La historia conoce pocas experiencias de desarrollo económico tan espectaculares como la de China en los últimos veinte años. Probablemente se compare con las experiencias de los tigres asiáticos en el último tercio del siglo XX, o de Japón, Alemania y Estados Unidos a finales del siglo XIX, o de Inglaterra a comienzos de la revolución industrial, debido a su elevado ritmo de crecimiento económico mientras se transformaban de economías agrícolas a industriales. Pero aun así el caso chino es particular: transita con gran dinamismo de un sistema centralmente planificado a otro de mercado, no de un sistema de mercado a otro, como sus antecesoras.

Y si comparamos la experiencia china con las de otras economías que también transitaron hacia un sistema de mercado, como las del este de Europa o Rusia, la experiencia parece todavía más asombrosa. Rusia transitó hacia una crisis de la que no consigue salir completamente. Polonia, la República Checa y Hungría avanzaron con muchos esfuerzos hacia economías de mercado a tasas de crecimiento más modestas. ¿En qué consiste esta exitosa experiencia y qué lecciones brinda para México? Hay mucho que admirar y que aprender en las reformas chinas, aunque no necesariamente haya mucho que imitar. China aporta lecciones positivas y negativas que es preciso identificar y distinguir, para adaptar lo útil y evitar lo inconveniente. Las siguientes líneas son una aproximación para responder a esta pregunta.

LA TRANSFORMACIÓN ECONÓMICA DE CHINA: UN VISTAZO GENERAL

Conviene describir a transformación económica de China para comenzar a entenderla. A China le tomó cerca de veinte años, o tres administraciones presidenciales mexicanas, convertirse en la sexta economía del mundo. Lo logró creciendo a tasas promedio cerca de 9% anual y aprovechando las oportunidades de los mercados internacionales. Representa 5% del comercio mundial -el doble que hace diez años- y una pesadilla para los productores de vestido, calzado, juguetes, electrónica y manufacturas ligeras en todos los rincones del planeta. Está en vías de retar al establishment de industrias más sofisticadas.

Por si fuera poco, ha logrado sacar de la pobreza a más de 200 millones de personas -dos veces y media la población total de México, a un ritmo promedio de diez millones de personas por año. El sistema económico chino de hoy difiere fundamentalmente del que dominó en la era de Mao. Antes de 1978, cuando despegaron sus reformas económicas, el gobierno controlaba los activos productivos y tomaba casi la totalidad de las decisiones sobre inversión, distribución y demás actividades económicas fuera de los hogares. Hoy el sector privado genera 78% de la producción china. [[Hay seis tipos de propiedad de empresas en China: estatales, colectivas, individuales, coinversiones y extranjeras. En 1980 las estatales y colectivas representaban 76% y 23% del PIB. En 1996, las empresas estatales producían 22% del PIB, sin contar al sector financiero, de acuerdo a estimaciones de Gregory C. Chow en China?s Economic Transformation (Malden, MA.: Blackwell Publishing, 2002). Las estimaciones, como es de esperar, varían
según el autor. Pero casi nadie ubica a las empresas públicas generando más del 30% del PIB.]]

Esto implica que la mayoría de las empresas toma sus decisiones de precios y producción conforme a los vaivenes del juego de la oferta y la demanda. En cierto sentido esta transformación no es sino un resurgimiento, un retorno al camino que seguía la economía china antes de su estancamiento a mediados del siglo XIX.

Hasta entonces, y por más de dos mil años, fue la más grande del mundo. Todavía en 1860 representaba una cuarta parte de la producción industrial mundial. La ocupación extranjera, la incapacidad de sumarse con rapidez al proceso de industrialización global y los catastróficos experimentos del periodo comunista, especialmente el Gran Salto Hacia Adelante y la Revolución Cultural, provocaron el retroceso económico. Las áreas emblemáticas de este crecimiento económico se ubican en la costa, en las zonas urbanas de Shenzhen, Guanghzhou y Shanghai. Shenzhen y Guangzhou están en la región del delta del río Perla, en la provincia de Cantón, fronteriza con Hong Kong.
Destacan por su poderío en la producción de manufacturas ligeras, de las que son el principal proveedor a todo el mundo. Desde 1980 han sido el eje de una economía regional de 80 millones de habitantes que ha crecido a una tasa promedio anual de 13%. La inversión extranjera respalda este explosivo crecimiento.Shanghai, la showcase city del desarrollo chino, incluye al área de Pudong, del otro lado del río Huangpu, en el delta del río Yangtzé.

