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RELATO DE UNA MISIÓN ELECTORAL EN UN PAÍS OCUPADO

POR JACQUELINE PESCHARD

Dos académicos mexicanos, ex consejeros del Instituto Federal Electoral Jacqueline Peschard y Alonso Lujambio, fueron convocados por Naciones Unidas a participar en sendas misiones para contribuir a la realización del proceso electoral en Irak. Presentamos sus testimonios y su explicación de cómo las elecciones pueden ser un eslabón que ayude a poner fin a la injustificada ocupación militar que padece aquella nación árabe.

Cuando el 3 de mayo pasado recibí la invitación de la División de Asistencia Electoral de la ONU para formar parte de la misión electoral en Irak, empecé a experimentar sentimientos encontrados que me acompañaron a lo largo de todo el viaje. Frente a la gran emoción de haber sido seleccionada, estaba el temor de trasladarme a un país prácticamente en guerra.

Se trataba de formar parte de un grupo de tres expertos internacionales en la materia —los otros dos eran el vietnamita Dong Nguyen y el juez sudafricano Johan Kriegler— cuya encomienda sería entrevistar a los 25 finalistas para conformar la Comisión Electoral Independiente de Irak, que estaría compuesta por siete comisionados y un director ejecutivo, además de un comisionado internacional, nombrado por Naciones Unidas.

La salida estaba fijada para el 18 de mayo, haciendo una escala en Amman, Jordania, para recibir dos días de entrenamiento en seguridad y adentrarnos en las fases y condiciones en las que se estaba desarrollando la misión electoral en Irak. Del 22 de mayo al 2 de junio estaríamos en Bagdad, en donde coincidiríamos con el otro grupo de la misión que tenía el encargo de elaborar la ley electoral y de partidos políticos para Irak, en la que participaba mi colega y ex consejero electoral del IFE, Alonso Lujambio.

¿aceptar o no la invitación?

El primer dilema al que me enfrenté era si debía aceptar o no la invitación. Por un lado, entendía que era una distinción y un privilegio porque significaba un reconocimiento para la labor del IFE y la oportunidad única de estar en un país que se ubicaba en el centro de la atención internacional, pues aunque la guerra había concluido, la violencia y la inestabilidad política seguían siendo la noticia cotidiana. Era una suerte de oportunidad histórica, sin embargo, ¿era viable el proyecto?, ¿valía la pena exponerse al peligro?

Aunque mi conocimiento sobre Irak era cercano a cero, me quedaba claro que la prensa internacional había calificado a abril como el mes negro, debido a la escalada de enfrentamientos entre los insurgentes irakíes y las fuerzas de ocupación.

Desde luego que mi primera pregunta fue sobre las medidas de seguridad que nos serían ofrecidas, porque tenía presente que poco después de concluida la guerra, en agosto de 2003, la sede de Naciones Unidas en Bagdad había sido atacada con una bomba, lo que ocasionó la muerte del enviado especial Sergio Vieira de Mello. A partir de entonces, las oficinas de la ONU en Bagdad se habían trasladado al antiguo Palacio de la República de Hussein, que alojaba a la Autoridad Provisional de la Coalición, en la llamada «zona verde» de la ciudad, que es el área acordonada por las fuerzas de ocupación.

Aceptar trabajar para la ONU, en ese contexto de reducido margen de independencia frente a la administración encabezada por los norteamericanos, significaba eventualmente ser considerada como colaboracionista y, en consecuencia, como enemiga de los irakíes. ¿Qué tanta confianza podrían depositar los írakíes en un proyecto de asistencia electoral cobijado militarmente por quienes habían orquestado la invasión a su país?

A pesar de todo, la organización de elecciones libres y confiables era la mejor forma de avanzar en la recomposición institucional del país y la única instancia capaz de colocarse por encima de la confrontación existente era la ONU. que además cuenta con un grupo de probados expertos en la organización de elecciones, precisamente en circunstancias de gran inseguridad y tensión política.

Me quedaba claro que era indispensable que existieran ciertas garantías de seguridad para los integrantes de la misión electoral a fin de no colocar riesgos adicionales a los que ya de suyo implicaba la organización de elecciones en un país en que grupos importantes, como los chiítas radicales, se oponían a tal solución. También entendía que si bien la «zona verde» era la de mayor protección militar, era justo el foco enemigo más identificable. De hecho, el mayor número de atentados y de explosiones de coches bomba se suceden en las entradas de dicha zona acordonada. Un día antes de mi salida para Amman, en uno de esos ataques murió el entonces presidente del Consejo de Gobierno de Irak.

