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LAS BONDADES Y LIMITACIONES DE LOS GÉNEROS

POR JOSÉ MARÍA ESPINASA

Hugo Hiriart llamó la atención de lectores y críticos desde su primer libro, la novela de caballerías Galaor, hace más de treinta años. Después, aunque tardó varios años en publicar su segunda obra narrativa, Cuadernos de Gofa (para mí la novela más importante de los escritores de su generación), ha ido hilando una curiosa y elusiva obra que cuenta ya con más de treinta títulos, si incluimos sus obras teatrales, a veces con libros heterodoxos y difíciles de clasificar, a medio camino entre el tratado y las greguerías. En el caso de la novela Hiriart la ha destilado con cuidado y recurriendo siempre a una estructura genérica para darle consistencia. Por ejemplo, la extraordinaria La destrucción de todas las cosas (ciencia ficción) y la recién aparecida El actor se prepara (de intriga policiaca). ¿Por qué un escritor tan libre como él tiene que recurrir a una estructura genérica en la novela? Trataré de contestar a esta pregunta.

La filiación literaria de Hiriart es evidente: Gómez de la Serna, una parte de Borges, Juan José Arreola. Bastarían estos nombres para dejar claro que su estirpe se siente incómoda en la novela, que las exigencias que impone el género, entre ellas la extensión, les resultan difíciles de cumplir. Incluso, la situación es extrema, como en el caso de Hugo, la conciencia de su forma es tan clara: «Soy anticuado y amo la estética del fragmento», nos dice Cirilo en El actor se prepara. El libro está salpicado de hallazgos tanto reflexivos como descriptivos, llenos de humor y gracia, tal como acostumbra en sus otros libros, donde se arma, como un mecano (así tituló una de sus obras de teatro), la continuidad del texto. Sin embargo, de inmediato asalta la duda conceptual: ¿no sería más preciso decir: soy moderno y amo la estética del fragmento? Porque la modernidad ha reivindicado al fragmento como su condición expresiva, sin importar (o a veces por ello mismo) que las raíces de su práctica se hundan en un pasado mítico.

El hecho es que armar una novela de fragmentos resulta, a pesar de Ulises, Rayuela o —entre nosotros— Farabeuf, un desafío, y además ¿para qué? Bueno, porque la continuidad del discurso al interior del género atrae mucho: a la libertad conquistada por el fragmento se añade el ejercerla al interior de un conjunto arquitectónico. El ejemplo de sus tres novelas anteriores es perfecto. Muchas veces cuando los lectores se preguntaban intentaría una novela policiaca, él mismo siempre dejaba insinuaciones y coqueteos regados en sus textos con respecto a ese género que parecía idóneo para su temperamento. Lo hace en El actor se prepara, pero creo que lo hace con demasiadas reticencias y eso va en demérito del libro. Diría, para mimetizarme con la preocupación religiosa que sin embargo nunca coge vuelo en la novela, que el género, como Dios, no sólo exige admirarlo, también creer en él, y tengo la sospecha de que, al menos en este libro, Hiriart no lo hizo, el sustrato romántico de toda narración policiaca se le escapó.

Las primeras páginas del libro son de lo mejor que ha escrito este autor, con una ironía que amalgama la difícil mezcla de plantear una anécdota, presentar personajes, reflexionar y construir pequeñas miniaturas —como ese pez- hiena, de fascinantes métodos reproductivos venidos de la panspermia universal intuida por Johan Krick—, meditar sobre una curiosa y racionalista vocación religiosa, todo a una velocidad de vértigo. Pero después mete freno, sabe que hay que cumplir con las exigencias del género: no engañar al lector, darle todos los elementos para que él pueda también deducir el enigma, y a la vez sorprenderlo con el final. Para Hiriart el crucigrama debe ser algo muy aburrido, y creo que tiene razón. Y ya que lo planteó vuelve a acelerar, creando una sensación de que no sabe manejar el género, como quien aprende a conducir un coche y hace eso: acelera y frena con brusquedad.

Esto ocurre porque la literatura de Hiriart es muy luminosa para una trama que se apoya en un país de truculentas oscuridades políticas y policiacas. Le gustan los sobreentendidos que ese ambiente de tenebra crea, pero no es su prosa un instrumento para plasmar el horror. Se resuelve demasiado rápido y la historia de amor, verdadero sentido de la novela, que siempre está en segundo plano, nunca acaba de revelarse y surgir en la superficie, salvo de manera anecdótica. Los personajes secundarios se mueren apenas perfilados, como Doña Irma, madre de Aurelia, o como los colegas de Cirilo en la galería de arte. La novela policiaca, sobre todo la de enigma, no la dura o negra, tiene mucho de esquemática, y eso hace que no le cuadre tan bien a este autor como lo había hecho antes la de caballerías o la ciencia ficción.

Uno de los elementos más interesantes de la novela, y que está presente desde el título, es la condición histriónica de nuestro comportamiento, el desdoblarse inevitable de cada persona en personaje de la vida, condición que sólo se fractura y es superada en la tensión que crea el amor, no su intriga sino su intensidad. El teatro, preocupación central en Hiriart, está siempre presente tamizando la anécdota y le permite al autor reflexionar sobre sus preocupaciones existenciales, estéticas y religiosas. La puesta en escena de una obra de Chéjov, El tío Vania, hace que el escenario como espacio de la revelación —y no es azar que Ana Valentín entienda todo lo que pasa en su vida precisamente al culminar el estreno— muestre que esa dualidad persona/personaje sea en realidad una posesión de sí mismo. Curiosamente, todo está dicho en la novela pero nada se sabe, la promesa de amor queda formulada, pero de lo ocurrido en la intriga no se tiene ninguna certeza, como si entre la obviedad —el hombre poderoso que vigila a su hija hasta el crimen— y lo oculto —la historia de amor, ya sea entre Cirilo y Ana o entre Cirilo y Aurelia  (o hasta la de Aurelia y Buganza), queda oculta.

Diría que, para tratar de explicar por qué esta vez el género no le funciona, en Galaor se trataba de un reloj de sol, en Cuadernos de Gofa de un reloj de arena, en La destrucción de todas las cosas de un reloj de alta tecnología virtual, pero en El actor se prepara es un reloj de engranajes, hoy objeto de nostalgia, y donde todo tiene que coincidir con tal precisión que a Hugo Hiriart le resultaba incómodo. Por cierto, hay un género que parece ideal para él y que (creo) no ha practicado: las historias de vampiros. Nos la debe a sus lectores. n