Ahí, en la cuna del Partido Comunista Chino, se han concentrado gran parte de los esfuerzos del gobierno para crear un centro de negocios de proyección mundial, orientado a la tecnología avanzada -electrónica, computadoras, telecomunicaciones, automóviles-, basado en métodos productivos amigables con el medio ambiente y apoyado por una infraestructura física y financiera de gran alcance.

Pudong ostenta hoy uno de los tres puertos más grandes del mundo, cincuenta kilómetros de vías del único tren de levitación magnética, un aeropuerto de gran capacidad, amplias autopistas y conexiones tanto al centro de China como a los mercados más dinámicos en todas las regiones. Goza, además, del apoyo del centro financiero de Shanghai.

La producción en Pudong se realiza primordialmente en parques industriales de última generación, en donde se ofrece más que terrenos con acceso a vías de transporte, servicios públicos o tasas impositivas preferenciales. Son parques con áreas de esparcimiento, vivienda, educación, investigación y desarrollo tecnológicos. En ellos se ha facilitado la creación de clusters sectoriales, propiciando así la integración de cadenas productivas y la generación de alto valor agregado.

Los cambios en la geografía urbana asociados a este proceso de desarrollo son verdaderamente impresionantes, como corresponde a un país que duplicó en veinticinco años la proporción de la población que vive en ciudades -casi 40% de acuerdo a cifras de la ONU-. Shenzhen pasó de ser un pueblo fronterizo marginal con infraestructura precaria a una ciudad como Chicago o Hong Kong. Shanghai recuperó su vieja gloria, pero hoy es, más que “la París de Asia,” el nuevo Manhattan regional.

Los campos de arrozales que la rodeaban apenas hace quince están hoy llenos de rascacielos -tantos, que se dice que a mitad de la década pasada se debió contratar una cuarta parte de las grúas de construcción de todo el mundo para levantarlos.

Por supuesto, no todo en esta historia es rosa. Exitos como los de estas dos ciudades han mejorado la calidad de vida de los habitantes que viven en las zonas urbanas (muchas en la costa), pero el diferencial de ingreso entre las zonas urbanas y rurales es pronunciado y creciente. [[Estimaciones recientes del PIB per cápita por regiones revelan que las zonas urbanas reciben en promedio ingresos tres veces superiores a las rurales. Ver Dennis Tao Yang y Cai Fang, The Political Economy of China’s Rural-Urban Divide (Center for Research on Economic Development and Policy Reform, Working Paper No. 62, Stanford California). El coeficiente de Gini para las ciudades también es menor que para el campo, de acuerdo a Justin Yifu y Yang Yao, “Chinese Rural Industrialization in the Context of the East Asian Miracle”, en Joseph E. Stiglitz y Shahid Yusuf, Rethinking the East Asian Economic Miracle (New York, N.Y.: Oxford University Press y Banco Mundial, 2001, pp. 143-195).]]

La migración no puede resolver estas desigualdades, en tanto enfrenta obstáculos legales y costos de transacción diversos.

No es sorprendente entonces que el glamour de los rascacielos de Shanghai vaya acompañado de escenas propias de la China maoísta, ni que en el suroeste opere una economía predominantemente rural, lejana a la realidad de la boyante costa.

También persisten omisiones preocupantes en las reformas que apenas están comenzando a atenderse. Una gran cartera vencida amenaza a los cuatro grandes bancos chinos, todos públicos, causada por el incumplimiento de pago de numerosas empresas del Estado que operan en números rojos y que recibieron créditos sin atención a criterios de rentabilidad y eficiencia. [[Su costo se ha estimado entre 30% y 75% del PIB chino. Sobre los determinantes de este problema conviene leer a Nicholas R. Lardy, China?s Unfinished Economic Revolution (Washington, D.C.: Brookings Institution Press, 1998).]]

El alto ritmo de crecimiento económico ha provocado un deterioro grave del medio ambiente, fundamentalmente porque 80% del consumo energético chino proviene del carbón y porque falta desarrollar esquemas de propiedad y controles adecuados a la nueva realidad productiva de ese país. China tiene la tasa más elevada de enfermedades pulmonares del mundo en desarrollo y serios problemas en el manejo del agua. [[Los problemas documentados más serios incluyen emisiones elevadas de C02, contaminación del agua, falta de procesamiento de basura, erosión de la tierra, entre otros. De acuerdo al World Wildlife Fund, las emisiones de CO2 de China son superiores a las de cualquier otro país y deben disminuir 40% para se consistentes con su capacidad atmosférica. Además, 42% del agua de los principales ríos y 36% del agua de sus ciudades no puede usarse para consumo humano.]]