Lo que al final me llevó a aceptar fue que al frente de la misión estarían la propia Carina Perelli, directora de la División de Asistencia Electoral y sus más cercanos colaboradores, Carlos Valenzuela y Sean Dunne, quienes habían estado previamente en Irak —en febrero y abril— para definir un plan de acción para la realización de las elecciones, el cual establecía tres condiciones básicas para organizar una elección confiable en ocho meses: contar con una autoridad electoral independiente, con una ley electoral y de partidos políticos, y con un fondo presupuestal para asegurar la autonomía del proceso.

Fue de gran ayuda poder platicar mis dudas y temores con quienes compartiría la intensa experiencia en Irak, Alonso Lujambio y Dong Nguyen —este último promotor y enlace entre el PNUD y el IFE para los visitantes electorales extranjeros en México desde 1994 y con una larga experiencia en trabajos de asistencia electoral en países en conflicto político y social.

Quizás la parte más difícil de mi decisión estaba no tanto en el temor que me producía la idea, sino en la tensión en la que estaría mi familia durante mi ausencia. El respaldo que mi esposo y mis hijas me ofrecieron para la decisión que yo tomara fue alentador, pero significó que yo sola cargara con la responsabilidad. El hecho de poder estar en contacto con ellos por correo electrónico fue un alivio. Una vez que decidí aceptar el reto, lo primero que hice fue acudir a un notario para hacer mi testamento y dedicarme a leer todo lo que tuve a mi alcance sobre la historia de Irak.

AMMAN, UN ENSAYO DE ENCLAUSTRAMIENTO

Aunque Amman es una ciudad tranquila y en pleno despegue económico, no fue sino hasta mi regreso de Bagdad que pude percatarme de ello. Al llegar a Jordania se nos recomendó que no saliéramos del hotel sin la compañía de nuestros anfitriones de Naciones Unidas. No me queda claro si la recomendación tenía como objeto prepararnos anímicamente para la estancia en Bagdad, o si sólo se debía a que ahí empezaba a correr nuestro contrato de colaboración y, por tanto, la responsabilidad de la ONU con relación a nuestra seguridad.

El taller de entrenamiento abarcó una serie de pláticas sobre la composición social y el mapa de los grupos étnicos y religiosos de Irak, y acerca de su respectivo respaldo u oposición a la labor de Naciones Unidas. Las pláticas relativas a medidas de seguridad incluyeron consejos prácticos para el caso de sufrir un secuestro o quedar incomunicados.

Desde Amman. Naciones Unidas había organizado la fase inicial del proceso de selección de la Comisión Electoral Independiente de Irak. La primera tarea fue lanzar una amplia convocatoria a través de internet y de los medios masivos de comunicación, así como mediante volantes en plazas públicas, para que los irakíes interesados se inscribieran como candidatos a comisionado electoral o a director ejecutivo. Los requisitos eran tener 30 años o más, no haber pertenecido a los cuatro rangos superiores del partido Baath, identificado con el régimen de Saddam Hussein, no tener antecedentes penales y contar, al menos, con educación media superior. La respuesta de 1,878 solicitudes fue una señal positiva del interés y la disposición de un número importante de ciudadanos de aventurarse en una empresa evidentemente riesgosa.

Durante tres semanas un equipo de certificadores contratados por la ONU se había dedicado a revisar las solicitudes para verificar el cumplimiento de los requisitos y seleccionar aquellas que tuvieran el perfil más adecuado para la tarea de comisionados electorales. Lo que se privilegió fue la independencia respecto del régimen anterior, así como del actual Consejo de Gobierno, por lo que la experiencia en organizaciones ciudadanas o no gubernamentales fue muy valorado. Otro criterio importante fue la formación en disciplinas afines a lo electoral y el entrenamiento en tareas de organización y administración, en la medida que la falta de tradición democrática hacía imposible pretender encontrar profesionales en asuntos electorales.

La estancia en Amman permitió también que los tres entrevistadores discutiéramos los criterios que guiarían nuestras entrevistas. Dado que se trataba de proponer un grupo que suscitara la confianza de la población y asegurara la realización del proceso electoral en el tiempo límite de ocho meses, acordamos que habría que buscar dos características principales: 1) ciertos rasgos de carácter (firmeza, determinación, estatura moral, sensibilidad, mente abierta) y, 2) ciertas habilidades y destrezas (experiencia en organización de grupos, en administración de programas o entidades complejas o en comunicación social).

