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INVOCAR CONVOCANDO: VOX VISIONIS

MÍNIMO HOMENAJE A LA POESÍA DE ALVARO MUTIS

POR PURA LÓPEZ COLOMÉ

Una de las verdades absolutas de la poesía, motivo de terror para quienes no saben frecuentarla, es que cuando uno lee algo digno de recordarse libera un sonido común a todos e incomprensible, dejando suelto en el mundo a un espíritu compañero.

La primera vez que escuché a Alvaro Mutis hablar acerca de la poesía y sus poderes, del enigma encerrado en ella, fue hace ya mucho tiempo, y recuerdo, sobre todo, el impacto de una de sus frases: no existe otro poeta que el visionario. Como esas confirmaciones anheladas en momentos de tribulación juvenil, de titubeos que uno cree «nihilistas» frente al sentido de la vida, del quehacer propio, del supuesto destino, resonaron en mi deshilachado interior justo esas palabras, las que yo necesitaba recibir. Desde muy niña y, claro está, en secreto total, abrigaba la intuición de que poema significaba profecía, modo de percepción gracias al cual objetos, personas, acontecimientos y hasta sueños se ven con una especie de lente de aumento, una intensidad que reviste lo observado de una calidad espiritual, y hace que lo nombrado ocurra, que se haga la luz, que el Verbo se haga carne. En algún momento de la adolescencia cayó en mis manos, de manera aparentemente fortuita, un ensayo de I. A. Richards cuya conclusión rezaba: «En un poema lo que importa no es lo que se dice, sino lo que es». Acto seguido, «The Second Coming» («El segundo advenimiento»), de W. B. Yeats, confirmó de golpe esa verdad, tanto que me empujó al sumo atrevimiento de traducirlo al español. A este poema y a su autor, nada menos, se refería Alvaro en aquella memorable ocasión.

Tanto su propia poesía como su condición, según creo, caben en esta suerte de indefinida definición de lo visionario o lo profético, que Borges resume a la perfección: «San Agustín dijo: ‘¿Qué es el tiempo? Si no me preguntan qué es, lo sé. Si me preguntan qué es, no lo sé’. Pienso lo mismo de la poesía». Resulta muy difícil abstraer lo que hace a una cierta poesía ser lo que es, ser como es, sin caer en gélidas esquematizaciones. Yo prefiero dejar intacto ese milagro o esa epifanía, y tan sólo reconocerlo, merodearlo en busca de sus irradiaciones. Y aquí no hago otra cosa sino seguir los pasos de Mutis, quien difícilmente hace observaciones verbales acerca de las bondades concretas de este o aquel poema. A lo sumo, lo que le he escuchado decir es: ah, esto sí, qué bien visto, al tiempo que asiente con sonrisas o gestos elocuentes.

Vayan aquí algunos de los míos.

ALVARO MUTIS, FILÓSOFO DE SU PROPIO ARTE

Al final de su magnífico recorrido por la historia de la pintura occidental, Civilización, Sir Kenneth Clark hace una confesión de principios personalísima que, en más de un sentido, coincide con la que Alvaro ha hecho de sí mismo de viva voz, en entrevistas, en su poesía. Dice el texto, en la traducción al español: «Al llegar a este punto me revelo como lo que soy, un carca». El original en inglés dice:

«At this point I reveal myself in my true colours, as a stick-in-the-mud». Carca significa, según nuestros diccionarios, un carlista, partidario de los derechos de don Carlos de Borbón y sus descendientes a la corona de España. Y un «stick-in-the-mud», por su lado, según el Webster, encarna a un conservador, fiel a ciertos valores universales y atemporales. Entre uno y otro se yergue el retrato de Mutis, seguidor de altezas de este mundo y del otro, escritor sólo comprometido con aquello que muestre compasión tanto por la belleza como por la miseria. Véase, si no, la continuación del mencionado párrafo de Clark: «Sustento muchas opiniones que han sido repudiadas por los intelectuales más vivos de nuestro tiempo. Creo que el orden es mejor que el caos, la creación mejor que la destrucción. Prefiero la moderación a la violencia, el perdón a la revancha. En conjunto creo que el conocimiento es preferible a la ignorancia, y estoy seguro de que la solidaridad humana vale más que la ideología. Creo que, a pesar de los triunfos de la ciencia, el hombre no ha cambiado mucho en los últimos dos mil años; y que, por consiguiente, todavía tenemos que intentar aprender de la historia. La historia somos nosotros. Sostengo también una o dos creencias que son más difíciles de expresar en pocas palabras. Por ejemplo, creo en la cortesía, ese ritual por el que evitamos herir los sentimientos ajenos para satisfacer a nuestro ego. Y creo que debemos recordar que somos parte de un gran todo, al que por conveniencia llamamos naturaleza. Todos los seres vivos son nuestros hermanos. Sobre todo, creo en el genio que Dios ha dado a ciertos individuos, y valoro a la sociedad que les hace posible la existencia». Para ser gemelo de Mutis, a Kenneth Clark sólo le falta el gato sapientísimo a su lado, recordándole siempre no pasarse de listo.

