AUDACIAS DE LA MADRE CONCHITA

POR ALBERTO SLADOGNA

Entre otras cosas, Concepción Acevedo de la Llata, mejor conocida como la Madre Conchita, fue capaz de comenzar así sus Memorias: “Tomo la pluma, vil alambique de la enorme sensibilidad que llevo a dentro “. El texto de Sladogna que publicamos da cuenta de las otras audacias de la Madre Conchita, cuyo nombre quedará unido por siempre al de José de León Toral y, por supuesto, Alvaro Obregón.

La Madre Conchita, alias María Concepción Acevedo de la Llata, muere en la década de los 1970’s —la fecha exacta es parte de los misterios de su vida—. Los asistentes al funeral cargaban años en sus espaldas y recuerdos del México de los años locos —1920/1930—, El cuerpo asomado a los límites de la caja fúnebre dejaba ver la vestimenta que la acompañaría en ese viaje sin retorno: llevaba los hábitos religiosos. Se trataba de la última andanza de una madre, una religiosa particular: la Madre Conchita, casada con Dios por el espíritu y en matrimonio terreno con Castro Balda.

Concepción Acevedo de la Llata nació en Querétaro en 1883; de joven ingreso a un convento, sería más correcto escribir de “niña”, y allí se consagró al amor del Todopoderoso, de Dios Padre. Lo hizo aceptando el voto de silencio o, al menos, aceptando un estado en el que su palabra debía reducirse al mínimo. El aislamiento permitía sostener el voto. Su historia parecía destinada a recorrer un paradigma compartido por otras jóvenes que vivían el desamparo económico, social, moral e ideológico de esos años tan duros —caída de don Porfirio, auge y esplendor de la Revolución, lucha fratricida de y entre los caudillos revolucionarios—. Debiera tomarse nota de que la Revolución mexicana fue una de las formas reveladoras de la crisis y declinación de las figuras organizadoras de una estructura familiar, en particular la función del padre. En ese marco la fe brindaba un albergue a los más desamparados. Las mujeres sumaban a esa situación la devastación del ninguneo. Se trataba no sólo de un refugio económico, era un asilo espiritual que daba un toque singular a sus miembros. La devastación del desamparo tiende a plasmarse sólo en el nivel económico dando una pintura de relieves y tintes dramáticos. Y la devastación espiritual, ¿cómo se muestra?

UNA VIDA POR OTRA: OBREGÓN EN LA BOMBILLA

En noviembre de 1925 el Congreso de la Unión procedió a modificar los artículos 82 y 83 de la Constitución. La modificación dio un toque de legalidad a la ruptura de la palabra empeñada: “No reelección”. Era un pacto de palabra entre los jefes revolucionarios, una palabra de honor pronunciada por quienes sostenían una posición de amos en la Revolución. No se trataba sólo de que un presidente no volviese a ocupar ese lugar, se trataba de garantizar a los demás caudillos la rotación del poder. El general Obregón ganó una batalla legal al obtener esas modificaciones, y en el mismo momento perdió el amparo de la palabra empeñada. El 17 de julio de 1928 en el restaurante La Bombilla, de San Angel, mientras el maestro Esparza Oteo interpretaba “Limoncito”, un corazón partido por un limón, Obregón caía de bruces: una bala se albergó en el corazón, lo partió. La acción fue ejecutada un dibujante de caricaturas, que con el nombre de “Juan” integraba las brigadas de Liga de Defensa de la Religión en la ciudad de México. Cuatro días después serían conocidos su nombre y apellido: José de León Toral. Luego los conduce con una persona que daría plena “fe de su palabra”: “Actuó solo… (para que en México) Cristo reinará de una manera absoluta” (Cf.: Actas del Juicio a León Toral, periódico Excelsior, Vicente Leñero: Magnicidio. El juicio a León Toral y a la Madre Conchita, 1991). Al corazón partido de Obregón se le ofrecía otro corazón para dar consistencia a una declaración, deterioro de la palabra al requerir de otra cosa —un fragmento del cuerpo— para darle consistencia. Así irrumpe en el escenario trágico de la historia de México, Concepción Acevedo de la Llata. Esa proposición toral fue la prueba necesaria y suficiente para montar la matriz de un complot: un autor material supeditado a una autora “espiritual”. “Juan” cambio su vida por la de Obregón y fue reconocido como “José de León Toral”, mientras ella sería conocida como “La Madre Conchita”.

LA CONCEPCIÓN PÚBLICA DE LA MADRE CONCHITA

El apellido materno “Toral” es la identidad singular de José de León; esas letras escriben la decisión absoluta de sus disparos. Esa acción toral ofrece a la luz pública otro nombre: la Madre Conchita. Una monja, María Concepción Acevedo de la Llata, destinada a la devastación, consagrada al silencio para sostener su amor por el Señor, “hace” de ese amor la causa espiritual que permite la desaparición de un señor de la guerra. Ese hacer tiene una consecuencia: Si Toral es un apellido materno reconocemos que “La Madre Conchita” era el nombre de una madre superior. Ella saltó con su voz a la vida pública. La Madre Conchita reitera una y otra vez algo que no se quería ver: “era la situación social” quien había dictado el destino de presidente “electo”. León Toral le preguntaba: “¿Por qué diosito no envía un rayo sobre Calles y Obregón?”, la Madre Conchita responde “los designios divinos requieren a veces de una ayuda”. Ante el fiscal reconoce la amenaza de esas palabras y añade: “Eso era algo de lo cual todo el mundo hablaba”. En efecto, el Vox Populi había pronunciado esa sentencia y ella lo repetía. ¿Acaso no era verosímil? Semanas antes del atentado Toral escuchó en un tranvía que un rayo segó la vida del fundador de la aviación comercial en castigo por el supuesto bombardeo a una estatua de Cristo Rey, en Guanajuato. Conchita provocaba un severo malestar a la jerarquía de la Iglesia y a los personajes políticos del México de los Caudillos. Los primeros no dudan en declarar que proviene de una familia de “degenerados”. Las “locas”, para la Iglesia, no son “inspiradas por la fe”. Mientras que los fiscales y el procurador en turno querían velar cualquier viso de crimen político y allí encontraban a la monja quereta- na sosteniendo el retorno de lo reprimido: la muerte de Alvaro Obregón era un secreto compartido por el público y difundido entre los medios públicos de la época. Esa extraña coincidencia rodea cada uno de los casos de magnicidio: el criminal ejecuta una orden dictada ya, tiempo antes, por el Vox Populi. A esa voz nadie hace caso, comenzando por el afectado. Obregón rechazo la advertencia de sus cuatro atentados previos.

La monja que renunció a la voz, dejo que el Vox Populi se hiciera carne en y a través de ella. La Madre Conchita, una madre de los años locos, una monja paradigmática: escribe dos veces su biografía una a pedido del director de la penitenciaría de las Islas Marías donde purgo una parte de los 20 años de su condena; luego, redactó otra: Yo, la Madre Conchita (Planeta, México); en la cárcel conoció a su hombre —Castro Balda— y se casó con él; ya en libertad recuperó su voz y subió a la escena, al escenario, recorriendo los teatros del país dando conferencias. Cuando murió decidió como última voluntad seguir en la escena de donde se la quería excluir: fue vestida con sus hábitos. Y si estos elementos tan característicos de los años locos fueran pocos, su vivienda, lugar de sus funerales, se ubicaba en la misma calle y manzana del lugar al que fue conducido el cadáver de Obregón después del atentado. ¿¡¡Vox Populi, Vox Deiü? n