A partir de esos criterios y de la revisión de los cuestionarios que se habían llenado como parte de las solicitudes, nos dimos a la tarea de preparar nuestras preguntas. Algo que me fue muy útil fue platicar larga y constantemente con los dos traductores (Nasser, un jordano. y Ahmed, un egipcio) quienes nos acompañaron a lo largo de toda la estancia, pues de ellos dependía que nosotros, los entrevistadores, tuviéramos una percepción fiel de las reacciones y respuestas de nuestros entrevistados.

El problema de la seguridad hacía que no fuera posible saber con anticipación a qué hora saldríamos para Bagdad y si del aeropuerto a la «zona verde» viajaríamos en coche o en helicóptero, sólo teníamos claro que volaríamos en un avión del ejército norteamericano.

 Al llegar a Bagdad, el personal de seguridad consideró viable salir del aeropuerto por carretera, así que nos colocamos nuestros chalecos antibalas y viajamos en camionetas blindadas y escoltadas por tanquetas. Esa fue mi única salida de la «zona verde», pero la impresión por el fuerte aparato de seguridad no me permitió ver a mi alrededor, y únicamente me pude percatar de que la avenida que llegaba al Palacio de la República estaba entrecortada por barreras de cemento que obligaban a los coches a zigzaguear y, obviamente, a bajar la velocidad antes de llegar a la entrada.

EL MIEDO EN EL CONFINAMIENTO

Dentro del Palacio de la República se ubicaban las oficinas de las distintas ramas de la administración de la Coalición y de la ONU, así como los comedores y otros servicios como peluquería, salón de belleza y capilla. Los mármoles de color verde, las esculturas de bronce coronando las esquinas y representando escenas revolucionarias, paredes enteras con inscripciones que sugerían pasajes del Corán, pero que en realidad eran fragmentos de discursos de Saddam Hussein, dan cuenta de la personificación del poder durante su prolongado régimen. Quizás la única parte bella y delicada del palacio es la pequeña capilla que ocupa un costado del palacio y que ahora está dividida entre el culto islámico y el cristiano.

Atrás del palacio está la zona de recreo que se compone de una gran alberca en forma de corazón y jardines alrededor. Al lado, en un terreno arenoso, se construyeron filas de trailers con cuartos individuales y una zona de baños comunes, regaderas y lavandería. Era como estar en un campamento rodeado de bardas de costales de arena que ofrecían protección lateral, pero que difícilmente podían servir de escudo frente a morteros lanzados al aire.

La vida en los terrenos del palacio se desarrollaba en un clima de bastante tranquilidad, pero con una supervisión rigurosa de cada una de las entradas. Por las noches, la zona de la alberca era el lugar de encuentro y los jueves al anochecer, previo al día feriado que para los árabes es el viernes, se organiza una gran reunión, donde se proyectan películas e incluso circulan cervezas. Es auténticamente como un oasis en el desierto, aunque nunca estuve del todo cómoda porque dominaba el personal norteamericano y siempre me preguntaba si esas noches y ese lugar no constituían el mejor momento para un ataque de los insurgentes.

Desde los terrenos del palacio no se perciben las explosiones y disparos que día a día reporta la prensa, lo único constante es el ruido de helicópteros sobrevolando. Así, el miedo que se experimenta por estar en una zona de peligro es producto más del conocimiento y la razón que de la relación directa o física con la violencia. Digamos que no es un temor que pueda expresarse abiertamente, porque no hay referentes inmediatos y concretos.

Por las noches, la recomendación era mantener al lado de la cama el chaleco antibalas y el casco para cualquier emergencia. Las primeras jornadas no fue fácil conciliar el sueño porque aunque las detonaciones se percibían lejanas e inconstantes, la ansiedad por mantenerse alerta estaba presente; después uno se va acostumbrando a convivir con la situación. En todo caso, el ambiente hace que en general se duerma poco, pues además el calor obliga a comenzar el día a muy temprana hora. Sólo en una ocasión durante mi estancia, ante la alarma por un ataque en la zona acordonada, hubo necesidad de dirigirse a los refugios en los sótanos del palacio.

Las entrevistas a los 25 finalistas se desarrollaron en un antiguo hotel (Al Rasheed), ubicado a dos kilómetros escasos del palacio, siempre dentro de la «zona verde». Para trasladarnos al hotel durante los cinco días en que realizamos las entrevistas, se montaba todo el aparato de seguridad (coches blindados, chalecos antibalas, tanquetas, además de un cuerpo de seis guardias que nos acompañarían paso a paso dentro del hotel).

