LA EDAD DE LA INOCENCIA Y LOS EMPRESARIOS

Atrapado por el mal desempeño económico, el gobierno no encuentra
cómo reconocer la necesidad de una revisión a fondo de la estrategia adoptada para combinar con éxito la democracia con el crecimiento.
De aquí el malestar social que se detecta apenas se abandona el avión
presidencial, pero también el enfado de las cúpulas empresariales con un
equipo gobernante que carece, en los términos de la Canacintra, de un
“proyecto de nación”, y en la visión más general de los patrones, para
quienes eso del proyecto de nación les es del todo extraño cuando no
irritante, simplemente sin coordenadas ni capacidad de dirección.
La rebeldía de las elites del dinero contra un gobierno que se anunció
como de ellos y para ellos, se ha expresado de muchas maneras, pero
sigue dominada por un extravío retórico que por desgracia se ha vuelto
estratégico. Sin asumir todo lo que implica la globalización acelerada de
México, sin haber pasado revista seria a las múltiples carencias y fallas que
esta globalización ha traído consigo, y que los afectan particularmente en
su futuro como tales, los hombres de la empresa compraron sin chistar y
hasta con fervor la propuesta presidencial de que sólo había una ruta para
consolidar su victoria después de “setenta años de desperdicio y autoritarismo”: proseguir la marcha de las reformas diseñada por los continuadores
del Consenso de Washington y apretar las amarras de la relación bilateral
con Estados Unidos, hasta arribar a una integración en toda forma.
Esta compra llevó el pensamiento empresarial a perder el hilo de su
propio razonamiento económico, así como la perspectiva sobre lo que

hay que hacer para ganar tiempo
y prepararse para un futuro difícil,
impuesto por la fatalidad de esa
mayor integración en Norteamérica postulada sin mayor explicación
ni consulta por el presidente Fox.
En los hechos, pusieron la carreta
delante del caballo.
Al hacer suyo el mantra presidencial de que con sus reformas se
crecería y sin ellas no, los inversionistas mexicanos decidieron esperar
a que dichas reformas se hicieran
y pospusieron sus decisiones de
inversión sin fecha de término.
Sin ir a donde está el diablo, a los
detalles del silogismo económico
mal pergeñado por el gobierno, sin
preguntarse por una vez si no se
estaba ante un aberrante sofisma,
la timidez inversionista amparada
en la (falsa) expectativa reformista consumó una nefasta profecía
autocumplida: la economía no creció sino cuando el ciclo económico americano se revirtió, y ahora
lo hace sin reformas pero con un
potencial de expansión abatido por
la falta de acumulación.
El presidente Fox y sus consejeros pueden cantar victoria y presumir de meteorólogos, pero por las
razones equivocadas.

La reformitis dominó la economía política mexicana sin que sus
actores se hubiesen siquiera preguntado por la lógica secuencial y las
implicaciones varias de unas reformas como las planteadas inicialmente por el Programa Nacional de
Financiamiento del Desarrollo (Pronafide) y luego convertidas en vara
de la virtud económica nacional.
Así, se asiste al bochornoso espectáculo de empresarios que claman
por protección y apoyo estatal para
resistir las “armonizaciones” arancelarias anunciadas el año pasado,
mientras minan por todos lados la
posibilidad de intentar algo parecido a una política industrial que
en las nuevas circunstancias propicie una mínima conexión entre los
logros exportadores y el resto de la
economía donde se define la suerte
del empleo.

La mayoría de los empresarios
mexicanos puede poco en el mercado externo, y su campo de batalla
está dentro pero ahora en competencia con el resto del mundo. Sin
embargo, en vez de pugnar por la
ampliación consistente del mercado doméstico que podría arrancar
con inversión pública y programas
ambiciosos de empleo, se refugian
en exigir una adecuación fiscal propuesta por el gobierno que consiste
en generalizar el IVA a los alimentos básicos y las medicinas lo que,
dadas las circunstancias actuales de
bajo empleo y crecimiento mediocre, no puede sino constreñir el
consumo de las mayorías.
Lo mismo ocurre con la reforma energética. Del sentido común
que espera buena y barata electricidad, lo cual redundaría en esquemas de costos más sustentables que
los actuales basados en los salarios
bajos, los hombres del dinero exigen una privatización eléctrica que
no asegura una reducción duradera de tarifas y vuelve más difícil
el reencuentro entre la CFE y los
empresarios instalados en México,
y todavía dispuestos a hacer ingeniería y producir equipo e insumos
para la industria eléctrica.
Una privatización eléctrica sin
objetivos nacionales y provisiones
estratégicas sobre el desempeño
de los beneficiarios de la apertura
del mercado, será acaparada por la
inversión extranjera que traerá de
fuera el grueso o la totalidad del
equipo necesario y que, una vez
instalada, se convertirá en fuente
adicional de presión sobre la balanza de pagos por la remisión de utilidades que empezará a realizar
apenas empiece a sonar la caja. La
ganancia tecnológica que supone
la inversión multinacional será en
lo fundamental para ella, mientras
que a los empresarios nacionales
les quedará la ilusión de otra gloriosa victoria… ideológica.
Como lo han consignado varios
consultores económicos privados,
señaladamente Rogelio Ramírez de
la O en sus entregas en El Universal,
la confusión conceptual propiciada
por este reformismo desbocado se
ha vuelto fuerza material pero no
productiva.

