Norberto Bobbio, el pensador más emblemático de la escuela de Turín, falleció a inicio de este año dejando tras de sí una obra tan rica y relevante como imprescindible en los campos de la filosofía y la política. Michelangelo Bovero, uno de sus más destacados y cercanos discípulos, comparte con los lectores de Nexos esta evocación de su maestro.

La última clase

Quisiera recordar al Bobbio profesor, mi profesor, comenzando —aparentemente— desde el final. Es decir, desde la última clase del último curso que impartió como titular de la cátedra de filosofía política.

Aquel 16 de mayo de 1979 estaban presentes muchos colegas en el aula 14 del primer piso de Palazzo Nuovo. Bobbio comenzó con estas palabras: “No pienso ser demasiado perspicaz si me percato que en esta aula hay algunas personas que no son estudiantes. Algunas de éstas fueron mis estudiantes; no sólo, veo incluso alguno a quien debo de haber regañado durante una lección y que, a veces, cuando lo encuentro me lo reprocha. […] Debo decir que la presencia de estos estudiantes no-estudiantes, a pesar de que ya han pasado casi cuarenta y cinco años desde que comencé a dar clases, me coloca en una situación embarazosa. Pero no tanto como la primera vez que sostuve una clase, en diciembre de 1935 en la Universidad de Camerino”.

Bobbio recordó que también en su primera clase estaban presentes muchos de sus colegas de entonces, incluso eran más numerosos que los estudiantes. Volvió a evocar aquel inicio con un tono bromista, y continuó con tono irónico: “Hace algunos días he dicho a los estudiantes que quería evitar el rito de la última clase, no impartiéndola. No sólo habría sido muy bueno que ayer, que debía ser un día de huelga, la cual fue anulada al último momento, no hubiera podido impartir clase: porque así hoy habría podido impartir… la penúltima”. A este punto, propuso sustituir la última clase con un diálogo: una discusión sobre los problemas tratados en el curso, que había sido dedicado en su primera parte a la mutación política como un tema recurrente en la historia del pensamiento, a partir de Aristóteles y, en su última parte, a la construcción de una teoría de la revolución, comparando los distintos análisis y reflexiones de los autores modernos sobre el fenómeno revolucionario, a partir de la Revolución francesa. En la discusión participaron, además de algunos estudiantes, muchos de los colegas que asistieron (lo puedo probar: el curso fue enteramente grabado y luego transcrito por un grupo de alumnos).

Comenzó el diálogo. Bobbio respondió de vez en cuando a las observaciones y también a las objeciones que le eran planteadas, de la manera que le era característica, es decir, reconstruyendo ante todo el sentido de cada intervención, casi repitiéndola con otras palabras, traduciéndola, para decirlo de algún modo, en su propio lenguaje, como para poder posesionarse de las razones del interlocutor, como para ver si podía hacerlas suyas antes de valorarlas críticamente y de señalar, eventualmente, sus limitaciones o contraponerle otras razones. Era la misma actitud, el mismo método que siempre adoptó con sus interlocutores, incluidos aquellos meramente ideales, es decir, los autores que había comentado durante sus cursos.

Aquella última clase no-clase terminó con un homenaje floral y un aplauso, durante el cual Bobbio imitó mímicamente el gesto de los ciclistas que logran cruzar en primer lugar la meta.

Los seminarios de los años sucesivos y el post-último curso

Pero no sólo aquella última clase no fue una verdadera clase: no fue ni siquiera la última. Como profesor fuera de encargo Bobbio sostuvo cuatro seminarios vinculados a la clase de filosofía política, uno por cada año académico, con excepción del año 1981-82. En realidad, al menos tres (de los cuatro) no fueron propiamente seminarios, sino más bien breves cursos, una serie de lecciones, impartidas los miércoles, de enero a abril. En 1979-80 escogió el tema de “Hobbes y la libertad”, y lo desarrolló con el estilo y técnicas predilectas de la filosofía analítica: recuerdo, entre otras, una clase de lógica deóntica sobre la tríada conceptual “permitido-obligatorio-prohibido”. En los años 1982-83 y 1983- 84 dedicó los seminarios a la teoría de la democracia, enfocando la atención, en el primero, en la relación entre democracia, liberalismo y socialismo, a partir del análisis de las varias acepciones de los conceptos de igualdad y de libertad; en el segundo abordó, en particular, las ”transformaciones de la democracia”, a partir de una comparación entre dos autores que, en tiempos diversos, habían adoptado como título para un libro aquella expresión, interpretándola de manera opuesta: Vilfredo Pareto y Johannes Agnoli.