Por último, quedan pendientes los temas de política y transparencia. El gobierno de China ha progresado significativamente en la expansión de los derechos económicos y sociales de sus ciudadanos, pero las garantías a los derechos civiles y humanos aún no progresan al ritmo que en Occidente se considera deseable. En la medida que aumente la clase media es muy probable que también se incrementen sus deseos de par ticipación y expresión en un marco de mayor diversidad y pluralidad, ajeno al entorno actual. Esto requerirá de apertura democrática. Al mismo tiempo, la corrupción ha crecido por falta de mecanismos de control adecuados al nuevo marco de la economía China. Combinado con falta de progreso democrático puede generar serios dolores de cabeza a las autoridades chinas. De la respuesta que den a estas demandas dependerá que el modelo de desarrollo actual sea sostenible.

LAS REFORMAS RESPONSABLES DEL CRECIMIENTO ECONÓMICO CHINO

A grandes rasgos, la transformación económica de China partió de una estrategia de reforma gradual, basada en la utilización de mecanismos de mercado para elevar la productividad y la eficiencia en casi todos los sectores económicos. Se puso en marcha en 1978, después del reconocimiento del fracaso económico (y político) de la Revolución Cultural y de las evidencias de éxito que ya mostraban los programas de desarrollo de los tigres asiáticos. El pragmatismo prevaleció en su instrumentación. “No importa si el gato es negro o blanco, mientras atrape ratones” fue la frase que Deng Xiaoping utilizó para convencer a los conservadores chinos de aceptar el reto de la construcción de una “economía socialista con características chinas”. Esta economía se construiría, de acuerdo al mismo Deng, con cuidado, “sintiendo las piedras al cruzar el río”.[[John Bryan Starr, Understanding China (London, U.K.: Profile
Books, 2001).]]

Las reformas comenzaron en el sector agrícola y las empresas públicas. Poco a poco se extendieron al sector industrial privado, la banca y el comercio. Su mayor éxito es identificable en la propia agricultura y las industrias ligeras. Sus insuficiencias, e inclusive fracasos, todavía afectan la salud del sector financiero y de las industrias pesadas. Durante todo este proceso el Estado chino conservó la rectoría de la economía, gracias a su férreo control de las estructuras políticas más relevantes -el Partido Comunista y el ejército- y de algunos sectores económicos básicos, como los que aún enfrentan dificultades.

Al mismo tiempo se apoyó en una política de mercados de capitales cerrados, que le permitió mantener un tipo de cambio fijo de la moneda nacional frente al dólar y mayor discrecionalidad en la asignación directa de créditos.

El sector agrícola empezó a transformarse con la creación de empresas familiares libres de vender su producción en el mercado, siempre y cuando entregaran un porcentaje al Estado para su redistribución. Este esquema, que descolectivizó la agricultura, y que nace de la propia iniciativa de las zonas rurales,[[Hay un debate sobre el origen de estas reformas. Se practicaron por primera vez en los sesenta, antes de que Mao las juzgara “demasiado capitalistas” y lanzara la Revolución Cultural. Sin embargo, Kate Xiao Zhou explica en How the Farmers Changed China: Power of the People (Boulder, Colo.: Westview Press, 1996) que las reformas al sector agrícola comenzaron desde abajo, con la organización espontánea y secreta de campesinos en unidades de producción privadas. El gobierno chino, de acuerdo a esta historia, se opuso inicialmente a esta fórmula, pero al apreciar sus buenos resultados decidió extenderla al resto del campo.]] fue denominado “sistema de responsabilidad familiar” para evitar cualquier asociación a un proceso privatizador, inclusive cuando en esencia consistió en eso.

La productividad del campo aumentó considerablemente, elevando entre tres y cinco veces el nivel de vida de sus habitantes, y proporcionando una mayor demanda y oferta de empleo para el despegue de las zonas industriales. En este proceso ayudó que los campesinos guardaban memorias de los tiempos previos a la llegada al poder del Partido Comunista Chino, cuando operaban en un sistema de mercado. Este conocimiento sobre técnicas de mercado les abrió la oportunidad de aprovechar los nuevos incentivos con relativa facilidad.