El hotel funciona como tal, porque allí se alojan visitantes del Consejo de Gobierno o de la Coalición, pero con una afluencia muy reducida. Hay un café prácticamente sin clientes y una serie de pequeñas tiendas manejadas por irakíes que recuerdan a una suerte de mercado de pulgas, con artículos muy diversos como tapetes, cámaras fotográficas, antigüedades y joyería tanto auténtica como de imitación.

LAS ENTREVISTAS: UNA EXPERIENCIA HUMANA INVALUABLE

No cabe duda que la experiencia más rica de toda la misión fue la de las entrevistas con los 25 irakíes finalistas (20 hombres y cinco mujeres), 12 de los cuales vivían en Bagdad y el resto tuvieron que desplazarse desde sus ciudades de residencia —del sur de Bagdad: dos provenían de Babilonia, tres de Qadissíya y uno de Kerbala; del norte de Bagdad: dos acudieron de la provincia de Ninewa, uno de Sulamanyiah y uno de Dahuk; dos más venían de Anbar, al oeste de Bagdad—. En algunos casos el viaje les tomaba más de seis horas por carretera. La valentía de estas personas fue una primera lección. Sólo dos de los 25 no fueron entrevistados, uno primero porque declinó y una de las mujeres porque el día de su entrevista hubo una explosión en la entrada de la «zona verde», lo cual llevó a que se cerrara el paso, y ello seguramente la desanimó para ser entrevistada en alguna fecha posterior.

Aunque no había sido planteado como criterio de selección, los datos sobre origen étnico y religioso surgieron de manera voluntaria durante las entrevistas. Entre los candidatos había tanto chiítas, como sunitas, kurdos y kurdos-árabes, e incluso dos cristianos, es decir, se trataba de una muestra representativa de la composición regional y religiosa del país.

Del grupo de entrevistadores yo era la única que no había participado en misiones electorales de la ONU con anterioridad. Dong Nguyen y Johan Kriegler habían estado juntos en Timor Oriental, en Liberia y en Afganistán, de tal suerte que mi primer objetivo fue aprender con rapidez de su experiencia para no evidenciar mi desventaja. Entre los tres acordamos que el juez Kriegler presidiría el grupo y sería el encargado de presentarnos e iniciar las entrevistas. Algo muy gratificante para mí fue que al presentarme como ex consejera del IFE, él siempre subrayó que era una de las instituciones electorales mejor valoradas a nivel mundial.

Tenía claro que Naciones Unidas había pensado en que el grupo de entrevistadores incluyera a una mujer como una señal de equilibrio de género y como una prueba de apertura cultural para los candidatos. La manera como se dirigieron a mí los aspirantes fue clave para mi evaluación, porque se requerían comisionados electorales de mentalidad muy abierta y plural y no estaba cierta de encontrarla en todos los casos. En mi opinión, en un país tan dividido por factores étnicos, religiosos y regionales, era necesario que el proceso electoral tuviera como divisa central la inclusión.

La primera sorpresa que me llevé fue que todos recibieron con naturalidad el hecho de que una mujer fuera parte del equipo de entrevistadores. Es cierto que todos ellos provenían de sectores con altos niveles educativos —de hecho Irak, junto con Líbano, son los dos países árabes con mejores niveles de escolaridad— y la mayoría coincidían en que era necesario que se asegurara la incorporación masiva de las mujeres a la reconstrucción del país.

De hecho, algo que me enfrentó a mi gran ignorancia sobre Irak fue que de las cuatro mujeres que entrevistamos, la más tradicionalmente vestida, es decir. la más cubierta de arriba a abajo y que pidió no saludar a los hombres de mano, fue la mejor candidata de todos los finalistas. Venía de la provincia de Babilonia, con experiencia en administración universitaria, con evidentes habilidades de liderazgo y, además, con una mente política abierta. Uno de los grandes debates en Irak se refiere a quiénes deben ser considerados ciudadanos, si sólo los nacidos en Irak, o los nacidos y residentes en los últimos 20 años, o sólo los residentes durante ese periodo. Las expulsiones de chiítas irakíes hacia Irán y la huida voluntaria de muchos durante el régimen de Hussein, y a la inversa, el flujo de iraníes a Irak una vez que se abrieron las fronteras, han colocado este tema en el centro de las polémicas públicas sobre la ciudadanía. Una mujer convencida de que deben votar todos los nacidos en Irak, ubicados ya sea dentro o fuera del territorio, además de los que, sin haber nacido allí, ya tienen un buen número de años en el país, daba cuenta de una sensibilidad liberal que ciertamente contrastaba con su vestimenta tradicional.

