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UNA RESPUESTA

POR GUILLERMO SAMPERIO

En el número 60 de la revista Letras libres, Mauricio Montiel Figueiras se refiere al texto crítico de Guillermo Samperio sobre Roberto Bolaño publicado en Nexos 310, octubre de 2003. Esta es la respuesta de Guillermo Samperio.

¿ESCRITURA DEL VÉRTIGO U OBSESIONES DIARREICAS?

En efecto, una de las recomendaciones que hacen los maestros de la literatura al joven escritor es que sea fiel a sus obsesiones. Bien, el principiante empezará a escribir bajo tal fidelidad. De conservarse este propósito, tendríamos que concluir que la obsesión es el estilo. Sin embargo, llega un momento en que se percata de que sus obsesiones no sólo se le van desgastando, sino que a mediano plazo comienza su obra a ser circular, reiterativa. Pero lo más grave no es esto, pues pudo haber originado un libro importante, sino que tan sólo ha estado bordando durante años solamente sobre su interioridad, sus problemas, su intimidad que, en no pocas ocasiones, apenas le interesan al lector. Ser fiel a sus obsesiones se le convierte en un bumerang que, a la postre, lo delatará.

Esta inicial sugerencia de los maestros va encaminada —y aquel joven ahora medio viejo no se dio cuenta— a que en un principio es más sencillo escribir de lo que el escritor es como individuo, que intentar una «gran historia» distante de sus pertinaces fijaciones. Este primer impulso tendrá que devenir en lo que se le ha llamado work in progress —trabajo en proceso—, que apunta a la creación de un sistema literario (si es posible, único) ya en la madurez de la escritura. Esto implica que las obsesiones van cediendo hacia una metamorfosis que deriva hacia la diversidad temática, de registros y, muchas veces, hasta estilística, tal el caso de Italo Calvino o del mismo Borges, tan obsesivo, o nada menos que Fernando Pessoa, ejemplo extremo. Si Kafka se hubiera quedado escribiendo literatura al estilo de Un viaje a América, o Joyce novelas a la manera del Retrato del artista adolescente, no tendríamos un El castillo ni un Ulises. Las novelas de juventud de ambos resolvieron obsesiones que rondaban su mentalidad imberbe, pero les fueron útiles para entrar en el work in progress que los llevaría a la creación de un sistema. Podríamos mencionar otros casos, como el de Federico García Lorca, José Revueltas o Robert Musil.

Precisamente, este último escritor propuso el derrotero de lo que caracterizaría la búsqueda del novelista del siglo XX: necesitaría captar el espíritu de la época y escribir desde las consecuencias colmadas del mundo. Estas ideas inevitablemente tenderían a sacar a los escritores fuera de sí, a abandonar sus obsesiones, el regodeo en sus vidas personales, el a veces obsceno striptease que muchos practican, actualmente más marcado en los poetas. Las sugerencias de Musil implicaban que, para el escritor, no bastaba su propia interioridad, sino que debía hundirse en la investigación creadora de saber e intuir en qué momento de despliegue se encontraba la humanidad, lo que implica estar enterado no sólo de los avances de la propia literatura mundial, sino también de la ciencia, el diseño industrial, la política, la filosofía, el diseño del vestido y el zapato, los muebles y los viajes fuera de la estratosfera, etcétera; es decir que el escribano debía salir de sí para entregar una obra en la que el magma de la literatura no sólo hiciera un registro de la actualidad en el momento de emprender su novelar, sino que al transitar su escritura sobre el borde de las consecuencias colmadas también atrajera sentidos aún por nacer, una porción de futuro al que apuntan tales consecuencias. De este modo, hemos tenido libros como 1984, de Orwell, Rayuela, de Cortázar, Los siete locos, de Roberto Arlt, Winsburg, Ohio, de Sherwood Anderson, La región más transparente, de Fuentes, y, desde luego, Pedro Páramo, de Rulfo, además de El castillo ya mencionado.

Evidentemente que es mucho fácil escribir toda la vida sobre mis obsesiones, poniéndoles cada vez una nueva cara, pero arriesgarse a lanzar el anzuelo de la escritura hacia las aguas turbias de un «espíritu de la época» que es opaco, invisible, insondable, innombrable (o sólo nombrable si va bien la pesca), casi inatrapable, es un reto que va implícito en la ética de cualquier escritor actual. Esto implica, claro está, el riesgo del fracaso, como le ha sucedido a muchas novelas. Podríamos llamarla la escritura del vértigo porque el escritor se lanza hacia una zona totalmente oscura que ya no es su niebla, sino el abismo. Si su obsesión es este arriesgue (que implica una indagación de toda la vida y la aceptación de una transformación interior como resultado de ir hasta las consecuencias colmadas, abandonando al adolescente recalcitrante), bienvenida la obsesión. Esto no descalifica, desde luego, las excepciones en las que los escritores, a través de sus insistencias monotemáticas, y de bordar desde sus obsesiones, no entreguen novelas de gran importancia, como El coronel en su laberinto, de García Márquez, Congreso de Euturología, de Stanislav Lem, o casi toda la cuentística de Felisberto Hernández, pero la diarrea obsesiva protonazi con la que nos embarramos al revisar algunas obras de Roberto Bolaño, como su novela Los detectives salvajes, aunque la elogie Susan Sontag, es un tanto vergonzante. n