Poco después, y una vez confirmadas las bondades de la reforma rural, comenzó la reforma de las empresas públicas con seis programas piloto en la provincia de Sichuan, que terminaron extendiéndose hacia 1981 a casi todo el sector público industrial. Como en el caso del sector agrícola, se otorgó mayor autonomía de gestión a las empresas y la posibilidad de comenzar a vender y comprar excedentes a precios de mercado, bajo el esquema de “contratos de responsabilidad económica”. Pero a las empresas públicas no se les privatizó. La consecuencia fue que no se corrigieron completamente ni los incentivos del gobierno para interferir en las decisiones de las empresas ni los de sus administradores para generar mayor productividad.

Por lo tanto, en subsecuentes reformas se otorgó una mayor autonomía a las empresas y se les expuso a la competencia. Toda oferta de bienes finales y demanda de insumos por encima del nivel contratado con el Estado se comenzó a vender y comprar a precios de mercado.[[Los bienes entregados al Estado se siguieron vendiendo a
precios oficiales. Esto creó un sistema de precios de dos niveles que, a pesar de sus inconvenientes, permitió aprovechar las señales de precios en la asignación de recursos.]]

Esto abrió paso a la liberalización gradual de precios y a la generación de utilidades, que las empresas comenzaron a reinvertir en lugar de transferirlas íntegras al Estado.

El otro elemento clave de la reforma del sector industrial inició en 1982, mediante la creación de las primeras zonas económicas especiales (ZEEs) en las provincias de Cantón y Fujian, con una estructura de incentivos similar a la de la industria maquiladora mexicana. Las ZEEs gozaron de garantías legales e incentivos fiscales sostenidos y creíbles que, sumados al compromiso del Estado de construir infraestructura pública de alta calidad, proporcionaron un marco confiable para la atracción de inversión extranjera directa.

Los incentivos fiscales fueron más allá del otorgamiento de tierras baratas o exenciones en el pago de impuestos. Incluyeron la posibilidad de importar insumos de alta calidad y bajo precio desde cualquier parte del mundo. A pesar del límite entonces vigente a la participación del capital extranjero en las empresas ubicadas en las ZEEs, los inversionistas extranjeros comenzaron a aprovechar estas oportunidades, convirtiendo a las tres zonas de Cantón (Shenzhen, Shuhuai, Shantao) y de Fujian (Xiamen) en dinámicos centros de producción industrial.

Los resultados económicos favorables reportados por estas ZEEs, sumados a la ausencia de un desafío desde ellas al control del Partido Comunista, proporcionaron la evidencia necesaria para que el gobierno chino decidiera extender este esquema a otras quince regiones, notablemente Guangzhou y Shanghai. En 1986 se abrió la puerta empresas con el 100% de capital extranjero, atrayendo así más capitales de más regiones del mundo. A partir de 1992 la IED saltó significativamente, de flujos anuales promedio cercanos a los cinco mil millones de dólares a flujos de 40 mil millones. La diáspora china jugó un papel protagónico en esta inversión, seguida por la japonesa, coreana, americana y europea. Las empresas de Japón y Corea del Sur relocalizaron operaciones hacia las ZEEs a un grado suficiente para preocupar a los gobiernos de sus propios países por la pérdida de inversiones y empleo. Mientras los asiáticos invirtieron para el sector exportador, los americanos y europeos se concentraron en el mercado interno.

El gran rezagado es el sector bancario.

Se reestructuró primero en 1983, con la creación de un banco central y cuatro bancos especializados en industria y comercio, agricultura, construcción y transacciones internacionales. Estos bancos sustituyeron al único que existía desde la era maoísta, pero permanecieron bajo el control directo del gobierno. Puesto que los conflictos de interés asociados a esta estructura pronto se hicieron evidentes, sobre todo en la canalización de créditos hacia empresas públicas sin criterios de rentabilidad privada o social y en presiones inflacionaras, nuevas reformas se instrumentaron en la década de los noventa. Se crearon bancos de desarrollo para prestar a las empresas públicas y limpiar la cartera vencida de los cuatro bancos existentes. Aun así, la cartera vencida plantea riesgos difíciles de resolver.