En una de las mejores, si no la mejor, de las entrevistas que se le han hecho al autor, Guillermo Sheridan le pregunta por qué en su obra poética no hay metapoema que devele la mística de su propia concepción. Y retumba la voz del Gaviero: «Yo lo evito con un infinito cuidado. Es como si el pintor contara los trucos que usa para pintar. Eso pertenece a un mundo secreto que no hay que hurgar mucho, porque o se cae en la pedantería absoluta o en la facilidad del ejercicio retórico o en la confesión personal, que con su yo poeta, con su actitud de yo poeta, es aterradora, irrespirable». De acuerdo. Sin embargo, en casi todos sus libros, filosofa acerca de la función de su arte, del ser del poema, de la importancia y el poder del nombre.

En «El festín de Baltazar», parte de Los elementos del desastre, publicado por primera vez en 1953, Mutis ya duda de la capacidad de un ars combinatoria para expresar microcosmos en macrocosmos, el uno en el todo, la metáfora muerta que es toda palabra, según Lugones. Así, el monarca, necesitado del poder de la poesía, hace un reclamo: «¿Cómo decir de este tiempo durante el cual se prepararon tantos hechos? ¿Cómo compararlo en su curso, al parecer tan manso/ y sin embargo cargado de tan arduas y terribles especies?/ Tal vez a un cable que veloz se desenrolla dividiendo el hastío./ O, mejor, al sueño de caballos indómitos/ que detiene la noche en mitad de su furia». El poeta joven hace alarde de una suerte de capacidad bárdica, que enfatiza la sensualidad y la vehemencia, con lujo de una contundente claridad en el rumbo de su expresión. El mismo se reprocha la incapacidad de hallar una metáfora salvadora con la fuerza de quienes —en el siglo XIII— eran temidos por transmitir —antes que los dioses mismos— la inmortalidad. Más adelante, en «Los trabajos perdidos», en transparente alusión a Shakespeare, continúa el filósofo-poeta preguntándose por la función oracular de la palabra encendida: «La poesía substituye, / la palabra substituye, / el hombre substituye,/ los vientos y las aguas substituyen[…] entonces, ya está hecho el milagro y sobran las palabras». Pero aún distingue señales que quizás anuncien sólo su previa falta de atención. Ve emblemas en todo, y un deber de eternizar el instante. A partir de entonces, belleza y horror, todo lo que hay y ha habido en el mundo, pasa a ser el poema, sin importar la intervención del poeta. Y pese a este lapidario descubrimiento, no desaparece el enorme signo de interrogación. Si esto es cierto, ¿por qué, entonces, los personajes que encarnan las palabras «se han permitido usar/ el tiempo y la sustancia» de su vida?

A lo largo de todos los libros siguientes, la misma pregunta surge y vuelve a surgir. Mutis parece echar mano de distintos registros para hallar la anhelada respuesta. Sabe ya que llamar a la poesía «crónica de la descomposición» del amor, del olvido, no basta; tampoco designarla como una forma de conocimiento. Acaso sea el conocimiento per se, tal como se lo sugirió a Sheridan y como arriesga a nombrarla en sus últimos poemas, si bien siempre en forma condicional, interrogativa, a distancia reverencial: «Si oyes correr el agua en las acequias […] Si tienes suene y preservas ese instante […] Si tienes la paciencia del guijarro […] Toda la ardua armonía del mundo/ es probable que entonces te sea revelada,/ pero sólo por esa vez. / ¿Sabrás, acaso, descifrarla en el rumor del agua/ que se evade sin remedio y para siempre?». No obstante, quien medita nunca deja de reconocer su calidad pendular, sus perpetuas oscilaciones de la duda a la certeza; de la reducción al absurdo del olvido, a la esperanza de la memoria expresiva. De modo que, aun cuando hubiera afirmado, en más de una conversación, verle un futuro negro a la poesía —al extremo de sentirla acorralada, refugiada en la publicidad—, en uno de sus últimos poemas publicados, Mutis reflexiona escépticamente desde el desastre, mas no puede negar la existencia luminosa de la esperanza: quizás haya llegado la hora de callar… «pero el silencio sería entonces/ un premio desmedido,/ una gracia inefable/ que no creo haber ganado todavía».

