La reciente reedición facsimilar de la revista S.nob, dirigida en los años sesenta por Salvador Elizondo, mueve a varías reflexiones. La primera de ellas es la necesidad de reconocer lo mucho que la segunda mitad del siglo XX, y por lo que parece los próximos años, deben a lo que se hizo durante esa década en el terreno de las revistas culturales.

En aquellos años se tenía un panorama más que halagador de revistas como Cuadernos del viento, La revista mexicana de literatura, Estaciones, La revista de Bellas Artes, la Revista de la Universidad, Diálogos, Mester, El corno emplumado y un amplio etcétera de publicaciones tanto institucionales como independientes, en medio del cual S.nob resaltaba como una actitud diferente y un tanto extrema en su rechazo de la solemnidad (más que de la seriedad) de otras publicaciones pasadas y del momento.

Su manera de llamar la atención no se debía a los autores que publicaba, ya que muchos de ellos escribían también en las otras, sino en la manera de presentarse ante el público con un desenfado provocador y una propuesta literaria extrema (en el primer número se publica una ya legendaria página del Finnegan’s Wake de Joyce en traducción de Salvador Elizondo, por ejemplo).

Así se puede ver en ella el antecedente de una actitud no más ligera pero sí más lúdica de encarar el arte que trataron de proseguir, en la
mayoría de los casos trivializándola, publicaciones como Viceversa y
similares, mismas que en los últimos
años se han vuelto una plaga de
los quioscos al grado de que ya se
extraña a Mecánica nacional.

Pero también se puede ver ahí el antecedente de revistas como Cartapacios
en los años setenta o -más recientemente- Paréntesis, sin olvidar
que la mayoría de los hacedores y
colaboradores de S.nob engrosaron
las filas de Plural en los años setenta. Extremando el asunto se puede
ver también en publicaciones como
El machete (tercera época), La regla
rota o La pusmoderna a los herederos de la iconoclastia snobiana:
un diseño más inventivo, un humor
sin concesiones, una búsqueda de
autores excluidos de los cánones
bien pensantes, etcétera.

S.nob sería un buen referente para saber cómo evoluciona el
gusto del lector. ¿Cómo fue recibida
en su época, cuál fue su alcance?
Me sospecho que el tiempo transcurrido desde entonces -42 años- le
ha dado un sabor más concentrado,
más cuerpo, como a los vinos.

El odre ha sido el cambio en el gusto
estético. Y sobre todo se ha decantado la obra de los escritores y artistas que en ella participaron.

Son sin duda las figuras canónicas de esa
generación -llamada a veces de La
Casa del Lago, otras de la ruptura,
y aun otras de la Revista mexicana
de literatura-, aparte del propio
Elizondo, Ibargüengoitia, García
Ponce, García Ascot, Juan Manuel
Torres, Alvaro Mutis, Alberto
Gironella, Tomás Segovia, etcétera.
Desde la editorial del primer
número se nos recuerda a los lectores que ser snob tiene unas connotaciones de uso que son a la vez deudoras y se distancian de su
origen: sin nobleza.

Una manera en que la cultura con minúscula
se quiere con mayúscula, pero sin
renunciar a su talante democratizador. Hay que recordar que la misma
noción de nobleza no está en sus orígenes ligada al poder económico, y que en muchos casos se contraponen. Por eso pocas cosas tan
burguesas como la iconoclastia.

Así la ironía del título es también un
reconocimiento que se anticipa al
reproche volviéndolo elogio.

El aspecto lúdico señalado
líneas arriba es esencial. La revista
se anuncia como de periodicidad
hebdomadaria, lo cual hace suponer que o confiaban en un público
lector o bien no se preocupaban
mucho por el asunto de sus ventas,
a pesar de (o tal vez por) contar
con el apoyo de Gustavo Alatriste,
productor de cine y hombre de
negocios.