A la espera de las reformas, la empresa vive en el receso
o a expensas de los compradores
foráneos, dispuestos a adquirir
barato plantas y firmas que todavía
muestran capacidades de producir
y competir. Y todo esto en las vísperas de acontecimientos de gran
envergadura que tienen que ver
con el hecho de que el TLCAN ha
dado prácticamente de sí, sin que
México haya podido concretar los
beneficios prometidos en materia
de desarrollo y bienestar.
EL TLCAN DIO DE SÍ,
PERO LOS EMPRESARIOS DICEN NO
A este respecto, en su espléndido
ensayo “Diez años del TLCAN: una
visión de futuro” (Economíaunam
3, sept.-dic. 2004) el economista
Antonio Gazol señala que la raíz
de la competitividad de las exportaciones mexicanas está “fincada en
una perversa combinación de dos
componentes de distinta naturaleza:
de un lado, los bajos costos de la
mano de obra y sus correspondientes implicaciones en el mercado
interno y los niveles de bienestar y,
de otro, la importación de partes y
componentes del exterior” (p.18).
Sobre lo primero se ha hablado
mucho, aunque no lo suficiente si se
atiende al encono social que como
mancha de aceite recorre México.

Sobre lo segundo, directamente vinculado con la cuestión empresarial
mexicana, Gazol dice que la elevación del contenido importado de los
bienes exportados auspiciada por la
política de apertura externa deriva
en “la desarticulación de las cadenas
productivas y la progresiva separación del sector exportador del resto
de la economía. Pareciera que se está
volviendo a los viejos esquemas de
enclaves agro exportadores o minero exportadores que caracterizaron
durante años a la región latinoamericana, pero ahora, en México, en el
sector industrial” (p.19).

La necesidad de una nueva
ronda de reflexión sobre lo que
sigue, se hace imperiosa pero no
parece estar claramente instalada en
la agenda empresarial mexicana de
estos tiempos.
Hay que admitir, de entrada,
que la ruta tendría que haber sido si
no la opuesta sí diferente a como la
imaginaron en Los Pinos. Lo primero
era habilitar al Estado para invertir
en serio en infraestructura sin seguir
la sangría de Pemex y de la propia
CFE, a través de tarifas absurdas que
expresan necesidades fiscales más
que deficiencias de productividad,
que sin duda las hay.

Con esa inversión adicional,
que nadie puede hacer en serio
desde el sector privado, salvo a costos muy altos que tarde o temprano
se vuelven deuda pública, el país
podría haber empezado a crecer y
defenderse en alguna medida de los
efectos de la recesión americana,
descubrir nuevos círculos virtuosos
de mayor empleo y consumo, más
inversión privada y más ingresos
fiscales producto del crecimiento y
no de la reducción de los ingresos
reales de los pobres. En esta perspectiva podría entonces empezar a
hablarse de una normalización fiscal
que abarcase el IVA en alimentos,
acompañada de una efectiva reforma de la salud pública que la universalizara sin tener que tejer más
telarañas para la seguridad social,
la provisión de medicamentos para
todos y para un régimen de pensiones colgado de alfileres, mientras
dure la transición demográfica y el
empleo se mantenga ausente del
panorama económico nacional.
Con inversión y crecimiento sostenidos, la oferta de salud para todos
podría ser el primer paso en firme
para plantearse lo que se ha eludido por años: una reforma social que
tenga por faro la equidad y siente
las bases de una convivencia política sustentada en la hospitalidad y la
libertad, así como en la solidaridad.

El cambio estructural, la apertura externa, el TLCAN, tuvieron como
horizonte la globalización de México
y su integración intensa en Norteamérica. Sin la conexión empresarial
mexicana, nada de esto se concebía como posible ni, para muchos,
deseable. La empresa era vista como
el fusible indispensable para combinar éxito económico y bienestar
social, pluralismo político y Estado
de derecho con democracia.
El balance no es favorable, ni
para la empresa ni para el país,
pero el mundo no se va a compadecer de nosotros. Escribe Gazol: “La
integración económica con América
del Norte ni va a dar reversa ni se
va a detener. La situación actual es
que se cuenta con una zona de libre
comercio […] que empieza a mostrar signos de agotamiento y que ya
se han dado pasos para su sustitución por otro más intenso, pero en
el marco de un vínculo más fuerte
que hace diez años con la economía de Estados Unidos.
“La especialización, ha sido
gobernada por los intereses de las
corporaciones, en lo industrial, y
por los dictados del mercado, en lo
agrícola. La desarticulación de las
cadenas productivas en el ámbito
interno ha derivado en una sólida
integración productiva en la región
norte de América [pero, añado yo,
sin libre circulación de la mano de
obra por la zona].

“Al cabo de diez años lo que
queda claro es que ni la consolidación del impulso exportador iniciado con anterioridad (al TLCAN), ni
el aumento en las inversiones foráneas, ni la especialización se han
reflejado en mayores tasas de crecimiento y mejores condiciones de
vida para los mexicanos. La importancia que han adquirido las remesas de los trabajadores migratorios
en la balanza de pagos constituye
una contundente respuesta al antiguo planteamiento de 1992-1994
en el sentido de que México ya no
exportaría personas, porque exportaría mercancías. Sí, ha exportado
mercancías, pero también personas,
y más que en 1994.

“Estos son los datos…duros
-concluye nuestro autor- que
nadie, responsablemente, puede
ignorar al momento de diseñar la
orientación de cualquier política
económica o, mejor, de cualquier
política a secas […] No debemos
permitir que, de nuevo, el futuro
nos alcance” (p.29).
Mucho menos los empresarios,
si los hay. n