MAQROLL, EXPERIMENTADOR DEL MANDATO

Valga la redundancia: la voz del poeta invoca y convoca. Es decir, pide ayuda a Dios, apela, alude a lo que alude para lograr un efecto en el ánimo, para conmover a la divinidad e inclinarla a otorgar sus favores; y, a la vez, llama a las palabras para que acudan y se reúnan.

A nadie puede extrañar que gran parte de la poesía de Mutis sea franca plegaria, oración, letanía: invocación. Y que las gracias que se le conceden se vean convocadas en una zona definitivamente musical —de sonatas, canciones, nocturnos, baladas, Lieder— y en otra que, aunque narrativa, nunca abandona su ritmo, su nexo con el canto (Borges dixit: «Creo que el poeta volverá a ser otra vez un hacedor. Quiero decir que contará una historia y la cantará también»).

Una de las verdades absolutas de la poesía, motivo de terror para quienes no saben frecuentarla, es que cuando uno lee algo digno de recordarse, libera un sonido común a todos e incomprensible, dejando suelto en el mundo a un espíritu compañero. Quienes leemos poemas escuchamos esa voz, sus armonías, sus melodías, sus contrapuntos. Y quienes escribimos les hablamos a quienes hemos escuchado. Asevera el multicitado Borges que todas las artes aspiran a la condición de la música. La poesía, en particular, buscando devolver el lenguaje a su fuente, además remite al momento original en que las palabras «estaban llenas de magia, no tenían un significado definitivo e inalterable». Este intercambio de voces, este telar de sonidos plurales de emisor y receptor, de ecos que ya no se sabe dónde nacieron, estalla en todo poema que se acerca a la prueba de la existencia de Dios que es la música y, por tanto, logra lo que Wordsworth —con semejante significado implícito en su nombre— quería: el movimiento de los vientos encerrado en el misterio de las palabras. En el caso de Mutis, es el trópico, la realidad privada —casi confidencial— tanto de la infancia como del pensamiento adulto del escritor que la contiene, lo que late dentro de las notas de su endecasílabo:

Cada poema

Cada poema un pájaro que huye del sitio señalado por la plaga. Cada poema un traje de la muerte por las calles y plazas inundadas de la cera letal de los vencidos. Cada poema un paso hacia la muerte, una falsa moneda de rescate, un tiro al blanco en medio de la noche horadando los puentes sobre el río […] Cada poema un lento naufragio del deseo, un crujir de los mástiles y jarcias […] Agua de sueño, fuente de ceniza, piedra porosa de los mataderos, madera en sombra de las siemprevivas, metal que dobla por los condenados […]

Los pájaros, los ríos, los barcos, las flores siemprevivas y su inmediato poder evocador de la realidad geográfica de Maqroll, apuntan hacia lo presente en toda gran poesía: junto al lirismo que abarca a la vida misma, un examen propio y personal. El ejemplo antes citado resultaría de orden general. Ya en lo particular de este poeta, baste citar su contemplación de la infanta Catalina Micaela, hija del rey don Felipe II, para entrar a la visión que incluye una tradición lingüística y un modo de concebir el mundo, siglos occidentales heredados, imbuidos de una realidad íntima americana que confiesa «…un deseo insensato de sacarla del mudo letargo de los siglos/ y llevarla del brazo e invitarla a perdernos/ en el falaz laberinto de un verano sin límites». No otra cosa haría Wordsworth al hablar en su Preludio, en un inglés moderno y transformado, de la condición humana de la naturaleza.