El gobierno chino intenta sortearlos actualmente abriendo al capital externo la participación en este sector, primero orientado al sector empresarial, más adelante al consumidor. La incógnita es si logrará atender este reto sin enfrentar una crisis.

Las claves del éxito en la reforma económica china se encuentran, entonces, en los siguientes elementos:

• Pragmatismo. Se adoptaron las políticas que dieron resultados (crecimiento económico y empleo), incluso si eran inconsistentes con la ideología o dogma comunista.

• Gradualismo. A través de un proceso de prueba y error se seleccionaron las políticas que funcionaban, se facilitó la movilidad de trabajo y capital del sector rural al urbano y se liberalizaron los precios.

• Estabilidad y credibilidad de las políticas públicas. Las empresas gozaron de incentivos de largo plazo, incluyendo un entorno macroeconómico estable.

• Privatización del campo, comercio e industrias ligeras. Se confió en el potencial productivo del sector privado y se utilizó la competencia como incentivo a la productividad.

• Capital humano. Se aprovechó el conocimiento de aquellos que vivieron en el sistema de mercado antes de la llegada del PCC al poder.

• Tecnología y redes internacionales. Se facilitó la importación de tecnología y se descansó en el conocimiento de comercialización y distribución de las comunidades chinas en el exterior.

¿EL MODELO CHINO ES UN EJEMPLO A SEGUIR PARA MÉXICO?

Me parece que no, por lo menos si por “modelo” se entiende el paquete completo de políticas que instrumentó el gobierno chino. Las circunstancias que propiciaron el éxito de las reformas chinas no corresponden al entorno mexicano actual. Como lo mencioné más arriba, China transitó de una economía centralmente planificada a otra de mercado, pero México ya era una economía de mercado. China instrumentó sus reformas en una economía aislada de los mercados financieros internacionales, México no. China no reformó simultáneamente sus sistemas económico y político, México sí.

Más aún, la nueva ola de reformas chinas, apoyada en el ingreso de ese país a la OMC, apunta en la dirección de las reformas que México ya adoptó. El gobierno chino sabe que la estrategia que utilizó en los últimos veinte años está llegando a sus límites y que el crecimiento económico sostenido requiere de reformas legales, comerciales y financieras congruentes con prácticas internacionales.

Así generará mayor confianza para la inversión interna y externa. Su acercamiento a la OMC pretende acelerar y dar credibilidad a esas reformas.[[Supachai Panitchpakdi y Mark Clifford, China and the WTO: Changing China, Changing World Trade (Singapore: John Wiley and Sons, 2002).]]

Y como en el caso de muchos países para los que el comercio internacional representa una creciente proporción del PIB, incluido México, China busca en
la OMC estabilizar el acceso de sus exportaciones a mercados externos.

El programa económico que China hoy intenta reformar corresponde al de un Estado desarrollista, burocrático y autoritario similar, guardando proporciones, al que Taiwán o Corea del Sur emprendieron hace más de cuarenta años. Inclusive guarda correspondencias con el mexicano de 1940-1980, por el activismo productivo del Estado y su puesta en marcha fuera de las reglas del GATT (OMC). Entre 1978 y 2000 el gobierno chino, como el taiwanés, coreano o mexicano de la posguerra, aplicó subsidios a los créditos y las exportaciones, restricciones a la importación, límites y condiciones de desempeño a la inversión extranjera y programas de desarrollo industrial incompatibles con el régimen de la OMC. También dirigió el crédito a diversos sectores y empresas públicas en términos preferenciales. Como los gobiernos de Taiwán y Corea del Sur, pero en contraste con el mexicano después de 1970, el de China mantuvo un entorno macroeconómico estable, evitando así sobrevaluar su moneda.[[Esta quizá sea la diferencia principal entre los países de Asia y los de América Latina. Al subvaluar la moneda, los asiáticos promovieron el crecimiento hacia fuera. Al sobrevaluarla, los latinoamericanos promovieron el crecimiento hacia dentro.]]

