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De Espiral de artillería

Por increíble que parezca, durante un breve y feliz espacio de tiempo creí que efectivamente conseguiría mantenerme ajeno a los disturbios. Quiso, sin embargo, mi mala suerte que justo en esos días irrumpiese en mi vida una mujer que iba a acarrearme muchos más problemas de los que son de esperarse en esos casos. Creo haber dicho ya que soy propenso a obsesionarme con ciertas mujeres a las que rara vez me he atrevido a abordar. Por desgracia, en este caso concreto mi fascinación fue tan desmedida que olvidé cualquier propósito de continencia o de prudente reserva. Si aquella pasión mía fue alimentada inconscientemente por el caos incendiario que la circundó, es algo que prefiero no analizar por ahora. Sólo sé decir que de pronto, justo en mitad de aquella primavera endemoniada, perdí la cabeza por una joven pintora que llevaba algunos meses dando clases en los talleres de la Facultad de Artes Plásticas. Desgarbada, ósea, de manos largas y facciones claramente levantinas, la extraña belleza de aquella muchacha habría pasado acaso inadvertida de no haber sido por el garbo con que la ostentaba. Algo había en ella que absorbía la atención de cuantos la rodeaban. No era raro verla en los pasillos de la facultad, los talleres de escultura o los cafés aledaños a la universidad rodeada por estudiantes o profesores que, como yo, parecían hipnotizados por sus modales altaneros, su densa cabellera negra o su manera de hablar, siempre enfática, siempre a punto de gritar un anatema que todos ansiábamos secretamente que dijera.

Ignacio Padilla: Espiral de artillería, Espasa Calpe, Madrid, 2003,192 pp