En el año 1981-82 no impartió el seminario porque aceptó suplir al profesor titular de una cátedra de ciencia de la política que había solicitado licencia. Por lo tanto, ni siquiera el último curso oficial fue verdaderamente el último. El postúltimo curso fue titulado “El gobierno. Historia y teoría”. Dado que no me parece que dicho curso haya sido comentado desde entonces, me parecería útil reconstruir brevemente su desarrollo. Después de una clase introductoria relativa al lugar y al papel que juega la noción de gobierno en el ámbito de los conceptos fundamentales de la política, Bobbio dedicó otras lecciones al análisis de las metáforas clásicas del gobernante —el piloto del barco, el pastor, el tejedor— y a su fortuna a lo largo de la historia. Pasó, posteriormente, a reconstruir en sus líneas esenciales las teorías clásicas y modernas de las formas de gobierno, asumiendo como hilo conductor la distinción entre formas monocráticas y colegiadas, y reservando una atención particular a la figura del gobierno mixto y a sus diversas interpretaciones. A ese punto, planteó el problema de la contraposición entre el buen gobierno y el mal gobierno y los diferentes criterios que se pueden adoptar para distinguirlos; subrayó la importancia de la distinción entre el gobierno de las leyes y el gobierno de los hombres y la identificación prevaleciente, a lo largo de la historia, de las varias formas de gobierno “del hombre”, es decir, monocráticas, con las formas de mal gobierno: la tiranía, el despotismo, la dictadura, el cesarismo y el bonapartismo. Después de una comparación analítica que se apoyó en los textos clásicos, desarrolló algunas consideraciones sobre la figura del jefe carismático. Por último, dedicó la parte conclusiva del curso a la alternativa entre el gobierno mínimo y el gobierno máximo, y en las últimas lecciones abordó el análisis de la crítica al concepto de gobernabilidad y de sus posibles declinaciones.

En cada cambio temático, al inicio de cada nuevo capítulo del curso, Bobbio retomaba desde el principio el análisis del pensamiento antiguo y moderno, recorriendo, para decirlo de alguna manera, la historia de la cultura occidental en toda su amplitud, y tomando categorías y modelos conceptuales no sólo de los grandes filósofos, de las magnas obras políticas y jurídicas, sino también de textos historiográficos, literarios e incluso poéticos. He hojeado rápidamente mis apuntes personales relativos a este curso sobre el concepto de gobierno y pude contar más de un centenar de autores y de textos citados, comentados y discutidos en las lecciones: de Solón a Píndaro, para las nociones de eunomia y de nomos basileus, hasta Robert Nozick, para la teoría liberal del Estado mínimo, contenido en un libro cuya edición italiana apenas había sido publicada. En el curso sobre el cambio político, los autores sobre los cuales Bobbio se había detenido eran muchos más. Hago notar que he recordado dos cursos inéditos, y que no se trata de los únicos que permanecieron como tales. También quiero subrayar que sólo en parte, tal vez en una parte que no es preponderante, la riqueza teórica, la cantidad de pensamientos elaborados por Bobbio en el círculo virtuoso entre la investigación y la docencia, alcanzó a confluir en los escritos que componen su, en todo caso, amplísima bibliografía. Los apuntes  que preparaba para las clases, para cada clase, contenidos en el archivo que el mismo Bobbio confió al Centro Gobetti, serán, seguramente, una fuente inexorable de descubrimientos.

La lección de los clásicos

Considerados en su conjunto, los cursos de Bobbio pueden ser representados como una especie de diálogo abierto y de confrontación continua con innumerables voces de la cultura de todo tiempo, siempre reconstruidas con sentido histórico y con rigor filológico, pero escuchadas, repensadas y valoradas a partir de aquello que pueden decirnos o sugerirnos, por analogía y por diferencia, no sólo sobre su mundo sino también sobre el nuestro.