No hay que olvidar que
por familia Elizondo estaba ligado al
mundo del cine, al cual era muy aficionado, y que la revista tenía para
bien y para mal (con el tiempo creo
que sobre todo lo primero) el aire
de un juguete nuevo.

Por eso el cine estaba tan presente en su conjunto, tanto en la temática y forma de
varias de sus colaboraciones, como
en el espíritu del diseño, y en el
aliento “frívolo” que la recorría.

Lo que sorprende ahora en la
edición facsimilar es comprobar
la coherencia del gesto número a
número. Todos los que alguna vez
han hecho revistas saben que las
afinidades electivas entre los textos se intuyen pero no se pueden
medir del todo sino hasta que el
tiempo -la duración- las hace
aflorar y volverse evidentes.

¿Qué tendrían que decir juntos un texto
iconoclasta sobre lo femenino, un
capítulo del libro inconcluso-infinito de Joyce, una rememoración
inventada de un encuentro con
Drieu la Rochelle, etcétera? Ahora
la respuesta parece inmediata, pero
no creo que lo fuera entonces.

En cierta forma y a pesar de las
enormes diferencias de contexto e
intención, S.nob nos hace pensar en
Contemporáneos como una muestra
de la potencia posible de la cultura mexicana en un determinado
momento. Lo primero que se hace

-y hay que destacarlo- es crear
una zona de identificación entre
esos pocos -happy few- que conformaban el cogollito o la mafia, y
que se entendían a sí mismos al
dejar fuera del entendimiento a los
otros.

La revista, como una de sus
deudoras, Paréntesis, está llena de
guiños diría que rituales (un ejemplo: la insistencia en llamar doctor a
Juan Vicente Melo -lo era, en efecto- y a su vez de éste en disfrazar
sus textos de asuntos médicos), lo
que permitía crear un humor codificado.

Nunca ninguna revista, por
más ingenuos que sean quienes la
hacen, se dirige a todos, idea tan
abstracta como absurda, por eso
es mejor y más inteligente dirigirse
a unos lectores concretos, pero es
evidente que se dirige a unos cuantos más de los que se piensa en su
momento, porque a la fiesta siempre llegan “invitados inesperados”.

Seguir el itinerario de los que
participan en la revista en las
décadas siguientes es ilustrativo,
la mayoría de ellos se consolidan
como figuras literarias a su modo,
desde la brevedad exigente cercana
al autismo de un Elizondo hasta la
extensa obra de García Ponce o de
Ibargüengoitia, pasando por extraños fenómenos, incluso de carácter
mediático-esotérico como Alejandro
Jodorowsky, novelistas de culto
expulsados de las historias literarias como Luis Guillermo Piazza, o
heterodoxos inclasificables como
Leonora Carrington.

Asombra, desde luego, la calidad de lo que se publica en S.nob.
Asombra también que ciertos dejos
que no pueden ser calificados sino
de mamilas se hayan vuelto con el
tiempo signos de identidad destacados de la publicación y que se
les haya querido imitar sin mucha
fortuna. Una de las cosas que uno
lamenta es que la publicación se
haya acabado tan de golpe.

Después de sus primeros números rigurosamente periódicos, tarda en salir el
siete y, cuando aparece, uno tiene la sensación de que había alcanzado ya una espléndida madurez y que incluso en textos como el
“Diccionario del comedor de lotos”
resultaba sumamente propositiva en
polémicas que tendrían mayor resonancia décadas más tarde (la legalización de la droga, por ejemplo).

Y la revista se acaba ahí. Lástima.
Habría que lamentar que la edición facsimilar no incluya los suplementos -supongo que por problemas de extensión- y que no haya
sido acompañada de un prólogo más
extenso, así como de un índice general que habría facilitado su consulta y
la mejor comprensión de la importancia de la revista.

Es, sin embargo, un buen intento por recuperar la memoria hemerográfica de nuestra cultura, intento que se había detenido en las
revistas de los años cincuenta, en la
colección de facsimilares del Fondo
de Cultura Económica. n