y para el país, de la narco-ruta
que se encuentra en litigio y que
va desde las aguas del Pacífico,
pasando por las playas del Golfo
de México, hasta las tierras de
Reynosa, Ciudad Juárez, Los
Mochis y Tijuana.