El viraje responde también a insuficiencias en la calidad del crecimiento económico chino. La pobreza absoluta disminuyó pero la desigualdad aumentó. El incremento en la producción ha descansado más en un mayor aprovechamiento de factores productivos ociosos, o subempleados, que en el desarrollo tecnológico dinámico. En términos popularizados por Paul Krugman,[[Paul Krugman, “The Myth of the East Asian Miracle “, en Foreign Affairs (noviembre-diciembre, 1994, pp. 62-78).]] el crecimiento asiático (y hasta cierto punto el chino) se ha debido más a la “perspiración” que a la “inspiración”: la producción creció porque más gente encontró trabajo, no tanto porque la productividad del trabajo en sí mismo haya aumentado como consecuencia de la innovación. Si China, como México, se muestra incapaz de generar tecnologías propias, o de
atraer tecnologías modernas, la tasa de crecimiento de su producción estará limitada a la tasa de crecimiento de su fuerza laboral. Ahora bien, China registra modestos pero acumulativos aumentos en su productividad desde mediados de la década de los años ochenta [[Consultar las estimaciones de los componentes del crecimiento económico chino entre 1952 y 1998 en Chow, op. cit.]] y produce cerca de 500 mil científicos e ingenieros al año.[[A un costo de entre cinco mil y diez mil dólares. Jonathan R.
Woetzel, Capitalist China: Strategies for a Revolutionized Economy (Singapore: John Wiley and Sons, Asia, 2003).]]

El crecimiento por inspiración puede estar a la vuelta de la esquina.Hay quienes proponen que China pudo poner en marcha estas exitosas reformas porque su sistema de
gobierno autoritario facilita la imposición de políticas costosas e impopulares.

Pero este argumento es discutible en al menos dos sentidos. Primero, porque el gobierno chino no impuso las reformas a una población hostil a ellas; todo lo contrario, el pueblo chino estaba listo para divorciarse de las prácticas económicas nocivas del maoísmo y el gobierno chino sabía que podía recuperar legitimidad con reformas que generarían más libertad y crecimiento económico. Segundo, porque políticas públicas o esquemas de incentivos virtuosos pueden establecerse bajo cualquier sistema de gobierno. Estimaciones de corte transversal y estudios comparativos para grupos amplios de países sugieren que el crecimiento económico es mayor donde predomina el
imperio de la ley, existe orden político, o se garantiza la libertad económica y política. No hay nada en ellas que indique que los regímenes autoritarios tienen un mejor
desempeño económico que las democracias.[[Una breve reseña de la literatura y preguntas relevantes pueden consultarse en Yi Feng, Democracy, Governance, and Economic Performance: Theory, Data Analysis, and Case Studies (Cambridge, Mass: MIT Press, 2003) y Bruce Bueno de Mesquita and Hilton Root, eds., Governing for Prosperity (New Haven: Yale University Press, 2000).]]
 
Quienes creen que las dictaduras tienen mayor facilidad para guardar el orden y garantizar el imperio de la ley, señalan generalmente a los tigres asiáticos como ejemplo de regímenes autoritarios exitosos. Pero pocos de ellos voltean a las dictaduras de Africa, América Latina o Medio Oriente para argumentar lo mismo.

De igual modo, quienes venden a la democracia como la mejor fórmula para el crecimiento olvidan que la democracia más grande del mundo, India, ha tardado mucho en mostrar un desempeño similar al de las democracias de Europa. Hasta ahora lo que sabemos es que las democracias tienen en promedio mejores niveles de vida que las dictaduras y que logran crecer por periodos más largos.

Pero todo indica que las elecciones libres por sí solas no son condición necesaria o suficiente para generar crecimiento económico. La relación entre régimen político y crecimiento económico aún está por esclarecerse. La lección del desarrollo económico chino está entonces en otro lado -en la confirmación de la importancia de varios principios básicos para el diseño de las políticas públicas: pragmatismo, gradualismo, estabilidad de incentivos, competencia-.

Es preciso establecer reglas de inversión claras, contundentes, consistentes, creíbles y estables; así como utilizar incentivos de mercado para elevar la productividad y
eficiencia. Es preciso, también, proporcionar la infraestructura física, financiera, informativa, educativa y social para facilitar la reasignación del trabajo y capital hacia nuevos sectores. El sistema político mexicano actual, con sus candados, pesos y contrapesos, puede resolver con relativa facilidad el tema de la estabilidad de las políticas públicas -no en vano la queja cotidiana es que tenemos demasiada estabilidad en la política energética y laboral-.

Falta que demuestre que puede ser pragmático. Debe promover políticas más orientadas a resultados que a la preservación de valores cuyo sentido es propio de generaciones previas y de otra realidad económica. Para eso se requieren una visión y una estrategia claras. Nuestra legislatura tiene un largo trecho por recorrer para plantearlas. n