La poesía de Víctor Manuel Mendiola establece una relación fácil
con el lector. Pero se trata de una
facilidad que no debe confundirse
con alguna concesión o búsqueda
de aprobación a toda costa. Su tema
no es el lenguaje mismo ni intenta
explotar al máximo el diccionario
o un ars combinatoria posible a
través de juegos que falsificarían el
discurso surgido de la exploración
de ideas e intuiciones frente a la
realidad maleable. Su tema fundamental es la forma múltiple en que
el mundo y la vida se manifiestan,
sus avatares y misterios, sus ocultamientos tras los hechos aparentemente más simples y comunes.

Nada más lejano a la grandilocuencia y al efectismo retórico. La poesía
entendida como visión de territorios
por descubrir, glosar y gozar, abordar y conquistar. El sentimiento del
paso del tiempo es algo mucho más
fácil de fijar para un filósofo, por
ser común a todos; pero la poesía
de Mendiola lo logra cuando interrumpe de pronto lo racional y
creíble para desplegar hechos que
se antojan escénicos en la medida
en que suceden, acontecen en el
sentido mismo que el desarrollo de
una secuencia de cine tiene lugar
y pasa ante nosotros, y la cual
puede conmovernos o incitarnos
a ir en busca de otro asunto, pero
no dejarnos indiferentes. Aquí no
interesan los instantes concebidos
como desbordamientos confesionales ni los hechos como alegorías de una metafísica malabarista.

Hay que decirlo: en Mendiola facilidad es habilidad para hacer que el poema aborde su tema y lo lleve suavemente por las innumerables grafías del intelecto y la observación sensible del acontecer de las cosas, los vientos, un coche, una mesa, una piedra, un pez en la pecera, la mujer amada en “la playa escondida de nosotros”, un viaje en avión… Y no escatima la felicidad experimentada ante la naturaleza ni las analogías del allá (afuera) y el aquí (adentro). El poeta despliega una vehemencia vital que culmina en cada intento por saciar su sed de formas.

Y lo notable es que esas formas -con toda su autoridad, rigor, prestigio- no lo desvían de su verdadero propósito, que es concebir y realizar poesía sin compromisos. O bien, sólo con el compromiso de no trabajar para unos cuantos. Un verdadero artista, pues.
Al leer “La novia del cuerpo” se advierte cómo ha avanzado Mendiola hasta la madurez expresiva, dueño ya de un bien dotado repertorio de imágenes, entonaciones y
conceptos compactados en chispazos autobiográficos, en afortunadas
secuencias polirrítmicas mediante
las cuales construye un erotismo
divertido, desbordante y locuaz.

Así transfigura la cotidiana comunión
con el ser múltiple y único que se
cumple en la pareja, conciliando los
paisajes de la mente sobrecogida
con los rituales y signos de la sensualidad más caudalosa. “Pongo mis
labios/sobre tus labios/ y me hundo
por dentro/de la línea de carne/en
el nudo del cuerpo./ Me levanta tu
mano,/ me levantan tus piernas/ en
esta cara/ entre dos bocas./ Pongo
mis labios/ sobre tus labios/ adentro
de los dos,/ adentro de una raya/
de agua”.

El fervor erótico sale a la
superficie, crece y salta como un
salmón que remontara la corriente
de la mera insinuación, se instala en
la escritura concisa del deseo, jadea,
se despliega en instantáneas tomadas desde vehículos irrepetibles. La
travesía ocurre en el lecho de los
amantes o en las miradas preparatorias del próximo abrazo ¿conyugal?,
en la familiaridad sorprendente de
una caricia impúdica que afina el
tacto, el oído, los atrevimientos del
cuerpo hipertónico.

Se trata a la vez de erotismo y sexualidad, de estampa japonesa y coito estremecedor.
Una poética refinada sustenta
su actitud ante la página en blanco:
“…Cada cosa/ contada en la retina
es una glosa/ del alma que nos cura
y nos renueva”. Así la poesía avanza
hacia la inocencia, conforme se perfecciona el acto de hablar de (con)
la mirada: “Es la canción de lo que
no se sabe/ y que de pronto se hace
una visión. / Bilingüe el ojo avanza
por la boca”.

Conexión a la que se
añade la habilidad para hacer que
parezca desenfadada la forja de los
versos, como si el trabajo con las
gubias, las diminutas herramientas
de relojería, los mecanismos y bandas de transmisión, hubiesen sido
guardados en un baúl o incinerados
una vez concluido cada poema.

“Las 12:00 en Malinalco”, por
ejemplo, es un poema complejo, una especie de narración en
verso que injerta voces ajenas,
pensamientos en eco, contrapuntos temporales que se remontan a
recuerdos, nimiedades y reflexiones
profundas que van entretejiendo la
experiencia vivida en el santuario.

Aquí lo más atractivo es el conjunto
que, leído por actores, constituiría
una pieza teatral con importantes
hallazgos experimentales. Es el caso
también de “Vuelo 294”, poema del
cual ha dicho Saúl Yurkievich que
“logra una bella amalgama entre
forma fija y polifonía”.

En efecto, esta composición armada con 21
sonetos ratifica la idea, antes sugerida, según la cual hay en Mendiola
una densidad escritural que evoca
las estructuras del drama: la conciencia de los otros, la necesidad de
los demás para cantar, las voces que
construyen el yo mismo.

Con el poema titulado “Papel
revolución” se tiene la impresión de
que Mendiola necesitaba cambiar
de tono, explorar una aprehensión
más real del mundo. Y ahí nuevamente el contrapunto, el contraste
entre un pasaje de la conquista de
México-Tenochtitlan y la subyugación de un niño delicado a manos
de unos truhanes adolescentes en
una escuela de gobierno.

Todo está planteado de manera que la sordidez sea una sola, la violación del
niño se analoga al arrasamiento de
las culturas mesoamericanas por
los españoles; el ambiente de la
escuela, el olor a orines y vómito,
el miedo palpable en la atmósfera
serían resabios de la peste y la destrucción del México antiguo.

En mi opinión, “Habitaciones”,
“Vuelo 294” y “La novia del cuerpo”
son las piezas maestras de Tan oro
y ogro, un libro con el que Mendiola arriesga y gana por su lucidez,
imaginación y, sobre todo, destreza.
Una obra destinada a perdurar. n