HACER CINE EN MÉXICO

POR MATÍAS MEYER

Hay que ponerle un impuesto en taquilla a cada boleto pagado y utilizar este dinero para financiar el cine nacional.

Estoy a punto de terminar la carrera de cine en el C.C.C. He cursado cinco años y filmado (dentro de la escuela) dos cortometrajes de ficción y un cortometraje documental. Ahora sólo me falta filmar mi tesis para graduarme y salir (un año más, mínimo).

¿Pero salir a dónde y a qué? Esa es la pregunta del momento. Una respuesta podría ser: salir a la industria para empezar mi carrera cinematográfica. Suena lógico que un recién graduado de cine busque montar su primer proyecto de largometraje. Lo que no suena lógico es el hecho de salir a la “industria”, porque a 15 o 20 películas al año no se le puede llamar industria. Según el sitio de Imcine, durante el año 2003, se produjeron 20 largometrajes mexicanos, dentro de los cuales se estrenaron 15. Nadie se atrevería a llamarle a esta raquítica producción (que lleva  así más de 15 años) una industria, es más clara la imagen de dos bisteces para 100 perros (no exagero, en la tercera convocatoria nacional de cortometraje, Imcine apoyó cinco cortometrajes de 150 trabajos inscritos). Qué ridicula cifra, cinco cortometrajes producidos en un año, en un país de 100 millones de habitantes.

En la Cineteca Nacional (supuesta segunda escuela de cine, que atraviesa también a mis ojos por una grave crisis de programación) me encontré a Edgar San Juan, amigo y compañero del C.C.C. Se mostraba optimista, diciéndome que venía una nueva ola de cine mexicano (por cierto, este término de nueva ola de cine mexicano se viene deslizando desde hace también más de 15 años. ¡A ver cuándo revienta!). “¿Y cómo se va a financiar esta nueva ola?”—le pregunté—. Edgar me respondió que este año le habían asignado un presupuesto mayor a Imcine, y sus tres fondos Fidecine (Fondo de Inversión y Estímulos al Cine), Foprocine (Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad) e Ibermedia. En efecto, según anunció Alfredo Joskowicz a principios de año, para 2004 se otorgó un presupuesto de 150 millones de pesos, con el que se esperan producir 25 películas. Ah, me dije, ahora va haber cuatro bisteces para 100 perros.

No dudo ni un segundo de la capacidad ni del talento de los nuevos cineastas mexicanos, y también veo las nuevas propuestas. De hecho, en el extranjero nos tienen bien checaditos. Rubén Imaz me contó que en su viaje de febrero a la Berlinale, al final de la borrachera de clausura, el director general del talent campus dijo: “el nuevo cine vendrá de México” (yo intuyo que este señor maneja la idea optimista de que la marea de nuevo cine argentino y brasileño nos contagiará).

Desde que empezó el fenómeno de globalización México no ha tenido un cine fuerte. Mientras que muchas cinematografías nacionales ahora circulan mostrando sus imágenes por todo el mundo (el cine asiático, el argentino o el danés, por ejemplo), el nuestro no se ha visto (porque no se ha hecho) y el poco que se ha visto ha tenido mucho éxito a nivel taquilla y crítica especializada, a nivel nacional e internacional (Amores perros, La perdición de los hombres, Y tu mamá también, El crimen del padre Amaro, Japón, Nicotina). El mundo de las pantallas está sediento por ver más cine mexicano (y es que somos un país de gran tradición artística, “el país surrealista por excelencia”, como dijo André Breton). Hay una enorme riqueza visual y temática en nuestro país, hay muchas cosas por decir y por hacer, eso es indudable. De lo que sí dudo es que este cine, a como van las cosas, se vaya a hacer realidad.

La solución para tener una industria es bastante sencilla y ha demostrado funcionar en varios países. El cine se hace en gran parte con dinero creado por el propio cine, y no con un presupuesto anual (siempre fluctuante) otorgado por el gobierno. Hay que ponerle un impuesto en taquilla a cada boleto pagado en territorio mexicano y este fondo o banco cinematográfico tiene que utilizar este dinero para financiar el cine nacional, otorgando préstamos (adelanto sobre taquilla) a los productores de ficción, documental y cortometraje (a nivel guión, desarrollo, producción, post-producción, distribución y comercialización). Asimismo, este fondo serviría para apoyar los festivales de cine y las salas independientes de cine de arte (cuasi inexistentes en nuestro país). No estoy pidiendo ningún tipo de regalo del gobierno, simplemente me parece justo que si el cine crea dinero, que una parte de ese dinero sea para el propio cine. Si los exhibidores viven del cine, que hagan vivir al cine, que potencien la industria.