Francis Bacon distinguía de manera alegórica tres tipos de estudiosos: los que son como hormigas, capaces de acumular ingentes cantidades de materiales recogidos del ambiente que los circunda; los que son como arañas, que secretan por sí mismos su propio hilo de manera endógena; y los que son como abejas, que elaboran, transforman y le dan sabor a todo aquello que van recogiendo. Para bromear con la alegoría de Bacon, podríamos decir que Bobbio fue una abeja particularmente laboriosa que siempre tuvo curiosidad por explorar nuevos campos. Pero naturalmente regresaba de manera frecuente y con gran gusto a ciertas flores preferidas, obteniendo de ellas cada vez nuevo alimento: me refiero a los clásicos, que fueron identificados por él, sobre todo, como aquellos autores que han “construido teorías-modelo de las cuales nos servimos continuamente para comprender la realidad, una realidad diversa de aquellas de las cuales se han derivado y a las cuales fueron aplicadas, y que se convirtieron en el curso de los años verdaderas y propias categorías mentales”. En la Premisa de los primeros “apuntes de clase” que fueron publicados del curso de filosofía política, correspondientes al año académico 1972-73, escribía: “si hubiera querido darle a estos apuntes un título académico, los habría titulado con gusto La lección de los clásicos”.

Quiero agregar una anécdota (verdadera y que puede ser documentada): al concluir la segunda clase del último curso sobre las mutaciones políticas, Bobbio se dirigió a los estudiantes de esta manera: “Ayer alguno de ustedes me preguntó si mi curso era de actualidad, y yo le contesté con una mueca despectiva. ¡Por qué esta idea de que todo debe ser de actualidad…! Sí, está bien la actualidad… pero démonos cuenta que no hemos nacido ayer, que el mundo no nació ayer, que nosotros somos, a lo sumo, unos enanos, unos pequeños enanos —de acuerdo con la famosa metáfora acuñada en el siglo XVII— sobre los hombros de muchos gigantes […] Quien haya inventado esta metáfora pretendía decir que si nosotros vemos un poco más allá, es porque logramos subirnos a los hombros de los gigantes del pasado. Pero para subir en sus hombros debemos hacer un cierto esfuerzo, no se trata de una cosa sencilla. Por eso, comencemos por Aristóteles, comencemos por Platón”.

En uno de sus escritos autobiográficos se encuentra un pasaje en el que corrige y reformula la metáfora de los enanos y de los gigantes, y que ilustra de mejor manera la actitud de Bobbio en relación con los clásicos: “Mi respeto por los clásicos ha llegado a tal punto de jamás haber osado, para retomar la conocida metáfora, ponerme sobre sus hombros, un enano sobre los hombros de gigantes, pero más alto únicamente porque está montado sobre sus hombros. Siempre he tenido la sensación de que, si lo hubiera hecho, uno de ellos habría tenido el derecho de decirme, un poco enfadado: ‘Hazme un favor, baja, y toma tu lugar que está a mis pies’. Me sería necesaria, en todo caso, otra metáfora que me es sugerida por mi pasión por realizar excusiones en la montaña en compañía de mi esposa, primero con mis hijos, y ahora con mis nietecitos: la del niño cargado en uno de esos arneses que se llevan en la espalda. El adulto va adelante y marca el camino. El esfuerzo de la subida es totalmente suyo. El niño en el arnés se deja llevar, e incluso puede llegar a adormecerse sin dejar, por ello, de llegar a la meta”. Esta última metáfora debería, a mi juicio, descifrarse con atención. El clásico “señala el camino”, un camino casi intransitable, “en subida”, a través de difíciles problemas de comprensión y de interpretación de la realidad: resulta necesario seguirlo —un poco como se dice que se “sigue” una lección— casi “dejándose llevar”, casi adormeciendo el impulso de desviarse del camino; el espíritu crítico debe despertarse de nuevo totalmente al llegar a la meta, para valorar a dónde ha sido conducido; si desde aquella meta puede ver más allá y si logra entender mejor las cosas.

