A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

OBESAS, BULÍMICAS Y ANORÉXICAS

LAS CAPAS DE LA CEBOLLA

POR LUCÍA RAPHAEL

No hay diferencia alguna entre la mujer anoréxica, la bulímica y la obesa. Todas somos parte de la misma ‘tribu» todas buscamos, a través de nuestra masa corporal, crearnos la ilusión de tener una presencia, de ocupar un espacio en el mundo, de defender nuestra humanidad a golpe de comida.

A las personas con sobrepeso la negación del Yo nos convence de que disponemos de un privilegiado laisser-passer, que nos permite no hacernos viejas. Creemos que escondiéndonos en el cuerpo devenimos, gracias a nuestra renunciación mágica, «inmortales». «Si renuncio a mi cuerpo, si renuncio a mi sexualidad, si renuncio a mi vida, siempre estaré viva. Me convertiré en inmortal, porque en tanto yo no viva ciertas experiencias, no estoy lista para morir. No vivo, entonces no muero.

No hay diferencia alguna entre la mujer anoréxica, la bulímica y la obesa. Todas somos parte de la misma «tribu», todas buscamos, a través de nuestra masa corporal, crearnos la ilusión de tener una presencia, de ocupar un espacio en el mundo, de defender nuestra humanidad a golpe de comida. La comida no es para nosotras una fuente de energía; es una manera de ejercer un poder, una fuerza de la cual en algún momento de nuestra existencia nos comenzamos a sentir desposeídas.

La paranoia vive en nuestro cuerpo, la relación del Yo con el cuerpo es la de un ser que se siente superior, frente a uno que siente inferior. El cuerpo es ese ente físico que siente que llama la atención de los otros, de ese espía que es el desconocido que camina atrás de mí y que seguramente sonrió porque se me salen las lonjas, que se da cuenta que uso vestidos de niña porque los de mujer se me caen… Todos me miran, la única manera que tengo para evitar su mirada inquisidora es engordando, es desapareciendo. No me vean. ¡Oigan, ustedes! Sí, ustedes; ¡no me vean! ¡Lo ven! Ya me están viendo.

Obesidad. Estoy encerrada en un cuerpo con el que nunca termino de sentirme a gusto; en él desaguo mis miedos y mis trampas, mis dolores, mis carencias, mis negaciones y, al mismo tiempo, en él ejerzo mi poder más absoluto, la expansión de mis fronteras; en él defiendo los espacios arrancados, con él los enarbolo, con él me ensancho y agredo haciendo gala del espacio físico que abarco. Miro, retadora, al que se siente a mi lado, porque sé que puedo estar ocupando su espacio vital con el mío propio, pero tengo derecho, porque yo soy gorda y el otro no lo es, y el otro tiene que aceptarlo porque en el fondo mi gordura es una forma de discapacidad que me da derecho sobre sus derechos de ente corpóreo. Respondo a las exigencias de todos esos otros retacándome el cuerpo de lo que pueda atribuirme la sensación de fuerza. Yo soy grande, yo soy poderosa y sobre todo, yo no soy vulnerable, el vulnerable eres tú, hijo de puta, que sufres con mi sufrimiento. ¡Sufre! Sufre porque gracias a ti he sufrido, aguántate mis malos modos, mis genios, mis exigencias, mis flatulencias. Yo sé que te duele, yo sé que te molesta, yo sé que te avergüenzo.

El desprecio por los otros surge del desprecio por uno mismo. Si no me siento susceptible de ser amada, el otro se convierte en el causante de la propia desgracia, el origen del propio conflicto; el otro, en el caso de las personas que padecemos desórdenes de la alimentación, es «una mantecada » que guarda en su receta todos nuestros enojos y nuestros dolores, confundiendo el Yo en su masa informe. Buscando exorcizarlo en ellos, los anexamos a nuestra pesadez de gran comilona… y nos castigamos en ellos, logrando enganches sin final y sin principio, llamando al tanatos, huyendo del eros; es decir, perdiéndonos en la masa y renunciando a la individualidad.

Bulimia. Me agredo a mí misma; más aún, agredo a los otros, esos amados pero odiados sujetos a los cuales les atribuyo, ya sea con razón o sin ella, los motivos de mis carencias. Mi cuerpo se convierte en una arma atómica, una bomba de carne que cae en sus aguas haciendo estragos. Lo como todo, sin poder detenerme y, cuando estoy en tu casa, después de saturarme me vengo en una excreción de odio y de revancha, lleno tu baño de mi vómito y lo hago en la casa de cada tú que me ha llevado a donde estoy, llorando el esfuerzo de exprimirme hasta el último músculo del cuerpo. Te regreso tu manera de amarme a través de la expulsión de tu comida, negándola en mi cuerpo hasta que no quede una sola huella de ese supuesto amor que me consume y te consume a ti, tú, otro que dices amarme.

Saber que no tengo nada más que perder, sentir que soy mortal, que he rozado la muerte, morder el polvo, bajar la cabeza, reconocer mi daño, aceptar el pincho y, humilde, como toro de lidia, estar lista para dar mi mejor corrida: ese es el fondo del dolor. En el germen de mi enfermedad está mi cura, en mi capacidad de autodestrucción está la posibilidad de salvarme. No puedo hablar de mi dolor sin hablar al mismo tiempo de una promesa de vida, una mejor y más mía. Así como mi ego me hace destruirme, la renuncia a esta Yo que nada se perdona, puede ser la primera bienvenida a lo mejor de mí.

Anorexia. El cuerpo vale mierda. Este cuerpo que tengo es mi vergüenza y mi lastre. Por ello me arrebato la comida, para hacerlos sufrir con mi desaparición física, con mis jugos gástricos quemándome el esófago, con mi autoagresión en respuesta a la tuya cuando me dices que no tengo el cuerpo espectacular de niña que tú quisiste que conservara. Tú, mi madre; tú, mi padre; tú, mi hermano; tú, mi hombre; tú, mi mujer: todos pertenecientes al mismo club de los obsesivos del peso. Tú que me haces sentir ridícula cuando salgo a mi primera fiesta de adolescente porque acabas de darte cuenta de que ya soy mujer y odias que lo sea porque te recuerdo que ya no eres la mujer joven y bella que fuiste antes de tenerme y te empeñas en mantener mi cuerpo como el de una impúber, hasta borrarme en la adolescencia. Jamás lograré tu aprobación, ni tu cariño, ni me sentiré amada, aun si logro evitar que me crezcan los senos y las caderas. Nada será suficiente para ti. Entonces tomo tus armas y las uso en tu contra. Querías que fuera una niña toda la vida, eso seré hasta desaparecer en este proceso de decrecimiento que te regalo hasta que mi cuerpo no pueda retener nada. Entonces lograré tu amor o mi venganza.

En comedores compulsivos y otros grupos de 12 pasos tratan de hacernos entender que no somos «cualquier tipo de personas». El argumento consiste en que la mayoría de nosotros somos poseedores de una capacidad intuitiva particular que nos lleva a caer en situaciones extremas, y en determinado momento esto nos lleva a entrar en esos grupos. Yo me compro esta idea de que la misma creatividad que me llevó a inventarme todas las posibilidades, historias y pretextos para dañarme; esta idea de que es a través de mi propia locura que puedo salvarme, y quitando así, poco a poco, las capas de mi propia e íntima cebolla, reivindico a las mujeres de la tribu en un acto de absoluta autoliberación para que se besen el cuerpo y se dejen ser besadas. n