EL GAVIERO, VISIONARIO EN BUSCA DE UNIDAD

Varios de los estudiosos que han analizado la obra de Mutis coinciden en bautizarlo como poeta del desencanto, del deterioro. En efecto, hay un tema recurrente de la degradación del hombre y sus asuntos, del perpetuo expulsado del paraíso, del Sísifo que no comprende su culpa, del tantálida siempre hambriento, siempre sediento, doliente sin más ante el espectáculo del cuerno de la abundancia. Sin embargo, el marinero que cuida la gavia y explora desde ella el horizonte querría, antes bien, explorar la realidad de los destinos; en todo caso, el porqué de la putrefacción en convivencia con el enaltecimiento. En cada persona debe hallarse la cifra, la unidad: aconsejado por felinos, sigue los sinuosos caminos hacia la suya propia para reflejar la ajena.

Encuentra, antes que nada, su lugar, sin creerse Dios, aceptando la existencia de un diseño insospechado que un buen día le fue revelado, precisamente gracias al profundo reconocimiento de que ni el pensamiento más elaborado —en su calidad de soberbia, desde luego— aboliría jamás el azar. Lo fortuito de un paseo, acompañado de su Beatrice —Carmen—. en «Una calle de Córdoba», lo va despojando, poco a poco, de su arrogancia como manejador de verdades descubiertas, de metáforas acertadas, a sabiendas de correr el riesgo de la desafinación: «no sé cómo decirlo, es tan difícil», reconoce; «hay mucho que se me escapa […] cómo explicarlo si depende de las palabras y éstas no son bastantes para conseguirlo». Un sitio en este mundo, inconfundible y a la vez tan parecido a otros en Cartagena de Indias, Antigua, Santo Domingo, Santa María del Darién… Ese que le revela, como a Leopold Bloom, el judío no errante irlandés, que su verdadera nación es la lengua. Mutis no le pertenece a Colombia, a España ni a México: le pertenece a una lengua, la española, con todo el arabismo que representa el punto fijo de Córdoba; la lengua que, como diría Heidegger, no hablamos sino que nos habla, «el único e insustituible lugar en donde todo se cumpliría para mí […] Todo se ha salvado ahora, […] todo está, al fin, en orden».

Su segunda unidad es de tiempo, y le llegará al Gaviero asimismo de manera aparentemente inadvertida. Y tal como el tiempo resulta clave en la música, uno de sus poemas que aspiran a esa condición se lo revelará: «Nocturno en Compostela». Ante la imagen de Santiago, sumo visionario, «enseñante de la más alta locura», poeta al fin, reconoce el orden superior, atemporal, que el hombre sólo puede percibir en un momento preciso. El destino de Mutis como hacedor de una plegaria-poema que logre descorrer el velo de sus ojos, y con ello el de los nuestros, al reconocer su falibilidad queda ya de manifiesto: «aquí estoy, Boanerges, sólo para decirte que he vivido en espera de este instante». Y repite, en una suerte de ritual religioso, de estribillo impuesto, lo que había dicho antes, al descubrir su lugar: «todo está ya en orden». En esta búsqueda, curiosamente, avanza, como Virgilio, de nueva cuenta acompañado de Carmen, su Beatrice.

Su tercera y última unidad es de espacio, esa difícil de definir extensión concebida en abstracto. Heracliteanamente ésta se le concederá al Gaviero en forma de río (Nocturno V), de peipetuum motile, en el que cabe lo suyo y todo lo demás; el pasado, el presente y el futuro; todos los sitios del mundo, sin importar la memoria de los mismos. El mayor don radicará no en el descubrimiento en sí, como en los casos anteriores, sino en esa extraña sensación o sentimiento que podría nombrarse felicidad, merced a esta breve plenitud se esclarecen los destinos individuales inscritos en un cambio constante. El es el río, el río es él. En el fondo, se ha enfrentado al lado humano de la naturaleza de los grandes románticos, reconociéndose subdito apenas de una gran potencia: «Los ríos han sido y serán hasta mi último día patronos tutelares, clave insondable de mis palabras y mis sueños. / Pero éste que, ahora, de nuevo y casi por sorpresa, se me aparece con todos los poderes de su ilimitado señorío, / es, sin duda, la presencia esencial que revela las más ocultas estancias donde acecha la sombra de mi auténtico nombre, / el signo cierto que me ata a los decretos de una providencia inescrutable. / Le dicen Old Man River. Sólo así podía llamarse. / Todo así está en orden».

Y todo lo está. Gaviero. Sigue contando y cantando. n