El primer curso de filosofía política “seguía”, es decir, reconstruía y exploraba cinco caminos, o sea cinco recorridos teóricos, siempre confrontando las rutas sucesivas con las precedentes: las trazadas por Hobbes, Locke, Rousseau, Hegel y Marx. En el planteamiento y en la estructura, era un curso muy similar al último que impartió de filosofía del derecho en el año académico 1971-72, en el cual Bobbio había explorado, además de Marx, los caminos de Max Weber y de Kelsen. Aquel que tenía como objetivo principal la reconstrucción ele diferentes concepciones del Estado, hasta llegar a la reducción kelseniana del Estado en ordenamiento jurídico, en el primer curso de filosofía política se convirtió, con una variación en el énfasis, en la comparación de modelos conceptuales que correspondían a configuraciones alternativas de la gran dicotomía entre sociedad y Estado. Por otra parte, Bobbio se había ocupado de estos mismos autores clásicos y de muchos otros en gran parte ele los cursos jurídicos anteriores. Habiendo frecuentado tanto los unos como los otros, puedo agregar que en los últimos cursos ele filosofía del derecho era frecuente recurrir a autores y a modelos conceptuales no jurídicos en sentido estricto, sino más ampliamente políticos; mientras que en los cursos de filosofía política era insistente la referencia a textos, a traducciones y sobre todo a modos lingüísticos más propiamente jurídicos. También por esta razón, en la última carta dirigida al director y a los colegas ele la Facultad de Ciencias Políticas, con motivo del seminario que organizamos para celebrar sus noventa años, Bobbio podía volver a evocar el tránsito ele una a otra disciplina con las siguientes palabras: “Este pasaje fue para mí no sólo indoloro, sino incluso agradable. Indoloro porque alternando cursos ele argumento teórico con cursos de argumento histórico, había tenido frecuentes ocasiones en la enseñanza de la filosofía jurídica para abordar temas tradicionales de la filosofía política. Aristóteles, Locke, Kant, y durante un año el tema de la paz y de la guerra. Agradable porque la nueva materia de enseñanza me permitía enfrentar, con el rigor y profundidad que sólo la preparación de un curso puede permitir, temas de los cuales ya me había ocupado en escritos precedentes, como la teoría de las formas de gobierno y el concepto de revolución. Dos cursos que recuerdo con un gusto particular […]. Siempre he considerado a la esfera del derecho y la de la política para utilizar una metáfora que me es familiar, como dos caras de una misma moneda. El mundo de las reglas y el mundo del poder. El poder que crea las reglas, las reglas que transforman el poder de hecho en un poder de derecho”.

Filosofía o teoría

Quisiera agregar unas pocas palabras sobre el modo en el cual Bobbio concebía la naturaleza de las dos disciplinas y, en consecuencia, interpretaba la tarea de enseñarlas. Aun habiendo afirmado en un escrito de 1984, en un momento en el que ya había quedado atrás su debut como estudioso, que se consideraba “parte de la familia de los filósofos”, Bobbio siempre hizo un uso prudente de la palabra “filosofía”, al menos desde el final de los años cuarenta, es decir, en una época que coincide con su retorno a la Universidad de Turín. Sensible a las razones de la ciencia, era proclive a adoptar la fórmula comteana de la “filosofía positiva”, incluso cuando no se reconociera completamente en ella, sabedor de que esta fórmula le había parecido a su mismo inventor como inadecuada, una especie de paradoja contradictoria a la cual podía recurrirse faute de mieux. Su mal disimulada desconfianza por esa palabra tenía origen, probablemente, en la franca hostilidad ante la que había llamado “la última borrachera metafísica” del idealismo, sobre todo del inspirado en Giovanni Gentile, que se había identificado con “la” filosofía, y que había sido la expresión emblemática de una obstinada “ideología italiana”: “Si entendemos por ideología una orientación dominante, hegemónica, casi oficial, que no apenas se ha sacudido de las tendencias que le son contrarias toma un nuevo aire, y hace parecer como herético, no genuino, no nacional, a cualquier otro pensamiento que no se le adecua, debemos reconocer que esta orientación siempre ha existido, y es un cierto espiritualismo que asume formas, a veces especulativas, otras solamente retóricas y pedagógicas, que tiende a excomulgar la aparición del positivismo, del empirismo, del materialismo y del utilitarismo, tachándolos de filosofías vulgares, mezquinas, mercantiles, impuras”.

Esta actitud de Bobbio se reflejaba en la manera no sólo de concebir, sino incluso de nombrar las materias propias de su ámbito de enseñanza. Es célebre su contraposición entre “la filosofía del derecho de los filósofos y la filosofía del derecho de los juristas”, irónicamente dirigida en contra de los primeros. Menos conocido es, tal vez, su distanciamiento del modo de interpretar la filosofía política, que devino hegemónico en las últimas décadas, como filosofía normativa de la justicia. En todo caso, para definir su ámbito de estudio, prefería el término “teoría” frente a la palabra filosofía. Lo afirmó con claridad, incluso de manera forzada, en una conferencia que sostuvo en 1980, dando respuesta a la pregunta “¿Qué cosa hacen hoy en día los filósofos?”: “…he enseñado por muchos años dos materias filosóficas, la filosofía del derecho y la filosofía de la política, pero tanto la una como la otra, tal como las he entendido, tienen muy poco que ver, a mi juicio, con la Filosofía con mayúscula. […] La mayor parte de los apuntes de clase que fueron publicados y que utilizaron mis estudiantes no las titulé Filosofía de…, sino siempre Teoría general del derecho, Teoría general de la política, Teoría de las formas de gobierno, etcétera”.