Esto fue para mí una demostración evidente del impacto positivo que ha tenido el proceso de secularización que se llevó a cabo en Irak durante la dictadura. La diferenciación entre los ámbitos privado y público permite que las creencias y rituales religiosos no sean un obstáculo para el desarrollo profesional de las personas, en particular de las mujeres que han tenido oportunidad de recibir educación superior.

A pesar de que la propia Ley de Administración Transitoria, aprobada en marzo pasado para regir los destinos de Irak durante el gobierno interino, señala que la religión oficial del Estado es el Islam, esta definición ya no es directamente sinónimo de fundamentalismo.

Debo reconocer que en un principio mis preguntas eran de corte básicamente académico: ¿qué tipo de sistema electoral sería conveniente para Irak?, ¿qué características debería tener el sistema de partidos a construir en Irak? Rápidamente me percaté de que así como no existe cultura sobre elecciones, porque las experiencias al respecto durante los últimos 35 años fueron a través de consultas plebiscitarias, tampoco existe por ello mismo una cultura del fraude. Las consultas durante la época de Hussein nunca pretendieron ser producto de una competencia entre diferentes partidos, sino sobre todo una ratificación impuesta y controlada del respaldo al régimen. De ahí que tampoco exista claridad sobre el significado del voto secreto y de cómo éste constituye una garantía frente a los intentos de intimidación de parte de grupos políticos o religiosos.

Más adelante mis preguntas se concentraron más en aspectos generales sobre la operación de las elecciones en el complicado contexto de Irak, en los obstáculos existentes para organizarías, o en las medidas pertinentes para enfrentar las resistencias y lograr una convocatoria amplia y diversa.

Algo que debo destacar es que, a pesar de las diferencias de origen étnico y religioso, todos compartían un conjunto de percepciones comunes:

1. En los últimos 20 años, los irakíes han estado expuestos a varias guerras —con Irán, Kuwait, con

Estados Unidos—, además de que vivieron una larga dictadura y ello los ha sometido a situaciones de peligro y de violencia. Sin embargo, la experiencia más agraviante ha sido la ocupación actual de su territorio por fuerzas extranjeras.

2. El mayor riesgo para la realización de las elecciones es la inseguridad, pero no es una situación nueva para ellos. Han vivido el peligro anteriormente.

3. Existe una gran desconfianza en los partidos políticos, no sólo por la experiencia con el partido Baath, sino por la fragmentación partidaria que ha surgido después de la caída del régimen de Hussein y por el hecho de que buena parte de los partidos tiene milicias.

4. Sólo con el respaldo técnico de la ONU es posible lanzar una convocatoria para organizar elecciones legítimas.

Dicho de otra manera, los candidatos a comisionados electorales eran valientes, estaban dispuestos a comprometerse con una serie de tareas desconocidas para ellos, pero confiaban en que el entrenamiento y el apoyo que les diera Naciones Unidas serviría para sacar adelante el proceso que los llevaría a conformar una asamblea nacional elegida directamente por los irakíes.

Al final de cada entrevista, que tomaba entre una hora y hora y media, los entrevistadores hacíamos una evaluación en la que cada uno planteaba sus argumentos y consideraciones.

El informe final de nuestro trabajo consistió en confeccionar una lista con nuestros 14 mejores candidatos en orden de prelación, ya que sería el Consejo de Gobierno quien finalmente decidiría sobre los siete comisionados y el director ejecutivo. Nuestra propuesta fue aceptada precisamente en el orden propuesto y el nombramiento se formalizó el 31 de mayo, es decir, en la fecha límite establecida.

Nuestra misión había concluido exitosamente. La trayectoria posterior dependería no sólo de la adecuada operación de cada una de las fases que conlleva un proceso electoral, es decir, de la parte técnica, sino sobre todo de las posibilidades de avanzar en la generación de condiciones de seguridad para combatir el temor y la ansiedad extendidos entre la población y que son el obstáculo mayor para la credibilidad y viabilidad del proceso electoral.

A pesar de los enormes riesgos y obstáculos que existen hoy en Irak para garantizar la integridad no sólo de las autoridades electorales, sino eventualmente de los candidatos y los propios votantes, la organización de elecciones libres y confiables es la única fórmula para que el país logre darse poderes legítimos propios y liberarse de la ignominiosa ocupación extranjera. n