A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

HASTA SIEMPRE, PROFESOR

POR LUIS SALAZAR CARRIÓN

El viernes nueve de enero falleció Norberto Bobbio, sin lugar a dudas una de las figuras intelectuales más importantes del siglo XX. Considerado por muchos como la conciencia crítica de la izquierda italiana y europea, su obra teórica y periodística puede también verse como un ingente esfuerzo por reivindicar a la filosofía del derecho y de la política como una disciplina indispensable para entender y defender teóricamente los valores que fundamentan a la democracia, es decir, la paz y los derechos humanos fundamentales. A diferencia de otros renacimientos de la filosofía política, sin embargo, su propuesta nunca quiso ser meramente normativa. Ya desde sus estudios sobre la teoría del derecho se mostró favorable al positivismo jurídico, y al análisis conceptual riguroso aplicado precisamente a las categorías jurídicas fundamentales. Recuperando y desarrollando las tesis de Kelsen contribuyó con obras decisivas a la formación de una importante tradición jurídica italiana que cuenta entre sus miembros a autores tan importantes como Luigi Ferrajoli y Riccardo Guastini, influyendo también decisivamente en autores españoles tan destacados como Gregorio Peces-Barba, Alfonso Ruiz Miguel y Elias Díaz.

Pero sus propios estudios jurídicos condujeron a Bobbio al terreno de la filosofía y de la ciencia política. Reconociendo que el derecho y el poder forman las dos caras de una realidad única, se propuso entonces desarrollar una teoría general de la política que, partiendo de la lección de los clásicos, hiciera posible un encuentro y un debate fructífero entre las ciencias sociales y las disciplinas filosóficas. Su positivismo jurídico se transformó en realismo político, es decir, en un estudio desencantado del fenómeno del poder que, paradójicamente en apariencia, tenía como propósito defender a la democracia moderna frente a sus pretendidas alternativas. De esta manera, desde la década de los años cincuenta, debatió firmemente con los marxistas italianos, discusión que continuaría en los setenta con sus célebres ensayos sobre la teoría marxista del Estado y sobre el socialismo posible, y en los ochenta con los artículos que configuran su famoso libro El futuro de la democracia, para terminar en los noventa con su pequeño e iluminador libro Derecha e Izquierda.

Pero estos textos, que revelan un realismo laico intransigente, un pesimismo combativo, no debieran hacernos olvidar una enorme cantidad de ensayos tanto sobre los clásicos —desde Hobbes hasta Weber y Kelsen, pasando por Locke, Kant, Hegel y Marx—, como sobre los conceptos de Estado, sociedad civil, política, poder, derecho, derechos humanos, moral, guerra, paz, etc. Ellos configuran, sin lugar a dudas, los elementos de una verdadera Teoría general de la política, que hoy podemos leer gracias a la cuidadosa compilación realizada por Michelangelo Bovero. Ni olvidar tampoco esa pequeña obra maestra que lleva por título El tiempo de los derechos, en la que Bobbio argumenta convincentemente su tesis acaso más original y relevante: la que nos habla de la revolución copernicana generada por la afirmación y consagración de los derechos humanos, como la gran mutación política, moral y cultural de la modernidad que hizo posible la democracia representativa.

Apenas hace falta decir que el realismo de Bobbio, que sin duda toma en serio las lecciones de los grandes realistas clásicos (desde Maquiavelo hasta Marx, Weber, Pareto y Mosca), no se opone a los valores o a los ideales, sino a la ilusión filosófica de que, para realizarlos, basta descubrir su fundamento, así como a la ilusión ideológica de que en la historia humana hay soluciones inmediatas, sencillas, definitivas y armoniosas. No sólo debemos aprender de la lección de los clásicos, también debemos tener en cuenta las durísimas lecciones de la historia: ellas nos muestran no sólo que la realidad, la dura realidad, presenta siempre facetas demoniacas que degradan y hasta trastocan nuestros ideales, sino que, precisamente por ser tan dura, la realidad exige que se le trate con moderación, con racionalidad, con paciencia, con tenacidad.

Pesimista, Bobbio pudo observar todavía el resistible pero no suficientemente resistido ascenso de las derechas en su país y en el mundo. No se hacía ilusiones por una izquierda que, aunque ha asumido finalmente un compromiso con la democracia moderna, parece haber perdido en el camino sus propios ideales igualitarios. Pero no dejó de insistir en que el aparente triunfo de la democracia liberal, que algunos interpretaron como el final de la historia, estaba muy lejos de resolver los retos de la desigualdad y de la miseria que habían impulsado el proyecto comunista. Lejos de terminar, decía, la historia apenas está comenzando.

Su muerte deja un inmenso vacío intelectual y moral. Pero, por fortuna, contamos con su ejemplo y con sus obras. Hasta siempre, profesor. n