Ahora bien, puesto que consideraba al derecho y a la política como dos caras de la misma moneda, de igual manera concebía a la filosofía del derecho y a la filosofía política, interpretadas ambas bajo la forma de la “teoría general”, como disciplinas afines, contiguas y complementarias. En una ocasión reciente, había sintetizado su pensamiento con estas palabras: “lo que las dos teorías tienen en común en mis escritos […] no es solamente el fin, exclusivamente cognoscitivo (no propositivo), sino también el modo de proceder para alcanzarlo. Es el procedimiento [de la] ‘reconstrucción’, a través del análisis lingüístico nunca desvinculado de referencias históricas a los autores clásicos, así como de las categorías fundamentales, que permite delimitar al exterior y ordenar al interior las dos áreas, la jurídica y la política, y [establecer] sus relaciones recíprocas”.

En realidad a Bobbio se le puede atribuir como a poquísimos otros el nombre de filósofo en el sentido más amplio: en el significado kantiano de quien profesa el uso público de la razón. Pero en la enseñanza prefería mantenerse rigurosamente dentro de los límites de la “teoría general” entendida como el análisis no valorativo de los conceptos fundamentales del derecho y de la política.

No un adiós

Permítanme, para concluir, volver a evocar la imagen de Bobbio dando clases. Casi siempre caminaba hacia adelante y hacia atrás, sin parar, entre la cátedra y la pizarra, deteniéndose de vez en cuando para trazar con la tiza un esquema conceptual. Permanecía sentado, a lo mucho, cuando leía y comentaba citas de los clásicos. Frecuentemente, como si quisiera subrayar una frase o un pensamiento, golpeteaba rítmicamente con el dedo en la cubierta de la mesa, suscitando la angustia de los estudiantes que habían amontonado sus grabadoras en el escritorio. Recuerdo raras ocasiones en las que leyó de pie, ligeramente inclinado hacia adelante, alguna página significativa. Después del asesinato de Aldo Moro leyó pausadamente, palabra por palabra, sin énfasis, la cita de Max Weber sobre la noche polar: la que se concluye con la exhortación “No importa, continuemos”. Durante la última clase, aquel 16 de mayo de 1979, quiso recordar otra célebre afirmación de Weber, probablemente la que yo lo escuché repetir en otras ocasiones: “La cátedra no es para los demagogos, ni para los profetas”. No sólo estas palabras,  sino también el tono de su voz, continúan acompañándome.

A la página de los recuerdos se corresponden los verbos conjugados en pasado. Una página que, por lo que a mí respecta, pretendo volver a abrir sólo una vez más, para después colocarla nuevamente en el secreto de la conciencia y releerla alguna otra vez en compañía de los amigos más cercanos. Para las páginas dedicadas a los estudios sobre el pensamiento de Bobbio, por otra parte ya numerosas, debemos pasar al presente histórico: “Bobbio dice… Bobbio sostiene…”. Para los recuerdos, sin embargo, me sabe amargo usar el tiempo perfecto. Tiendo a repudiarlo. Me resulta más espontáneo el uso del imperfecto, un tiempo inconcluso, que de alguna manera, precisamente, continúa: “Bobbio decía… decía siempre…”.

No logro decirle adiós. No podría. Estoy cierto de que no podré. He releído en estos días el “retrato” de Leone Ginzburg trazado por Bobbio mucho tiempo después de la desaparición de su amigo. En algunas de las palabras finales me pareció advertir, si parva licet, un yo mismo futuro, si me será concedido, y aquel sentimiento íntimo de cercanía que continuaré manteniendo con mi profesor: “el timbre de su voz, su mirada, su manera de hablar y de reír han quedado vivos en mi memoria, como si fuera ayer la última vez que lo hubiera saludado. Si lo llamo en mi mente, me sorprendo de sentirlo tan próximo, tan presente, tan cerca de mí, dentro de mí, como si se hubiera convertido en parte de mí mismo”. n

 

Michelangelo Bovero

Traducción de Lorenzo Córdova Vianello