En Francia y en Argentina (aparte de otras medidas favorables al cine como los incentivos fiscales, las facilidades de exhibición, el impuesto de las películas programadas en televisión y a los centros de renta de video) el impuesto por boleto es de 11%. Francia tiene 180 millones de espectadores al año, Argentina 80. Hagan sus cálculos. En Francia, en 2002 el CNC (Centro Nacional de Cinematografía) coprodujo (casi nunca aportan más del 20% del valor total de la producción) 200 películas, dentro de las cuales 50 fueron óperas primas. Argentina hizo más de 50. Y los dos países cuentan con un festival de cine de clase A (Cannes y Buenos Aires). Sin esta forma de funcionar no existirían ni el festival de Cannes ni muchos cineastas.

En México, en 2002 se alcanzó la cifra histórica de 152 millones de espectadores (estamos entre los seis países que van más al cine). Casi lo mismo que en Francia (no hay que olvidar la muy importante cifra de 10 millones de mexicanos que viven en Estados Unidos, y que van, según las estadísticas, más al cine que un ciudadano norteamericano). Podríamos, entonces, aplicándose esa misma tarifa, tener unas 120 películas al año. Y de esas 120, saldrían unas 10 buenas, como ahora de 15, sale una. Así funciona el cine, se tiene que hacer mucho para que salgan algunas cosas buenas (muchas veces oigo críticas al cine mexicano del estilo: “es que con las porquerías que hacen, quién le quiere invertir”).

   La ley del peso en taquilla seguía un poco la misma idea (un peso por boleto para la producción de cine mexicano), pero pedía un ridículo porcentaje de 2%. Además, esta bien intencionada propuesta de ley fue mal planteada y permitió que se ampararan casi todos los distribuidores y exhibidores, que aumentaron inmediatamente los precios en taquilla, echándole la culpa a la ley del peso y alegando que el perjudicado por esta ley sería el espectador (en encuestas realizadas, la mayoría de los espectadores se mostraban dispuestos a cooperar con el peso). Efectivamente, bajó la asistencia en salas (en 2003 hubo 134 millones de boletos pagados), y el dinero recaudado por el peso en taquilla está congelado (134 millones de pesos). Las distribuidoras empiezan a ganar la pelea legal. De esta forma se llevarán el monto acumulado del peso en taquilla y el aumento del precio del boleto (cabe recordar que inmediatamente votada esta ley, en 2001, el presidente de la Motion Picture Asociation, Jack Valenti, envió una carta al presidente Fox criticando la propuesta y amenazando con quitar los apoyos al cine mexicano).

Ya se hizo hincapié en lo tremendamente injusto que resulta el reparto de beneficios en esta “industria”, en donde los que llevan la mayoría de las ganancias son el distribuidor y el exhibidor. El productor sólo se queda con 10% de las ganancias (es el que pone el dinero desde un principio, el que levanta el proyecto, el que arriesga) y además es el primero en pagar los impuestos. Por si fuera poco, el productor es el que paga las copias (en cualquier otro país las copias las paga el distribuidor). He oído, también, que los distribuidores incitan al productor a salir con muchas copias, lo que asegura el negocio entre el distribuidor y los laboratorios, pero deja endeudado al productor, que con dos millones y medio de espectadores no logra recuperar su inversión (es el caso de Nicotina de Hugo Rodríguez). Lita Stantic, talentosa productora argentina invitada a la última muestra de cine de Guadalajara, se asombraba que con dos millones y medio de espectadores el productor siguiera sin ver beneficios, cuando en Argentina por el solo hecho de meter a 100 mil espectadores al cine se le da un apoyo al productor. La novedad es que ahora los exhibidores empiezan a producir (Cinemex con El Marlboro y El Cucú y Buenavista con Ladies Night). De esta forma, presumen que apoyan al cine mexicano y alejan las propuestas de impuesto en taquilla, que como dijo Miguel Angel Dávila (presidente de la Cámara Nacional de la Cinematografía) y Cinemex en una nota de El Universal. “Sin duda, el peso en taquilla tuvo un efecto negativo, pero no puedo decir que sea el único…”.

  La solución es sencilla, aplicarla es complejísimo, casi imposible, ya que los americanos y los exhibidores mexicanos van a hacer todo por evitarlo, (imagínense quitarles el 11% de la taquilla de Spidermarn). Bertrand Tavernier, en una reciente entrevista a El País, a propósito del impuesto en taquilla dice: “si los norteamericanos quieren poseer el mercado francés, entonces que ayuden a su supervivencia”.

En Corea una misma ley se aprobó hace algunos años y el cine coreano ha repuntado de forma increíble. Ahora los americanos están presionando a los coreanos para que quiten esa ley, prometiendo otro tipo de apoyos.

   Es difícil lograr que se aplique el impuesto en taquilla, pero no imposible. Si se piensa mejor cómo encontrar una brecha legal, es posible que se apruebe y que ningún amparo pueda oponérsele. Aunque pienso que por ahora lo que hay que comenzar por hacer es a darnos cuenta de lo estancado que se encuentra el cine nacional y que si las cosas siguen así, muy pocos serán los afortunados en filmar.

María Novaro nos advirtió el otro día: “como nueva generación de cineastas, o hacen que cambien las cosas o emigran”. Así de alarmante está la cosa. n