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FUTILIDAD Y MEDICINA

POR AROLDO KRAUS

Una acción fútil es aquella que no puede alcanzar las metas de su propia acción, independientemente de las veces que se repita. Puede decirse que las posibilidades de fracasar son predecibles porque resultan inherentes al acto.

Loco o nada suelen hablar los médicos acerca de futilidad. Quizás, porque poco se cavila acerca de los límites de la medicina y de la vida. Quizás, porque no se respeta ni se conoce el concepto de autonomía del ser humano. Quizás, porque para el galeno es mucho más fácil hacer que no hacer y, finalmente, porque la magia y el glamour de la tecnología moderna no sólo atraen a los médicos, sino que los alejan de las enseñanzas de la «medicina antigua».

En la medicina de la vieja Grecia, los doctores tenían la capacidad de reconocer algunos síntomas y signos que permitían diferenciar entre enfermedades curables y no curables. Las curables se atribuían al azar (tuche); en éstas, la intervención del médico podría modificar su curso. En cambio, las patologías incurables se arrogaban a los «males absolutos» (ananke); en éstas, poco o nada podían hacer los médicos para cambiar la evolución del padecimiento.

En la Grecia antigua, el galeno prudente no tenía ninguna obligación de tratar patologías «incurables». El mismo Hipócrates sustentaba que la medicina debería cumplir tres funciones: «aliviar el dolor, disminuir la agresividad de las enfermedades y abstenerse de intentar curar a las personas cuyos padecimientos son intratables, ya que en estos casos la medicina carece de poder». Es obvio que en el pasado los médicos carentes de instrumentos y de fármacos aceptaban que era fútil realizar muchas maniobras.

En la actualidad, lamentablemente, la mayoría de los galenos, saturados de nuevas armas y de las maravillosas bonanzas de la biotecnología, cavilan poco acerca de los vínculos entre medicina y futilidad. Para la mayoría es más fácil y mejor «hacer» que «no hacer». «No hacer» —no medicar, no solicitar estudios, no operar— implica acompañar, escuchar, vindicar la autonomía y valorar la intimidad y los deseos del paciente. La «dosis de sabiduría filosófica» que enaltecía a muchos viejos profesionistas y les permitía ir «más allá» de las recetas, casi ha desaparecido.

Futilidad es un término de uso reciente en medicina. Su aplicación e importancia provienen, sobre todo, de los eticistas y de los pacientes que se han «apropiado» de su autonomía. Los eticistas, conscientes de los límites de la medicina y de las consecuencias negativas de prolongar vidas no dignas y sufrimientos innecesarios, han retomado el término fútil para confrontar los avances de las ciencias contra la realidad de algunas enfermedades incurables.

Fútil, del griego futilis, significa frívolo, sin significado, sin consecuencias, trivial, cosa inútil o de poca importancia. Cuando se realiza algún procedimiento o se suministra un fármaco, los médicos deben distinguir entre un efecto que se limita a una parte del cuerpo y aquel que beneficia al paciente en forma global. El tratamiento que no logra el segundo objetivo, aun cuando cumpla el primero, es fútil. Cualquier esfuerzo para lograr un resultado que teóricamente es posible alcanzar, pero que de acuerdo con experiencias previas es difícil o imposible conseguir, es, también, futilidad.

El tratamiento también debe considerarse fútil si preserva la vida pero el paciente permanece en estado vegetativo, o sólo mejora transitoriamente alguna función, pero no logra que deje de depender de ventiladores o de la parafernalia de las terapias intensivas. La mitología griega explica bien el significado de futilidad: las hijas de Danaus fueron condenadas en el Hades a extraer agua en cedazos agrietados. Innecesario explicar que su trabajo era inútil. Esa historia conlleva claramente el significado del término: una acción fútil es aquella que no puede alcanzar las metas de su propia acción, independientemente de las veces que se repita. En otros términos, puede decirse que las posibilidades de fracasar son predecibles porque resultan inherentes al acto.

El problema de la futilidad es, por supuesto, muy complejo. Cronicidad, sufrimiento, ideas suicidas, dolor, depresión, dignidad lastimada, abandono, calidad de vida, soledad, son algunas de las situaciones con las que deben lidiar médico y paciente. En última instancia, vida y muerte son también universos de la futilidad. Hay algunas preguntas insoslayables y complejas: ¿vale la pena iniciar determinada terapéutica?, ¿cuánto tiempo debe continuarse un tratamiento?, ¿son satisfactorios los resultados?, ¿hay o no esperanzas? Esas cuestiones devienen dos realidades. La primera: la futilidad es una expresión no cuantitativa de probabilidad. La segunda: la medicina no es una ciencia exacta y cada enfermo es distinto, por eso es frecuente que los doctores difieran entre ellos y con sus pacientes acerca de las metas de la terapia.

Cuando se decide «no hacer» porque se sabe que «hacer es fútil», el problema es muy complejo y las obligaciones adquieren otro sentido: familiares y médicos deben hacerse responsables de las esferas humanas «profundas» del afectado. La decisión implica acompañar al sufriente y ayudarle a decidir lo que más le convenga. Muchas veces es suficiente escuchar para mitigar la sensación de soledad y desesperanza.

Con los pacientes incompetentes y con los que no pueden opinar el brete es inmenso. Aquí las preguntas son más complejas porque engloban cuestiones de índole económico, familiar y moral: ¿es más humano intervenir o no intervenir?, ¿quién debe decidir?

La futilidad es un espacio abierto que reta, que mueve, que pregunta. Es un espacio filosófico intrincado que abarca muchas actividades humanas. Cuando se habla de enfermedad y de personas, los entresijos son inmensos y difíciles de penetrar. Futilidad no implica derrota. No significa doblarse ante la muerte ni quebrarse ante la agresividad del mal. Implica, más bien, comprender la finitud de la vida, el valor de la autonomía y los significados de la escucha y de la mirada. n